Juan H. Rodríguez

Publicado: 26 mayo 2015 de formasdifusasdbate en Prosa

SÍSIFO

El profesor, desgarbado, camina a lo largo del corredor de la escuela secundaria y, lánguido, entra al salón de clase para impartir su habitual curso de filosofía. Deja su portafolio sobre el escritorio, escribe sobre la pizarra el tema de la clase y empieza a hablar. Apenas se da la vuelta los estudiantes ríen. Él se pregunta si se burlan de su corbata, de su panza o de su calvicie. Sigue adelante con su argumento. A nadie parece interesarle una sola de sus palabras. En las primeras filas los alumnos murmuran, en el centro se avientan bolitas de papel y, detrás, dos estudiantes cuchichean. «¿Alguien tiene una idea de lo que habla El mito de Sísifo?», pregunta. Los estudiantes le devuelven unas miradas vacías, seguidas de un prolongado silencio. Lo ignoran. Hace veinte años que el profesor hace lo mismo. Los alumnos no piensan. Cada generación llega peor que la anterior. Dos estudiantes del fondo elevan el tono de su voz y hablan con desparpajo, sin importar que todos, incluido el profesor, se enteren de lo que dicen. Él les pide que se callen y trata de continuar. Su manera de hablar es pausada. No le corre ninguna prisa. Muchas veces ha estado a punto de darse por vencido. Enseguida los dos alumnos del fondo, los que no han dejado de hablar, empiezan a forcejear, tratando de arrebatarse una mochila. El profesor va hasta allá y trata de quitárselas. Cuando consigue arrebatarla, la mochila cae y su contenido se esparce por el suelo. Entre todas las cosas cae una pistola. El profesor alcanza a moverse de prisa y coge el arma. Regresa a la pizarra, la mira por algunos segundos, enseguida les apunta a los estudiantes e, imponiendo un poco de firmeza a su tono de voz, vuelve a preguntar: «¿Alguien tiene una idea de lo que habla El mito de Sísifo?». Puede ver el miedo en sus ojos. Nadie responde. «¿Quién diablos puede con una vida llena de tedio?», pregunta. El profesor dirige sus pasos hacia la ventana. Un pájaro parece observarlo desde la rama desnuda de un árbol. El ave tiene las plumas esponjadas por el frío. Escucha que una chica de la segunda fila lloriquea. «¡Cállate!», le dice, y vuelve a dar su clase en el punto que se había quedado. «¿Leyeron el ensayo de Camus? A ver, usted, ¿leyó el ensayo?», pregunta a un chico con gafas. Entonces usted debe saber que qué se trata». El profesor se pone el cañón de la pistola en la sien. «¿Del absurdo? ¿Del suicidio? ¿Del sentido de la vida…?». Vuelve a apuntar hacia los estudiantes. «¿Y qué hay de Platón y Aristóteles? ¿Qué me pueden decir de los presocráticos? ¿Qué pensaban ellos? El sentido de la vida se lo damos nosotros? ». Camina hasta el otro extremo del aula. «¿Quién hizo la tarea? Dejen sus hojas sobre sus pupitres. Sólo cuatro estudiantes de todo el grupo lo hacen. «¡Mediocres!». Apunta con el arma a quienes no han llevado la tarea a clase. «Qué aportan ustedes al mundo?». Afuera, del otro lado del cristal, empieza a escucharse un rumor de voces. Levanta la cabeza y alcanza a ver a algunos profesores de la escuela tratando de averiguar qué sucede en el interior del aula. Alguien grita: «¡Tiene una pistola! ¡Llamen a la policía!» El profesor guarda el arma con parsimonia dentro del desgastado portafolio negro, imitación piel, sale del aula, se abre paso entre la gente y camina por el largo corredor que lleva hacia fuera. Segundos más tarde desaparece del otro lado de la puerta principal de la escuela.
Y vuelve a apuntar hacia los estudiantes. «¿Y qué hay de Platón y Aristóteles? ¿Qué me pueden decir de los presocráticos? ¿Qué pensaban ellos? El sentido de la vida se lo damos nosotros? Lo buscamos en los pequeños placeres cotidianos». Camina hasta el otro extremo del aula. «¿Quién hizo la tarea? Pasen uno por uno y dejen su tarea sobre la mesa». A los estudiantes que pasan y dejan su tarea les dice: «¡Muy bien!, ¡Muy bien!» o «Me extraña que usted la hiciera si es tan flojo… o tan idiota». Y apunta, fijamente, con el arma a quienes no han llevado la tarea a clase. De repente hace un ruidito, tronando la lengua en el paladar y dice: «Muy mal. Muy mal. ¿Qué voy a hacer con usted? ¡Debería dispararle…! Afuera, del otro lado del cristal, empieza a escucharse un rumor de voces. Levanta la cabeza y alcanza a ver a algunos profesores de la escuela tratando de averiguar qué sucede en el interior del aula. El director grita: «¡Tiene una pistola! ¡Llamen a la policía!» El profesor guarda el arma con parsimonia dentro del desgastado portafolio negro, imitación piel, sale del aula, se abre paso entre la gente y camina por el largo corredor que lleva hacia fuera. Segundos más tarde desaparece del otro lado de la puerta principal de la escuela.

