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Quiero doblar las calles

Publicado: 9 agosto 2011 de formasdifusasdbate en Manuel Ángel Álvarez, Poesía

Quiero doblar las calles,
torcer todas las esquinas hasta desmembrar,
y que un sólo sueño se divulgue en las palabras,
en las bocas, en los espacios
para descender hasta lo más ínfimo,
un anhelo se vuelve tan fuerte, por dentro,
desfigurándose rápido en el aire que sale de nuestra boca.
Sobre el pensamiento el espacio y sobre el espacio tan sólo eso,
añicos esparcidos jugando a crear formas,
un recuerdo, una imagen,
el agua vacía cayendo del vaso lleno,
cristales pegados en la memoria,
recortes de un instante esparcidos sobre el papel,
construcción momentánea de pedazos invisibles,
juego de juegos inútiles esforzados en comprender,
con las manos procurando pegar lo inaccesible,
rotos instantes caídos de vasos incompletos,
gotas secando por dentro,
agotando el espacio en donde la vida comienza a apagarse,
y sólo queda lo efímero.

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Pasaba a saludarte

Publicado: 9 agosto 2011 de formasdifusasdbate en Manuel Ángel Álvarez, Poesía

pasaba a saludarte,
a dejar una línea grabada en tu propio espacio,
en tu memoria,
pasaba, en un ajuste imperfecto de tiempo verbal
donde la expresión se deforma,
para desgranar tinta efímera
y arrancar una sonrisa demasiado fugaz,
la espera, es un contrato a medias entre la esperanza y la sin razón,
paso, paso a paso en un perfecto modo de estar aquí y ahora,
intentando comprender en éste tiempo que ahora existe,
para plasmar un dibujo, y tratar de no falsificar promesas,
ajustando las sílabas a un último renglón
que no carezca de peso,
paso a echar un saludo,
– no es un peso que me quiera quitar de encima -.
mis saludos son negaciones de bocetos hipócritas,
son no un pasar de largo dejando una simple letra impresa,
un toque de atención a lo efímero,
el dolor, toca donde duele,
donde no, sólo hay abstracción insulsa

El cumpleaños

Publicado: 20 marzo 2011 de formasdifusasdbate en Manuel Ángel Álvarez, Prosa

La fecha del cumpleaños de Julian se acercaba. Todas las personas a las que conocía le habían felicitado. Todos se habían acordado de aquel día como si de un obsequio se tratase.

Esta imagen le enternecía, la de pensar y visualizar cómo todos aquellos conocidos podían haber estado esperando ansiosos aquel momento para felicitarle.

Lo veía claramente, y le invadía un sentimiento verdaderamente enternecedor, pero lo que más le emocionaba, era pensar que todas aquellas personas se lo podían estar imaginando en el momento de su nacimiento, haciendo toda la fuerza posible para salir de aquella burbuja, romperla y saludar a la vida. Lo comprobaba a través del foro de ” amistades” que tenía virtualmente, todos le saludaban.

Pero, ¿realmente se habían acordado de aquella fecha ?¿ o había sido el mismo foro, el que le recordaba a todos aquellos que le estaban felicitando, que era el día señalado?.

Resulta curioso el pensar, que cuando vamos a felicitar a alguien, ya sea por su cumpleaños, una fiesta, o cualquier otro motivo digno de felicitación – acaso éstos que he mencionado no lo sean -, lo hacemos única y exclusivamente porque sentimos que ese es nuestro deber, un deber que nos ha sido impuesto, y que acatamos como una orden en la que hubiera en juego alguna vida.

Lo más terrible – muchas veces pasa -, es que ni siquiera recordamos que debemos felicitar a esas personas, sino que es un foro virtual el que nos lo recuerda, atreviéndose con ello   – el foro –  a cobrar cierta vida, dando a entender que somos por completo inútiles por nosotros mismos, pues ya nuestra memoria vaga en un océano espeso y denso de abstracción y egoismo.

