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Si me arrancas todos mis defectos…

Publicado: 22 febrero 2012 de formasdifusasdbate en Jesús Cano Urbano, Prosa

Mucho antes de que los almendros se hicieran viejos y los pueblos grandes, existió la aldea Glemsel. Tan pequeña y adentrada en los bosques, que hasta su propio reino la fue olvidando con el tiempo. Así, el alcalde, que generación tras generación heredaba el cargo, terminó siendo la máxima autoridad. Tres senderos de difícil paso llevaban hasta el pueblo, y los aldeanos, tildados de ironía, les pusieron nombre: olvido, indiferencia y abandono.

La singular situación, sin soldados de la guardia real ni decretos que, aun vagos y añejos, llegaran a aquellas tierras, les obligó a crear sus propias leyes para conservar el bienestar. Los residentes de comportamientos delictivos, de pensamientos extraños o el mínimo brote de maldad, eran exiliados a un cercano valle llamado Onde. Con los años cada vez fueron más los repudiados como castigo, y crearon su propio pueblo, con sus familias y sus leyes. Así, aquellos que su comportamiento era extraño, de conducta bondadosa o demasiado correcta, eran expulsados a la aldea de Glemsel donde se les acogía con fervor.

Semejante actitud durante cientos de años consiguió un equilibrio perfecto entre las dos aldeas. Ningún lugareño visito jamás el pueblo vecino, tan solo venían para quedarse o marchaban para no volver nunca más.

En los últimos centenarios los dos poblados se preguntaban lo mismo del contrario: ¿Dónde estaba situado su Tavs? Esto era un lugar destinado a crear y preservar la esencia de los difuntos. Nadie recordaba ni cuándo ni cómo se inicio semejante culto, pero era lo más importante para cualquier familiar que hubiera sufrido una perdida. El elaborado proceso comenzaba enterrando la mitad de una enorme tinaja de barro en la tierra del Tavs. En el interior se depositaba el difunto, semillas concretas y el aceite de una caña llamada Kaldet Livet. Tras semanas de espera el barro de la tinaja filtraba la esencia de su interior, nutriendo la tierra de su entorno. Sin ninguna explicación, pero era justo ahí donde crecían en abundancia las flores tilbage. Pequeñas plantas de puntiagudos pétalos blancos. Estas conservaban el aroma del difunto más próximo, que era recordado por los familiares y amigos al olorarlas.

No eran necesarios disponer de nombres ni indicaciones, cada ser querido reconocía el aroma de la abuela, de su padre o de un amigo. Al inspirar los recuerdos surgían casi palpables con una intensidad asombrosa. El mejor momento para recoger las tilbage era al amanecer, aunque no todos pensaban igual, pues muchos familiares encontraban tallos cortados en ocasiones, seguramente de amigos desconocidos para ellos.

Un día sucedió lo inesperado; desde la aldea de Onde manaba una fina columna de humo rojo que se difuminaba en el cielo. Era la señal pactada por sus ancestros. Uno de los pueblos solicitaba comunicarse con el otro. En Glemsel todos estaban desconcertados, poco se explicaba en los antiguos escritos; El encuentro se debería realizar a mitad del camino que unía las dos aldeas. La hora era la misma en la que se creó la columna de humo, pero al día siguiente para dar tiempo a los preparativos.

¿Qué querría aquel tumulto de delincuentes e indeseables? Jamás había sucedido nada igual desde la época de las fundaciones. ¿Sería una trampa para algún maligno engaño?
El alcalde meditó preocupado quien debería acudir a tan grave cita. Alguien paciente y perspicaz, que evitara enfrentamientos y no se dejara embaucar. Pensó en utilizar la casa del debate, pero no daría tiempo al proceso. Los protocolos de dicha casa eran todo un ritual. En un inmenso salón se citaba a todo el pueblo, un orador exponía el problema a tratar; tal vez un juicio por un delito, una ley nueva o una calle a construir. Al fondo del salón existían dos puertas opuestas, ambas daban a salones más pequeños. Por una accederían los propicios a la idea expuesta y por la otra los opositores. Una vez cerradas las puertas, los aldeanos elegirían a un orador para defender su postura, compartirían sus argumentos con él y le ayudarían a convencer de que su idea era la mejor. Más tarde, quizás días, el orador de cada salón accedería al otro para persuadir a los rivales ideológicos. Tras escuchar a los defensores todos tornarán al gran salón para votar.

