AISHA(por Juan H.Rodriguez

Publicado: 13 mayo 2015 de formasdifusasdbate en Discusión

Los familiares más cercanos llegaron alrededor de las nueve de la mañana. Esa sería su última oportunidad para ver a Aisha, antes de su boda. Además, su tía y su prima serían las encargadas de ayudarla a vestirse y de maquillarla.
El padre de la novia hacía intermitentes viajes, entre las habitaciones y la cocina, cojeando un poco a causa de la prótesis. Había perdido la pierna en la represión de la ciudad de Hama, en 1982. La madre sazonaba unos muslos de pollo.
—Esta tarde estarás casada con Youseff, ¿te das cuenta de eso? —le preguntó Kadijjah, su prima, mientras le acomodaba el velo.
—Todavía no.
—¿Tienes miedo?
—¿De casarme con él?
—No, de irte. De tu nueva vida, en un país tan diferente.
—No, al contrario, miedo me daría quedarme en este país.
—Si puedes, ¿me llevarás para allá algún día?
—Sí, y te conseguiré un marido.
—¿Musulmán?
—Por supuesto, musulmán. Allá está lleno de musulmanes. Youseff dice que viviremos en una zona donde puedes ver tantos musulmanes como aquí.
Kadijjah bajó el volumen de su voz.
—Yo preferiría a un no musulmán, para ver cómo se vive en esos países, donde puedes hacer lo quieres.
—Yo también.
—¿Quisieras a otro hombre que no fuera Youseff? ¿Un no musulmán?
—¡Habla más despacio! No vayan a escucharte. Claro que no; yo ya he elegido de buen grado a Youseff. Y mi familia también lo quiere.
—Tu familia lo ha elegido.
En cuanto la luz entraba en la habitación adquiría una tonalidad rojiza, como las cortinas, la colcha y los dos enormes cojines con forma de corazón que tenía en el respaldo de la cama. Aisha se veía radiante en su vestido de novia. Además, la tía le hizo unos tatuajes temporales en las manos y le pintó las uñas. A través de la ventana pudo ver la vagoneta blanca, medio desvencijada, que se aparcaba enfrente de su casa. De ella bajaron cuatro hombres con espesas barbas negras, uno de ellos era muy robusto. A Aisha le cambió el semblante y las manos comenzaron a temblarle.
—¿Traen metralletas? —preguntó Kadijjah, lacónica.
—¡Cállate! —le ordenó la tía de ambas—. Anda, ve a ayudar a las mujeres. Hay que servirles la comida a los hombres, rápido.
—Esto es por lo que quisiera irme. Qué suerte tienes, Aisha —dijo Kadijjah y salió a toda prisa.
Aisha y su tía movieron la cabeza, reprobando la rebeldía de Kadijjah.
Los hombres entraron a la casa y saludaron al padre y al tío de Aisha, a las mujeres las ignoraron; ellas se apresuraron a servirles pollo al horno y bebidas frescas. Luego los dejaron para que pudieran hablar a solas con los padres de Aisha, entraron en su habitación y cerraron la puerta. En la sala, donde estaban los recién llegados, se escuchaban cuchicheos femeninos. Durante dos horas ellas estuvieron especulando sobre lo que ocurría fuera.
—Están revisando el contrato de matrimonio —dijo la tía a las demás mujeres.
—No habrás dejado que quedara estipulado en el contrato que puede tener a otra mujer, al mismo tiempo que tú… ¿verdad? —le advirtió Kadijjah.
—No, yo no podría soportar a otra mujer en mi hogar.
—Serás muy feliz, mi niña —le dijo su tía—. Te vas a ir de este país, que es como una cárcel, te vas a ir al mundo libre.
—Es lo que me dice Youseff —dijo Aisha, con lágrimas en los ojos.
Aisha se despidió de sus padres.
—Sé una buena mujer, como lo manda el profeta de Dios —le dijo su padre—, y cuida muy bien su patrimonio, nunca debes malgastarlo.
—Sí, padre.
—Siento que no podamos ir contigo —le dijo su madre.
—Es mejor así —dijo ella—. La fiesta en Damasco, con su familia, será muy breve, y enseguida partiremos para Bruselas.
Subió con los hombres a la vagoneta y, en medio del ronroneo del viejo motor, partieron.