Recapacitemos por un momento, ¿ qué es lo que espera aquella persona que felicita a otra por su cumpleaños o cualquier otro motivo?, ¿ es su fin el simple acto de felicitar ?, ¿ o un medio, por supuesto patético, a través del cual lo único que aguarda, el que felicita, es que se lo agradezcan?.

Es muy probable. la sociedad, el ser humano, están tan faltos de agradecimientos que hurga en las más desesperadas excusas para escucharlos, están tan faltos de ello que precisan que los demás reconozcamos tanto sus labores como sus gestos hacia los demás; resulta tan deleznable que acudimos a la más insignificante razón para mostrar, para demostrar, o lo que es peor, necesidad por demostrar que recordamos a los demás, y aguardar con ello un ridículo gesto de agradecimiento, el cual nos ayuda a sentirnos mejor, llena ese vacío que tan dentro de nosotros se esconde.

Sin embargo, ni siquiera recordamos, nos ayudan a recordar, con lo que esa necesidad y ese gesto se transforman en un espejismo, en una mera parodia de lo real, en un simple relleno para nuestro tiempo carente de sentido, pretendiendo nosotros con ello darle algún tipo de forma y contexto. Necesitamos que los demás se den cuenta de que les recordamos, somos tan egoístas que entramos en las vidas ajenas sin pedir permiso, invadiendo un territorio desconocido como si pudiésemos poseerlo, procurando llamar la atención de la manera más ruidosa posible para que nos tengan en cuenta. Es como si fuésemos por la calle, y a lo lejos viésemos a alguien que deseamos fervientemente que nos vea, primero, agitamos la mano con sutileza en dirección intentando que se dé cuenta de nuestra presencia, el gesto, se va transformando poco a poco en vehemente, hasta que de nuestra boca sale despedido su nombre; no significa que tengamos que darle noticia importante alguna, o que simplemente queramos saludarle, significa que deseamos que toda la gente que está a nuestro alrededor contemple cómo saludamos a esa persona, es más, si es una persona conocida o estimada por un número considerable de indivíduos, hacemos todo lo posible para que ese saludo resulte notorio y llamativo, como si recurriésemos a luminosas pancartas o letreros para llamar poderosamente la atención. ¿ Nos consideramos tan importantes en la sociedad que precisamos que se den cuenta de que estamos ahí ?, ¿ que existimos ?, ¿ o todo lo contrario?, ¿ o nos sentimos tan insignificantes, que de algún modo deseamos destacar para los demás y por ello nos hacemos notar?. Sin embargo, lo hacemos de manera inocente, entramos en las vidas y tiempo ajenos ingénuamente, sin percatarnos que podemos estar molestando. Todo cuanto llevamos a cabo, lo hacemos porque así nos lo enseña la sociedad y el costumbrismo. Somos iguales que la  marioneta del títere, realizando los movimientos que nos han sido inculcados, sólo que las marionetas no son conscientes de ello y no lo pueden evitar, lo que hace más horrible nuestra existencia.

Todo ésto se lo había comentado Leunam a un amigo,  veía a través del mismo foro cómo todas aquellas personas felicitaban a Julian, le remitió entonces Leunam todos sus pensamientos a su amigo.

El amigo le contestó:

– Veo querido amigo, que ya te estás plagiando a tí mismo, ya que éstas reflexiones ya estaban en aquel maravilloso monólogo que hablaba de la máscara y el disfraz.

Tenía algo de razón, aquel escrito lo había realizado hacía algunos años, trataba de que todos caminamos a veces con una máscara y que nos disfrazamos, y es cierto que había mencionado la idea – ahora recurrente – del títere y la marioneta pero, ¿ cómo podía decirle a Leunam que se estaba plagiando a sí mismo?

