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  1. Jesús dice:

    INDIGNACION, LEVADURAS Y OTRAS ESPUMAS

    Seres hay que son breves en su definición y sus obras, como ellos o como una suerte de epílogo o rúbrica de su paso, son asimismo de exigua métrica y rara vez concluyen en alguna meritoria aportación o concitan el aplauso de su época. En ellos la vida es una anécdota dentro de la existencia porque la suya no entiende de honores; todo existe, así en lo carnal y en lo rocoso, en la lozanía y en la podredumbre, en la vileza y en la heroicidad de una forma equidistante y amoral. Son legos en las emociones y lejos de ellas, como un magiar lo está de una palmera, sucumben a la depredación como ejecutores desalmados de su arte. Pues bien; pudieran no haber nacido o haberlo hecho muertos que no hay mayor sincronía en la antítesis, ni metáfora más descarnada del tiempo, que un feto que jamás ha llorado. Si así fuera, no dejarían de ocupar un lugar en la tierra o por debajo de ella y aunque la providencia les hubiera acogido en su primera halitosis, es seguro que ni a su llegada a este mundo, ni dejando de pertenecer a él, hubiera cambiado nada en el mejor de los casos, o se hubiera enturbiado todo suponiendo el peor de ellos.
    Seres hay que cubren los jardines con sudarios y son precedidos de ejércitos de alfileres, como la infantería de sus intenciones. Son seres punzantes que sienten predilección por las partes blandas y entre sus víctimas están los niños y todos los que a ellos se asemejan en su ingenuo don, porque su bondad les vuelve lácteos, como blancas porciones de queso fresco. A los precavidos y a los ancianos, sus arteras argucias les devoran la paciencia, lo que da una medida de su ensañamiento. Porque la paciencia de estos últimos está hecha de la corteza de los años y del regusto de las aflicciones y hay quien dice que no existe dureza mayor, ni siquiera entre las vetas más profundas del universo telúrico.
    Los seres punzantes forman una extensa familia que vive en cuña. Esto significa que interactúan allá donde ven un hueco apetitoso, una fisura, un pequeño intersticio que delata al débil y lo somete a una condena darwiniana. Y el débil hasta donde sabemos nunca subvierte el orden ni se beneficia de alguna justicia divina porque jamás se libró ninguna contienda en los anales de la beligerante historia en la que un ejército pertrechado con diuréticas sandías, derrotase a otro que empuñase puñales en la refriega, o lo que en un lenguaje menos figurado en el símil viene a decir que el provecho del malvado es la buena fe del justo. Y esto es así en la misma medida que una célula cancerosa desmorona un cuerpo robusto o aquel otro ejemplo más manido y aforístico de la manzana agusanada en el cesto de las sanas. Estos dos supuestos que pretenden dar una medida de los innombrados, elogian la agudeza de quien los aporta porque habla uno de enfermedad; lo hace el otro de gusanos y tanto en la quiebra de la salud como en el paso subsiguiente a la muerte están ambos presentes y nada bueno se extrae de ellos, más que sufrimiento y descomposición.
    Muchos seres punzantes llevan tatuado en la parte más visible del alma corrupta la semblanza de Iscariote a quien emulan hagiográficos y los más cool son ahora financieros, aquellos que se saben de memoria todas las prestidigitaciones de la impunidad, todos los protocolos de la inmunidad. Una pléyade surgida de muchos partos de meretrices cuyas obras elevan la disipada moral de sus madres al rango de beatas, un fato de bastardos cuya conciencia frente a la quebradiza conciencia de sus padres al desentenderse de su parto convierte a sus progenitores en carne de santoral. Esta morralla que se ha apropiado de las huchas de las que eran custodios, son plutócratas que predican la traición y el pillaje como una algarada de gallos que achican la geografía a leguas de su canto en los lomos del aire amenazando los gallineros desde dentro. Y ellos mojan el grano en los alpendres y roturan la tierra parturienta en sus brotes. Y Ellos cortan el membrillo con las hojas del aligustre y trasiegan los vinos en las noches huérfanas de luna. Y se abandonan al colmo de sus apetitos y los satisfacen aunque cabalguen entre amapolas y se alivien gástricos en las despensas del próximo invierno. Y roban como las culebras de las leyendas celtas la leche del pecho materno regurgitando vacas gordas de sus pesadas digestiones, desahuciando con una tragona usura insaciable y donde dije pájaro ahora digo plomo y donde la palabra de honor el deshonor del sintagma y así sine die que la mala fe es inagotable como los dogmas y las espirales. Mientras tanto, entre escaños de enormes albardas, algunos anestesian sus conciencias y se pasan por el forro las hemerotecas, los manifiestos de ayer o las declaraciones de intención que no tienen más consistencia que el alcohol expuesto al sol de agosto.
    Y así los manantiales fluyen hacia adentro escondiendo su pureza porque el mayor caudal es un Ganges en el que se purifican todos los santones engreídos de superchería y así siempre los humildes pagaran bobalicones las prendas que no habrán de vestir, contentos en un colmo resignado porque cuando menos en la desnudez existe una cierta autenticidad que en estos tiempos cualquier bolsillo o alforja pone en entredicho.
    Pensamos entonces en cuantos Mohamed Bouazizi -aquel pobre estudiante tunecino que bautizó con fuego la primavera árabe-, tendrán que inmolarse en la pira de las llamas que nos consumen por dentro y por fuera, en cuantos Dimitris christoulas (¿recuerdas?el deshonor de Sintagma) habrán de percutir el plúmbeo alivio de su fatiga para conjurar la frustración del desahucio y la reflexión nos asusta porque nos sentimos como miríadas de atolondrados lemings lanzándonos al acantilado como la última y desesperada consigna ante tamaño acoso de desmanes.
    Y mientras hibernamos en nuestro atolondramiento, los seres punzantes maquinan nuevas canalladas y maldades que perpetrar, seguros en lo alto de su pirámide alimenticia, indiferentes a nuestro número, indiferentes al injusto reparto de una dignidad ajena, agónica y residual, ajenos a todo lo que no tenga que ver con su propia glotonería.
    Sentado frente al televisor recibo mi dosis diaria de humillación y no reacciono. A todo se acostumbra uno. Acompaño mi sesión televisiva con los consabidos snakcs. Las patatas fritas de bolsa no deben ser del todo sanas por sus grasas monoinsaturadas , su glutamato monosódico y unas grandes cantidades de sal, pero todo es más llevadero, incluso la sed, si todavía quedan cervezas en la nevera.

  2. Luciano dice:

    Recuerdo

    Recuerdo que levanté los brazos,
    Yo, cabeza coronada de rizos dorados,
    Esperaba tenerte en mis manos.
    Desde abajo, desde la altura de niño,
    Eras mi gigante, mi refugio.

    Recuerdo, que levanté los brazos para alcanzarte,
    Para tener tu risa,
    Para tener tus labios.
    Me sentaba sobre la tierra caliente,
    Con el pañal cagado. Llorando.
    Para sentirte cerca, para sentirme amado.

    Recuerdo que me agarraste, y me alzaste,
    Y vi tus ojos verdes, y tus palabras mudas,
    Y fui feliz, a tu lado.
    Luego,
    Luego el universo desapareció en tus labios,
    Y, mis mejillas húmedas,
    Rozaron el duro torso del padre.

    Y pasaron años, y seguí llamándote,
    Pero ya no volviste, a atender mi llanto,
    Y me quedé aquí, como un yunque en el barro.
    Esperando, tus fuertes brazos.
    ¡Qué mundo es éste en el que ya no estás!
    ¡Qué valor tiene, seguirte amando!
    Recuerdo, día tras día, que levanté los brazos,
    Que los sigo alzando.
    Para sentirte cerca,
    Y que me sigues amando.

  3. dany deve dice:

    POR VOS
    Por vos, me levante,
    por vos, me alegre,
    por vos, de pasión vole,
    por vos, de buena vibra me llene,
    por vos, en un loco me transforme,
    por vos, en optimismo me bañe,
    por vos, a la conquista me entregue,
    por vos, una belleza única y una diosa contemple,
    por vos, el sentido de la vida recupere,
    por vos, a la confianza aposte,
    por vos, al amor valore,
    por vos, comidas ricas cocine,
    por vos, de charlas reflexivas me regocije,
    por vos, atardeceres imagine,
    por vos, lunas pinte,
    por vos, soles fotografie,
    por vos, momentos inmortalice,
    por vos, soñé,
    por vos, besos,abrazos y caricias disfrute,
    por vos, cambie,
    por vos, el oro interno y externo encontré,
    por vos, mi paz interior halle,
    por vos, en la escritura me inspire,
    por vos, mi corazón de nuevo encontré,
    por vos, llore,
    por todo esto, de vos guste,

    De afuera pareceria,
    que ya no vale la pena mas correr,
    que la relación tal vez no pueda crecer,
    que mucho desgaste tuvimos que padecer,
    que el destino parece difícil de torcer,
    que solamente vos y yo, por como somos, tanto tiempo lo pudimos sostener,
    que tal vez haya que saber perder,
    que quizás mañana será otro amanecer,

    Pero lo que nadie logra entender,
    es lo que yo vibro por esta mujer,
    que como fue?,
    ah, aun no lo logre saber,
    desde que bajo aquella mágica noche al pallier, yo flashee,
    simplemente sentí,siento,sentiré,
    que de ella me enamoré,
    y que por ella aun peleare,
    ya que junto a ella,muy feliz quiero ser,
    ya que lo nuestro vale la pena hacer florecer,
    lo que si no se, si eso podrá ser,
    lo que si se, que esta lucha me transformo en otro ser.

  4. Lelo dice:

    Intentando resurgir
    luche…
    las dudas
    impidieron mis avances…
    recaí
    en lo profundo
    de la tristeza.

    Tantas veces
    un intento…
    cada vez mas vencida y desolada …
    ¡abandono!

    Me dejare mecer por las corrientes
    iré aya donde vayan,
    pero …soñare que lo logre
    soñare que resurgi y vencí
    soñare….

  5. -El asfalto no es un amigo-

    El asfalto no protege y
    las calles hablan por la noche,
    quiero escapar de este puente,
    escapar de esta fría ciudad y
    dejar atrás, a esta extraña gente.

    Quisiera por un segundo
    imaginar un mundo mejor,
    al fin y al cabo no puedo,
    porque soy un niño todavía,
    y si le tengo miedo a la noche,
    más miedo le tengo al día.
    No aguanto más esta melancolía,
    nadie lo sabe mejor que yo
    y que todos esos locos que me hablan,
    nadie se imagina mi vida
    sin un cartón que me proteja,
    sinceramente ni yo me la imagino,
    porque estoy harto de pedir dinero,
    para comprar un triste cartón de vino.

    Ahora soy yo el que se pregunta
    que hice mal y que hice bien,
    no hay verso más triste ni luz,
    más apagada que la mía,
    el destino me lo arrebató y yo,
    sin poder hacer nada me despido.
    Pues mis hijos ya no lo son,
    al igual que mi mujer no lo es,
    su última palabra fue,
    vete de mi vida y por favor,
    no te quiero volver a ver.

  6. Manuel Angel Alvarez dice:

    Me fundo en el aire,
    disolviéndome en pequeñas partículas
    con lam suave brisa
    que desprende tu aroma.

    Volatilizo mi forma,
    elevándome hasta lo más intenso
    impregnado de ti.

    Soy diluido en el espacio,
    en todo el espacio
    que tú me brindas.

    Recojo las letras
    que hilvanan las palabras,
    y comienzo a reconstruir las formas
    sellando tu nombre.

    En un plano físico,
    indestructible,
    vuelto líquido
    y derramado en cada vértice.

    Disuelto en tus manos,
    en tus ojos,
    en tus lágrimas.

  7. Manuel Angel Alvarez dice:

    Más allá de todas las cosas…
    por encima y por debajo,
    por dentro y por fuera,
    deshaciendo límites.

    Imposición terrible
    de lo categóricamente adverso.

    Cruzando ideas, pensamientos,
    volcando el ser
    para tratar de implicarlo.

    Flotando sobre una línea aparente.
    ingénua seguridad.

  8. Manuel Angel Alvarez dice:

    Me fundo en el aire,
    disolviéndome en pequeñas partículas
    con la suave brisa
    que desprende tu aroma.