De pronto recordó a Kender, aquella anciana de mirada picara que paseaba observadora por las calles. No hablaba mucho, pero sus escasas palabras siempre eran acertadas y agudas. El poblado estaría conforme con ella, pues la habían elegido como oradora varias veces en la casa de debate.

Próxima estaba la hora, la anciana comenzó a cruzar el irregular sendero con pasos cortos y arrastrados, ayudada por una retorcida rama que le servía de apoyo. No era un camino fácil, ya que a parte de los castigados por las aldeas, por allí solo pasaban animales perdidos. Inspiró el aroma de la tilbage que pendía de su solapa, disfrutó el olor a canela, a lana y a ropa recién planchada, y el recuerdo de su madre le dio fuerzas.

Pronto su gastada mirada divisó a un joven que caminaba hacia ella. A pocos pasos ambos se detuvieron y el muchacho se presentó:

– Me llamo Gamle, habitante de Onde. No por castigo sino por nacimiento. Soy aprendiz de carpintero en el poblado.

– Yo soy Kender, de Glemsel por nacimiento. Mi función es diseñar edificios. ¿No eres un poco joven para semejante tarea?

El muchacho pasó la mano por su pálida tez escrutando a la anciana.

– ¿Recuerdas cuando diste tus primeros pasos?

– No. –Contestó Kender con una sonrisa.

– Pues en ese momento sabias muy bien hacia donde debías dirigirte, quien te sujetaría y no te dejaría caer. ¿Sabes eso ahora, con tanta certeza como entonces?

– Perdona mi mal juicio. Es que soy muy vieja para esto. – Sonrió otra vez acompañada por el joven.

Guardaron unos minutos de intenso silencio. La anciana miraba las manos del futuro carpintero mientras este las frotaba lentamente una contra otra. Una enérgica brisa atrajo el olor de las tilvages del Tavs. Cerraron los ojos presas de intensas sensaciones. Nadaron en la nostalgia entre un tumulto de ausencias y confusos recuerdos.

Kender se repuso con gran esfuerzo y tomó las riendas de la conversación.

– Dime, Gamle. ¿Qué nos ha traído aquí? ¿Por qué motivo escribiremos historia hoy?

– Se trata de nuestro Tavs. – Su expresión se endureció – Siempre nos hemos preguntado por qué el vuestro no lo divisamos, ni siquiera cuando sacamos las vestías a pastar.

– ¡Qué curioso! A nosotros nos sucede lo mismo.

– No importa. – La miró incrédulo – No es la cuestión. Tenemos un gran problema con el Tavs, se ha profanado de un modo cruel e insólito.

– ¿Qué ha sucedido exactamente? – Preguntó entornando los ojos como si la intriga le pesara en sus párpados.

– Mi abuela fue sepulcrada antes de anoche, a la misma hora que se efectúa la recogida de las tilbages como marca la tradición, al anochecer.

– Lamento su perdida. Su aroma te traerá felices recuerdos.

– ¡No podrá ser! Su cuerpo ha desaparecido. Al presentarme anoche en el Tavs descubrí su ausencia.

– ¡Criatura sin consuelo! ¿Estás acusándonos de haber profanado la fragancia de tu abuela? Si marchó de la vida ¿Quién puede ser tan cruel para quitártela de la muerte?

Gamle titubeó al percibir un dolor sincero en la anciana mirada. Pero no debía ceder, inspiró tomando fuerzas.

– ¡No es solo una sospecha! Me quedé toda la noche vigilando a lo lejos. ¡Cual fue mi sorpresa al amanecer! ¿Sabes que es lo que vi?

– Por supuesto que no. – Susurro aún reponiéndose de la acusación.

– Al pueblo de Glemsel recolectando nuestras tilbages. Siempre nos preguntamos por qué había tallos cortados al anochecer, pero pensábamos que serían amigos desconocidos para los parientes, que no seguían la tradición.