Leunam, lleno de dolor por aquel repentino comentario le contestó:

Nada que ver, ni mucho menos. Esto es un reflejo de la realidad, es más, ojalá fuese sólo un reflejo, para poder darnos cuenta de que sólo es apariencia, y que ese reflejo del que se habla, es algo inexacto y etéreo, y que en realidad es impalpable y por ello no podemos controlarlo; ojalá fuese un reflejo, de la misma manera que algo que se ve en la cercanía, pero que resulta imposible alcanzar; incluso llegaríamos a pensar que es algo paralelo a un sueño que en relidad no existe, lo vemos tan cerca cuando dormimos, y de pronto se esfuma dando a entender que está fuera de nuestro alcance, y que somos unos pobres ilusos que jamás alcanzaremos aquello que anhelamos. Pero no!, ésto no es es el vivo reflejo de la realidad simplemente, sino una copia exacta, un doble. Es algo que cada día sucede igual que el mismo acontecimiento monótono de lavarse la cara, nos hemos acostumbrado tanto a esos gestos, esos saludos y esas necesidades, que ya ni siquiera  – aunque éstos gestos hayan ido en un principio en contra de nuestra propia voluntad – nos damos cuenta de ello.

Y tú me hablas de que me plagio a mí mismo. Te voy a poner un ejemplo:

Imaginemos por un momento a dos niños completamente iguales, por supuesto, no sabemos sus nombres; y hablan, aunque no podemos escuchar sus voces porque están más allá de nuestro alcance, son idénticos como dos gotas de agua, igual que dos fotografías del mismo niño; pensemos durante un instante en esas dos fotografías que hemos visto con antelación en alguna que otra parte, están ahí, en nuestra memoria, pero están lejos de nuestro alcance, son como el reflejo de la realidad, igual que la imagen del espejo, está ahí, pero no podemos hacer nada con ello, de alguna manera nos incomoda, pero no podremos modificar eso, porque se encuntra en otra dimensión fuera de nuestro alcance. A las dos fotografías, simplemente las vemos reflejadas en la proyección que nuestro pensamiento nos devuelve, han pasado ante nosotros sin que apenas nos diésemos cuenta, sin embargo, ahora, en una traición del destino, sí pensamos en ellas, aunque no le damos la mayor importancia.

¿Son acaso las dos fotografías de los dos niños idénticos la mima fotogtrafía de un sólo niño repetida? ¿Es acaso el segundo niño supuestamente nacido un plagio del primero?

Nos lo planteamos, pero la idea pasa, nos olvidamos de ella, porque es impalpable.

Este pensamiento es  como el escrito realizado, lo ves plasmado, flotando en unas simples líneas que no van mucho más lejos de reflejarse horizontalmente, las ves débiles y faltas de imaginación por no aparecerse más que así, y no realizando piruetas o magníficas acrobacias, no les das más importancia, pues es una imagen en dos dimensiones, es la visualización de la fotografía de los dos niños idénticos, has visto las fotografías, también en dos dimensiones, por un segundo te has abrumado de hasta qué punto puede llegar a ser aterradora la igualdad, pero al no afectarte en exceso, sigues adelante abstraído en tus cosas.

Ojalá se pareciera ésto al viejo escrito de la máscara y el disfraz, pues al menos sería una como tantas otras realidades enmascaradas, una realidad superpuesta por un engaño sin importancia, una realidad de un rostro cubierto por una careta, y que tanto el rostro como la máscara, avergonzados de la realidad, hacen un convenio para mientras una oculta, el otro es ocultado, ambos cómplices del engaño. Ojalá se pareciese, ya que no todo el mundo puede vanagloriarse de su belleza exterior o interior, pues hay personas que no pueden sentir esa satisfacción, y por ello se enmascaran, sin embargo, la fotografía de los niños, es visible, es una repetición. una repetición en dual y en estéreo de lo trágico, una aberración contra el ser humano, y lo peor, es que lo ignoramos.

