Archivos de la categoría ‘Juana Corsina’

Combatientes de las herencias

Publicado: 21 marzo 2011 de formasdifusasdbate en Juana Corsina, Poesía

Éramos combatientes de las herencias,

acaso, emisarios furtivos de las memorias extranjeras

ajenas a nuestro pecho.

La piel de cordero, cubría las lenguas

y gritamos

¡Cuánto gritamos!

Nos quedamos sin voz

mientras las siglas se pegaban a los labios.

Y las flores en el pelo, marcaban melenas de histerias

y de diagnósticos enfurecidos.

Carreras de sacos con los pies juntos

y las bocas abiertas de esperanzas,

-como los ojos-

Todo era nuevo, lo era, al fin y al cabo,

como aquella juventud con ausencia de pasados

que rebosaba espermas de ilusión y sueño,

ignorantes de vida, todavía.

Succionábamos la libertad atragantada de futuros

y el presente se ahogaba con la lluvia incesante de las palabras viejas.

Éramos, combatientes de las herencias

y, acaso, también

emisarios furtivos.

Una mujer sabe…

Publicado: 7 marzo 2011 de formasdifusasdbate en Juana Corsina, Poesía

Una mujer sabe de escalofríos,
de noches silenciosas que arrugan el alma  y vuelven de algodón las esquinas de una alcoba solitaria y húmeda.
Una mujer, sabe cuando debe de callar las caricias que se agolpan en las manos
y mientras,  duerme los sentires , así, suavemente
cómo sabe una mujer.

Una mujer despierta en la noche y siente frío;
está sudando la piel (añeja de memorias y olvidos)
pero siente el frío de quien conoce el destino de los sueños.
Una mujer, jamás dirá que ha soñado,
se limitará a sonreír y en esa sonrisa
tal vez,  logre acompañar a la quimera  del deseo cumplido y deje, al fin,
de acariciar mañanas solitarias y noches pueriles.
Una mujer no ignora cuando debe de permitir a los labios que derramen las palabras olvidadas.
Mientras,
-esa mujer- seguirá muriendo
porque sabe que debe morir y no teme al cancerbero de la niebla que acuna los susurros de la nana de vida.
Pero no dirá nunca que está amando porque esa mujer conoce, los desencantos y el miedo del mundo;
del mundo que se sabe enamorado de esa mujer.

Una mujer sabe amamantar la vida
porque tiene los pechos llenos de verdades;
de días y de noches ajenas,
de ortos y ocasos que acuna entre los brazos cansados
y, aún así, su pechos rebosan manjares de silencios
donde la soledad descubre su fuerza.
Vino el viento y mamó sabiduría y experiencias
que, tal vez, el huracán de la intolerancia
utilizó para combatir con la actitud desembocadora de tristezas.
Pero, dulce – mente, esa mujer levanta su mirada y sonríe,
sabedora de futuros  que gestó escogiendo, las semillas
ausentes de vanidades y falacias.
Hay un espejo mudo al que ella hace hablar,
un movimiento eterno que aguarda, la melodía de un instante,
un verso que la habita,
un color que se esparce,
un parto, al fin…
donde la obra se culmina en voz y expresión en femenino.
Con sables de seda, blande sus sentires
y se alborota el interior casi dormido,
que despierta entre las brumas olvidadas y viejas letanías.
Porque una Mujer sabe que nunca,
palidece la memoria y la libertad de ser mujer.

¡Lo sabe!