AISHA(por Juan H.Rodriguez

Publicado: 13 mayo 2015 de formasdifusasdbate en Discusión

Los familiares más cercanos llegaron alrededor de las nueve de la mañana. Esa sería su última oportunidad para ver a Aisha, antes de su boda. Además, su tía y su prima serían las encargadas de ayudarla a vestirse y de maquillarla.
El padre de la novia hacía intermitentes viajes, entre las habitaciones y la cocina, cojeando un poco a causa de la prótesis. Había perdido la pierna en la represión de la ciudad de Hama, en 1982. La madre sazonaba unos muslos de pollo.
—Esta tarde estarás casada con Youseff, ¿te das cuenta de eso? —le preguntó Kadijjah, su prima, mientras le acomodaba el velo.
—Todavía no.
—¿Tienes miedo?
—¿De casarme con él?
—No, de irte. De tu nueva vida, en un país tan diferente.
—No, al contrario, miedo me daría quedarme en este país.
—Si puedes, ¿me llevarás para allá algún día?
—Sí, y te conseguiré un marido.
—¿Musulmán?
—Por supuesto, musulmán. Allá está lleno de musulmanes. Youseff dice que viviremos en una zona donde puedes ver tantos musulmanes como aquí.
Kadijjah bajó el volumen de su voz.
—Yo preferiría a un no musulmán, para ver cómo se vive en esos países, donde puedes hacer lo quieres.
—Yo también.
—¿Quisieras a otro hombre que no fuera Youseff? ¿Un no musulmán?
—¡Habla más despacio! No vayan a escucharte. Claro que no; yo ya he elegido de buen grado a Youseff. Y mi familia también lo quiere.
—Tu familia lo ha elegido.
En cuanto la luz entraba en la habitación adquiría una tonalidad rojiza, como las cortinas, la colcha y los dos enormes cojines con forma de corazón que tenía en el respaldo de la cama. Aisha se veía radiante en su vestido de novia. Además, la tía le hizo unos tatuajes temporales en las manos y le pintó las uñas. A través de la ventana pudo ver la vagoneta blanca, medio desvencijada, que se aparcaba enfrente de su casa. De ella bajaron cuatro hombres con espesas barbas negras, uno de ellos era muy robusto. A Aisha le cambió el semblante y las manos comenzaron a temblarle.
—¿Traen metralletas? —preguntó Kadijjah, lacónica.
—¡Cállate! —le ordenó la tía de ambas—. Anda, ve a ayudar a las mujeres. Hay que servirles la comida a los hombres, rápido.
—Esto es por lo que quisiera irme. Qué suerte tienes, Aisha —dijo Kadijjah y salió a toda prisa.
Aisha y su tía movieron la cabeza, reprobando la rebeldía de Kadijjah.
Los hombres entraron a la casa y saludaron al padre y al tío de Aisha, a las mujeres las ignoraron; ellas se apresuraron a servirles pollo al horno y bebidas frescas. Luego los dejaron para que pudieran hablar a solas con los padres de Aisha, entraron en su habitación y cerraron la puerta. En la sala, donde estaban los recién llegados, se escuchaban cuchicheos femeninos. Durante dos horas ellas estuvieron especulando sobre lo que ocurría fuera.
—Están revisando el contrato de matrimonio —dijo la tía a las demás mujeres.
—No habrás dejado que quedara estipulado en el contrato que puede tener a otra mujer, al mismo tiempo que tú… ¿verdad? —le advirtió Kadijjah.
—No, yo no podría soportar a otra mujer en mi hogar.
—Serás muy feliz, mi niña —le dijo su tía—. Te vas a ir de este país, que es como una cárcel, te vas a ir al mundo libre.
—Es lo que me dice Youseff —dijo Aisha, con lágrimas en los ojos.
Aisha se despidió de sus padres.
—Sé una buena mujer, como lo manda el profeta de Dios —le dijo su padre—, y cuida muy bien su patrimonio, nunca debes malgastarlo.
—Sí, padre.
—Siento que no podamos ir contigo —le dijo su madre.
—Es mejor así —dijo ella—. La fiesta en Damasco, con su familia, será muy breve, y enseguida partiremos para Bruselas.
Subió con los hombres a la vagoneta y, en medio del ronroneo del viejo motor, partieron.