Kender palideció alzando una mano en solicitud de silencio. Sin apartar la mirada de su retorcido bastón preguntó:

– ¿Donde está situado vuestro Tavs?

– ¡Lo sabes muy bien! En el valle profundo.

La mirada de la anciana se alzó de súbito atónita. Con voz temblorosa tornó a preguntar:

– ¿Cuál fue vuestro censo hace seis días?

– No comprendo tal pregunta, pero si para ti es importante; trescientos dieciséis.

– ¿Y hace cinco? – interrogó con tal ansia que casi pisó la respuesta anterior.

– Nadie falleció. – Alzó los hombros sin comprender.

– Pero hace cuatro días fallecieron tres habitantes, y quedasteis en trescientos trece.

– ¿Es que a caso nos espiáis?

– Es mucho más complicado… Quizás demasiado sencillo. Los censos son idénticos a los de mi pueblo… – Quitó el sudor de su frente con la mano- Y el lugar del Tavs es el mismo. Hace tres días falleció tu abuela, pero en mi pueblo no murió nadie. Tal vez sea la primera vez que los censos son diferentes.

– ¿Qué tratas de decir? ¡Estás desvariando!

– ¡No! Estoy muy cuerda. ¿Es qué no lo comprendes? Llevamos una eternidad arrancando la parte contraría de un pueblo para enviarla al otro. Por fin hemos conseguido semejante equilibrio. Somos partes opuestas de una misma aldea.

– No consigo comprenderte. ¿Buscas escusas para vuestro delito?

– ¡Maldita sea! ¡Hemos partido el alma de los habitantes! No encuentras a tu fallecido porque la mitad que le falta aún sigue viva.

El muchacho meditó un instante con media irónica sonrisa. Giró sobre si un poco para evitar que el sol lo cegara.

– Según tu razonamiento, en el Tavs se unen ambas partes… Por eso es el mismo. ¡No puedo creerlo! ¡Estás loca de atar!

– No cabe más explicación. – Dijo Kender con dulce voz mientras acariciaba la faz del muchacho consolándolo.

Gamle aferró la mano que lo consolaba estupefacto. Inspiró el aroma de la anciana a la par que sus ojos se desbordaban en lágrimas. La dura mirada del muchacho se colmo de amor.

– Parece ser que has hallado la parte de tu abuela que falta. –Susurró con cariño. – No te preocupes, no tendrás que esperar mucho. Ya flaquean mis fuerzas.

– Nadie lo creerá. ¿Qué diremos a nuestros pueblos?

– Yo diré que nadie se presento a la cita. Tú dirás lo mismo. ¡Pero lucharas! Lucharas por que las aldeas se unan. Porque seamos seres completos.

Gamle asintió con la cabeza y la anciana le dio la espalda arrastrando sus pies hacia la aldea.

– ¡Kender! – La llamó a los pocos metros recorridos.

– ¡Dime! – Grito sin dejar de caminar.

– ¿Podrás venir mañana? Me gustaría recordar a mi abuela.

– ¿Por qué no? Quizás nosotros comencemos la unión.

El sol comenzaba a ocultarse, y las tilbages se cerrarían para abrirse a los pocos minutos en todo su esplendor, el mismo proceso que al ocultarse la luna. No todas eran iguales, algunas poseían afiladas espinas en sus claros tallos. Por eso en la recogida se debía tener sumo cuidado, pues al igual que los recuerdos, algunas podían causar un intenso dolor.

…Seré aún más imperfecto.

A Dani. Cuando flaquees recuerda: Muchos sin ti estaríamos incompletos.

Gamle / viejo
Glemsel / olvido
Kaldet Livet / llama vida
Kender / sabiduría
Onde / mal
Tavs / silencioso
Tilbage / atrás

¿Cómo ocultar una luz inalcanzable?

