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El atardecer de nuestros días

Publicado: 19 noviembre 2010 de formasdifusasdbate en Juan González, Poesía

El atardecer de nuestros días.

Puede que sea como un segundo en los labios.

Eterno e infinito.

Con la conciencia de las arrugas y los años muy lejos.

Como el principio.

Con dibujos alucinantes.

Mimos y peluches.

Como desconocer que te vas a morir.

Bajo este nombre

Publicado: 11 noviembre 2010 de formasdifusasdbate en Juan González, Poesía

Bajo este nombre tras los labios del alzheimer

Yo me agarro a los días como una sucia sanguijuela.

Borracho a la farola amable.

Sin más ansia.

Veo mil caminos.

Ninguno limpio.

Ninguno fácil.

La alegría vuela en forma de mariposa.

Pero pocas veces, muy pocas sus alas se dejaron tocar

¡Soy un soldado inservible!

Empuñé el corazón tan fuerte.

Disparé contra mi propio espejo en el reflejo oblicuo de :”algún día ya no te veré”.

Pero las balas invisibles se perdían en la memoria de los bosques.

Donde mis pies descalzos no respetaron el suelo.

Bajo este nombre.

Un león enfermo escupe babas de epilepsia, intentando buscar en los barrotes nocturnos girasoles erguidos.

Girasoles, donde dormirme siendo un crío entre los pechos de la luna.

Cantarle al dolor tendido en la alfombra de un fakir.

Y ver tu pálida silueta desnuda y hundida en el lago.

Es bella.

Estoy grabando las huellas en el descenso vertical.

Girando por el molino de los sueños.

Pinocho, ya no anhela ver el rostro de la claridad en el estómago de la ballena.

No esperes en la playa Gepetto abrazar a las barcas y enamorarte de ruiseñores fallecidos en bajamar.

Solo fue madera.

Lo que te ocultó de descubrir antes el lenguaje del suicidio.

Aceite que flota ¿Qué puedes ver que no ahogue?

Bajo este nombre.

Cuatro letras.

Cuatro insignificantes códigos ásperos identifican al 78689303003-V

Individuo no peligroso para tráfico de máscaras y de hierro.

Allá al fondo.

¿Lo ves?

Mi nombre estará escrito en el callejón más oscuro de esta ciudad sonámbula.

Temblando y asustado.

Junto al sonido certero de yembes rotos y montañas de páginas traseras.

Las palabras del horror bailarán la macabra danza, en el zulo del muchacho perdido en la fábrica.

“Otro que no gritó tan hondo en este muro crematorio”.

¿Y qué significó eso?

 

Bajo este nombre.

Los pilares que albergan el templo moral.

Son sujetados por un rey loco.

Bufón de la corte.

Loco por violar el aire que no le dio oxígeno.

Por romper las palabras que no albergaron sueños.

Es fácil escribir palabras que sean barcos de hojalata, surcando un océano sin mojar el casco.

Pero ay de los buques hundidos por los atardeceres de plata.

La humedad en el aprendizaje.

El nadar sin que un cebo te guíe hacia las rocas.

En el ojo de buey es mejor no penetrar.

Sin antes no haber visto el rostro de los ahogados.

Y me refiero a mirarte a través del cristal.

Y respirar, aceptar, amar.

Las cicatrices que no dejan ver tu piel.

Quemada y blanca y viva, pero muerta.

Bajo este nombre.

Ritos ancestrales corretean por los pasillos del cerebro.

Mientras las manos se sumergen en cánticos voladores flotando sobre alguna playa de América.

¡¡Regresad indios!!

Con vuestros caballos de trueno.

Y arrojad la lanza hacia las mesas de los nuevos bisontes que andan.

Arrastrando.

Cortando.

Modificando las raíces que intentan crecer entre la hierba triste.

Añoranzas.

Paisajes moteados de un ayer salpicados por rosáceos flamencos chapoteando en azules aguas.

Dientes grandes y temibles del gris aun respetado para ser arrancado y convertirse en estatuas mudas de marfil.

Podría ser que esnifar la resina de la conciencia no llamen lo suficiente en el paralelo de este mundo.

Incluso así.

Monopez

Publicado: 19 junio 2010 de formasdifusasdbate en Juan González, Poesía

Tantos años o toda una eternidad absolutamente dormida.
Merece la pena por eso.
Ver como el humo empapa a la saliva.
El sol es comido por el mar otro día de nuevo.
Yo seré entonces y no seré yo.
La cola de una lagartija.
La piel mudada.
Un pez esforzándose por respirar en la hierba.
Con cuidado.
Jugare alguna tarde escondido de los vecinos.
Rebuscando las olas azules y nítidas de la inocencia.
Nada.
Ni alcohol.
Nada.
Ni amigos.
Ni familia.
Ni cigarros, ni conveniencias.
Allí solo y frágil ante el universo.
Tu.
Y millones y millones de años.
De empezar de nuevo.
Un pez esforzándose por respirar en la hierba.
Solo y sin ser quien soy.