    Volatilizo mi forma,
    elevándome hasta lo más intenso
    impregnado de ti.

    Soy diluido en el espacio,
    en todo el espacio
    que tú me brindas.

    Recojo las letras
    que hilvanan las palabras,
    y comienzo a reconstruir las formas
    sellando tu nombre.

    En un plano físico,
    indestructible,
    vuelto líquido
    y derramado en cada vértice.

    Disuelto en tus manos,
    en tus ojos,
    en tus lágrimas.

  9. Lelo dice:

    De difusas formas
    emigran poemas
    prosa desolada calla…
    el silencio…
    en breve reinara en la casa.

  10. JESÚS PRESA dice:

    El grupo le acogió y ese sentimiento de pertenencia colectiva reforzó su ego, sintiéndose parte de un exclusivo elenco. Cuando esa entidad grupal creció en número y sus miembros formaron una masa anónima, su determinación se fundió en notas al unísono como un acordeón gigante interpretando una terca sinfonía o pudiera ser que como una voluntad-oruga, avanzando repelente y devorando cualquier brote que disidente, no creciera hacia la luz que les iluminaba.

    EL CIRCULO
    Una vez oí contar una historia plagada de supersticiones que hablaba de la santa compaña. La funesta comitiva deambulaba en medio de la noche, oscura y ominosa, llenando el silencio con el roce causado por los pliegues de su siniestro hábito e iluminando los caminos con el mortecino resplandor de las palmatorias. El caminante ocasional tenía una única prerrogativa. Ante su presencia -una presencia requisitoria y agorera como preludio de la propia muerte- tenía que dibujar con una vara verde de avellano un círculo en el suelo y al amparo de su inmune redondez verlos pasar con la expresión muda y aterrorizada de los vivos.
    Mi escepticismo por todo lo esotérico me aleja de ciertas supercherías y me lleva a pensar como argumento más creíble en la perfección del círculo. No lo hago para conjurar las distorsiones del subconsciente colectivo, la Santa compaña por ejemplo, sino como una aproximación racional a una geometría variante de las matemáticas. Las matemáticas desde Euclides hasta la fecha, se han prodigado en exactitudes de lo cual el griego se sentiría orgulloso; todo lo contrario a Jesucristo que puso una piedra un día y la iglesia resultante inventó procesionarios fúnebres y otras inquisiciones. Definitivamente el círculo debe ser usado de manera conveniente porque aun incluso como geometría vital, es sabido que las vidas centrípetas nos conducen a la indiferencia por los demás.
    Nahir escucha anonadada mi disertación y por fin se decide a interrumpirme.
    -Me cuentas esta historia llena de sutiles redondeces y guiños al PI y después te marcas un soliloquio porque no te han aceptado en el Círculo Recreativo Poético por no alcanzar el baremo académico, no es cierto?
    – No Nahir no es la negativa como la causante de una sensación frustrante de no pertenencia, es algo más…..¿Cómo te diría?. Tiene que ver con los fundamentos de una decisión, con aquellos principios ferozmente clasistas, que sostienen un veredicto y que debieran ser ecuánimes.
    -No lo conviertas todo en cuestiones de un profundo calado filosófico,
    – Que sí. Se puede entender que un club de surf deniegue la entrada en su disciplina de un negro porque surfea mal pero no porque su cabello sea crespo y rizado ¿qué culpa tiene el hombre de no lucir una densa melena rubia y algún tatuaje prominente de los Beach Boys? Me siento un poco afro por lo de mis méritos académicos.
    – Bueno, pues haber pasado por la universidad y de paso algún máster. Ya sabes que eso da mucho cache curricular.

    Una pesada desgana me invade y no quiero continuar en esta porfía con Nahir. Pienso en Sociedades secretas como el club Bilderberg y enseguida abandono el pensamiento y veo en una dimensión más doméstica a los chicos del Círculo deportivo de la villa posando en una foto edulcorada, uniformados y de rostros sonrientes. Si existe la felicidad de una manera gráfica debe ser esta; todos tan sanos y pletóricos. Y en el fondo pienso, anacrónico y desvariado, que tal vez entre los misteriosos componentes del Bilderberg y estos muchachos exista algún nexo más allá del poder, que establece el grupo como un ser colectivo y atribulante.
    Después de todo mi interés por ingresar en el círculo Recreativo no era más que un repentino y pasajero interés por evaluarme con referencias ajenas. Como puedes deducir sin comparar, como si no, concluir sin experimentar?. El ego quiere ser comparado y reconocido y de una manera paradójica, se disipa en la contextualidad del grupo y se pliega a él y le acata. No es malo que el tamaño de un ego sea contenido siempre y cuando esa merma sea proporcionada y no repercuta en la consistencia individual.

    -Oye y esos de la Santa Compaña quien se supone que eran? Me grita Nahir desde la otra habitación.
    -Creo recordar que eran un grupo de estantiguas.
    -Estant que?
    -Vale eran zombis sin el marchamo actual que le da el cine y la escenografía de algunas series de éxito. Eran los zombis de nuestros bisabuelos.
    -A ver si te entiendo. Me quieres decir con circunloquios y ambages de todo tipo que el grupo te convierte en zombi .
    No soy tan radical Nahir. Ningún grupo, tal vez solo los armados y algunas sectas innombrables te matan. Incluso los hay que ejercen una labor solidaria y terapéutica. Pero no estoy muy seguro de que no te dirijan hacia algún lugar señalado en el plan de ruta, o que la independencia de tus decisiones se vea, la palabra no es coartada, pero hasta cierto punto imbuida en lo que concierne a lo creativo.
    Pues yo siempre he pensado que el grupo refuerza la personalidad y colabora en su desarrollo.
    Oh claro no hay más que ver a los talibanes de algunas formaciones políticas que practican corporativismo de conciencia y embuste colectivo, o la impronta oveja Dolly de grupos de prensa. ¿Sabías que incluso entre las parejas después de años de convivencia se produce un cierto mimetismo en la opinión y en las preferencias?
    Entonces según tu brillante teoría hay que ser un ermitaño ideológico, ir por libre, ser alérgico a las afiliaciones y todo tipo de sinergias. O sea convertirse en una especie de Harper Lee, escribió Matar un ruiseñor y nunca más se le vio el pelo. Según tu eso le hace especial.
    Bueno, no es mi libro de cabecera pero nace de lo más hondo de la experiencia personal y probablemente hubiera sido igual de bueno aunque no hubiera pasado por las manos de correctores editores y demás plastilinas.
    Sabes que te digo. Olvídate del tema. Si vas de outsider en vez de reforzar tu identidad lo único que consigues es desaparecer. Cuanto más diferente más invisible. Y nadie quiere ser invisible. Secuestrar colores, anonimar la opinión… bueno el topicazo de Hamlet.
    Para cuando Nahir finaliza su reflexión y enciende distraída la televisión yo emborrono el dorso de la solicitud denegada del liceo. Lo hago con los primeros renglones de un desbarre pseudofilosofico sobre los inconvenientes de la adscripción a un grupo.

    Tecleo en Google Santa compaña y aparecen entre brumosos paisajes nocturnos, encapuchadas alegorías de la muerte. En realidad no me asustan más que la posibilidad para decidir cuál es el lado correcto de ciertas geometrías.

  11. Nuestra carne siempre implora

    Por perenne y mítica extensión

    Construyendo así mas de mil templos

    Para lograr la elevación.

    Nuestros músculos hastiados

    E impotentes calaveras

    Un celestial hogar buscan

    Entre las lejanas esferas.

    Ante la física cautividad

    Nuestro corazón no se contenta

    Y con temor a la muerte enfrenta.

    Hacia la abstracta divinidad

    Nuestra pobre alma se dirige

    Fútil camino que ella elije.

  12. JESUS dice:

    Desde nuestro blog damos la bienvenida al espacio poético “poesiaparavivir” que se ha hermanado digitalmente con el blog de formas difusas. Bienvenido pues Juan Francisco Quevedo a quien agradecemos su interés que esperamos sea reciproco. Saludos.

  13. carlos dice:

    Tiempos revueltos

    –Hace calor, ¿eh? –dice el taxista mirando por el retrovisor.

    –Ninguno –responde doña Concepción desde el asiento de atrás.

    El semáforo salta al verde. Bocinazos. El taxi se pone en marcha y sube por la Gran Vía, desde Plaza de América. Las calles de Vigo permanecen hundidas en un gran charco de luz, con la ría al fondo.

    –Pues no le digo que no –el taxista mete la tercera-. Pero ayer hizo más calor que hoy, ¿no?

    –Pues verá usted: yo no tengo calor en el verano ni frío en el invierno –doña Concepción palmea la urna de difunto que lleva en el regazo-. Y a mi difunto marido le pasaba lo mismo. Vamos juntos a todas partes.

    –Caramba.

    –Así como lo oye. Y se murió hace quince años.

    Estaban llegando a la Plaza de España. El taxi frenaba. Al ver las estatuas de los caballos de hierro del centro de la fuente, doña Concepción nuevamente proclamó:

    –Ahí deberían poner unos caballitos de mar, enormes, subiendo en espiral al cielo. ¿No estamos en Vigo?

    –O unos centollos –dice el taxista guiñándole un ojo al espejo retrovisor.

    –O unos centollos. Usted es taxista y conoce los rincones. Pero dígame una cosa: ¿dónde tenemos en esta ciudad la estatua decente de un santiaguiño, un lenguado o un camarón de la ría? O una calle a nombre de cualquiera de ellos. ¿Dónde? Y esos son los benefactores de esta ciudad. Pero mándeme un guasá si los encuentra por algún lado.

    –Rúa del Centollo, 14, 3º izquierda –dice el taxista levantando un índice. La mañana venía divertida-. Me gusta. Yo viviría encantado en una calle así.

    –Bah –doña Concepción se enfurruña. Cruza sus bracitos plagados de lunares, y sus mejillas adoptan la forma de sendas tacitas de té.

    –Bueno, ¿y adónde vamos, a todo esto? –pregunta el taxista.

    –Déjeme en la casa de mi hija, en la Puerta del Sol, haga el favor.

    –La Puerta del Sol. Pues allí sí que tiene usted una estatua.

    –¿Cuál, el Sireno?

    –El hombre pez –dice el taxista con cierta cautela.

    –No pinta nada allí. Ni siquiera se le ve, de lo alto que lo colocaron en las dos columnas.

    –Tendrían miedo de que alguien lo robara…

    –¿Pero quién va a querer robar ese adefesio? Si hasta parece que tiene cara de político y dan ganas de darle un bofetón. Mire, casi mejor me deja aquí a la derecha mientras bajamos, que me voy a dar un paseo por las rebajas del Corte Inglés. a ver si me relajo.

    –A mandar, señora –el taxista golpea el volante-. Pues mire, ahora que lo pienso, tiene usted razón. Unos caballitos de mar vendrían que ni pintados para recibir a los forasteros que entran a la ciudad por la Avenida de Madrid.

    –Yo eso ya lo he pensado mil veces. Dígame qué le debo.

    Doña Concepción le quita la tapa a la urna, mete una manita y saca la cartera y la sacude en el aire.

    –Son tres euros con cincuenta.

    –Ahí tiene un billete de cinco. Deme bien la vuelta que yo sé contar. Y no lo digo por usted. Lo digo por estos tiempos revueltos, usted ya me entiende.

    –Tiene razón. Hasta parece que hoy no puede uno fiarse ni de su propia sombra.

    –¡Ca! ¿Y sabe qué le digo? Hasta que no ocurra una desgracia de verdad, aquí no va a arreglarse nada.

    –Ojalá se equivoque usted, señora.

    –Sí, ojalá. Buenos días.

    –Buenos días. Y ciérreme la puerta suavito, haga el favor.

  14. Gonzalo Suarez dice:

    XIII – 12.11.2012

    Vagar por senderos desconocidos
    O recordados a veces.
    Dejar atrás los merodeos rutinarios
    de las calles
    Perder, en el pábulo, nuestros sueños
    Romper con lo consabido de lo vivido
    Latir en el noble anhelo de tantear
    Escapar de la ilusión de las certezas
    Iniciar un largo viaje y perdernos
    Iniciar el viaje sin billete de retorno.

