Publicaciones y Escritos sobre la Nueva Biología(Marcos San Juan)

Publicado: 20 julio 2015 de formasdifusasdbate en Discusión

Se me ha pedido, un tanto calmado por figuras oscuras y algo claras de espíritu dulce, que, como mucho, se me pida no caer en retóricas, en las repetidas seguidillas de veleros solitarios y apagones de leñas, de las inmensas calorías que remanecen ahí, y aún así, todavía se los tengo que decir: “-¿Con qué nervios vienen a venirme con un pedido?!”. Al fin! Si pues, al fin, superpuesto los Alfas y Omegas retorcidos en conchas dulces, en sus bellas cáscaras, sin fin de las caras, me lo han pedido. Hasta carcajadas y risas, ¿Quiénes de ustedes saben sobre la luz y el viento? Es que me lo han pedido sin considerar nada, ¿O no es así?, no responden los lobos, pero sí responden las rosas, las almas y las rosas. Incluso, en aquéllas, se ha pedido demasiado, se los admito, hay un miedo profundo en liberar algo que no es tan ligero de cargar.
Ya los grandes nos lo han explicado: el hierro centrifugado barnizado de armaduras, de tornillos de tuerca ancha, bien apretados, las instrucciones bien extrañas, han sido publicadas, y el espectador disfruta de la ignorancia y los bobos de sus manchas amarradas. Ante todo, por primera vez detenidos, sueño con el eterno de los fracasados, con todos juntos, se los grito en alegría:”-Ella ha quitado los trapos, mojado las hojas de tectónica, resbalantes. Que dicha la mía, Oh si, qué dicha! Que belleza tan reluciente, lloro todos los días, lloro y lloraré sin prisa!¨. Un día se pasa de células hacia los códigos más complejos, un nuevo orden científico ha de ocurrir.
Las perturbaciones que esperan cabeza, ya me las conozco, hay una repugnante danza de hombres, las bujías se han desestimado muchas veces, y lo haremos de nuevo, el nuevo Biólogo, ha nacido: Buenos tormentos de siluetas griegas, del corintio, de las chozas en las selvas, de la bella y del bello, el núcleo de todos ahí concentrado, en lo más puro de lo que ha nacido. La respuesta la grita nadie en la sala, el Biólogo ya la sabe, yo lo sé, es ella o él, da igual, pero es ella, la palabra sagrada ahora es Bosch, no hace falta anunciarla, con sentirla, llorarla y extrañarla, basta.
De la nueva Biología, del cuerpo, se sabe que mitocondrias de gran envergadura nos suplen los músculos. El combustible Darciano no rompe espacio de vectores, sigue tan estático, tan patético. Las máscaras se usan y van gastadas, la nueva Biología seduce al alma, se caen las uñas. Es que Bosch, como ya lo dijimos los científicos reunidos en aquél panel, cuando entendemos a uno, comprendemos a todos. Incrédulos por alegría, resistentes a los dientes del Zoch, no lo pueden creer. Les anunciamos: la calma, el amor y la amistad se han medido con palo de madera, cuantificables, Oh! Zenit del cielo! cómenos enteros, cómenos, pues el suelo ya nos odia, Qué Alegría hay en admitírtelo al fin!, a todos, Que alegría!. Del llanto al grito, se escucha el resonar del Bosch!.
Con las almas celulares, el corazón más rojo y las ruedas de mecanismos aceitados. Ya se han caído numerosas columnas, de superior corte basal y de capiteles acuartelados, y nada, se volcaron los automóviles, los de buena marca, Pues, se ha venido abajo la república entera!. ¿Cómo ha pasado esto?, ya se aceptó al nuevo orden, pero como encadenado de la sed al agua, ahora, el Biólogo nos explica:
Primero, derretidos por fusión, el cacique arranca sus plumas y el pecho fuerte se adormece. Tercero, los vasos dilatados roban las fieras, se absorbe con desdén las crueldades y se suaviza el orgullo. Por último, la infección es complaciente y esparcida, irreversible es lo favorito, El virus Zoch está positivo, imprimen las preliminares.