Aunque el viaje en avión a Aisha le pareció agotador, disfrutó del servicio a bordo. Sobre todo, del silencio de la madrugada, de la música y las nubes que se colaban por la ventanilla de su marido, dándole a su viaje una apariencia de ensoñación.
Se instalaron en un apartamento que Youseff había alquilado para ellos, en el corazón del barrio árabe de Midi; el sitio estaba hecho un asco. La primera noche en el apartamento durmieron sobre colchonetas. A la mañana siguiente llegaron las camas, las mesas y las sillas; todos los muebles que Youseff había comprado.
—Limpia este lugar —le dijo Youseff—. No vamos a vivir entre toda esta basura y esta mugre. Yo tengo que ir a trabajar, llegaré por la tarde.
Ella asintió, contrariada.
—Te voy a encerrar con llave —dijo él.
—¿Por qué?
—Porque no conoces todavía Bruselas, ni a la gente del barrio. No vaya ser que te pase algo malo.
—Pero… ¿Y si…?
Youseff cerró la puerta, dio vueltas a la llave por fuera, y se marchó. Aisha, impasible, triste, preservada del desprecio que había sentido por parte de su marido, al que apenas y conocía —a pesar conocerlo desde niña— se puso a limpiar todos los rincones del apartamento.
Los siguientes meses Aisha trató de mostrarle todo su cuidado a Youseff, colmándolo de atenciones. Pero en todo ese tiempo, apenas y había alcanzado a conocer la ciudad. Él pasaba las tardes bebiendo té en los cafés de Anessens. Con el tiempo dejó de encerrarla con llave, pero le prohibió que saliera sin su permiso. Una vez lo encontró sentado en uno de esos cafés, donde no había mujeres sentadas en las mesas, sólo magrebíes, tirándoles piropos a las mujeres rubias que pasaban y que vestían faldas cortas.
Esa misma noche, cuando llegó Youseff, ella le dijo:
—Me has faltado al respeto.
Y dejó de hablarle durante una semana.
Recorría con la mirada cansada los alrededores, con la sensación de que el tiempo se volcaba en ella; los mismos edificios, los mismos comercios donde vendían valijas y comida de medio oriente y frutas. Y más tarde regresaba al mismo edificio, en la misma calle, poblada por las mismas gentes, con las mismas posturas, en los mismos lugares de encuentro, teniendo las mismas conversaciones. Arriba, de vuelta en casa, miraba por la ventana esas acacias que poblaban las aceras. Ponía a coser comida en la cacerola. Yusuff, siempre llamándola por teléfono, siempre asegurándose de dónde estaba. Él vendía carne halal a friterías y siempre llevaba un poco a casa, pero ella ya estaba harta de esa comida y sentía deseos de salir, de conocer, de impregnarse de este nuevo mundo al que todavía no podía conocer. Más allá del boulevard Lemmonier, de la zona árabe, Youseff no la dejaba alejarse.
—Es mejor mezclarnos lo menos que podamos, hay que mantener nuestra cultura intacta —decía él.
—¿Y el francés? Creo que yo debería de aprender a hablar el idioma del país en el que vivo.
—Yo te voy a enseñar, cuando tenga tiempo.
—Me aburro.
—En tu rutina se halla tu riqueza.
—¿Y eso? —le preguntó ella.
—Lo he leído ayer, ¿no te dije que estoy tomando cursos en la mezquita?
A su lado, junto al Corán, tenía un libro de ayunos y otro de hadices. En efecto, Youseff no soltaba el Corán. Lo tenía con él todo el tiempo y lo leía mucho; casi no hablaba con Aisha.
Una vez, Youseff llevó a casa a un amigo de Ceuta llamado Younes. Él no dejaba de verla a los ojos y ella se ruborizaba; por un instante, sintió deseos de que él regresara más tarde, cuando Youseff no estuviera. Pasó los siguientes días forcejeando entre el profundo sentimiento de deseo y la culpa por tener ese deseo. Ella era una mujer casada y no podía permitirse desear a un hombre que no fuera su marido, pensó.

