Archivos de la categoría ‘Ismael Alonso’

Pulsión condicional

Publicado: 29 febrero 2012 de formasdifusasdbate en Ismael Alonso, Poesía

Reuniendo el poco valor que nos queda
para abrir las grietas,
sangrar heridas,
conseguiríamos fundar lo obvio,
Revuelto, oscuro y destacado.

Saldríamos a un mundo
profundamente cierto y extraño
dónde lo eterno parasita
a lo vivido.

Saldríamos a un mundo
de agua y tierra; madera
forjada en nuestra debilidad,
surgida de un ayer…

Reuniendo el poco valor que nos queda
para decir verdades,
seguir viviendo,
mi hija podría un día nacer
y sentirse bienvenida
en este lugar
tan ajeno.

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Leo y Jean

Publicado: 20 junio 2011 de formasdifusasdbate en Ismael Alonso, Prosa

Sacudió entonces las alfombras y se recostó en el sofá a dormitar un rato. Leo, mientras, se hizo un café y repasó minuciosamente los resultados deportivos en el periódico. El simple contacto con las páginas del tosco papel representaba para él la única conexión con un mundo real, más allá de su idílico vecindario. Leo siempre se había preguntado cómo sería la rotativa de un periódico; un sitio tan ruidoso y sucio, generador de la Verdad Universal. Paradójico, pensaba él. Aún así, esa curiosidad no era más que una excusa para seguir existiendo en su mundo anestesiado, sabiéndose capaz de salir, pero no queriendo correr el riesgo. Una vez terminado el café, ella se despertó y los dos se apresuraron en preparar todo para aquella noche. No es que fuera una ocasión tan especial, pero Jean tenía interés en que todo saliese bien. Hasta habían comprado buey. Dos chuletones de buey.
Los niños, por supuesto, no existían más que en su futuro, así que ése no era el problema. Todo iba perfecto y estaba encaminado a salir bien, pero entre Leo y Jean flotaba algo sutil y violento que los mantenía prudencialmente extrañados uno del otro. No se puede decir que se odiasen, simplemente se deseaban la muerte mutuamente, a veces aún sin saberlo. Sin embargo, aquella ocasión era totalmente diferente y, más allá de los automáticos café y siesta, tenían que esforzarse en dar una imagen de pareja real, de las que salen en los periódicos.
Después de un rato escudriñando su accidentada cara, Leo se afeitó y, acto seguido, se vistió con su mejor traje. Perfecta la raya del pelo, salió del baño para sentarse a esperar por la prometida cena. Cuando el humeante chuletón de buey cayó entre su tenedor y cuchillo, sacudió instintivamente su mandíbula destrozando, una a una, las fibras musculares del cornudo animal. Jean lo observaba fríamente, sobreviviendo, aunque también vestida de gala. Negro noche. Rieron algo y comentaron que ya se estaba haciendo tarde, de modo que recogieron todo a prisa y salieron, bien arreglados, por la puerta de su casa.
Por primera vez traspasaron los límites del vecindario. No es que no supiesen a dónde iban, ni que fuera una aventura. Para ellos era la primera vez que eso ocurría, porque en su mundo, todo estaba a diez minutos en coche. No obstante, su dirección era clara y su gesto decidido así que anduvieron hasta detenerse ante un campo violado por mohosas lápidas que marcaban los puntos en los que la tierra estaba todavía más podrida que de costumbre. Fueron leyendo cada una de las lápidas una a una hasta llegar a la correcta. A su lado había un hombre esperando. Vestía chaleco de pesca y camisa de franela gruesa. Llevaba también una cámara en sus manos. Bastaron dos cruces de miradas para que tanto Jean y Leo como el hombre se entendiesen. Entonces, Leo besó a Jean en la mejilla y se metió parsimoniosamente en el ataúd que estaba metido en el hoyo de la tumba. Llevaba su mejor traje; la ocasión lo merecía. Desde allí abajo todo lo que veía estaba filtrado por las cuatro
paredes de tierra que rodeaban al féretro. A lo lejos, Jean y el hombre lo observaban atentamente, esperando cualquier signo. Leo sintió como si la tierra a su alrededor rezumase un desprecio absoluto. El hecho de estar confinado en un espacio tan pequeño le resultaba insoportable. Él siempre se había jactado de ser un hombre libre, que se ponía sus propios límites, pero ahora esos límites tan anchos de los que Leo gozaba, se veían reducidos a un rectángulo de tierra húmeda. Lentamente notó como su pecho se descomponía en mil pedazos, mezclando su alma con la tierra, no sabiendo distinguir un organismo del otro.
En la superficie, Jean y el hombre vieron como Leo cerraba los ojos y exhalaba el último aire que recorrería su cuerpo. Estaba vestido con su mejor traje.
Jean le hizo un gesto al hombre, sacó un pañuelo negro de su vestido negro y se arrodilló junto al hoyo derramando lágrimas instantáneas de sus ojos acristalados. El hombre ajustó los parámetros de la cámara y sacó dos o tres fotos. Ella se levantó y los dos partieron, cada uno por caminos diferentes. Jean llegó a su casa y devoró el chuletón de buey que le correspondía. Luego se recostó a dormitar.

Al día siguiente, el periódico publicó una foto del entierro de Leo, con Jean en primer plano. Al fin había conseguido su sueño. Todo era ya Verdad.

Un encuentro

Publicado: 25 mayo 2011 de formasdifusasdbate en Ismael Alonso, Poesía

La muerte, cara a cara se encontró
consigo misma.
La dulce y compasiva mirada de aquella
que sabía su pronto destino,
reflejado en lo pequeño.
Un trasto inútil
con fugas de empatía y añoranza,
contemplando como, poco a poco,
su vida se iba desplumando,
tiritando ante el frío túnel,
ante la muerte entre las flores.

Bastó un toque de bastón
para intentar ser Dios
y devolver el soplo a algo que era ya polvo.
Te diste, entonces, cuenta de lo vacío,
de que el tiempo no existe,
de que no fuiste más que humo
en la hoguera de los mil días y las mil noches.
Sé que lloraste, que pensaste en tus sueños,
en lo que mucho que te hubiera gustado tener a alguien.

Pero,

seguiste tu camino y te encerraste,
olvidando ese encuentro
con tu pasado y futuro,
con tu angustia imposible,
con la alada esperanza
en un mundo sin ejes ni límites;
en donde la suma fuese dogma,
en donde restar marchitase las flores,
del vestido que llevabas puesto,
el día en que te moriste.