Aquel mensaje a Leunam de que había realizado un plagio de sí mismo fue como un golpe terrorífico, un golpe que llegaba hasta él y se expandía por todo su cuerpo en forma de torrencial de penosas sensaciones. En aquel mensaje – aparentemente trivial – existía otro mensaje oculto, el cual resultaba verdaderamente despiadado. El escrito al que hacía referencia era de hacía varios años, por lo cual, éste mensaje lo estaba trasladando a otra época anterior ya vivida, le estaba obligando a rememorar aquel tiempo y aquel escrito, durante un instante, el sutil comentario, estaba robando el cuerpo de Leunam del presente para llevarlo a otra parte del pasado, lo trasladaba a otra época ya acontecida como si aquellos años que en realidad sí habían transcurrido, no fuesen más que una mera especulación de los mismos años, como si en verdad no hubiesen existido, proyectando con ésta imagen, a su vez, la idea de que Leunam no había evolucionado en absoluto, de que se encontraba en el mismo punto exacto de cuando realizó aquel escrito.

Eran de nuevo los dos niños como dos gotas de agua que reaparecían de nuevo. Recordemos que, por primera vez habían aparecido en dos fotografías vistas en alguna parte, imaginándonos entonces que eran dos fotografías de la misma persona.

Pero ahora, ahora aparecen en la realidad, pero no uno junto al otro, mejor dicho, primero uno y después el otro. Al uno, lo vemos con un pantalón azul, solitario, sobre su cuerpo lleva también un jersey del mismo color. Sonríe mirando hacia nosotros y nos saluda. Proseguimos, torcemos una calle a la izqierda y nos apresuramos, cogemos el único autocar que nos llevará hacia el otro extremo de la ciudad, llegamos, cruzamos un paso de cebra y, sin quererlo, giramos el rostro, ahí aparece el otro niño exactamente igual que el anterior. No puede ser. El primer niño llevaba un pantalón azul, mientras que éste, viste un pantalón marrón, el otro, no tenía bufanda, al cuello de éste rodea una bonita bufanda de lana color caoba.¿Es probable que sea el mismo niño?. No, por muy cerca que viva del primero, sería imposible que hubiera ido a su casa a cambiarse de ropa y  llegar a la otra parte de la ciudad con tanta prontitud.

¿Es acaso ese segundo niño idéntico, repetición del primero, el cual también nos obliga a retroceder al recuerdo del primero, y llevándonos también al mismo lugar y mismos acontecimientos?. ¿Está haciendo que nuestra atención se desplace al mismo instante?¿Nos obliga con ello a realizar un plagio del encuentro con el primero?. Sin duda, nos obliga a repetirnos, también como si en éste transcurso temporal no hubiésemos evolucionado en absoluto. Nos roba de nuevo ese presente que no experimentamos mientras estamos recordando lo ya pasado. Nos hace recordar a la idea del escrito realizado en el presente y que tanto se parece al del pasado, y que nos invita a la terrible idea de la no evolución. ¿Es éste segundo niño en realidad un segundo niño?, ¿o un simple plagio del primero?, ésto sería abominable, pues aquí, en ésta idea del plagio del niño, sí que el niño habría evolucionado, evolucionado en el tiempo y en  el

espacio, mientras nosotros, nos quedaríamos espectantes en la no evolución del escrito, y en la no evolución del plagio, haciendo que éste de los niños cobre verdadera fuerza sobre el del escrito, el cual se convertiría en una simple fotocopia borrosa y de alguna manera olvidada del pasado.

 La idea del plagio habia resultado escalofriante. Julian, en el día de su cumpleaños, eran única y exclusivamente él y su día, el día que hacía rememorar su nacimiento, y no el día en que todos aquellos que lo felicitaban se lo podían estar imaginando, haciendo su propia fieta. Poseían tento egoísmo aquellas personas, que querían ser partícipes también de dicha jornada, no iban a dejar que fuese Julian tan sólo el que disfrutase de su propio día, de su fiesta, era tal la falta de estímulos en la mencionada gente, que incluso también ellos esperaban con recelo ser de algún modo dueños de ese día, e invitados de esa fiesta a la que desde luego no habían sido invitados.