Publicado: 22 febrero 2012 de formasdifusasdbate en Jesús Cano Urbano, Prosa

El poblado de Lunarota creció en torno a la antigua abadía “El olvido de los difuntos.”
Este nombre no era el autentico, fue dado por el pueblo muchos años atrás, pues el suyo era desconocido. La enorme abadía de piedra oscura y enmohecida, fue ocupada por infinidad de órdenes y monjes hasta perderse en la propia antigüedad de su historia, lo único sabido era que se fundó para recopilar los escritos místicos de todas las épocas a las que sobreviviera. Expoliando los textos malditos de cualquier pueblo que osara transcribir malas artes y brujería. Tal vez por ello lucía enormes y gruesas rejas en cada ventanal, para evitar que nadie entrada a descubrir sus secretos… O que nada de lo allí oculto escapara. Lo cierto es que a pesar de la severidad de la construcción, los elaborados enrejados la embellecían con sus retorcidas formas. Y si se prestaba atención, todas diferentes insinuando en sus retorcidos trazos algo que el forjador se llevó a la tumba.

La tétrica construcción estaba rodeada por toda su base por cientos de nichos escalonados, casi todos vacíos, pues se relata como si fuera cierto, que el abad mayor se obsesionó con lo escritos repudiados practicando los textos malditos. Nada quiso saber la iglesia de una abadía por cuyas piedras rezumaba la herejía. Y así, durante décadas, el oscuro monasterio quedó exento de control religioso, abastecido por el pueblo que lo rodeaba. Los aldeanos utilizaban los nichos a modo de cementerio. Pero ninguna lápida mostraba el nombre del difunto, solo la fecha del nacimiento y la del fallecimiento. Sin conocer el nombre del difunto, los extraños monjes no podrían utilizar a los seres queridos para malas artes. ¿Cómo llamarlos? Y por esto el bautismo popular a la abadía: “El olvido de los difuntos.”

El nombre del poblado era más evidente. Hundido en el profundo valle, cuyos bordes rodeaban secos y altos arboles, desde cualquier punto del pueblo la luna siempre era atravesada por un tronco o alguna rama pareciendo partida. En aquel entonces era todo lo que se podía divisar en el nocturno cielo, pues el origen de las estrellas partió de Lunarota.

Por las calles del pequeño pueblo arrastraba los pies un cansado anciano. Portaba con ambas manos una caja de madera cuyos bordes no alzarían más de cinco centímetros, y en su interior una gruesa capa de arena de playa húmeda. Era todo su medio de vida, el tesoro que le proporcionaba algo que echarse a su desdentada boca.

Dos muchachas de apenas quince años lo llamaron ilusionadas:

– ¡Chacón! ¡Chacón!

El huesudo anciano corrió hacia ellas emitiendo una especie de graznido, pues su lengua jamás pronunció palabra.

– Cuéntanos algo, Chacón… -Solicito la joven mas bajita.- Algo que nos mantenga entretenidas hasta la hora de comer.

Él, asintió con la cabeza. Pero alzó su mano en solicitud de pago.

– Ahora no tenemos nada. Te daremos algo después. – Dijo esta vez la alta y delgada con grave voz.

Chacón negó con los ojos muy abiertos, como si aquello le hubiera espantado y dio la espalda comenzando a caminar palpando algo con sumo cuidado bajo la ropa.

– Por favor. –Plañó la alta tirándose de sus deshilachadas trenzas.- Que no encuentro a mi gatita y no quiero pensar en ella… ¡Que si no me distraigo me muero de pena!

El anciano resopló con desaprobación, y dejando la caja en el suelo se sentó frente a ella. Las niñas hicieron lo mismo en el lado opuesto, frente a él. Miraron la húmeda arena de la caja con admiración, como esperando sumergirse en ella en busca de asombrosas aventuras. El huesudo longevo miró unos instantes al cielo pensativo. Pero los curiosos ojos de las muchachas no se percataron. No podían apartarse de la arena presas del nerviosismo.

De uno de los bolsillos de su gastada chaqueta sacó una delgada ramita con la punta afilada, y lentamente la aproximó al interior de la caja.

– ¡Dalia! – Gritó una mujer desde una cercana ventana – ¿Tú no tenías que ayudar hoy a tu madre?

La niña bajita se puso de pie avergonzada.

– Si, tía. Pero he estado buscando la gatita de Romeni y…

– ¡Pues no te veo yo buscar mucha gata! – Recriminó a la par que bailaba su blanca papada.

– Es que chacón nos iba a entretener hasta la hora de comer.

– ¡Ya! ¿Y con qué le pensabas pagar?