Después de un año el padre de Aisha la visitó. Youseff fue muy amable con él y lo llevó a conocer un poco la ciudad, a orar a la mezquita y a beber té. Mientras Youseff trabajaba, Aisha le preguntó a su padre si la llevaba a pasear un poco. Por primera vez salió de la geografía de siempre y fueron donde estaba el turismo. Caminaban lentamente, por la pierna que faltaba a su padre. Vieron al muñeco que hacía pipí. Se hicieron algunas fotografías juntos, en el centro de la Grande Place y, de regreso, ella le dijo que el único sitio al que iba sola y, donde se sentía más a gusto, era una plazoleta de Lemmonier, cerca de las librerías de segunda mano. Le gustaba ir a observar a las palomas. Cuando se sentaron en una banca de madera y hierro, un joven hizo un movimiento brusco y las palomas, sintiendo que iban a ser cazadas y no observadas, echaron a volar.
El viento temblaba entre sus ropas y sintieron frío.
—¿Eres feliz aquí, hija? —quiso saber su padre.
Ella miraba hacia el suelo.
—No sé cómo puedo ser feliz. Trato de serlo, me esfuerzo; pero no lo consigo.
—¿Las cosas con Youseff no van bien?
—Quiero divorciarme de él.
—¿Divorciarte? ¡Pero qué estás diciendo! Lo más detestable, de las cosas lícitas ante Dios, es el divorcio.
—Lo sé.
El padre se tocaba la barba y miraba, sin ver, hacia el concreto ahora vacío de palomas. En sus ojos se alcanzaba a ver una enorme preocupación.
—Recapacita, hija. Sabes que el divorcio no está nada bien visto. Además, ¿es que quieres regresar a Siria y perder la libertad que se tiene en los países de Europa y la posibilidad de ganarse la vida de manera digna? Allá nos estamos muriendo de hambre. Además, para divorciarte, necesitarías a un representante, y las dos familias tendríamos que juntarnos para hablar. Para llegar a un acuerdo. Y nosotros estamos tan lejos…
Aisha enmudeció.
—¿Dónde está Youseff? —preguntó el padre.
—En su club.
—¿Club? ¿Youseff está en un club?
—En un club masculino —dijo ella, riendo, y añadió— En la mezquita.
—Vamos, hija, no lo juzgues tan duro. Ponte de pie y vámonos. El lugar de una buena mujer es en su casa, esperando a su marido para hacerlo feliz. A mí, tu madre, me ha hecho un hombre muy feliz. Debes hacerte cargo de la casa durante el día y debes tratar de ser como eras cuando vivías con nosotros, tan alegre y tan unida con tu familia y con Alá.
—Las cosas más profundas que he vivido, ya las he olvidado.
—Mmm —musitó él.
—¿Y mi madre, es feliz?
—¿Tu madre? Eso tendrías que preguntárselo a ella. Pero dime, ¿qué hay de Youseff? Debes ser buena con él por las noches, ¿entiendes lo que quiero decir? Tienes que complacerlo, darle lo que necesita, como hombre.
—Por las noches, mis manos lo tocan, pero no lo acarician, padre.
Esa noche, mientras intentaba conciliar el sueño, pudo escuchar el rumor de las voces de su padre y de Youseff, que hablaban un en la cocina.