Los síntomas son, para nosotros los científicos, de lo más hermosos. Un ridículo dolor de cuello, absurda lujuria, múltiples personalidades de fase inicial borde. Siguen los incrédulos blancos de buen decir, “No se llenan los tubos completos”, eso dicen, y aun así, los vellos superficiales ya lo saben antes que ellos, más nunca erizados en miedo, enseñan lo más abierto del cuerpo. La infección es, ante todo, un mal de término viral, alejado mucho de las mejoras, El Zoch es el huésped del robar todo, regalas mucho y se acaba la multiplicidad.
En fase avanzada, los ojos ya no ven, reconocer lo viejo es imposible, las banderas de colores chillones ya no se toman más fotos, la música de parrandas no baja a frecuencia de resonancia. Es de lo más extraño en verdad, se rompe la ley del Efecto Doppler, al menos en el receptor, ya no se entiende. Los rayos gamma y beta dejan su dualidad como partículas, la selección natural se deforma, el nuevo sonar de los chasquidos es mucho más largo, las erráticas compras cesan, y casi inexistentes, la oferta baja a un mercado de total colapso.
Finalmente, ya como pacientes en fase terminal, el Biólogo se induce a la prueba. La Zoch camina y regresa con su gen, a éste, porque me lo han pedido desde un principio, y ahora sí que se los ofrezco, brota del pecho, de mis cuerdas y de mi rabia. Temerarios! Pues seremos temerarios del nuevo orden, pasaremos a ser aquellos y aquellas, y sobre todo, a ella: La Zoch!, es que se los digo con amor y con algo de vergüenza, pero mejor se los expongo en los Análisis y Resultados: “-La Zoch me ha matado!, me recuerda, me corre y no me llega, la corro y no llegamos!. Bueno, a esa Zoch, el deseo de liberar toda locura interna llega con ella! Oh! ¿Cómo ha sido esto posible? Como es que ella de Virus transparente ha medido a las enzimas y a las largas cadenas de pruebas, pues nada, la tenemos! Se acabó compañeros, La tenemos! Qué belleza y qué alegría! Celebremos juntos todos, lloremos en que somos nuevos!. Y que su amor inmenso alimentará a toda humanidad!. Sin ser egoísta, a la Zoch!”.

¡Ya Quedó Estilizado El Arco de Acero!,
Así lo he dejado, ¿Qué vulgar esta dicha, no?, ¿Acaso no lo es? Es tan Asquerosa y un tanto blanca.
Ya sé, ya sé, algunos me advierten: “-son vibrantes tornillos que giran, su rechinar agudo asusta solamente la primera vez. La segunda vez, el agua escurre de la boca con una campana falsa. El acero se ríe en las caras. Pero, más nada. Qué fanfarrón es ese Arco de Acero ¿Acaso no lo es?.”
Con ese ciclo revoltoso, ya se había asomado un bailar sucio, una danza repugnante de rocas, de ésas que rozan. Las de las caras familiares ásperas, las repetidas.
”-Ja!” me dije: “-Ja!… Qué Atrevido es este prometedor, este Arco de Acero, se me enseña muy caro, muy orgulloso… lo he visto, es un reactivo, Ja! Sí que lo es, es un reactivo”. Me explico por si no lo ven: ¿No Saben que un prometedor es posible cuando ya ve lo que verá?. Lo duplica, es como un evento más un pupilo, son los adictos. Ellos me lo han dicho todo: “te lo reitero mi espectador, somos libres, somos activos, somos preferidos y de voluntad grande”… Ja! ¡Pero cómo me contenía la risa! Se me tradujeron las carcajadas en que son perdedores, débiles y dependientes de toda ley fijada. De la Teoría de la Reencarnación.
Ya me los conozco, son todos así, degenerados en una consciencia, en una mala consciencia, como algunos dirían. Pues, pensémoslo un momento, (aprovechemos que el señor no está de vigía), escúchenme en este grito aterrador, lo digo en vergüenza, pero escúchenme: “Todos morimos al nacer, reencarnamos frente al mismo espectador, él ya lo sabe, Oh! Sí que lo sabe!, Nunca serás poderoso ni libre, dedícate como buen prometedor al show de saldar deudas, de repetir la misma historia”. Por eso, ya se los he dicho en voz alta, pero ningún dolor he liberado, que desgracia eterna, ¡Que desdicha!.
