Las primeras cosas que hice al saber que era poeta

Posted on 9 Febrero 2010. Filed under: Pedro Mouro, Prosa |

La primera cosa que hice al saber que era poeta fue pensar en la muerte.

En como dejaria hablar en el funeral a un buen poeta amigo mio y en como mis ultimas palabras escritas se las enviaria a un buen amigo que es poeta. Pense en la carta, donde me excusaria por que yo, un poeta, las tomara prestadas de una pelicula de los años noventa y de un libro de la biblia bajo la excusa del ejercicio de sinceridad y humildad inherente al ultimo dia. En el ultimo te quiero antes del punto final inexorable que precede a la sentencia.

La segunda cosa que hice al saber que era poeta fue recordar un cuento.

Una leyenda muy antigua que nacio en el pais donde las nubes son el oceano de la tierra, al este del mundo. Letra por letra.

Cuenta la historia que cuando la vida aparecio en este planeta, el universo envio algunas hechas de cristal de estrella para que el tiempo no pudiera afectarlas y, volando de muerte en muerte, mantuvieran la belleza, el amor, la justicia, la verdad, la pasion, el honor, la nobleza, la sabiduria y todos los instantes dignos de ser eternos a salvo de las bestias que esperan en los abismos del espiritu humano.

Y fueron tres los tipos de alma que se escogieron.

Los justos fueron aquellos que por la integridad de sus actos podrian redimir instante por instante todo cuanto existe. Dice el cuento que el dia que el ultimo justo muera, sencillamente lo que es dejara de ser (como si lo hubieran desmontado todo, empacado con cinta aislante y metido en un camion). El precio a pagar para mantener el equilibrio seria vivir siempre a la sombra de la amenaza, poniendo en juego sus vidas.

Aquellos a quienes se les entrego el gran misterio fueron enviados para guardar la esperanza y el amor. Por ellos los dias infertiles cobran sentido y las noches donde la oscuridad esta tan viva que puede pegarse a los huesos son rapidas y jamas alcanzan la memoria. El precio que tuvieron que pagar fue la vulnerabilidad, la posibilidad de perdida y el orgullo de sus propios egos.

Los portadores del recuerdo eran diferentes. Ellos llevaban lo infinito tatuado en sus cuerpos, escogidos como mediadores entre el futuro y el presente, para mostrar el camino a la perfeccion del ser humano.

De entre ellos, los canales llevaban tatuada la inmensidad sobre las manos, los timpanos, las cuerdas vocales y los ojos. Ellos recibian la informacion y le daban forma. Las almas de todos los artistas son de estrella. El precio a pagar por el equilibrio fue que nunca podrian comunicarse completamente con otros.

Los filosofos llevaban tatuada la inmensidad sobre el cuello y la frente. Se les envio con las claves de los misterios, para descifrarlos y protegerlos. Su precio fue pertenecer siempre al futuro.

Y luego llegaron los poetas.

Y con los poetas siempre es distinto,

ellos tienen tatuada

la inmensidad

sobre el cristal de estrella del

nucleo duro de

sus almas, y en sus cuerpos

su corazon tatuado bombea

sangre entintada.

Se les llamo para vivir siempre en el exilio interior, y contemplarlo todo, vivenciarlo todo, cada milimetro, cada palmo de existencia a solas, en la intimidad con lo infinito. Se les llamo para testificar el centro al descubierto de cada instante estallando salvajemente con toda la ira, la locura, el amor, la tristeza, la pasion, la perfeccion, la belleza; y traducirlo, sirviendose de la unica herramienta exclusivamente humana, al lenguaje de los dioses.

Es por eso

que los poetas estan

siempre suspirando.

En cada latido

su corazon muere y vuelve a nacer

con toda la furia

original de la naturaleza

desenfenada

en el silencio profundo del

vacio.

Ellos son quienes lo han visto todo y siguen vivos. Por eso al morir, son los unicos que pueden volverse y, por el espacio de una vida humana, observar la imagen de su mar sin limites en completa calma.

Por todo esto, a

los poetas

no se les pidio nada.

No se les impuso prueba o defecto especifico.

Unicamente se les obligo a

renunciar

a poder escoger el momento

en que irse.

La tercera cosa que hice al saber que era poeta fue fumarme un cigarrillo y pensar que mañana tendria que salir a buscar trabajo.

Despues me fui a dormir. Y toda la noche estuve soñando

con el Mont St. Michel.


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