  15. carlos dice:

    LUNA, GATA Y TÚ

    Antes yo escribía mucho, cincuenta folios, ochenta, escribir, reescribir. Después de pulirlo, todo aquello quedaba reducido a tres, cuatro folios. Ahora ya no me desparramo tanto. Suelo escribir dos, tres folios y luego los destilo en unas líneas. Y todavía me parece demasiado escribir.

    Aspiro a observar el papel en blanco durante un par de semanas, un mes, sin mover un dedo. Un poco por la mañana, otro poco antes de acostarme. Mirar el papel, tan solo. Impregnarlo de pensamientos, eso sí. Hacer un avión con el papel y soltarlo desde mi ventana un atardecer de suave brisa salada para que el folio en blanco se balancee en el aire, y él por su cuenta se pose en unas manos y busque una mirada que lo empape de mares, tu mirada necesaria.

    La noche abre su boca. La gata Gula está sentada en un tejado de la ciudad vieja, contemplando cómo se levanta la luna llena por el luminoso Este azul de tus ojos.

  16. carlos dice:

    SE RECOGE CHATARRA

    En las últimas semanas, por el barrio no se habla de otra cosa. Tucho se compró una furgoneta –una Ford de segunda mano, seguramente por cinco duros-, y se presenta cada jueves a las diez de la mañana y la aparca en el parque y espera allí de brazos cruzados hasta las tres de la tarde. Una furgoneta alta, blanca, con óxido en los rascazos, y con unas letras esbeltas, bien visibles sobre el parabrisas de delante:

    SE RECOGE CHATARRA.

    Tucho. Qué bestia. Cómo se lo montó.

    De pequeño ya se le veía venir. Andaba con alambres por los bolsillos, hierruchos, arandelas, tubos de goma, tornillos…, y una navajita. Aquella navajita era la leche. Tucho hacía virguerías con ella. Le desatascaba a tu mamá el freón de la nevera y la nevera volvía a enfriar otra vez, o te abría la puerta de casa si te habías olvidado de la llave, o te cortaba el pelo con la navajita y te hacía las patillas. La había ganado en una tómbola de las fiestas de Bouzas, disparando a las cintas con una escopeta de caño retorcido. Menudo fenómeno el Tucho.

    SE RECOGE CHATARRA.

    Es sorprendente. Toda la juventud española, es decir lo mejor de la juventud española, diplomas, carreras, masters, patatín, patatán, se fue a pringarla a Alemania, a buscarse la vida al extranjero, y aquí tenemos a Tucho montándose en el dólar, sin haber pasado, tan siquiera, por un curso de los que organiza la Confederación de Empresarios para jóvenes emprendedores. Tucho es mucho Tucho, colega. Los que nos criamos con él sabemos quién es Tucho. Una máquina. Y ahora se codea con los de arriba –con los que no se van a pringarla a ninguna parte-. Al loro con Tucho.

    –Son las nueve y cuarto. ¿Acabas?

    –Ya voy, ya voy. Tenemos toda la mañana hasta las tres de la tarde, ¿no? Tucho no se nos va a escapar.

    –Pero quedamos en que iríamos a primera hora para que nadie nos vea.

    –Todos van a primera hora para que nadie los vea.

    –Oh, por favor.

    Es Merche, mi mujer.

    Acaba de asomarse por la puerta del cuarto de baño. Me estoy afeitando. Cuando me afeito por las mañanas es cuando a mí se me ocurren las ideas. Ahí es donde yo pienso, por eso me tomo el afeitado con calma. No es que yo sea un presumido que quiere salir a la calle mejor rasurado que nadie, no, no. Yo cuando me afeito barreno, por eso me lo tomo con calma.

    Porque, claro, los tiempos que corren son difíciles, eso nadie lo discute, pero son difíciles para todos, y si a Tucho, como se dice por ahí, los de arriba lo están subvencionando, o sea le están soltando pasta –porque Tucho ahora es empresario, no lo olvidemos-, coño, pues que Tucho, a su vez, afloje el bolsillo y suelto algo, ¿no? Total, ¿qué son cincuenta euros, supongamos? O cuarenta, no pido más.

    Jummm ¿Cuánto podríamos pedirle mi mujer y yo a Tucho? Tucho a mí me recuerda perfectamente. Cuando pasa con la Ford Transit los jueves hacia el parque y yo voy por la acera, llevando a mi mamá del brazo a dar el paseo de la mañana, Tucho me ve y me pita. Y sonríe. Y yo agito una mano. ¡Tucho!, le chillo. ¡Carliños, ja, ja!, me dice él sacando la cabeza por la ventanilla. ¡Tucho…!

    Cuarenta euros no es mucho pedir, joder. Merche anda de arriba para abajo con la escoba y la fregona llamando en todas las puertas. Merche sabe cuatro idiomas, sabe francés, porque nació en Francia, español y gallego y portugués, y yo no sé nada, de acuerdo; pero, joder, ¿es que tengo que morir por eso? Sólo cuarenta euros. Un día feliz en el supermercado, nada más que eso pido.

    –¿Acabaste?

    –Sí. ¿Y mamá?

    –Está hablando con la cerradura de la puerta. Ya quiere salir.

    –¿Qué hora es?

    –Las nueve y veinte.

    –De acuerdo. Me pongo la camisa y nos vamos. He pensado en pedirle cuarenta euros a Tucho, ¿a ti qué te parece?

    –¿Cuarenta euros? No sé. Nadie pide nada. La gente los mete en la furgoneta y ya está. A ver si no nos va a coger a tu madre.

    –Yo le voy a pedir cuarenta euros, o treinta, aunque sea. Nos criamos juntos, ¿no? Lo conocemos de toda la vida.

    –No sé…

    –Bueno, vamos y ya veremos.

  17. carlos dice:

    PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO.

    La víspera del día de Reyes, por la tarde, el Sonrisitas se sentó en las rodillas de mamá, y a la mesa de la cocina se firmó el siguiente documento:

    Queridos Reyes Magos, Melchor, Gaspar y Baltasar: Buenas tardes, soy el Sonrisitas. Escribo esta carta para pedir un burrito, a ser posible blanco, pero si el pobre no quiere separarse de su mamá porque llora, entonces quiero una espada de plata y una capa amarilla. Muchas gracias y que tengan un maravilloso viaje desde Oriente. Por favor, tengan cuidado pues el camino de mi casa está lleno de baches vacíos y grandes piedras preciosas.

    Mamá le guió la mano y el Sonrisitas firmó. Luego, mamá le preguntó: ¿cómo se hace? El Sonrisitas sonrió para dentro y para fuera y dijo Niño Jesús, Niño Jesús.

    El Sonrisitas fue el que se encargó de dejar la carta en la ventana para que se la llevase a los Reyes Magos un pajarito que iba a pasar por allí de un momento a otro. Cuando al cabo de un rato fue a ver, la carta ya no estaba en la ventana. Aquella noche el Sonrisitas durmió de prisa y corriendo con un ojo medio cerrado y el otro ojo medio abierto.

    Por la mañana, saltó de la cama y salió disparado hacia la cocina. En la chimenea encontró dentro de la olla de cobre, una espada reluciente, una capa amarilla y unos pantalones nuevos. Su mamá le dijo que los Reyes Magos por la noche no habían podido meter al burrito por la chimenea porque el pobre animalito lloraba y quería estar con su mamá. Pero el rey Gaspar estaba muy contento porque un pajarito le había dicho que el Sonrisitas confiaba en el Niño Jesús, y había sido muy bueno con su mamá, y eso estaba muy bien.

    El Sonrisitas se puso la capa y se metió en la habitación de mamá para mirarse en el espejo de cuerpo entero. La espada no le pesaba nada y la capa le gustaba porque era larga; podía bajar la mano y la espada desaparecía. Entonces levantaba la mano y allí estaba la espada de repente. Aquel era un buen truco. También le gustaban los pantalones nuevos, pues eran cómodos y le quedaban por debajo de las rodillas. El Sonrisitas golpeó la cama y la almohada con la espada, tchas, tchas, tchas.

    Salió a la calle con la espada escondida debajo de la capa, levantó la mano y peleó durante unos minutos con los rayos del sol, tchas, tchas, tchas. Por la ventana de la cocina, mamá le dijo que no se alejase de la casa. Aquella era una idea muy buena. El Sonrisitas ocultó la espada y bajó por el camino castaño, que era recto y llegaba hasta el mar. Era su primera exploración. El primer viaje del Sonrisitas alrededor del mundo. De vez en cuando se detenía en el medio y medio del camino, levantaba la mano y la espada de plata aparecía reluciendo. Magia. El mar aparecía a veces entre los árboles.

    Bruscamente, Sonrisitas se salió del camino y se batió en una pequeña escaramuza contra tres pinos mansos, tchas, tchas, tchas. Después de darles su merecido, inspeccionó la espada, que estaba bien. Vio un conejo de monte, más pardo que los que tenía mamá en el gallinero. Lo persiguió durante un rato. El conejo corría y se detenía cuando Sonrisitas se paraba a coger aire. Parecía que el conejo estaba jugando con él. Finalmente, cuando ya lo tenía a punto del espadazo, el conejo hizo un regate y desapareció entre unas matas. Sonrisitas se acercó a un eucalipto que medía metro y medio, le saltó por un costado con una patada lateral y le bajó los humos de un certero espadazo. ¡Tchas! De pronto la mañana se inundaba de luz.

    Sonrisitas tenía la ría al alcance de su mano. Océano Atlántico, dijo, Atlántida. El camino se torcía en una amplia curva a la izquierda y proseguía zigzagueando por la costa. Él siempre había pensado que el camino castaño seguía recto, se metía por debajo del mar y salía al otro lado de la ría. Si uno llega al otro lado de la ría, ya está en América. Sonrisitas clavó la espada en la hierba del suelo y acto seguido lanzó un pis desde el camino hacia el mar. Oyó el kikirikí del gallo Valentín y se dio la vuelta. Vio el tejado de su casa allá arriba, entre nubes esmeralda. Pero ante sus ojos, en línea recta, Sonrisitas descubrió –parecía increíble- una casita de azúcar y chocolate debajo de un roble venerable y añoso. Por la chimenea de la casita salía un humo blanco que se diluía en el color azul del cielo.

    Inmediatamente desenterró su espada de plata y pensó: están cociendo uno, están cociendo uno. Sin pensárselo dos veces, atravesó corriendo el minúsculo prado que tenía delante para espiar la casa desde cerca. La puerta parecía cerrada a cal y canto, pero en la parte de atrás se encontró con un cobertizo. Empujó la puerta de hojalata y entró acompañado de un chirrido. Allí dentro había un coche verde, reluciente como un espejo, con unas ruedas muy gruesas que tentó con la espada, para ver qué duras eran. Vio un bote de pintura en una esquina. Estaba medio tapado y metió la punta de la espada, que quedó pringada de goterones verdes, como si él hubiese herido a un extraterrestre en una pelea. Entonces, oyó un carraspeo a sus espaldas:

    –Gatito, gatito, ¿a qué andas, gatito?

    Sonrisitas se sobresaltó. En la puerta del cobertizo había un hombre con un saco lleno de ramas retorcidas al hombro. Del susto que se llevó, Sonrisitas dio un bote y salió brincando por una esquina de la puerta, hasta alcanzar el camino. Se dio la vuelta, cogió aire y agitando la espada chilló:

    –Alto, queda detenido. Ponga el saco en el suelo con una sola mano.

    El hombre, un flaco de cara larga con un pómulo resalido, puso el saco en el suelo. Una visera salpicada de pintas verdes le ocultaba el ojo izquierdo. El hombre sacó una cajetilla de Winston de uno de los bolsillos de su mono azul, la agitó y se llevó a la boca un pitillo. Con la uña encendió una cerilla y lo prendió.

    –Usted es el Hombre del Saco, el saca untos –Sonrisitas agitaba la espada-. Tire el pitillo. Átese las manos a la espalda.

    El hombre sacudió la cerilla y la tiró a un lado. Caminaba con el pitillo colgando del labio superior. Llevaba las manos metidas en los bolsillos de su mono azul y se detuvo delante de Sonrisitas, que se quedó petrificado de miedo. Sin sacar las manos de los bolsillos, el Hombre del Saco abrió sus piernas y comenzó a balancearse entre las punteras y los tacones de sus humedecidos zapatos de suela. El mono le iba corto; llevaba calcetines blancos.