Entonces, acordemos que ésas son nuestras verdades, no me la discutan o me las controlo, se las divulgo a trozos.
A otros, yo soy El Admirable, pues comprometido entre los insectos, ahí cualquiera se vuelve en algo más. De repente, se los dicto: “Declaro que El Arco de Acero es Santo!, que El Viento es Santo!, que El terremoto es Santo! Y que su Espectro es Santo!. Pero basta! deténgame!, debo parar!, aún mi período no es indeterminado, eso aún no lo he declarado. La incertidumbre ofrece lujo de patéticos. La certeza como augurio y desdicha. Mejor me decido, en verdad, es que mejor que lo admita. A mis insectos, por auto-respeto, les debo decir: “-lamento no ser la nada, o el individuo libre o el admirable. Soy un reaccionario, soy reactivo…. Si, Lo soy”.
Entonces en un llanto regresé al Arco de Acero, regreso a este asunto, a él, porque lo veo y me ve de reojo. Él, sonriente, me refleja una luz blanca mate y me dice: “-Yo soy el estilizado, yo soy el bello, yo soy el perfecto”… (Sonriente continúa) “-Yo soy el aquello y las aquellas. Mírame, soy eterno, el tiempo no derrite a la nada, es lento”. Él concluye y justo entonces me extiende su tanta sombra metálica encima. Yo le grito en fuerza “-mátame Arco, mátame”. Al fin he de morir después de haber nacido. Vienen los camiones que escuché antes, al principio, en la larga carga. Al fin tendré presencia de mi gran creación, asistida por los genios antepasados, haciendo recuerdo justo de esa gran deuda que nunca se paga. La que nunca se acaba.
Al fin, este castigo será mi liberación, ya sabemos que la novedad de un evento no existe, solamente se disimula. Pero, ¡Cómo deseo disimilar y ser disimulado!, ¡Espectador hazme tuyo!, con este grito, te pido: ¡Hazme distinto, no me regreses a la piscina repugnante del Arco de Acero. Te Lo prometo, si es que Yo Prometo, entonces, ¿Cuándo el espectador me verá santo? ¿Cuándo me hará contrario a mi consciencia? ¿Cuándo seré salvaje como la nada y coherente a los más fieros deseos? Todos éstos están enterrados en los cimientos del arco, en su sombra blanca enceguecedora, mate. Maldito Arco.
Lo admito, qué asco lo fácil que prometo, avanzo solo en la bajada. Ya el señor regresó y me vigila. El ciclo lo expliqué y ustedes me entienden: cómo lo nuevo pasó al azul y cómo lo común pasó al negro. Pues yo seré negro, ya por dicha o desdicha, pero seré negro, soy eterno repetido, a veces incluso algo curvo. ¡¿Es que acaso soy el Arco de Acero!?, me atemoriza, sin recurrir a las denuncias, pero todo esto es un llanto. Los desesperados me conocen, nadie me responde.
El fin nunca está cerca, ésa es la creación, esa es la maldición y lo infeliz. Aún, yo lo amo, se lo he dicho, “Te amo” y “Nunca te saldré nuevo, no, nunca”. No lo dejaré, pues yo lo prometo. Ese El Arco de Acero, eres mío y su anillo me pertenece. Mejor admírenlo…
Y así El Arco de Acero quedó estilizado, así lo he dejado, qué vulgar esta dicha ¿no? ¿Acaso no lo es?. Es un tanto asquerosa y un tanto blanca…

AISHA(por Juan H.Rodriguez

Publicado: 13 mayo 2015 de formasdifusasdbate en Discusión

Los familiares más cercanos llegaron alrededor de las nueve de la mañana. Esa sería su última oportunidad para ver a Aisha, antes de su boda. Además, su tía y su prima serían las encargadas de ayudarla a vestirse y de maquillarla.
El padre de la novia hacía intermitentes viajes, entre las habitaciones y la cocina, cojeando un poco a causa de la prótesis. Había perdido la pierna en la represión de la ciudad de Hama, en 1982. La madre sazonaba unos muslos de pollo.