La niña calló mirando al suelo. En un instante la mujer desapareció de la ventana surgiendo con prisas por una portezuela, y sentándose entre las muchachas dejó junto al anciano una hogaza de pan y un trozo de tocino añejo liado en un trapo.

– ¡Empieza ya! – Apremió con ansia.

Él, tornó a acercar a la arena la afilada ramita, dibujando en la lisa y delicada superficie hermosas letras. Era muy extraño ver escribir bocabajo al anciano, más tampoco sabía hacerlo de otra manera. No comprendía otra manera para que sus lectores pudieran disfrutar de sus relatos sentados frente a la caja. Así aprendió a comunicarse para paliar su mudez, y pronto descubrió que no le era necesaria la caridad si derramaba su imaginación, o tal vez conocimiento, en aquella fina arena.

La mujer comenzó a leer en bol alta. No perdía el tiempo, pues cuando Chacón se quedara sin espacio alisaría el texto con la palma de su mano para continuar:

A pesar de que todos los nichos de El olvido de los difuntos son anónimos, yo conozco el nombre de uno de los que yacen en ellos. Es la tumba situada tras la abadía a tres alturas, cuya lápida reza las fechas de 10 del 12 de 1.423 a 30 del 9 de 1.496. Reconozco con pesar y arrepentimiento, que esta tumba fue víctima de mis saqueos al igual que muchas otras. Esto fue en tiempos de hambre y penurias, excusa muy válida para muchos casos, pero algo pobre para este en concreto, mas doy fe de que cesé en mi vándala tarea tras indagar en su interior. Allí no encontré joyas ni preciadas dagas, ni siquiera un cuerpo seco y corrompido por el insidioso tiempo… Lo que hallé fue el alma de un enamorado, que me desvelo el origen de las estrellas. Una de las respuestas más buscadas por científicos y filósofos.

Tuve una gran desilusión al descubrir que el fardo que saqué del nicho solo eran un montón de pergaminos atados. Comencé a leerlos con suma decepción y una vaga esperanza de que aquello tuviera algún valor, y así lo represento en esta húmeda arena de lejanas playas. Tan grabados quedaron en mi mente aquellos textos, que puedo dar fe de no traicionar a palabras ni silencios:

Yo. Armando Rodríguez, nacido en Lunarota el 10 del 12 de 1.423. Deseo dejar constancia de un hecho insólito, pero cierto como mi pasada existencia. Desconozco quién abrirá mi austero nicho, y menos aún una posible causa para ello, más tampoco es asunto que me cause inquietud. Tan solo deseo compartir un secreto tan titánico, que devora y reescribe la propia historia de la humanidad… O al menos, de aquellos que en algún instante miraron hacia el cielo.

Todo partió de una clara mirada de jade, trazada en un terso y pálido rostro, que sostenía la más dulce sonrisa. Los ángeles la envidiaban mientras a mi me enloquecía.

Alba comenzó a venir a mi herrería de un modo casual; arréglame la abolladura de esta olla; ponle un asa nueva a esta sartén; enderézame este cucharón. Peo un buen día llegó sin nada que reparar en sus manos, y aferrando mi nuca con ambas manos me besó derramando una infinita pasión en mis labios. Aún perplejo y dominado por la alegría le quise preguntar por qué. Ella no esperó la pregunta, y la fresca brisa de su voz dio la huérfana respuesta:

– Es que se me habían terminado los cacharros rotos.

Ese fue el instante en el que yo renací, perdí de grato modo mi individualidad para convertirnos ambos en una sola esencia irradiante de felicidad.

¿Cómo iba a conocer yo el secreto amor del viejo y decrépito alcalde hacia Alba? Si a una enfermiza obsesión se le puede llamar así.
Cuando supo de nuestro compromiso no se dio por vencido. Aquella misma noche, colmado de odio y rencor, redactó un oscuro contrato comprometiendo al pueblo a cubrir las necesidades de la abadía mientras esta existiera. Era conocedor de cómo la iglesia había repudiado al sacro lugar por la práctica de brujería, cosa que ahora sería de su provecho.

Con el contrato prieto en su crispado puño corrió por las calles hasta el centro del pueblo, y una vez frente al inmenso portón comenzó a golpearlo. Pero su mano rasgó el aire la segunda vez, pues el portón se abrió de súbito como si tras él lo estuvieran esperando. La huesuda mano del abad se alzó en espera, y el alcalde, temiendo ya sus actos, depositó el maldito contrato sobre esta. Durante un frágil instante, la lechosa luz de la luna rompió la oscuridad que arropaba aquella basta capucha. Parecieron verse unos grisáceos labios, delgados y severos, susurrando lo que en el arrugado papel leían. No pudo ver sus ojos, pero si el reflejo que la oscuridad de la noche vertía en ellos. Tras unos tediosos segundos de espera una ronca voz tildó el macabro momento:

– Deseas un sufrimiento eterno para el herrero y su amada… – Suspiró como si el aire lo tomara del mismísimo infierno.- Así será a cambio del presente compromiso del pueblo hacia mi abadía.

– ¿Cómo lo harás? -Tembló su voz.

– Él jamás la alcanzará, más todas las noches se podrán ver para sufrir. Alba ya no será un ser de este mundo. –Señaló al oscuro firmamento.- Se transformará en una lejana luz que irradiará su amarga tristeza. Por ser única todos se fijaran en ella. Y por cada poeta que le dedique un verso irá apagándose hasta extinguirse, a la par que el corazón del desdichado herrero.

Sin pronunciar más palabras cerró el portón ante la perplejidad del temeroso anciano.

Pasaron varias noches, y todo el poblado señalaba fascinado a la tenue luz junto a la luna. Todos menos yo, que con desesperación buscaba a mi amada noche y día sin hallar explicación ni consuelo. Tan solo quedaba un lugar donde indagar, y aunque la sangre se me helaba al pensarlo, arranqué valor de mi propio miedo dirigiéndome a la abadía.

No acabé se subir los tres peldaños que me separaban de su entrada cuando esta se abrió, asomando un tétrico fraile que me reveló lo sucedido. Ante mi asombro me explico que yo debía ser conocedor de la verdad para sufrir la venganza del despechado alcalde, y así cumplirse la totalidad del pacto.

En un instante me vi apretando aquel mugriento cuello, cegado por la ira escuché una vez más su ronca voz.

– ¿Crees que la muerte es lo que más temo?

Mis manos atenuaron la presión para dejarlo hablar

– El pacto no se puede romper. Alba se extinguirá con cada verso dedicado…

– ¿Cómo evitarlo?

– Puedes conseguir que no destaque… -Alzó su mano.- Que otras muchas luzcan su tristeza por todo este oscuro techo de la noche para que ella sea una más.

– ¿Cómo hacer tal cosa? –Me extrañó tal propuesta.

– Deberás escribir tu petición y dármela…

– ¿No sirve con mi palabra? –Indagué.

– NO, pues tu petición escrita será enterrada en el interior de la abadía. Una vez que forme parte de ella aceptare tu trato… -Sus finos labios sonrieron con malicia.- Y entonces se cumplirá.

– Muchas almas cosecharás a costa de mi dolor. Pero no me queda otro remedio.

– ¡No tan rápido! –Pude saborear su fétido aliento.- Algo me has de dar a cambio de semejante favor.

Medité durante un instante. ¿Qué podía dar yo que aquel ser deseara?

– Te daré una fuerte protección. Forjaré las rejas más fuertes y seguras jamás vistas para cada acceso. Te olvidarás del temor a ataques, robos o curiosos por siempre.

– De acuerdo. Cuando termines tu labor completaremos el trato. Nadie sospechara nada, pues la humanidad creerá que las luces del manto de la noche siempre estuvieron allí.

Marché con prisas comenzando mi frenético forjado. Día tras día y sin descanso lar rejas comenzaron a amparar cada abertura de la maldita abadía, apremiándome la lejana luz de mi amada que poco a poco se extinguía.
Por fin una noche, tras cuatro meses desde la conversación con el endiablado abad, me presenté frente al portón para finalizar el contrato.

– Has hecho un gran trabajo. –Felicitó la ronca voz.- Mereces ser recompensado.

– Pues cumple tu parte y acepta lo que convinimos. –Le impuse.

– ¿Y el escrito de tu puño y letra? –Alzó su mano solicita.

– Yo solo soy un simple herrero… ¿Por qué pensaste que sabía escribir?

– ¡No funcionara de otra manera! –Casi maldijo.- Deberías portar un documento con cientos de nombres de mujeres enamoradas, estas lucirían su tristeza en el oscuro cielo ensombreciendo la atención hacia tu amada.

– Hagamos el trato igualmente.

– No funcionara, la petición ha de ser física para que forme parte de la abadía.

– Nada perdemos intentándolo.

– Como desees. Pero sospecho que tan magistrales rejas me saldrán gratis. –Alzó su huesuda mano con sorna.- ¡Acepto el trato…!

Ante el asombro del abad, cientos de miles de hermosas luces invadieron la oscuridad de la noche irradiando felicidad.

– ¡Cómo es posible! ¡Qué diablos es esto!

– No te asombres sabio monje. –Lo tranquilicé ante incertidumbre.- No son almas apenadas, son las sonrisas de los niños. ¿Qué otra cosa puede ensombrecer la tristeza?

– ¡Pero no existe contrato! ¡Esto no es posible!

– Si fueras capaz de alejarte de tu morada, verías que en la distancia mis rejas componen palabras, y todas ellas un contrato de mi puño y letra. Contrato que, por supuesto forma parte de la abadía. Rezando que cada risa de cada niño se plasmará en la noche.

El fraile dio un enorme portazo derramando blasfemias desde el interior de su oscura capucha. Y yo marché con mi tristeza.

Este es el gran secreto de Armando Rodríguez. Rehíce mi vida y tuve dos hijos, Cristina y Carlos… Dos estrellas más en el firmamento que serán toda mi herencia. Ya nací y morí hace tiempo, y hasta la última noche seguí mirando a la estrella más tenue, esperando que ningún poeta cayera en su cuenta.

Chacón acarició la arena alisándola. Las niñas y la mujer ni se percataron que pasó mucho tiempo desde la hora de comer, ya comenzaba a oscurecer.

– ¿Pero eso nunca pasó? –Pregunto la niña de las trenzas.

El anciano negó con una sonrisa, y con mucho cuidado sacó del bolsillo interior de su chaqueta una minúscula gatita que dormitaba.

– ¡Chacón! ¡La tenías tú! – Abrazó la niña al cachorro besándolo.

Chacón observó la enorme sonrisa de felicidad de Romeni. Tras de ella, en la infinita distancia una brillante luz surgió de la nada. Pero eso se lo guardó para sí. Era su tesoro, el ver el nacimiento de una estrella cada vez que un niño reía.

Lo escondemos

Publicado: 21 febrero 2012 de formasdifusasdbate en Jesús Cano Urbano, Prosa

Lo escondemos…

Hacía años que descuidé cuidar mi jardín.

Una noche el sueño me atrapó en el sillón, y al amanecer desperté. Frente a mí se mostraba la ventana. La purpúrea luz dibujaba sombras de las plantas en la blanca cortina. Parecían brazos, con los que la tierra gesticulaba queriéndome decir algo en un lenguaje incomprensible.

Solo era el madrugador viento, que aquel día lo estrenó juguetón. Me levanté y corrí las cortinas… El paisaje era grotesco; Malcaradas y pálidas hiervas dominaban todo el jardín. Crecieron mucho antes que las hermosas flores. Jamás reparé en ellas. Pero ahora alzaban tanto que tapaban todo el colorido, ocultando cualquier posible flor. ¡Qué pensarían los vecinos!

Me apresuré a mi privada selva, agarrando el hierbajo más a mano tiré con fuerza. Algo se retorció en mis entrañas, como si de ellas hubiera tirado también. El dolor me hizo gritar de tal forma que pensé si se me escaparía el alma por la boca. Pero al caer de rodillas lo comprendí todo.

Por ello; Que nadie me pregunte por que cuido las feas hierbas, arrancando lustrosas flores que les niegan la luz. Son mi pasado y no puedo extirparlo de este jardín. Debo alimentarlas y sentirlas mías… No puedo negar aquello que me construyó.
¡Que no entre en este jardín ningún vecino con ánimo de crítica! ¡Seguro que pisará las pocas flores que lucen!

Pero siempre acaba asomando.