    –¿De dónde sales con esa capa verde? –le preguntó el Hombre del Saco a Sonrisitas- ¿Tú de qué vas? ¿Eres un picoleto?

    –Niño Jesús, Niño Jesús.

    –¿Qué murmuras? Habla más alto –el Hombre del Saco se quitó el pitillo de la boca y lanzó unos roscos de humo-. ¿Por qué sonríes como un gilí? ¿Eres el Sonrisitas? ¿Eres el hijo de la Lola?

    –Yo a usted no le tengo miedo ninguno –dijo Sonrisitas meándose en los pantalones nuevos.

    –Pues le vas a llevar a tu mamá un recadito de mi parte –el Hombre del Saco se inclinó, alzó la visera y mostró con un dedo su ojo izquierdo, en el que se veía una centella roja-. ¿Ves? Por este ojo no veo nada. ¿Qué te parece? Nada de nada. Pero a tu mamá no le doy pena. Me cobra lo mismo que le cobra a todo el mundo. Veinte euros. Yo siempre le digo: pero, mujer, si veo la mitad es como si a mí me cobrases el doble. ¿Y ella qué dice, eh, Sonrisitas?, te estarás preguntando.

    –Niño Jesús, Niño Jesús.

    –Me arranca el billete de la mano –el Hombre del Saco exhaló un grueso rosco azul hacia el sol-. Veinte euros. Tres mil trescientas y pico pesetas de las antiguas pesetas. A tocateja. Dice que tiene una boca que mantener y piensa darte estudios. JOJOJO. La Lola y el Sonrisitas. Es que yo me parto el labio con vosotros. Eso sí: los bizcochitos que hornea en esa cocina de leña son una delicaté, una cosa no quita a la otra. Pero, bueno, qué te voy a contar que tú no sepas, Sonrisitas –el Hombre del Saco impulsó el pitillo con los dedos corazón y pulgar. El pitillo salió revoloteando por encima de la cabeza de Sonrisitas, sobrepasó el camino y cayó hacia el mar–. Ven aquí, que quiero decirte una cosa, no tengas miedo.

    El Hombre del Saco levantó a Sonrisitas con una sola mano y lo palpó por debajo de la capa. Sonrisitas pensaba que estaría buscando algún puñal, o una pistola automática escondida. Era el protocolo. El Hombre del Saco respiraba agitadamente. Metió una mano por debajo del jersey y la camisita, encontró una tetilla y la presionó. Sonrisitas dio un grito. Entonces el Hombre del Saco comenzó a tirarle de los pantalones nuevos, con la intención de robárselos, pero Sonrisitas consiguió darle en el ojo tuerto con la empuñadura de la espada. El Hombre del Saco soltó una maldición terrible, giró desorientado sin soltar a Sonrisitas, se salió del camino y se precipitaron los dos por un talud de unos cinco o seis metros. Niño Jesús, Niño Jesús.

    El Hombre del Saco quedó tirado entre unas rocas de mala manera. Su visera flotaba en la orilla del mar. Sonrisitas vio cómo incorporaba trabajosamente la cabeza y decía con voz de atontado: voy a construir el cobertizo donde está una piscina. La cabeza volvió a írsele hacia los lados y se quedó como dormido.

    Sonrisitas tenía arenas blancas en la boca y las escupió. Se acercó a la orilla y le dio un espadazo al mar, ¡tchas! El mar estaba a sus pies. Era extenso y se movía. Parecía más frágil el mar que las montañas del otro lado de la ría. Sonrisitas estaba eufórico. Un caballo es más rápido que un burrito, pero también es más orgulloso. A un caballo primero tienes que domarlo y se te puede escapar por el camino y ya no vuelve. ¡Tchas! En cambio a un burrito le das de comer hierba del suelo con la mano y ya es tu amigo para toda la vida. Igual que un conejo. A un conejo es mejor darle hierba, en vez de ir corriendo detrás, porque si lo persigues se mueve como una bola fofa hacia los lados y no lo alcanzas monte abajo. Pero a un conejo le das hierba verde y ya está. Sonrisitas sonrió. Se sentía feliz y contento. La espada era buena, le gustaba. La levantó por encima de la ría. Un cangrejo y otro, y otro, salían del agua y subían por las arenas blancas hacia donde estaba el Hombre del Saco. Sonrisitas empezó a molestar a los cangrejos con la espada.

    El gallo Valentín cantó de nuevo, y esta vez el kikirikí le hablaba de un modo muy claro a Sonrisitas: tu mamá está muy preocupada porque te está buscando y no te encuentra por ninguna parte. Sonrisitas metió el brazo debajo de la capa y escondió la espada. Caminó por la playa y encontró un caminito para subir, entre tojos y ginestas. De repente tenía hambre. Sonrisitas pensó en bizcochitos de yema de huevo de las gallinas del gallinero.

    Al llegar a casa –le dijo al mar-, le diré a mamá que tú haces el mismo ruido que al abrir una gaseosa. La traeré hasta aquí para que te vea.

  18. carlos dice:

    ROPA USADA

    Los dos caminan por el centro de la ciudad, por la denominada zona del amor. Conchi es la rezagada. Lleva abrochado al cuello un grillete de oro reluciente y camina completamente desnuda. El verdugo, por su parte, abre la marcha sujetando puño en alto una correa de cuero anudada al grillete de oro, y canta una vieja canción de juventud: Qué dura es la vida del pirata. En su musculado antebrazo vemos el tatuaje de un Tiranosaurio Rex mostrando la terrible dentadura.

    –Me encanta esta canción –dice el verdugo mirando hacia atrás-. Qué dura es la vida del pirata. Me la sé de memoria.

    —Vamos a sentarnos ―dice Conchi―. No tengo zapatos.

    ―Aquí no tenemos donde sentarnos.

    —Me duelen los pies.

    El verdugo se detiene en plena calle del Príncipe, deja caer la cinta de cuero con desgana y se vuelve hacia Conchi con los brazos en jarras. Parece muy decepcionado.

    —Las implicaciones del hecho de que te duelan los pies son nulas ―el verdugo alza la voz para que los transeúntes se enteren de lo que dice―. Yo me crié descalzo entre el barro de los campos y el polvo de las calles y aquí estoy, como todos ustedes pueden ver, señoras y señores.
    Es la zona del amor. Vemos músicos al sol, ángeles inmóviles en las esquinas, poetas, grupitos de muchachas cascabeleras, paseantes, vendedores de lotería, un fontanero con escalera al hombro… Todos se apartan ante la llegada de la pareja.

    —Me duelen los pies, verdugo mío ―Conchi da unos pasitos desnudos. La gente la mira compasivamente. Muchas manos se le acercan con latas de coca-cola, tónicas, refrescos, zumos…

    —No le den bebidas frías ―ordena el verdugo de inmediato―. ¿No ven que la pobre está sofocada? Vayan con cuidado, porque yo tengo muy malas pulgas y se me levanta el sentido con violencia –el verdugo agarra a la mujer por la cintura, la levanta y se la lleva metida debajo de un brazo. La trigueña, ondulante cabellera de Conchi se arrastra desconsolada por la zona del amor.

    Suena la sirena de un crucero que acaba de atracar en el muelle de transatlánticos. Cientos de turistas de sonrosada tez y blanda sonrisa se apoderan de las calles y al ver a la pareja la rodean con avidez y empiezan a sacar fotos. “¿Qué queréis?” El verdugo suelta unos cuantos puñetazos con su mano libre por encima. “¿Buscáis pelea, los guiris? No tengo ni para empezar”. Se aproxima por la Puerta del Sol una bandada de músicos. Desfilan amontonados y tocando a golpe de trompeta y tambor la marcha Radetzky. Los turistas, centroeuropeos, se desentienden de la pareja y huyen a todo correr hacia allí.

    De vez en cuando aparece algún conocido que saluda al verdugo con una palmadita envalentonada en la dentadura del T. Rex. Con esta gente el verdugo cruza algunas frases sobre el tiempo, la familia, el partido del Celta…, y aprovecha estas reposadas interlocuciones para cambiarse a la mujer de brazo. Y mientras el verdugo abre y cierra el puño para que la sangre le circule con holgura por el brazo libre, los interlocutores se fijan con gran disimulo en la mujer. Dan por sentado que estará viva, y que en ningún caso merecería semejante trato, así que no dejan de pensar, con un deje de amargura y fatalidad: “Guapos o feos, ¿acaso no somos todos carne de cañón?”

    Casi ni habría que mencionarlo, pero la sala de torturas se halla a las afueras de la ciudad, excavada a la altura de un tercer piso en una cantera abandonada. El verdugo ―su camiseta granate aparece sudorosa, reventada por las costuras― sube por la escalera a oscuras y mete sin vacilar la llave en la cerradura de una puerta que chirría. Transporta debajo del brazo, desnuda como cabe suponer, a una Conchi cuya cabellera se arrastra magnífica por el polvo. Una vez dentro de la casa, el verdugo se interna en el dormitorio y con una hosca sacudida de cadera arroja a la mujer sobre la cama.

    —Supongo, Conchi, que no pretenderás abandonar el dormitorio conyugal tirándote por la ventana como hizo la Nanda, que no logró matarse al caer encima de un laurel. ¿Qué conseguirías con ello? Me obligarías a flagelarte, así que piensalo bien

    El verdugo permanece de pie en la alfombra frotándose la espalda a la altura de los riñones. Se acerca a la ventana, la abre de par en par, se retuerce una oreja y suelta un sonoro escupitajo y asoma la cabeza para verlo caer entre los cascotes de la cantera abandonada. Conchi se ha quedado boca abajo en la cama, encogida y atenta. El verdugo se sienta a su lado, le agarra los pies y comienza a masajeárselos. Entrecerrando los ojos dice ensoñadoramente: “¿Te acuerdas de aquellas noches de verano en la playa?” Ella no dice ni que sí ni que no. “¿Te acuerdas de aquella noche de San Juan? Nuestra gran noche, Conchi. Yo nunca fui un hombre pequeño, tú lo sabes”. “Tú nunca fuiste un hombre”, murmura Conchi. “Jejeje, tú llevabas aquel sombrero de meiga y nosotros danzábamos alrededor del fuego. Te estoy viendo ahora mismo remejiendo en las llamas azules de la queimada con aquél cucharón de madera. Qué bien recitabas el conjuro en gallego y qué guapa estabas, amor mío”.

    Conchi abre un ojo. Son las primeras palabras amables que se le presentan en años, y desea atrapar más palabras de ese calibre, como es natural. “¿Cuántos éramos? ¿Quiénes estábamos?”, pregunta ella en el momento en que los masajes del verdugo comienzan a subir por las pantorrillas. “Estábamos todos: la Nanda, Corne, Rosiña, Pateiro, tú, yo…., gente de toda confianza. Qué jóvenes éramos, me cago en la leche. La luna era más grande entonces, y más azul… ¿Pero dónde se metieron todos, Conchi? ¿Adónde se fue aquella gente? ¿Entiendes lo que te quiero decir?”

    —Sí –dice Conchi. Las manos del verdugo ya acarician sus muslos.

    —¿Y qué tenemos hoy para cenar?

    Justo en ese instante, Conchi se despertó con gran sobresalto y tosiendo. Se encontró sentada en la cama, sola y excitada en medio de aquella estéril pesadilla, con el pijama empapado en sudor. Eran casi las cuatro de la madrugada. Se metió en el cuarto de baño y se dio una ducha. Delante del espejo, con los índices se bajó los párpados y miró dentro de los ojos. De regreso en la habitación, corrió la puerta del armario y observó que la ropa de su marido aún seguía allí.

    —–

    ─¿Sí? Me dicen que tenemos nueva llamada. Hola, buenas noches.

    ―Hola, Rita.

    ―Hola, cariño. ¿Es la primera vez que llamas?

    ―Sí, Rita, aunque de un tiempo a esta parte te veo todos los días, y me animé.

    ―Gracias, cielo. ¿Cuál es tu nombre?

    Pasan diez minutos de la medianoche. Rita está en la tele mezclando con aburrimiento un mazo de cartas. De vez en cuando sus negros ojos de pitonisa miran a la cámara.

    ―Si te digo la verdad, Rita, no sé por dónde empezar.

    ―Lo averiguaremos, no te preocupes. Lo importante es que estás ahí, cariño.

    ―Eso sí. Me gustan los pendientes que llevas hoy. A ti te sienta muy bien el color verde, Rita.

    ―Gracias, nena. ¿Ya me has dicho cómo te llamas?

    −Eh…, Aries.

    −De acuerdo, Aries. ¿Y de qué quieres hablar?

    Hacia la parte de abajo de la tele, a la derecha de la pantalla, hay cinco montoncitos de monedas de oro. Una luz anaranjada los recorre a izquierda y derecha. Debajo del dinero vemos el número al que Conchi acaba de llamar, tras varias noches sentada en el borde del sofá con el teléfono en la mano y mordiéndose los labios. Intentaba imaginarse cómo podría ella contarle su historia a Rita, pues es una historia muy complicada de contar y difícil de que nadie se la crea. Fueron cinco noches las que pasó Conchi en casa a oscuras, delante del resplandor de la tele, rumiando lentamente su vida hasta que, agotada, se metía en la cama y a las seis y media de la mañana, cansada y muerta de sueño, se levantaba para ir al trabajo.

    –Me gustaría hablar de una cosa que me está pasando y yo no sé si le habrá pasado a alguien más, Rita. ¿Tú sabes qué se hace con la ropa de un muerto? Preguntaba por saberlo, nada más.

    Rita mezcla el mazo, mira a la cámara, se pasa la lengua por las encías.

    –Aries, ¿se te ha muerto alguien recientemente?

    -Mi marido, no hace ni un mes. Era soldador en una contrata que trabajaba por los astilleros de la ría, y se pasó años sellando tanques y bodegas de mercantes y pesqueros en las dos bandas del mar. Pero cuando llegó la última crisis del naval, Kiko se quedó sin chollo y tuvo que emplearse por talleres de chapa y pintura escondidos en callejones, lejos de los barcos y del aire fresco de la ría, y eso, creo yo, fue lo que lo mató, ¿entiendes, Rita?

    –Por supuesto, Aries.

    –De pequeño, Kiko quería ser pirata. Él y los otros chicos decían que iban a construir un barco con los maderos que llegaban flotando por el mar abajo. El que llevaba la voz cantante era Kiko.

    Rita se arma de paciencia y va colocando con sumo cuidado siete cartas en cruz sobre el tapete negro de la mesa. La narración de Conchi es deslavazada y confusa.

    –Por la noche llegaba borracho a casa, y siempre me preguntaba lo mismo: ¿Por dónde se fue la felicidad? ¿Dónde se metió todo el mundo? Me lo preguntaba a mí, como si yo tuviese algo que ver.

    –Entonces, Aries, me dijiste que él se murió de cirrosis hace apenas un mes –dice Rita.

    –Sí. Estaba alcoholizado, pero no quiero que pienses que era un borracho. Las circunstancias de la vida y el desempleo lo llevaron a esa situación, Rita, tú ya me entiendes.

    –Por supuesto, cariño –Rita empieza a palpar las cartas que tiene delante.

    –Él decía que durante las huelgas había matado a un anti disturbios de una pedrada en la nariz. Se le metió eso en la cabeza. Todas las noches al acostarse repetía que por la mañana iría a entregarse en la comisaría. Tenía pesadillas. Lo convencí para ir al sicólogo. Yo iba con él.

    –¿Entonces, tu marido mató a un policía?

    –Fue la película que se montó al quedarse sin chollo. Se despreciaba a sí mismo porque pensaba que no había peleado lo suficiente para conservarlo, y así, imaginándose que había matado a un madero de una pedrada empezó a beber a mansalva, para olvidar. Pero, bueno, esto es una barrenada mía, no me hagas mucho caso. Ya sabes cómo les funciona la cabeza a los tíos.

    Rita golpea con la uña roja del índice la carta del centro de la cruz. Mira a la pantalla.

    –Aries dime una cosa…, tú has amado mucho, ¿no es así?

    −Muchísimo. Con locura.

    −Claro…, y en algún momento tú también te sentiste intensamente correspondida –proclama Rita desde la tele.

    −Sí. ¿Cómo lo sabes? Fíjate, yo tenía nueve años y ya lo seguía a escondidas cuando bajaba a la playa.

    −¿Y cuántos años tenía él?

    −Tenía trece, pero al principio ni se daba cuenta de que yo existía. Él quería ser pirata, pero creo que eso ya te lo dije.

    −Pero aquí yo veo algo que tú no me cuentas, Aries –Rita palpa las cartas-. Hay algo muy importante que me estás ocultando, o que se nos ha escapado.

    −Es la ropa, Rita. No consigo deshacerme de ella. Hay una tienda más abajo de mi casa, al lado de uno de esos cuchitriles de Se Compra Oro, que recoge ropa para los pobres y se la llevé a las ocho de la tarde, pero al volver a casa me encuentro con la ropa colgada en el armario.

    −−Repíteme eso con más calma, por favor, Aries.

    –No consigo deshacerme de la ropa de Kiko, y quemarla pues…

    –O sea, que entregaste la ropa de tu marido en una tienda que recoge ropa para los pobres y al regresar a casa te encuentras con la ropa metida de nuevo en el armario –los grandes ojos negros de Rita miran profundamente desde la pantalla de la tele-. ¿Y tú qué hiciste, Aries?

    −−Si te digo la verdad, al principio pensé que casi era mejor así, porque sería una pasada ver a alguien por la calle vistiendo la gabardina de mi marido, y me quedé un buen rato sentada en la cocina. Luego me fui para la cama, y me encontré con que la puerta corredera del armario no cerraba del todo por un milímetro. Intenté cerrarla empujando, incluso le pegué un celofán, y no es que me importe pero tenía que dormir con esa rendijita de un milímetro dentro de mi cerebro. Me levanté y me fui a dormir a la habitación pequeña y cuando me despierto por la mañana molida de lo mal que dormí, resulta que me encuentro con toda la ropa desordenada en el armario del dormitorio y tirada por el suelo.

    −−Aries, ¿tú estás segura de que entregaste la ropa de tu difunto marido en la tienda?

    −Tal y como te lo estoy contando. Mira que ayer metí la ropa a presión en unas bolsas grandes del Carrefour y a las once y media de la noche las bajé a la calle y las dejé entre los contenedores de basura. Subo a casa y lo primero que hago es entrar en la habitación y correr la puerta del armario y allí estaba toda la ropa perfectamente colgada y doblada, planchada y sin arrugas. Él me había dicho que no quería que le hiciese ninguna misa, pero yo le hice la misa de difuntos. A ver si va a ser que se cabreó por eso. No sé qué pensar, Rita, si te digo la verdad.

    −−No, tranquila que la cosa no va por ahí –Rita mira a Conchi desde la pantalla y golpea el tapete negro de la mesa con el índice−. Escúchame bien, Aries: estas cartas me están diciendo, de un modo muy claro además, que hay todavía una cuenta pendiente entre vosotros dos, tú y tu marido. La ropa no vuelve a casa porque sí, ¿me comprendes? Es él quien la recoge y la sube, no lo dudes.

    −−Ah, no lo sabía, Rita.

    −−Tú no tienes porqué saber estas cosas, corazón.

    −−Es una sensación muy rara ver la ropa allí otra vez, de verdad que es una sensación que te parte a la mitad, no sé cómo explicarlo, y no quiero que pienses que esa sensación a mí me acojona, hablando en plata.

    −−Lo supongo, cariño. Se te nota por la voz que eres una mujer muy fuerte. ¿Desde dónde me llamas, Aries?

    –Desde Vigo.

    −−Desde Vigo… ¿Y por qué no le haces una visita a la meiga, y se lo explicas? Pues mira que no tenéis meigas por ahí… Este es un asunto muy serio, Aries.

    −Lo pensé, Rita, pero ahora las meigas se anuncian en el periódico y ya no sabe una si son meigas o qué son. Y con las caribeñas y los africanos que pegan por las farolas de la ciudad esos cartelitos de color añil con un número de teléfono para pedir cita y curarlo todo por el vudú y la santería, pues es algo que me impresiona demasiado y aún no estoy preparada. Antes te acercabas a las afueras, preguntabas, y siempre había alguien que te decía: la casa de la meiga está en el bosque aquel que se mira desde aquí. Métase por la corredoira y va casi directa. Subías por la corredoira, cruzabas un pastizal con vacas, y ya veías el bosque en el alto y a la gente sentada a la sombra de los castaños, aguardando su turno. Pero ahora vas y preguntas y te dicen que sí, que por allí hubo una vez una bruxa, pero que ya no está, y se ponen a señalar para todas partes y al final tampoco sabes la dirección que tienes que tomar porque en realidad nadie te dice nada. Ya nada es como antes.
    Rita recoge las cartas de la mesa y las mezcla con las del mazo.

    –Vamos a ver una cosa, Aries. Dime, ¿izquierda o derecha?

    –Izquierda.

    Rita pone el mazo en la mesa, le da un corte con su mano izquierda y dispone siete nuevas cartas en cruz sobre el tapete negro. Rita las contempla ladeando algo la cabeza.

    –¿Cuántos años tienes, Aries? Eres joven, todavía.

    –Treinta y ocho.

    –Treinta y ocho –Rita palpa las cartas, las acomoda bien y le da unos toquecitos al naipe del medio-. Una cosa, Aries… ¿Tú no estarás encinta?

    –…Pues…

    –A veces ocurre, cuando la mujer está preñada, que ellos se quedan merodeando hasta que la criatura nace. Después se van definitivamente, aunque no muy lejos. Pero mientras tanto suelen hacer las cosas más raras que nos podamos imaginar.

    –No lo sé, Rita. A mí no me importa que él haga ahora lo que le dé la gana. Cuando llegaba borracho a casa, muchas noches se ponía a cantar. Si te soy sincera, me ponía furiosa, y me daban ganas de meterle un sartenazo en los morros. Los vecinos golpeaban las paredes y el techo.

    –Ponte en contacto con él, Aries. Tienes que hablar con tu marido. Aquí hay algo que ha quedado pendiente entre vosotros dos.

    –¿Y cómo hago, Rita?, ¿cómo hablo con él, qué le digo?

    Rita mezcla el mazo suavemente y mira a Conchi desde la tele.

    –Tienes que hablarle desde tu corazón, nada más que eso. Puedes cerrar los ojos y te pones en contacto a través de tus sentimientos. Déjate llevar. Piensas en él, en ti, en tu vida junto a él y dejas que tus sentimientos afloren. Ellos te conducirán, no los empujes. Lo que importa es que esos sentimientos salgan de ti y que sean verdaderos. Y puedes hacerlo en tu casa o contemplando una panorámica, o en el autobús…, donde tú quieras, cariño. Si te acercas al campo y lo haces al amanecer o al anochecer, mucho mejor. La naturaleza te besará los pies y te prestará todo su poder, jamás lo olvides.

    –No sé, Rita, parece fácil.

    –Es más fácil de lo que piensas, cariño, siempre y cuando seas sincera contigo misma. Y no tienes que preparar ningún discurso. Tu corazón hablará por ti. Tú sólo te rindes al momento.

    –Al momento, sí, Rita.

    –Llámame otro día si quieres, nena, y me dices qué tal te ha ido.

    –De acuerdo, Rita.

    ——

    El sol es anaranjado, está inflado como un globo y flota sobre un mar de plata y lentejuelas. Ha sido otro gran día de calor. La colina huele a eucalipto. Conchi apaga el motor del autobús y observa la panorámica desde la ventanilla. Cierra los ojos y respira profundamente. Moja un índice con la lengua, lo coloca sobre el sol y arrastra el sol hacia el norte y lo suelta encima del puente de Rande. Conchi abre los ojos y ve que el sol ha regresado por su cuenta a las islas anaranjadas sobre las que flotaba. Unas urracas suben aleteando por el monte, pasan volando sobre el autobús y se posan en el tejado del solitario edificio de ladrillos rojos. Unos niños juegan a la pelota en el descampado.

    Conchi echa un vistazo al Camino Culebra por el que acaba de subir. Es un camino castaño, sinuoso, estrecho. Impresiona bastante verlo desde allí arriba, correteando entre los campos, aunque ella se ha habituado a recorrerlo varias veces al día. Durante la primavera se corrió la voz de que al fin iban a asfaltarlo y a quitarle algunas curvas y las pendientes más peligrosas. Conchi apaga la radio, se quita las gafas de sol y las deja en el salpicadero.

    Cuenta unos billetes, los dobla con esmero y los mete en el bolsillo de su camisa azul pálido. Con la rodilla desliza un cajoncito a su derecha y ordena unas monedas por tamaño en sus respectivos cajetines. Un céntimo se resiste a salir y lo levanta ayudándose del boli. De repente, Conchi se da cuenta de que a su alrededor hay un silencio muy denso y levanta la cabeza para ver qué ocurre. Los niños han dejado de jugar a la pelota en la explanada y permanecen todos de pie mirando al autobús. Conchi sonríe y da por sentado que la pelota se les ha escapado y ha ido a parar debajo del vehículo. Las urracas carraquean.

    Conchi salta del autobús, se agacha cerca de una rueda y logra arrastrar la pelota hacia fuera. La conduce con los pies hasta el borde del descampado y desde allí le da una patada. Los niños echan a correr detrás y el partido de fútbol se reanuda. Conchi contempla a los chiquillos durante unos segundos. Hasta le están entrando ganas de meterse entre ellos. De pequeña no le pegaba mal a la pelota, e incluso caneaba a los muchachos de su edad cuando jugaban en la playa, con la marea baja.

    Conchi cruza a la otra orilla del camino, se quita la goma del pelo y se rehace la coleta. Su mirada desciende por los meandros del Camino Culebra y se detiene en la costa. Allá abajo, detrás del cañaveral, está la playa. Aunque las cañas han crecido mucho, hay una zona en la que no son muy altas y puede verse en la arena blanca un resplandor a ratos mortecino, a ratos vivaz, y una columnita de humo que sube hacia el cielo.

    –Están encendiendo una hoguera–murmura Conchi.

    Conchi mete las manos en los bolsillos del pantalón azul marino, levanta los hombros y respira profundamente. El aire de las colinas es salud, ella lo sabe muy bien. Si Kiko estuviese aquí y ahora y fuese el Kiko de los viejos tiempos, se tumbarían los dos en la hierba para contemplar en paz y sosiego todo aquello, y ella le peinaría la pelambrera con los dedos. Luego lo pondría de espaldas y le levantaría la camisa para inspeccionar las espinillas que ella tenía bastante bien contadas. (Nunca había echado ninguna en falta, así que Conchi suponía que él le había sido fiel). Después se subirían al coche y se irían a cenar a la otra banda del mar, quizás a Domaio o a San Adrián. Ya era tiempo de sardinas. Una buena docena, o docena y media de sardinas grandes empapando el pan de maíz, ensalada abundante y unas tazas de vino tinto del país, debajo de una parra. Aquello sí que era vida, qué tiempos. Pobre Kiko, qué poco había disfrutado. Conchi se dio cuenta de que lo estaba echando de menos en aquel momento y sacudió la cabeza, porque en el fondo no quería a ningún hombre a su lado, no lo necesitaba para nada.

    Conchi observa que los de la playa logran encender la hoguera. El resplandor ahora es alegre, y ella permanece en silencio durante un minuto.

    –Sé que eres tú el que vuelve a meter la ropa en el armario –Conchi se detiene y piensa en lo que va a decir a continuación-. No quiero que me sigas toreando, ¿me comprendes? –otra pequeña pausa y se deja llevar- Quiero que saques la ropa de casa. Nosotros estamos bien, no hace falta que te preocupes –Conchi se acaricia la barriga-. ¿Tú qué tal estás? ¿Estás en el infierno o en el cielo?

    –¡Gol!

    –¡Alta…!

    Los niños siguen jugando a la pelota. Conchi abre los ojos. Está como adormilada. Ha oscurecido. En la línea del océano hay fuego de cenizas. Una mujer se asoma a una ventana del edificio de ladrillos rojos y grita el nombre de un chiquillo. Conchi se acerca al autobús y abre la puerta y se sienta al volante. Con la rodilla empuja el cajoncito y lo cierra del todo. Mira el reloj del salpicadero y anota unos números en la hoja de ruta. Conchi se frota con las manos las mejillas y la frente, aprieta el interruptor y el motor arranca. El autobús enciende sus ojos, gira en la orilla de la explanada y se encajona en el Camino Culebra.

    –Mándame una señal si me has entendido, Kiko. Di algo si estás de acuerdo.

    Conchi enciende la radio y aprieta el botoncito de busca automática. Una voz femenina de marcado timbre adolescente está hablando, rápidamente y con gran desparpajo: “…porque esto es RPyD, rock puro y duro, ya sabéis, vuestro programa de música favorito. Guau”. Conchi dirige el dedo hacia la radio para seguir buscando. “Y os quiero muy atentos, amigos, porque hoy abrimos RPyD con un clásico: Qué dura es la vida del pirata. Allá vamos”. Y se oye un trallazo. La canción comienza.

    –Recibido, gracias –dice Conchi apretando nuevamente el botoncito.

    El autobús baja por el Camino Culebra bamboleándose con cuidado, y lleva los ojos muy abiertos.

  19. Carlos dice:

    La Zona

    Hacía años que yo no sabía de Same, desde el colegio. Pero un día en el bar de abajo, a la hora del café, cuando cruzado de brazos yo miraba la partida de subastao, oí a mis espaldas una voz que me resultaba familiar. Giré la cabeza y allí, en la televisión, estaba Same, el gran Same. Me acerqué a la tele y apoyé un brazo en el mostrador. Se trataba de un nuevo programa de la segunda cadena: Cosmos y Átomo. Same era el que llevaba la voz cantante. Allí estaba él, acomodado en un sofá beige al lado de la piscina del jardín, con las piernas cruzadas y un impecable pantalón blanco. Entonces apareció una galaxia en la pantalla, una de esas espectaculares fotos del Hubble, pero la firme voz de Same seguía impartiendo explicaciones sobre el cosmos y el átomo, lo más grande y lo más pequeño. Same no se andaba por las ramas. Ya en el colegio el profesor de matemáticas a veces le decía: “Bueno, algebrista, explícanos la lección que traíamos para hoy”. Same se subía a la palestra feliz y contento, cogía la tiza y un día se pasó de frenada y nos largó toda la teoría de la sigma de Gauss y la integral de Riemann. Alucinamos.

    Señalé la tele con un índice excitado y le dije a Camila, la camarera: “¡Eh!, ese es Same. Fuimos juntos al colegio. Estábamos en la misma clase. Ostrás, ponme una copa de ponche”. Camila me puso la copa, apoyó un codo en el mostrador y la oreja en la mano y se quedó a mi lado mirando para la tele. “Pues habla muy bien, ese Same, no se le entiende nada y es guapo”, me dijo Camila. “Same era un hacha ya de pequeño y está igual que estaba”, le dije yo.

    Y así empezó todo. Yo bajaba al bar por las tardes y me sentaba en el taburete para ver a Same, y Camila se acomodaba a mi lado al otro lado de la barra. Cuando los de la partida de subastao discutían con ferocidad al término de cada mano, Camila apretaba el botón del mando a distancia y subía el volumen de la tele, y cuando se relajaban lo bajaba.

    El Cosmos y el Átomo era una serie de documentales de cuarenta minutos que se grababan sobre la marcha. Ponían tres episodios por semana –lunes, martes y viernes-, y tenían calculado que estarían en antena durante cinco meses. Camila y yo los seguíamos juntos y empezamos a intimar. Las tardes que tenía libre, ella empezó a subir a casa y veíamos a Same desde nuestro sofá. Y al jubilarse anticipadamente el señor Antonio -el jefe de Camila-, ella me convenció y cogimos juntos el bar, y aquí nos encontramos ahora. Camila lo atiende por la mañana y yo por las tardes y por la noche. De modo que tenemos el bar, tenemos el piso, tenemos el C3 que nos compramos de paquete, tenemos las facturas…, todo gracias a Same, como quien dice, y en dos meses escasos. Same, el gran Same, al que yo no veía desde hacía años, se había presentado como una bendición en mi vida.

    “Samuel Mesa Cabellos –le decía yo a Camila-. Le llamábamos Samuel Mésate los Cabellos, y él se cabreaba y nos perseguía por el patio con un palo en la mano y su larga cabellera castaña ondeando al viento. Tenía una melena como tres veces más larga que esa de la tele. Era un hacha.”

    Así transcurrían plácidamente las tardes en aquel rinconcito del mostrador. Sólo que ahora era yo el que subía el volumen de la tele con el mando cuando los de la partida se pasaban.

    Un día mientras echaba azúcar a su café, Camila me dijo que a Same se le habían manchado un poquito de blanco las patillas. “Ahora parece más interesante”, me dijo. Pero al lunes siguiente Camila encontró a Same algo desmejorado: “Fíjate bien, le pasa algo. Creo que está enfermo. Ha envejecido”. Y era verdad, pues notamos que la voz de Same se había apagado bastante y carecía de aquel timbre de autoridad tan suyo.

    –Quizás sea un constipado –dije yo-, un resfriado mal curado de finales de verano. Suelen ser los peores.

    –Desde luego, ya no habla tan bien como hablaba –dijo Camila-. Ha perdido empaque.

    La fatiga de Same crecía a cada nuevo episodio: sus ojos perdían brillo, sus gestos a veces parecían torpes. La ropa empezaba a quedarle holgada. Un lunes ya no lo vimos en pantalla y al día siguiente, tampoco. Fue sustituido por la voz en off de una dobladora profesional. Ya no era lo mismo. Transcurrieron dos programas más sin él y Camila y yo dimos a Same por perdido, aunque seguíamos Cosmos y Átomo, esperando el regreso de Same.

    Era sábado. Yo me había pasado casi toda la mañana leyendo en la biblioteca Neira Vilas. A la una tenía que echarle una mano a Camila en el bar. Me levanté de la silla media hora antes y me dirigí hacia la salida, pero a través de los ventanales vi que estaba cayendo un aguacero formidable y me di una vuelta por los estantes cargados de libros, esperando que escampase.

    En la pared del fondo de la biblioteca, en los cajones donde están los dvd de cine y música, me encontré con una sorpresa. Una película de Tarkovski: La Zona. El título se ha traducido del ruso al inglés como Stalker (acechador, que acecha, según lo que puede deducirse del Collin’s). Ambos títulos se complementan, a mi entender, aunque La Zona se ajusta con mayor precisión al tema de la historia. Pedí el dvd en préstamo y al momento de firmar la ficha, el aguacero cesó y regresó la lluvia suave que durante la mañana había estado cayendo, intermitente, en la calle y en los campos cercanos.

    Bajé por la escalinata de la Neira Vilas con el paraguas abierto y avancé por la calle con la película de Tarkovski apretada contra mi pecho para proteger, de la lluvia y de cualquier golpe, aquel gran tesoro.

    El caso es que al llegar al semáforo crucé la calle y alcanzada la acera del otro lado tropecé con algo y sentí como si me empujasen por la espalda. Entré trastabillando en una parada de autobús, y vi que atrás había quedado la tapa de hierro de una alcantarilla irrefutablemente doblada por la mitad. Qué bárbaro, dije, aunque nadie me escuchaba. Vi en el panel de información de la parada que el Número 9 estaba a punto de llegar. ¿Qué pintaba yo allí? El bar lo tenía a menos de cuatro minutos caminando, al lado de la peatonal del Calvario. Así que cerré el paraguas y acto seguido intenté guardarme el dvd, pero como no cabía empecé a estirar las bocas de los bolsillos, en una operación tan grotesca como inútil.

    Un sujeto de gabán oscuro se guareció bajo la marquesina y cerró su paraguas con temblorosas y amarillentas manos. Tenía mejillas descarnadas, pómulos secos con pintas verdes, ojos hundidos en sus cuencas. Aún así, pensé en Same. Pues bien, la melena castaña de Same había desaparecido; su cabeza ahora se veía pelada y mucho más reducida. El individuo acababa de situarse en una esquina y noté que no me quitaba ojo. Logré conectar –sin proponérmelo- con sus pensamientos más profundos: “¿Qué hace este cretino? ¿Para qué quiere romper los bolsillos de esos pantalones?”

    El dvd terminó saltando de mis manos y se deslizó por el suelo hasta los zapatos negros, refulgentes, de Same. La carcasa quedó con el título hacia arriba. Same la movió con la punta del paraguas para facilitar la lectura.

    –Tarkovski –exclamó con afonía-. Stalker.

    Me acerqué y le pregunté si era Same, si había estudiado en el Apóstol y si se acordaba de mí, y me presenté. Le dije que habíamos sido compañeros de pupitre. Él me observó con interés.

    –…ah, sí…, Castro –me dijo Same, al fin, deslizando un poco la gafa por su nariz para verme mejor. Me incliné y recogí la película del suelo.

    –Está en versión original y tiene subtítulos en español –le dije incorporándome-. Acabo de encontrarla. La copia que yo conocía tenía subtítulos en portugués de Brasil, pero ésta los tiene en español.

    –Yo la vi en Berlín, in illo tempore, subtitulada al alemán, por supuesto –Same tosió. Tendió una mano pálida hacia mí y se hizo con el dvd. Examinó la carcasa por delante y por detrás-. Y, debo confesarte, amigo Castro, que me resultó tediosa e incomprensible. Pero, bueno, Tarkovski se había pasado a Occidente y ver su cine era poco menos que materia de obligado debate -Same mira al tendido. El Número 9 está allá, esperando detrás de un semáforo en rojo. La rama de un amable fresno le barre el techo-. ¿Y qué fue de tu vida, amigo mío?

    –Bien , bien…, ahora tengo pareja, tengo un bar.

    –Excelente.

    –Sí –noté a Same algo animado y le di una tarjetita del local-. Tienes que venir un día y nos tomamos un café. Camila es admiradora tuya y no se ha perdido ninguno de tus programas.

    –Me acercaré. O quizás te llame por teléfono. ¿Tienes coche?

    –Un C3.

    –Suficiente -el autobús se acercaba siguiendo a una furgoneta de reparto del pan. La temblorosa mano de Same me tiende la película.

    –No, quédatela. Te la regalo –le digo sin pensármelo, y suponiendo que habría disponible alguna copia en cualquier parte.

    Same coloca el dvd debajo de un brazo. El autobús frena a su lado. La puerta se abre y él pone el pie en el estribo, se vuelve y exhibe aquella sonrisa tan suya, levantando una ceja que ahora no existe.

    –Gracias por el regalo. Hoy mismo volveré a ver de nuevo a Tarkovski, amigo Castro, pierde cuidado.

    La puerta del Número 9 se cierra. Doy un paso.

    –Cúrate. Mírala y cúrate, si quieres. La Zona está por todas partes.
    Same agita una mano. El autobús se va.

    —-

    Al llegar al bar, lo primero que hice fue hablarle a Camila de este encuentro. Ella estaba en el surtidor de cerveza tirando unas cañas. Le dije que acababa de encontrarme con Same, que parecía muy enfermo.

    –Se le cayó todo el pelo, pero Same va a curarse –le dije a Camila.

    –Same es un hacha –dijo ella, y la espuma bajaba por el vaso.

    –Enfermó del ego. Tenías que haberlo visto; se le disparó el ego. Pero va a extirparlo. Muy pronto veremos entrar por esa puerta al gran Same, ya verás.

    –Pobre hombre.

    –Same es muy perspicaz y si se pone lo logra. Yo estudié con él.

    –Fue muy guapo.

    –Te apartas y la providencia se encarga de todo. Así de simple es si comprendes, si sabes humillarte. Es fulminante.

    –Sí.

    Camila coloca distraída las cañas en la bandeja y se va a atender una mesa. Es sábado, la hora del vermú. El bar está empezando a moverse. Un rayo de soy entra por el ventanal. Me acerco a la puerta. Afuera pasea la gente. La lluvia es puro oro.

  20. carlos dice:

    CIEN SIRENITAS

    Por la tarde a primera hora la niebla remontó lentamente las islas Cíes y se desparramó como un deshilachado manto blanco por toda la ría. Del embarcadero del Náutico sobresalen tan solo las jarcias de un velero inglés que se apresta a dar la vuelta al mundo. El puente colgante de Rande, esbelto y fantasmal, flota a lo lejos entre bruma. Es año viejo.

    Apoyo los brazos en el alféizar de la ventana, cierro los ojos. ¡Brooo…! La gruesa bocina de un barco mercante invisible avisa con temor.

    Ahí vienen. Son unas cien sirenitas que se adentran en la ría por Cabo Home, costeando entre dos aguas. Expelen el aire con suavidad para minimizar los borboteos en la encalmada superficie del mar. Las más pequeñas del grupo se mueven excitadas porque llevan unos cuatro meses sin jugar, y encontrarse con esta niebla tan densa ha sido para ellas una bendición. Pero las sirenitas instructoras y las mayores no las pierden de vista y les recuerdan que han de atenerse a los movimientos de todo el grupo. Está claro que la ría volverá a quedarse desnuda en cuanto sople el primer céfiro del atardecer.

    Ella, la más hermosa de las pequeñuelas, es la primera en ponerse a dar saltos por el agua. Sus amiguitas la siguen y juntas retozan a sus anchas entre algas y caracolas y galeones españoles sumergidos con las bodegas repletas de los tesoros de las veinte mil leguas de viaje submarino. Ella, la adorada, asciende en espiral feliz y sale a superficie con un escudo de oro en una mano y lo muestra a sus compañeras pegándolo al lóbulo de una oreja. Les pregunta qué tal le sienta. Oh, de maravilla, dicen las pequeñuelas. Es una moneda resplandeciente, con el grabado de un men de nariz trasteada y pelucón. Una instructora se acerca y le dice a la guapísima que entierre el escudo de oro en donde lo encontró, cosa que ella hace lanzándolo al aire y buceando tras él. Después, las pequeñas prosiguen retozando por muelles verdes y atarazanas y fuertes abandonados y playas blancas. La tarde se les echa encima.

    Una gaviota extraviada se acerca al grupo, graznando y con malas pulgas. Pero la pizpireta emerge por sorpresa y da un manotazo al agua y la gaviota recibe un buen remojón. Las pequeñas se ríen y saltan de felicidad y las sirenitas instructoras chitan con un dedo en los labios para que no alboroten tanto.

    ¡Brooo…! Doy un respingo en la silla, se me cae el bolígrafo al suelo. La atronadora bocina de ese mercante invisible incordia y me pide pelea. Enciendo el flexo. “El Polo Norte se derrite. Salva a las sirenitas”, proclama la pantalla del ordenador con insistencia. Durante un rato corrijo un documento de texto, lo envío a la impresora y me voy a la cocina. Mientras pongo la cafetera al fuego me viene a la mente lo que me pasó hoy por la mañana: estaba yo con la caña pescando tranquilamente desde una roca en la costa de Bayona, y un delfín se acerca y se me queda mirando con sonrisa de cabroncete bien peinado. ¿Qué pasa, golfiño?, le pregunté.

    –Ji, ji, ji.

    –¿Ji, ji, ji? Lárgate, anda, que me estás abalando la pesca –le dije recogiendo línea.

    –Ji, ji, ji –y se largó. Yo aún seguí un par de horas lanzando y buscando nuevas posturas, pero no pesqué nada. De manera que, un año más, me llevé el tradicional capote de año viejo.

    Hum, qué bien huele el cafelito que me llevo a la ventana… La niebla se deshace en jirones y allá abajo veo a las sirenitas. ¿O son golfiños? Enfoco el telescopio y las veo. Son ellas; puedo contarlas. Son treinta, si…, en efecto. Me voy a la mesa y tomo el texto que acabo de largar a la impresora. Tacho con el bolígrafo la palabra cien del título y encima del tachón manuscribo en mayúsculas la palabra treinta. Treinta sirenitas.

    La tarde se rasga por la boca sur de la ría: desde una nube cae un abanico amarillo limón sobre el horizonte de lentejuelas. Veo que las instructoras organizan al grupo en un pis pas y se lo llevan a las profundidades. Pero ella, la admirada, permanece en superficie contemplando el olivo del Paseo de Alfonso, engalanado con las luces de la Navidad.

    –Eh –le susurro moviendo una mano-, que te estoy espiando por el catalejo, vete, no seas tonta.

    “Hazle caso, Revoltosa, únete al grupo”, mentan desde el fondo las instructoras con dulce voz.

    Regreso rápidamente a la mesa. La pequeña presumida se llama Revoltosa –escribo en el pc-, y navega en uno de los dos grupos de sirenitas que huyen del Polo Norte, donde apenas queda hielo bajo el que esconderse. ¿Pero esconderse de quién, o de qué? Esconderse de los men, como es natural, responden las sirenitas instructoras y las mayores si se les pregunta. Y añaden muy serias: “Los men aún no son seres del todo, porque o son machos o son hembras, pero no están completos individualmente…” A finales del pasado mes de agosto media docena de sirenitas se quedaron atrapadas entre los hielos que se derrumbaban a su alrededor, y en un abrir y cerrar de ojos se encontraron en una zona de mar abierto al alcance del sonar de los barcos de los cazadores de focas. Este hecho, aunque aislado, causó una gran conmoción entre todas ellas. La hora de abandonar el Norte había llegado, no quedaba otra. Las instructoras calcularon que en poco más de diez meses de irregular y tranquila navegación llegarían a la Antártida durante el invierno austral, con oscuridad bastante para buscar con calma un refugio entre las cuevas y galerías de hielo del continente. Decidieron que marcharían por los dos océanos. Revoltosa, la presumida, navega en el grupo del Atlántico, como se puede ver.

    El cielo está estrellado, la noche es oscura. Me acerco a la ventana con una cerveza en la mano. En la playa de Samil muchos men juegan alrededor de un gran fuego. A medio kilómetro ría adentro, las sirenitas regresan a la superficie tras reponer fuerzas dormitando entre dos aguas. Un petardo sisea en espiral y estalla dibujando una margarita anaranjada sobre los pinos de la playa.
    “Son cachorros, en su mayoría”, mentan las instructoras. “Nos acercaremos y costearemos hasta alcanzar mar abierto, pero que nadie se aparte de la oscuridad… ¿Entendido, Revoltosa?”

    Revoltosa se las había ingeniado para navegar a babor del grupo y viraba furtivamente hacia la hoguera. El fuego por momentos refulgía y ella oía las risotadas y los gritos de los men. Lograba ver el esqueleto de una barcaza medio enterrada en la arena blanca. Los cachorros le astillaban a patadas las cuadernas para echarlas al fuego. Ella, que se hallaba en la frontera entre el resplandor de la hoguera y la sombra de la noche, no se imaginaba que los men pudiesen mentar tan fuerte. Su boca se llenó de saliva. Se zambulló en espiral, recogió un puñado de conchas del fondo y regresó a superficie siguiendo los globitos que habían quedado atrás. Extasiada, dio un gran salto y se contorsionó en el aire soltando una lluvia de conchas a su alrededor. Algunos men advirtieron que algo extraño ocurría en la zona de oscuridad y se acercaron a la orilla. Revoltosa giraba otra vez en el aire y se despanzurraba en el agua.

    –¡Un golfiño, es un golfiño!

    Una cachorra escuálida de labios repintados de carmín se descalza los tacones y se desnuda y entra corriendo en el mar. Alcanza a nado la oscuridad y bracea por allí en un amplio círculo, pero no encuentra nada. Empieza a imaginarse cosas raras, como que un congrio está subiendo desde las profundidades y la cachorra presiente un calambre en una pierna; estira el cuello y empieza a gemir como una perrita asustada. Está tan oscuro que ni siquiera puede verse las manos. Chapotea. Revoltosa percibe las mentaciones de pánico y rodea a la hembra, que grita con todas sus fuerzas cuando ve la enorme cola con escamas que se le acerca brillando bajo el agua. Revoltosa pasa su gran cola de pez por debajo de los pies de la cachorra y la aúpa a la cresta de una ola que la transporta envuelta en espuma hasta la orilla. Los men tiran piedras a la oscuridad. Revoltosa salta y esparce conchas a su alrededor. Una piedra perdida le da en el labio y empieza a sangrar por la nariz.

    “Amadísima, ven con nosotras”, mentan al unísono las sirenitas.

    La adorable, desorientada y herida, cierra los ojos y se deja guiar hasta una gruta tan alta como una catedral de hielo que hay en el fondo de la ría. Las sirenitas se agrupan en formación esférica a su alrededor y la cubren con mentaciones de cariño. Ella sonríe y la boca ya no le duele ni le sangra la pedrada. A continuación, las instructoras le recuerdan a todo el mundo que ninguna sirenita deberá comprometer de nuevo la seguridad del grupo alejándose de él. Y a las amiguitas de la coqueta les indican que se retiren al fondo de la cueva porque ha llegado la hora de que Revoltosa se haga adulta.

    “Pero yo no quiero ser adulta”, protestó la mimosa. “No quiero”.

    Se hallaba en el centro de la esfera formada por instructoras y mayores. Lentamente, la esfera giraba.

    “Los men son capaces de matar”, mentó la esfera viviente, “sííí…, son capaces…”

    “¿Qué es matar?”, mentó Revoltosa frunciendo el ceño. Tenía que ser una cosa terrible pues las caras de instructoras y mayores mostraban muecas de tristeza y dolor que ella nunca les había visto.

    “Sííí…, son capaces…” La esfera viviente tomaba velocidad.

    Revoltosa está entre miles de men, sentada en la grada de un polideportivo, ante la pantalla gigante de una televisión en la que un encapuchado agarra del pelo a un men arrodillado a sus pies y con el cuchillo le corta la cabeza y la muestra a la cámara. Los men del pabellón se quedan paralizados y mudos. Revoltosa no es capaz de cerrar los ojos.

    Un cazador de focas se desabrocha el cinturón de su pantalón en una habitación cerrada. Con el cinturón en la mano escupe al rostro de un niño, que se orina de miedo y empieza a correr alrededor. El cazador le marca las piernas a cintolazos. Revoltosa intenta cerrar los ojos y murmura: “por favor, por favor…”

    Por favor, por favor. La esfera pierde velocidad. Instructoras y veteranas rompen la formación. Van de un lado para el otro mirando de reojo a la bien querida. Las pequeñas siguen en el fondo de la gruta y cuchichean apiñadas. Revoltosa las ve, les sonríe con compasión, se impulsa y se une a la pausada navegación de las mayores.

    Las doce campanadas del año viejo ya están aquí. El teléfono suena entre estallidos de bombas de palenque.

    Envío el documento a la impresora. Voy y cierro la ventana. Ordeno los folios y los guardo en una carpeta de color vino. Salgo a la calle y marcho bajo las palmeras. Un petardo anaranjado sisea y revienta con gran estruendo en la persiana de chapa de una oficina de empleo. Unos chavales delgados cruzan el semáforo de Colón apurando el paso. La noche es agradable. La gente con la que me cruzo habla en voz muy alta y se carcajea. Estoy seguro de que sus mentaciones son maravillosas. Levanto la cabeza al cielo mientras camino: ahí arriba, en ese jardín de eterna conciencia, florecen luminarias y astros infinitos. El periplo hasta el continente antártico no deja de ser una aventura arriesgada, y eso las sirenitas lo saben. Los men hemos conquistado la superficie de este pequeño globo y cualquier derrota de navegación es peliaguda, sobre todo para los seres que nos resultan extraños.

    Pues bien: en la madrugada del 1 de enero las treinta sirenitas, sin otros incidentes dignos de mención, abandonaron la ría de Vigo costeando por la bocana sur, rumbo a Portugal. Y a estas horas calculo que siguen navegando, con fe y bondad, por ese brillante océano de zafiro. Buen viaje, hermosísimas.

  21. carlos dice:

    EL VASO DE ORO

    Había dos vasos en la mesa.
    Mamá mojaba los dedos en el vaso de agua,
    los sacudía sobre la ropa arrugada
    y pasaba la plancha canturreando.

    De vez en cuando Mamá bebía del vaso de oro.
    Cuando se vaciaba, lo llenaba con el tetra brik
    de cartón verde que guardaba al fresco en el cobertizo.

    El vaso de agua para planchar lo llenaba
    con agua del pozo.

    Yo gateaba por el suelo.
    Yo repetía con voz de pito:
    tatá-tatatatá…
    y me metía por debajo de la mesa,
    o me iba pasillo adelante, o me escondía detrás de las puertas…
    Yo aparecía entre las piernas de Mamá.

    Las pantorrillas de Mamá
    tenían unas venas azules muy bonitas.

    Una vez, acerqué las manos y la boca
    y chupé una vena azul.
    Mamá se agachó y me levantó hasta
    la bombilla del techo.
    Me besuqueó diez veces,
    ay, ay, ay, qué felicidad…
    Yo hacía globitos con la boca
    y Mamá frotaba su nariz en mi barriguita, ay, ay, ay, ay…

    Éramos muy felices.

    Cada atardecer un rayo de sol entraba por la ventana.

    El vaso de oro resplandecía en su esquina.
    Era muy bonito.

    La vida con Mamá fue muy bonita.

  22. Carlos dice:

    DILES QUE EXISTÍ

    La jornada había sido larga. Calurosa y larga.

    –Yo, lo que pasa es que soy una mujer complicada. Toda la gente que me conoce me lo dice: tú es que eres una tía muy complicada.

    –Ya –dije sin levantar la cabeza. Yo llenaba las neveras agachado detrás del mostrador.

    –Fue aquí, en esta esquina de la barra donde estoy ahora –la mujer complicada morreó el gollete de su cerveza intentando calmar la sed-. Aquí entré por primera vez en un bar, con mi Teo, y me senté en este taburete. ¿Cuántos años hará de eso?

    –Una barbaridad.

    Se llama Sandra. Hace una semana que regresó a la ciudad y acaba de instalarse; hoy ha venido a hacerme una visita. Se pasó toda la noche dándole la vara a todo quisque para que la invitasen a una cerveza. Espanta a la clientela. Los tres fulanos que quedaban en el bar al final se largaron masajeándose la frente con los dedos.

    –Tú eras un mocoso; eras un empleado y estabas asustado detrás de la barra. Me serviste mi primera cerveza, lo recuerdo como si fuera ahora. ¿Y sabes adónde me llevó luego mi Teo? A la discoteca Los Lagartos. Yo tenía quince años, poco más joven era que tú, ¿te imaginas? En la discoteca Los Lagartos oí yo al Manolo García por primera vez. Libro, nube, y otra vez a empezar, lala-lala, lalalá… al oír esa canción comprendí porqué nunca me había gustado el colegio.

    –Recuerdo que sacabas buenas notas –dije pasando un paño por el interior de una nevera vacía.

    –Mi Teo me desvirgó aquella misma noche con esa canción: me llevó en el coche al monte de El Castro y me desvirgó allí. Aquellas sí que eran canciones. ¿Qué fue de aquel tío? ¿Se murió?

    –Sigue cantando.

    A primera hora de la mañana tendría que hacer una llamada para que me enviasen un barril de cerveza. A la peña le daba ahora por beberse la birra en jarras de litro y medio. Ya me había comprado una caja de aquellas jarras. Uno veía desde detrás de la barra que la crisis se estaba yendo por el desagüe y había que estar preparado para lo que entrase por la puerta. De todos modos, un par de neveras más no me vendrían mal para llenarlas con tónicas y coca-colas. ¡Cerveza en jarras de litro y medio! Y los tíos y las tías se mataban para ver quién bebía más. En las calles ya olía a calor y el verano estaba a la vuelta de la esquina.

    –No me apetece nada irme para mi casa –Sandra se sentó en un taburete al lado de la puerta. Éramos los únicos que quedábamos en el bar, eran casi las tres y media de la madrugada, otra vez era lunes-. Y si me echo a dormir después de que salga el sol entonces tengo pesadillas. Me quedo sentada en una silla de la cocina y cabeceo, y por eso tengo estas ojeras y la cara hecha una hamburguesa, tío. Una vez durmiendo panza arriba en la cama soñé que una araña se descolgaba del techo y me caía en la cara. Yo empecé a patalear y a abofetearme y resulta que me desperté intentando ahogarme a mí misma y chillando, y la araña era yo. Menuda putada.

    –Kafka.

    –¿Qué?

    –La transformación. Dos neveras de segunda mano es todo lo que necesito. Eso es un cuento de Kafka

    –¿Un cuento? Y un güevo, tío. Fue tan real como la vida misma. Me pasó a mí después de meterme por lo menos una caja de cervezas y dos gramos de farlopa. Fue al poco de morirse mi Teo, y yo no había cumplido ni los veintiuno. Es hoy y reviento. Ponme otra cerveza, hazme el favor.

    –Voy a cerrar, Sandra.

    –Pero ponme una birra, tío, ¿te debo algo yo a ti, eh? Antes bien que corríais todos detrás de mí para que os la chupara. Pero cuando vivía Teo no teníais los santos cojones de acercaros ni a un kilómetro de distancia. Ponme una birra, tío, por los viejos tiempos.

    Descorcho una cerveza y se la coloco delante. La puerta está abierta de par en par y no hay luna. Pero las farolas de la carretera iluminan toda la playa y desde aquí puede verse cómo la espuma de las olas sigue llegando una vez y otra vez. Apago las luces. Dejo encendido el pequeño led del mostrador. La luz de la mesa de billar, al fondo, hay que apagarla tirando del cordón de la lámpara verde colgada del techo. Me acerco al sifón y tiro una caña. Sandra acaba de salir y se sienta en una de las mesas de piedra de la terraza y apoya los tenis rosa sobre el banco. Paso de largo, pongo un pie en un tronco de la barandilla.

    –No hay nada más relajante que cerrar los ojos y oír la resaca del mar en una playa de arenas blancas – dice Sandra-. Ahora con la carretera y las farolas, incluso podría leerme un tebeo a estas horas. Nosotros teníamos que subir y bajar por el camino con linternas para no matarnos…

    –No quedó tan mal. La playa está iluminada y cuando llegue el verano la peña podrá estirarse y dormir la curda en la arena.

    –Este bar era una caseta de estacas que se hundían en la duna que había aquí. ¿Qué hicieron con ella, tío? Tú y yo tuvimos la suerte de conocer todo esto tal y como se mantuvo durante millones de años hasta que se presentaron los del ladrillo. Mira ahora aquellos edificios que plantaron encima de las rocas al lado del agua, y los chalets al otro lado de la carretera, el paseo, el relleno. Cemento, cemento… Pero debajo del hormigón hay un ser vivo. Hoy la gente se piensa que los americanos pusieron un motor muy fashion en los mares del sur para que las olas lleguen a las playas y lo hagan todo muy bonito. Me apuesto lo que sea, tío.

    Yo veía que Teo caminaba por la playa y se quitaba los tenis y bajaba por la arena en camiseta y se metía en el agua con los pantalones que le venían grandes. Podían contársele las costillas a Teo, tanto por delante como por la espalda. Al final pesaba poco más de cuarenta kilos, si es que llegaba a ellos. Estoy viéndolo, a Teo, meterse en el agua.

    –Estoy viendo a Teo en el agua –dice Sandra entrando en mi propia alucinación-. Fue una noche de luna grande y clara. Se metió y nunca más se supo de él. Se metió sólo con los pantalones y la mar los devolvió por la tarde. Los encontré yo y un madero me los quitó de la mano… ¿Tío, por qué se muere la gente?

    –¿Tú cuánto pesas, Sandra?

    –¿Tan delgada me ves? ¿Por qué me lo preguntas?

    –Yo necesito un par de neveras; es todo lo que necesito. La ola está aquí otra vez.

    –Tenemos mucho de qué hablar, pero nada que decirnos, tío. A mí la ola me da lo mismo, que se venga o que se vaya. Yo por las noches pienso en Teo y le digo que venga a buscarme. Hablo con él… Un día cualquiera, una madrugada, te voy a dejar mis vaqueros y la camiseta encima de esta mesa de piedra en la que estoy sentada y me meto en el agua sólo con mis bragas rojas. Cuando suba la marea podrás verlas desde aquí. Son rojas y se acercarán flotando a la playa.

    –Sandra, cambia de rollo.

    –Las cuelgas en el bar, en cualquier parte, durante veinticuatro horas, tío, ¿qué te cuesta?… Escribes encima, con un rotulador en letras grandes: SANDRA, y las dejas colgando por lo menos una noche, para que todo el mundo sepa que existí, por lo menos… Y si alguien te pregunta quién era esa SANDRA, no me dejes quedar mal, tío… Diles que yo no era mala persona…

    –Terminaremos los dos llorando a moco a tendido. O dejas de beber o dejas de barrenar, una de dos, pero corta el rollo.

    –Mira que estuve en cantidad de sitios… Después de morirse mi Teo me fui a Las Palmas. Por cierto, te mandé una postal desde allí… