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Vérdor, Laudon y otras distancias insalvables.

Publicado: 7 marzo 2012 de formasdifusasdbate en David Pérez, Prosa

Era un enorme cuerpo cilíndrico cubierto de escamas, con rasgos de dragón, de serpiente y de gusano, y escupía con bastante precisión una sustancia verde, un moco letal que restaba cinco puntos de vida con cada impacto. Combatían en una de las mazmorras del castillo, una sala vacía pobremente iluminada por cuatro antorchas instaladas en las esquinas. El gusano se deslizaba siempre pegado a las paredes, en una amplia trayectoria circular. Juan, en el centro, trataba de esquivar los mocos y de acertar con su espada en la cola de la bestia, su único punto vulnerable. Ya había probado con la maza, pero era un arma muy lenta, y con las flechas, demasiado frágiles. La espada, por el momento, tampoco daba buen resultado, porque le exigía aproximarse mucho, y entonces el gusano daba un fuerte coletazo que tumbaba su cuerpo intermitente en el suelo y le quitaba nada menos que quince puntos de vida. Juan sabía que si de verdad quería vencer a aquel rival debía hacer un largo viaje hasta el extremo contrario de la Tierra Blanca, e introducirse en un bosque con zonas pantanosas para buscar la cabaña de una vieja pordiosera ducha en artes mágicas, pordiosera de nombre Efilia. Efilia poseía un ungüento que, aplicado a cualquier arma, hacía vulnerable el cuerpo entero del monstruo, y no sólo la cola. Todo esto se lo había contado un mendigo que conoció casualmente de camino al castillo de Vérdor. Aún así, Juan seguía empeñado en vencer sin recurrir a aquella treta; no por orgullo, sino simple y llanamente porque le daba pereza peregrinar hasta la cabaña de Efilia: era una larga ruta plagada de parajes inhóspitos, feudos de un variado surtido de alimañas y asaltantes.
–¡Juan, tienes la merienda!
La llamada de su madre lo interrumpió en un momento delicado. Nunca había estado tan cerca de sentenciar al monstruo, y el extremo de la cola había perdido su inicial color verde oscuro para tornarse en un pardo macilento, igual que le sucedía a las plantas de su madre cuando se les iban secando las puntas de las hojas. Sin embargo, Juan tenía serios problemas para mantenerse con vida, y era poco probable que lograse resistir lo suficiente como para dar la estocada final. Ahora bien, de hacerlo, sería toda una hazaña, digna de épicos relatos a sus compañeros de clase, y especialmente a Javier, que ya había terminado el juego hacía dos semanas y se vanagloriaba de ello todos los días. Ja, pero con qué cara se quedaría si entrase Juan la mañana siguiente, con una media sonrisa, y le dijese “¿A que no adivinas? Con la espada… Y sin el ungüento de la bruja Efilia”.
–¡Juan! ¡Venga! ¡A merendar!
Pausó el juego y fue corriendo a la cocina, maldiciendo entre dientes.
–¿Puedo merendar en la habitación?
–No.
–Por favor…
–No, Juan, que lo dejas todo perdido de migas.
Se sentó de mala gana y comenzó a devorar el bocadillo en absoluto silencio, con la tele apagada, como dando a entender a su madre que aquel día la merienda era un trámite absurdo, un engorro que lo obligaba a aplazar un cometido inaplazable. Pero esta suerte de chantaje o de protesta se vio saboteada por el inoportuno sonido del teléfono: su madre salió en dirección al salón y lo dejó a solas con su rabia. Juan comprendió lo ridículo que era enfurecerse sin testigos y apaciguó el ánimo. La ansiedad con que había iniciado la ingesta del bocadillo dio paso a una mesurada sucesión de mordiscos, así como a un lento paladeo que le permitió distinguir con claridad el sabor y la textura del queso y del salami, de la miga y la corteza. Encendió la televisión en el momento en que el dragón Órtimo, pipa en mano, y con el ojo derecho muy muy abierto, interrogaba a un sospechoso, expulsando amplias bocanadas de humo sobre su rostro con el fin de intimidarlo, nublarle las ideas, moverle al error o la incoherencia en la construcción de la coartada. Estaban sentados frente a frente en una austera sala de la comisaría de Gubern, la ciudad más alta en criminalidad del planeta Laudon. El lagarto Runy (que por tales señas era conocido el sospechoso) mantenía el tipo, aunque a Juan le pareció detectar un ligero tembleque en la cola.