El vuelo del padre estaba programado para la mañana siguiente, de manera que Aisha y Youseff lo llevaron en tren hasta el aeropuerto de Zaventem. Ya en el interior del aeropuerto, Youseff caminó algunos pasos detrás de ellos, con la maleta del padre de Aisha. El padre se apoyaba en el bastón.
—Papá, por favor, te lo ruego. Ayúdame. Quiero divorciarme de Youseff.
El padre se detuvo y la miró con sus ojos oscuros y profundos.
—Voy a ayudarte, pero tienes que ser paciente. Mientras, trata de ser una buena esposa y de agradar a Dios y a tu marido, ya te lo he dicho antes.
Youseff les dio alcance, sonriendo. Antes de que el padre cruzara el control de seguridad que lo llevaría a la sala de espera de British Midland Airlines, besó a su hija en las dos mejillas. Luego se volteó hacia Youseff; los dos hombres se tomaron de los brazos y se dedicaron una enorme sonrisa.
—Cuídala, Youseff.
—Siempre lo hago, no se preocupe, siempre la cuido.
—Lo sé —le dijo el padre, moviendo la cabeza de arriba a abajo, apretando muy fuertes los labios y esbozando una paternal sonrisa—.
El padre de Aisha pasó el control del aeropuerto y, caminando muy despacio, desapareció al final de un largo corredor inundado de luz.

MARCOS DE LA FUENTE, POETA EN NUEVA YORK

Publicado: 4 febrero 2015 de formasdifusasdbate en Discusión

http://www.farodevigo.es/suscriptor/4-costados/2015/01/27/marcos-fuente-poeta-nueva-york/1172530.html

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Nuestro amigo y compañero Marcos, colaborador, animoso instigador de recitales, ocupa un espacio en las paginas del Periódico local Faro de Vigo en este artículo en el que se le define con justicia como activista cultural. Damos fe de ello y os dejamos el enlace con la hemeroteca del Faro.

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FRAGMENTOS

1)

“En un mundo en el que abunda la osadía, la poesía se ha hecho difícil. Aceptando con rigor toda la realidad de esta actualidad confusa, aparece Carlos Vázquez, como él mismo nos dice, deseando “vivir los aconteceres, / enarbolando las novísimas banderas” para devolvernos la inocencia que parecía imposible. Su ruta es aquella que se adentra en la misteriosa e insondable intimidad para ofrendar, de forma emocionada, temas de liberación del espíritu, tratando de hacerlos llegar al lector, al hombre que quiere pensar y soñar esforzándose en poner su inteligencia en consonancia con el poeta, aceptando aquello que decía Mallarmé: un poema es un misterio del cual el lector debe encontrar la clave.”

2)

“Sorprende la naturalidad del poeta liberando situaciones, cosas y estados del alma, mostrando siempre su lado oculto, sus dudas y sus evidencias con cadencia y ritmo sorpresivos…”.

3)

“Carlos Vázquez es, sin duda, un rico exponente de una nueva poesía equilibrada entre el concepto tradicional y las formas libres de expresión poética. Se siente gustoso en el alargamiento del verso para recrear situaciones placenteras:

Visten trajes de domingo. Tiovivo celeste. Vueltas y vueltas de la primavera.

En otras ocasiones el equilibrio lo busca en un breve verso irrebatible”.

4)

“Estaba siguiendo al poeta con pasión, con énfasis, con emoción, que es como debe seguirse siempre a los buenos poetas, cuando, todavía sin conocernos personalmente, Carlos Vázquez, desde la distancia, alargó su mano para ofrecerme un doble poemario: Significados y Señales y Wiosna.
En el primero, más urbano, por encasillarlo de alguna forma, el poeta vuelve a lanzar “¡Violetas al viento!” mientras “Algunos niños juegan a atrapar palomas en la plaza de la Constitución”.
Acierta cuando sublimiza actos anodinos o gestos corrientes y repetitivos:

Resulta un gesto caliente en el momento
en que recoges tu paquete de cigarros Camel
en el trasero de tu vaquero.

Sur-sudoeste cuando me besas.”

5)

“Wiosna es un largo y cálido poema de amor… Un comienzo con buena raíz poética y una acertada contención de misterio:

Paseo solitario abandonando alguna que otra flor en el camino,
finjo dormir en tranvías y trenes.
Tú te acercas, dices: “La flor esta en el bosque”,
y enumeras de forma constante las olas de la costa.