Aunque el viaje en avión a Aisha le pareció agotador, disfrutó del servicio a bordo. Sobre todo, del silencio de la madrugada, de la música y las nubes que se colaban por la ventanilla de su marido, dándole a su viaje una apariencia de ensoñación.
Se instalaron en un apartamento que Youseff había alquilado para ellos, en el corazón del barrio árabe de Midi; el sitio estaba hecho un asco. La primera noche en el apartamento durmieron sobre colchonetas. A la mañana siguiente llegaron las camas, las mesas y las sillas; todos los muebles que Youseff había comprado.
—Limpia este lugar —le dijo Youseff—. No vamos a vivir entre toda esta basura y esta mugre. Yo tengo que ir a trabajar, llegaré por la tarde.
Ella asintió, contrariada.
—Te voy a encerrar con llave —dijo él.
—¿Por qué?
—Porque no conoces todavía Bruselas, ni a la gente del barrio. No vaya ser que te pase algo malo.
—Pero… ¿Y si…?
Youseff cerró la puerta, dio vueltas a la llave por fuera, y se marchó. Aisha, impasible, triste, preservada del desprecio que había sentido por parte de su marido, al que apenas y conocía —a pesar conocerlo desde niña— se puso a limpiar todos los rincones del apartamento.
Los siguientes meses Aisha trató de mostrarle todo su cuidado a Youseff, colmándolo de atenciones. Pero en todo ese tiempo, apenas y había alcanzado a conocer la ciudad. Él pasaba las tardes bebiendo té en los cafés de Anessens. Con el tiempo dejó de encerrarla con llave, pero le prohibió que saliera sin su permiso. Una vez lo encontró sentado en uno de esos cafés, donde no había mujeres sentadas en las mesas, sólo magrebíes, tirándoles piropos a las mujeres rubias que pasaban y que vestían faldas cortas.
Esa misma noche, cuando llegó Youseff, ella le dijo:
—Me has faltado al respeto.
Y dejó de hablarle durante una semana.
Recorría con la mirada cansada los alrededores, con la sensación de que el tiempo se volcaba en ella; los mismos edificios, los mismos comercios donde vendían valijas y comida de medio oriente y frutas. Y más tarde regresaba al mismo edificio, en la misma calle, poblada por las mismas gentes, con las mismas posturas, en los mismos lugares de encuentro, teniendo las mismas conversaciones. Arriba, de vuelta en casa, miraba por la ventana esas acacias que poblaban las aceras. Ponía a coser comida en la cacerola. Yusuff, siempre llamándola por teléfono, siempre asegurándose de dónde estaba. Él vendía carne halal a friterías y siempre llevaba un poco a casa, pero ella ya estaba harta de esa comida y sentía deseos de salir, de conocer, de impregnarse de este nuevo mundo al que todavía no podía conocer. Más allá del boulevard Lemmonier, de la zona árabe, Youseff no la dejaba alejarse.
—Es mejor mezclarnos lo menos que podamos, hay que mantener nuestra cultura intacta —decía él.
—¿Y el francés? Creo que yo debería de aprender a hablar el idioma del país en el que vivo.
—Yo te voy a enseñar, cuando tenga tiempo.
—Me aburro.
—En tu rutina se halla tu riqueza.
—¿Y eso? —le preguntó ella.
—Lo he leído ayer, ¿no te dije que estoy tomando cursos en la mezquita?
A su lado, junto al Corán, tenía un libro de ayunos y otro de hadices. En efecto, Youseff no soltaba el Corán. Lo tenía con él todo el tiempo y lo leía mucho; casi no hablaba con Aisha.
Una vez, Youseff llevó a casa a un amigo de Ceuta llamado Younes. Él no dejaba de verla a los ojos y ella se ruborizaba; por un instante, sintió deseos de que él regresara más tarde, cuando Youseff no estuviera. Pasó los siguientes días forcejeando entre el profundo sentimiento de deseo y la culpa por tener ese deseo. Ella era una mujer casada y no podía permitirse desear a un hombre que no fuera su marido, pensó.