–Se lo vuelvo a repetir, comisario Órtimo, no conozco de nada a ese individuo. Yo me dedico a negocios normales: soy un honesto hostelero. Y esa noche precisamente estaba en mi restaurante de la calle Gringold, tratando unos asuntos con mi gerente. Puede preguntárselo a él, o a alguna de las veinte personas que cenaron aquella noche en mi local.
El comisario resopló.
–Sabes que tarde o temprano caerás, Runy, y sabes también que, cuando caigas, será en mis manos. Es cuestión de tiempo.
Después le dirigió una mirada casi tierna, como el reproche de un padre comprensivo a un hijo traste, y lo dejó marchar. Un primer plano del dragón Órtimo reveló las bolsas debajo de los ojos enrojecidos, las arrugas intensas de un ceño siempre en jaque, la boca torcida y asqueada, el cansancio de un irreprochable hombre de ley en un mundo de corruptos. “¡Qué crack (pensó Juan) el dragón Órtimo!”. Y entonces oyó los gemidos largos y apagados de su madre, que llegaban del salón con igual lejanía e irrealidad que si llegasen del planeta Laudon, atravesando millones de oscuros años luz, y él se quedó quieto más de un minuto, con el último trozo del bocata, el del currusco, el que más le gustaba, en la mano, y sin ninguna gana de comerlo, sin ninguna gana tampoco de levantarse e ir al salón, que estaba en la otra punta del universo, más allá incluso del planeta Laudon, para preguntarle a su madre qué había pasado, pregunta casi innecesaria, porque ya lo intuía, aunque aún no lo había asumido ni lo asumiría en mucho tiempo. Así y todo, terminó por asomarse a la puerta del salón. “Papá…”, dijo su madre, “Papá…”. Y Juan recorrió el pasillo hacia su habitación, dejando tras de sí al cansado Órtimo, que actuaba ahora ante un público invisible, y a la desolada mujer de la que había heredado el segundo apellido, que trataba aún de articular aquella dramática oración simple (ojalá fuesen así las de los exámenes de lengua), con el sujeto a la espera del verbo como al borde de un abismo, un verbo que, en aquellas circunstancias, no admitía complementos, porque ya él lo decía todo.
Sin ninguna estrategia, pero con mucha rabia, se ensañó a espadazos en la cola del gusano del castillo de Vérdor hasta matarlo, y no pudo reprimir un gesto de victoria: agitó el antebrazo con el puño cerrado.

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Poema david

Publicado: 26 diciembre 2008 de formasdifusasdbate en David Pérez, Poesía

Desde las azoteas la noche se suicida,

cae delirando, ríe ilimitada,

y la fractura de su cuerpo en la acera

crea esta luz, el día.

Luego su cadáver

está echado en el suelo largas horas.

No hay nadie que lo oculte en una fábrica

o deposite en su lengua una moneda de bronce.

Las ambulancias lo evitan, apagan sus sirenas, disimulan.

Inútilmente, ciudadanos, advertís a los guardias.

El cadáver de la noche

va morándose,

va perdiendo la luz aquella de los muertos,

va volviéndose negro nuevamente.

Oh noche, ahora que te beso,

ahora que en tu boca apago mi cigarro,

resucitas.

Juntos en bicicleta atravesamos la ciudad.

Tú extiendes tu sábana negra, me seduces.

Largas horas te amo.

Otra vez las azoteas son antorchas apagadas.

Caigamos, deliremos, riamos sin mesura,

fracturemos nuestros cuerpos en la acera.

Oh noche, contigo misma te suicido,

suicídame tú a mí conmigo mismo

.