Aquel número indeterminado de felicitadores llevaba a cabo la renombrada acción con verdadero ahínco, no se habían dado cuenta de que una y solamente una sería la felicitación original, y que todas las demás  – que obviamente llegarían después de la primera  –  serían un plagio de la primera, o, por decirlo de otro modo, una vulgar adaptación.

Cada uno de quienes realizaban dicho gesto y que ya habían visto el primero reflejado en el foro, no querían ser menos que el primero, y era esa la única razón por la que llevaban a cabo la misma operación, no porque deseasen lo mejor para Julian, sino porque al ver plasmada la primera, deseaban ellos también hacerlo, para entrar a formar parte del gran grupo de los futuros agradecidos, y ser con ello recompensados y felicitados igualmente en cuanto fuesen sus días. Habría entonces una gran multitud de felicitadores y felicitados, todos ellos formando la gran fiesta de la felicitación en la distancia.

 En realidad, no es que sólo resultase un gesto déspota y maquiavélico el que cada uno  – de aquellos que procedían con la empalagosa – lo hiciese por el simple hecho de dar muestra de su nombre y su fotografía para ser reconocido por los demás, y, además de Julian, que todos los que viesen aquel foro comprobasen que aquellos nombres con aquellas fotografías le habían tenido en cuenta, sino que, además, en aquel preciso instante en que cada uno de los que había visto la primera felicitación, se disponía también a ello, además de eso, entraban a emprender la marcha en una competición de rapidez, para comprobar quién podía felicitarle con mayor antelación, nadie desearía  – supongo – ser el último, por ello, nos imaginamos a todos esos rostros sudorosos, y esas manos con esos dedos intentando teclear de la manera más fluida para quedar en las primeras posiciones del ránking.

Era una excusa, lo de felicitar no era más que una mera excusa por el deseo de competición, una competición en la que, además del deseo de situarse en la mejor posición posible del ránking del tecleo, quedarían también en una buena posición en la boca de los demás, ya que, a mejor posición, mejor opinión habría de ellos a través de los foros y en las conversaciones.

 Lo único que esperaban era que se hablase bien de ellos, que sus nombres  – con sus fotografías — fuesen los más condecorados con alardes y hermosos adjetivos.

 Observamos una foto de Julian en el día de la celebración de su cumpleaños.

Se le ve sonriente soplando las velas de la tarta. Por un momento cae como ensimismado en una reflexión. Comprueba todas las felicitaciones, y elucubra cómo todos los que le remitían aquellas palabras se lo podían estar imaginando en el día de su nacimiento.

 El, haciendo una fuerza increíble para romper aquella burbuja y salir por aquel túnel estrecho y húmedo, y unas manos  – las del ginecólogo – ajenas a su sangre y por completo desconocidas, tirando de él para que saliese. ¿ Acaso alguien le habría preguntado si quería nacer ?, ¿ le habían hecho una proyección – en el seno materno – de  cómo sería su vida, y le habían cuestionado si la deseaba ?; no, le habían obligado a nacer, arrancándole del vientre materno como si de una infección se tratase.

Julian veía cómo  – además del doctor  – todos los felicitadores le contemplaban en el momento de su nacimiento, decenas de rostros desconocidos mirando a través de la gran pantalla que existía entre las piernas de su madre, todos sonrientes, a la vez que decenas de pares de brazos le sostenían por la cabeza intentando mostrale el exterior, eran el doctor y al mismo tiempo los felicitadores quienes estaban en aquel lugar tan recóndito y lleno de pudor, eran innumerables rostros los que se confundían en uno sólo, el doctor y decenas de doctores plagiándose entre sí, en aquel instante se estaba transformado un poco en propiedad de todos, los que al tiempo cortaban el cordón umbilical, primero uno, luego otra, luego otro, todos con una gran bolsa de palomitas visualizando el espectáculo de su nacimiento, algo absolutamente privado e íntimo.

Lo pensaba, y pensaba que quizá hubiese sido mejor no haber nacido.