Después de un año el padre de Aisha la visitó. Youseff fue muy amable con él y lo llevó a conocer un poco la ciudad, a orar a la mezquita y a beber té. Mientras Youseff trabajaba, Aisha le preguntó a su padre si la llevaba a pasear un poco. Por primera vez salió de la geografía de siempre y fueron donde estaba el turismo. Caminaban lentamente, por la pierna que faltaba a su padre. Vieron al muñeco que hacía pipí. Se hicieron algunas fotografías juntos, en el centro de la Grande Place y, de regreso, ella le dijo que el único sitio al que iba sola y, donde se sentía más a gusto, era una plazoleta de Lemmonier, cerca de las librerías de segunda mano. Le gustaba ir a observar a las palomas. Cuando se sentaron en una banca de madera y hierro, un joven hizo un movimiento brusco y las palomas, sintiendo que iban a ser cazadas y no observadas, echaron a volar.
El viento temblaba entre sus ropas y sintieron frío.
—¿Eres feliz aquí, hija? —quiso saber su padre.
Ella miraba hacia el suelo.
—No sé cómo puedo ser feliz. Trato de serlo, me esfuerzo; pero no lo consigo.
—¿Las cosas con Youseff no van bien?
—Quiero divorciarme de él.
—¿Divorciarte? ¡Pero qué estás diciendo! Lo más detestable, de las cosas lícitas ante Dios, es el divorcio.
—Lo sé.
El padre se tocaba la barba y miraba, sin ver, hacia el concreto ahora vacío de palomas. En sus ojos se alcanzaba a ver una enorme preocupación.
—Recapacita, hija. Sabes que el divorcio no está nada bien visto. Además, ¿es que quieres regresar a Siria y perder la libertad que se tiene en los países de Europa y la posibilidad de ganarse la vida de manera digna? Allá nos estamos muriendo de hambre. Además, para divorciarte, necesitarías a un representante, y las dos familias tendríamos que juntarnos para hablar. Para llegar a un acuerdo. Y nosotros estamos tan lejos…
Aisha enmudeció.
—¿Dónde está Youseff? —preguntó el padre.
—En su club.
—¿Club? ¿Youseff está en un club?
—En un club masculino —dijo ella, riendo, y añadió— En la mezquita.
—Vamos, hija, no lo juzgues tan duro. Ponte de pie y vámonos. El lugar de una buena mujer es en su casa, esperando a su marido para hacerlo feliz. A mí, tu madre, me ha hecho un hombre muy feliz. Debes hacerte cargo de la casa durante el día y debes tratar de ser como eras cuando vivías con nosotros, tan alegre y tan unida con tu familia y con Alá.
—Las cosas más profundas que he vivido, ya las he olvidado.
—Mmm —musitó él.
—¿Y mi madre, es feliz?
—¿Tu madre? Eso tendrías que preguntárselo a ella. Pero dime, ¿qué hay de Youseff? Debes ser buena con él por las noches, ¿entiendes lo que quiero decir? Tienes que complacerlo, darle lo que necesita, como hombre.
—Por las noches, mis manos lo tocan, pero no lo acarician, padre.
Esa noche, mientras intentaba conciliar el sueño, pudo escuchar el rumor de las voces de su padre y de Youseff, que hablaban un en la cocina.

El vuelo del padre estaba programado para la mañana siguiente, de manera que Aisha y Youseff lo llevaron en tren hasta el aeropuerto de Zaventem. Ya en el interior del aeropuerto, Youseff caminó algunos pasos detrás de ellos, con la maleta del padre de Aisha. El padre se apoyaba en el bastón.
—Papá, por favor, te lo ruego. Ayúdame. Quiero divorciarme de Youseff.
El padre se detuvo y la miró con sus ojos oscuros y profundos.
—Voy a ayudarte, pero tienes que ser paciente. Mientras, trata de ser una buena esposa y de agradar a Dios y a tu marido, ya te lo he dicho antes.
Youseff les dio alcance, sonriendo. Antes de que el padre cruzara el control de seguridad que lo llevaría a la sala de espera de British Midland Airlines, besó a su hija en las dos mejillas. Luego se volteó hacia Youseff; los dos hombres se tomaron de los brazos y se dedicaron una enorme sonrisa.
—Cuídala, Youseff.
—Siempre lo hago, no se preocupe, siempre la cuido.
—Lo sé —le dijo el padre, moviendo la cabeza de arriba a abajo, apretando muy fuertes los labios y esbozando una paternal sonrisa—.
El padre de Aisha pasó el control del aeropuerto y, caminando muy despacio, desapareció al final de un largo corredor inundado de luz.

MARCOS DE LA FUENTE, POETA EN NUEVA YORK

Publicado: 4 febrero 2015 de formasdifusasdbate en Discusión

http://www.farodevigo.es/suscriptor/4-costados/2015/01/27/marcos-fuente-poeta-nueva-york/1172530.html

marcos-fuente

Nuestro amigo y compañero Marcos, colaborador, animoso instigador de recitales, ocupa un espacio en las paginas del Periódico local Faro de Vigo en este artículo en el que se le define con justicia como activista cultural. Damos fe de ello y os dejamos el enlace con la hemeroteca del Faro.