Archivos de la categoría ‘Miguel Ángel Guerrero Ramos’

Mariposas en la bañera

Publicado: 23 diciembre 2011 de formasdifusasdbate en Miguel Ángel Guerrero Ramos, Poesía

Tras un deseo íntimo

salpicado en baladas,

no hay como un baño ligero

con fragmentos de pasión,

o un baño intenso

en tu mar desorbitado de perfumes.

No hay como comprender

que así como las mariposas aletean

sobre el hechizo de la canción

que tararean las flores,

asimismo la música

de todas las pompas de jabón

que han estallado en tu bañera,

poseen la nítida y cálida esencia

del hechizo de tu suave piel.

 

La bella ninfa de Alejandría

Publicado: 11 octubre 2011 de formasdifusasdbate en Miguel Ángel Guerrero Ramos, Prosa

En algunas partes de lejano oriente, el viento murmura que así como hay muchas estrellas solitarias en la galaxia, hubo, en otro tiempo, muchos amores y deseos ocultos en los invaluables libros de Alejandría. Sí, aquel viento murmura, utilizando múltiples brisas y otras formas no menos sinuosas para ello, que en aquellos libros fueron traducidos y plasmados los inescrutables designios del destino y los delirios más íntimos, más venturosos y más inesperados de la existencia.

 

Sin embargo, y pese a lo que todos piensan, no era el león de Nemea el encargado de custodiar aquel conocimiento y te decía que los diamantes y las piedras de oro no eran más que meras rocas, y te explicaba, de acuerdo con los escritos, por qué, noche a noche, la luna suele vestirse de luz para coquetearle a la tierra, en forma descarada y sin decoro alguno. Era una ninfa bibliotecaria de lejano oriente la que guardaba celosamente el conocimiento. Una ninfa de la que no podríamos decir muchas cosas a excepción de que suyo era el aroma de la flor y el color de la aurora, y que como ella no había nadie en toda Alejandría para enseñarte los libros de aquella ciudad. Sí, nadie como ella para revelar las teorías en el salón principal de la biblioteca que era un espacio dedicado a la cultura en general, o en los exuberantes jardines que bordeaban dicha biblioteca y que en aquellos tiempos estaban repletos de cerezos, fuentes, nenúfares y mil aromas distintos y dispuestos a embargar los sentidos de sus visitantes. En suma, nadie como aquella flor, para hacer gala del conocimiento y la hermosura, en aquella cálida y ondeante tierra de lejano oriente.

 

-¿Qué libro buscas?-, me preguntaba, de cuando en cuando, ella: la hermosa flor de Alejandría, con su bella sonrisa, que es una ablución de confianza y una híbrida ensoñación.

 

-Busco el que te gusta a ti -le respondía yo-. El de lujurias y pasiones plasmadas en las pupilas del tiempo infinito- agregaba luego, mientras contemplaba un mágico y céfiro mundo en su mirada.

 

Claro, ahora que menciono la mirada de aquella hermosa ninfa, me veo obligado a decir que todo en ella era avidez, luz diáfana y flamígera. Una mirada avellana que evocaba una espiral intemporal, que me bañaba por completo, y que con el suave trascurrir de los segundos, me ataba y me revelaba los secretos encriptados de los códices alejandrinos. Sin embargo, hay que decir que la ciudad de Alejandría y su dorada biblioteca no permanecieron para siempre en este mundo. Tras un tiempo considerable de lúcido esplendor, la ciudad dorada del conocimiento cayó. Para quienes conocen la historia sabrán que fueron los bárbaros quienes iniciaron su conflagración y que las devoradas llamas del olvido hicieron arder aquellos deseos encriptados, y aquel conocimiento ancestral de la humanidad. Tiempo después, múltiples flores, de múltiples formas, néctares y colores, en un danzar de mil caricias prodigadas por el viento, retoñaron en sus ruinas.

 

Hoy en día, cuando veo la flor que adorna los valles de estas cálidas tierras, no puedo evitar pensar en la flor de Alejandría. No puedo evitar pensar en ese hecho tan extraordinario, tan prodigioso, tan… increíble de que, aunque ardan todas las teorías del mundo, la flor que asoma raudamente bajo el sol de esta tierra, siempre hará gala del conocimiento y la hermosura.

 

Las flores convertidas en sueño

Publicado: 4 septiembre 2011 de formasdifusasdbate en Miguel Ángel Guerrero Ramos, Poesía

Ese paisaje lleno de susurros

en el que danzan mil fragancias distintas

y al que se le antoja suspirar

una reminiscente y perpetua primavera,

es un paisaje en el que suele

ondular, de cuando en cuando,

en la tranquilidad de su aire,

el vértigo sereno

de un aroma eléctrico y palpitante.

Se trata del aroma eléctrico y

palpitante de las flores.

Un aroma que puede convertirse

en una sucesión de embriagueces,

que puede mezclarse con los sabores

del tiempo

y que advendrá a la lucidez de la

memoria, cada vez que ellas,

que las hermosas y dulces damas

de la primavera,

opten por convertirse en el recuerdo

de una fragancia, es decir,

un cálido y táctil sueño.