—Esta tarde estarás casada con Youseff, ¿te das cuenta de eso? —le preguntó Kadijjah, su prima, mientras le acomodaba el velo.
—Todavía no.
—¿Tienes miedo?
—¿De casarme con él?
—No, de irte. De tu nueva vida, en un país tan diferente.
—No, al contrario, miedo me daría quedarme en este país.
—Si puedes, ¿me llevarás para allá algún día?
—Sí, y te conseguiré un marido.
—¿Musulmán?
—Por supuesto, musulmán. Allá está lleno de musulmanes. Youseff dice que viviremos en una zona donde puedes ver tantos musulmanes como aquí.
Kadijjah bajó el volumen de su voz.
—Yo preferiría a un no musulmán, para ver cómo se vive en esos países, donde puedes hacer lo quieres.
—Yo también.
—¿Quisieras a otro hombre que no fuera Youseff? ¿Un no musulmán?
—¡Habla más despacio! No vayan a escucharte. Claro que no; yo ya he elegido de buen grado a Youseff. Y mi familia también lo quiere.
—Tu familia lo ha elegido.
En cuanto la luz entraba en la habitación adquiría una tonalidad rojiza, como las cortinas, la colcha y los dos enormes cojines con forma de corazón que tenía en el respaldo de la cama. Aisha se veía radiante en su vestido de novia. Además, la tía le hizo unos tatuajes temporales en las manos y le pintó las uñas. A través de la ventana pudo ver la vagoneta blanca, medio desvencijada, que se aparcaba enfrente de su casa. De ella bajaron cuatro hombres con espesas barbas negras, uno de ellos era muy robusto. A Aisha le cambió el semblante y las manos comenzaron a temblarle.
—¿Traen metralletas? —preguntó Kadijjah, lacónica.
—¡Cállate! —le ordenó la tía de ambas—. Anda, ve a ayudar a las mujeres. Hay que servirles la comida a los hombres, rápido.
—Esto es por lo que quisiera irme. Qué suerte tienes, Aisha —dijo Kadijjah y salió a toda prisa.
Aisha y su tía movieron la cabeza, reprobando la rebeldía de Kadijjah.
Los hombres entraron a la casa y saludaron al padre y al tío de Aisha, a las mujeres las ignoraron; ellas se apresuraron a servirles pollo al horno y bebidas frescas. Luego los dejaron para que pudieran hablar a solas con los padres de Aisha, entraron en su habitación y cerraron la puerta. En la sala, donde estaban los recién llegados, se escuchaban cuchicheos femeninos. Durante dos horas ellas estuvieron especulando sobre lo que ocurría fuera.
—Están revisando el contrato de matrimonio —dijo la tía a las demás mujeres.
—No habrás dejado que quedara estipulado en el contrato que puede tener a otra mujer, al mismo tiempo que tú… ¿verdad? —le advirtió Kadijjah.
—No, yo no podría soportar a otra mujer en mi hogar.
—Serás muy feliz, mi niña —le dijo su tía—. Te vas a ir de este país, que es como una cárcel, te vas a ir al mundo libre.
—Es lo que me dice Youseff —dijo Aisha, con lágrimas en los ojos.
Aisha se despidió de sus padres.
—Sé una buena mujer, como lo manda el profeta de Dios —le dijo su padre—, y cuida muy bien su patrimonio, nunca debes malgastarlo.
—Sí, padre.
—Siento que no podamos ir contigo —le dijo su madre.
—Es mejor así —dijo ella—. La fiesta en Damasco, con su familia, será muy breve, y enseguida partiremos para Bruselas.
Subió con los hombres a la vagoneta y, en medio del ronroneo del viejo motor, partieron.

Aunque el viaje en avión a Aisha le pareció agotador, disfrutó del servicio a bordo. Sobre todo, del silencio de la madrugada, de la música y las nubes que se colaban por la ventanilla de su marido, dándole a su viaje una apariencia de ensoñación.
Se instalaron en un apartamento que Youseff había alquilado para ellos, en el corazón del barrio árabe de Midi; el sitio estaba hecho un asco. La primera noche en el apartamento durmieron sobre colchonetas. A la mañana siguiente llegaron las camas, las mesas y las sillas; todos los muebles que Youseff había comprado.
—Limpia este lugar —le dijo Youseff—. No vamos a vivir entre toda esta basura y esta mugre. Yo tengo que ir a trabajar, llegaré por la tarde.
Ella asintió, contrariada.
—Te voy a encerrar con llave —dijo él.
—¿Por qué?
—Porque no conoces todavía Bruselas, ni a la gente del barrio. No vaya ser que te pase algo malo.
—Pero… ¿Y si…?
Youseff cerró la puerta, dio vueltas a la llave por fuera, y se marchó. Aisha, impasible, triste, preservada del desprecio que había sentido por parte de su marido, al que apenas y conocía —a pesar conocerlo desde niña— se puso a limpiar todos los rincones del apartamento.
Los siguientes meses Aisha trató de mostrarle todo su cuidado a Youseff, colmándolo de atenciones. Pero en todo ese tiempo, apenas y había alcanzado a conocer la ciudad. Él pasaba las tardes bebiendo té en los cafés de Anessens. Con el tiempo dejó de encerrarla con llave, pero le prohibió que saliera sin su permiso. Una vez lo encontró sentado en uno de esos cafés, donde no había mujeres sentadas en las mesas, sólo magrebíes, tirándoles piropos a las mujeres rubias que pasaban y que vestían faldas cortas.
Esa misma noche, cuando llegó Youseff, ella le dijo:
—Me has faltado al respeto.
Y dejó de hablarle durante una semana.
Recorría con la mirada cansada los alrededores, con la sensación de que el tiempo se volcaba en ella; los mismos edificios, los mismos comercios donde vendían valijas y comida de medio oriente y frutas. Y más tarde regresaba al mismo edificio, en la misma calle, poblada por las mismas gentes, con las mismas posturas, en los mismos lugares de encuentro, teniendo las mismas conversaciones. Arriba, de vuelta en casa, miraba por la ventana esas acacias que poblaban las aceras. Ponía a coser comida en la cacerola. Yusuff, siempre llamándola por teléfono, siempre asegurándose de dónde estaba. Él vendía carne halal a friterías y siempre llevaba un poco a casa, pero ella ya estaba harta de esa comida y sentía deseos de salir, de conocer, de impregnarse de este nuevo mundo al que todavía no podía conocer. Más allá del boulevard Lemmonier, de la zona árabe, Youseff no la dejaba alejarse.
—Es mejor mezclarnos lo menos que podamos, hay que mantener nuestra cultura intacta —decía él.
—¿Y el francés? Creo que yo debería de aprender a hablar el idioma del país en el que vivo.
—Yo te voy a enseñar, cuando tenga tiempo.
—Me aburro.
—En tu rutina se halla tu riqueza.
—¿Y eso? —le preguntó ella.
—Lo he leído ayer, ¿no te dije que estoy tomando cursos en la mezquita?
A su lado, junto al Corán, tenía un libro de ayunos y otro de hadices. En efecto, Youseff no soltaba el Corán. Lo tenía con él todo el tiempo y lo leía mucho; casi no hablaba con Aisha.
Una vez, Youseff llevó a casa a un amigo de Ceuta llamado Younes. Él no dejaba de verla a los ojos y ella se ruborizaba; por un instante, sintió deseos de que él regresara más tarde, cuando Youseff no estuviera. Pasó los siguientes días forcejeando entre el profundo sentimiento de deseo y la culpa por tener ese deseo. Ella era una mujer casada y no podía permitirse desear a un hombre que no fuera su marido, pensó.

Después de un año el padre de Aisha la visitó. Youseff fue muy amable con él y lo llevó a conocer un poco la ciudad, a orar a la mezquita y a beber té. Mientras Youseff trabajaba, Aisha le preguntó a su padre si la llevaba a pasear un poco. Por primera vez salió de la geografía de siempre y fueron donde estaba el turismo. Caminaban lentamente, por la pierna que faltaba a su padre. Vieron al muñeco que hacía pipí. Se hicieron algunas fotografías juntos, en el centro de la Grande Place y, de regreso, ella le dijo que el único sitio al que iba sola y, donde se sentía más a gusto, era una plazoleta de Lemmonier, cerca de las librerías de segunda mano. Le gustaba ir a observar a las palomas. Cuando se sentaron en una banca de madera y hierro, un joven hizo un movimiento brusco y las palomas, sintiendo que iban a ser cazadas y no observadas, echaron a volar.
El viento temblaba entre sus ropas y sintieron frío.
—¿Eres feliz aquí, hija? —quiso saber su padre.
Ella miraba hacia el suelo.
—No sé cómo puedo ser feliz. Trato de serlo, me esfuerzo; pero no lo consigo.
—¿Las cosas con Youseff no van bien?
—Quiero divorciarme de él.
—¿Divorciarte? ¡Pero qué estás diciendo! Lo más detestable, de las cosas lícitas ante Dios, es el divorcio.
—Lo sé.
El padre se tocaba la barba y miraba, sin ver, hacia el concreto ahora vacío de palomas. En sus ojos se alcanzaba a ver una enorme preocupación.
—Recapacita, hija. Sabes que el divorcio no está nada bien visto. Además, ¿es que quieres regresar a Siria y perder la libertad que se tiene en los países de Europa y la posibilidad de ganarse la vida de manera digna? Allá nos estamos muriendo de hambre. Además, para divorciarte, necesitarías a un representante, y las dos familias tendríamos que juntarnos para hablar. Para llegar a un acuerdo. Y nosotros estamos tan lejos…
Aisha enmudeció.
—¿Dónde está Youseff? —preguntó el padre.
—En su club.
—¿Club? ¿Youseff está en un club?
—En un club masculino —dijo ella, riendo, y añadió— En la mezquita.
—Vamos, hija, no lo juzgues tan duro. Ponte de pie y vámonos. El lugar de una buena mujer es en su casa, esperando a su marido para hacerlo feliz. A mí, tu madre, me ha hecho un hombre muy feliz. Debes hacerte cargo de la casa durante el día y debes tratar de ser como eras cuando vivías con nosotros, tan alegre y tan unida con tu familia y con Alá.
—Las cosas más profundas que he vivido, ya las he olvidado.
—Mmm —musitó él.
—¿Y mi madre, es feliz?
—¿Tu madre? Eso tendrías que preguntárselo a ella. Pero dime, ¿qué hay de Youseff? Debes ser buena con él por las noches, ¿entiendes lo que quiero decir? Tienes que complacerlo, darle lo que necesita, como hombre.
—Por las noches, mis manos lo tocan, pero no lo acarician, padre.
Esa noche, mientras intentaba conciliar el sueño, pudo escuchar el rumor de las voces de su padre y de Youseff, que hablaban un en la cocina.

El vuelo del padre estaba programado para la mañana siguiente, de manera que Aisha y Youseff lo llevaron en tren hasta el aeropuerto de Zaventem. Ya en el interior del aeropuerto, Youseff caminó algunos pasos detrás de ellos, con la maleta del padre de Aisha. El padre se apoyaba en el bastón.
—Papá, por favor, te lo ruego. Ayúdame. Quiero divorciarme de Youseff.
El padre se detuvo y la miró con sus ojos oscuros y profundos.
—Voy a ayudarte, pero tienes que ser paciente. Mientras, trata de ser una buena esposa y de agradar a Dios y a tu marido, ya te lo he dicho antes.
Youseff les dio alcance, sonriendo. Antes de que el padre cruzara el control de seguridad que lo llevaría a la sala de espera de British Midland Airlines, besó a su hija en las dos mejillas. Luego se volteó hacia Youseff; los dos hombres se tomaron de los brazos y se dedicaron una enorme sonrisa.
—Cuídala, Youseff.
—Siempre lo hago, no se preocupe, siempre la cuido.
—Lo sé —le dijo el padre, moviendo la cabeza de arriba a abajo, apretando muy fuertes los labios y esbozando una paternal sonrisa—.
El padre de Aisha pasó el control del aeropuerto y, caminando muy despacio, desapareció al final de un largo corredor inundado de luz.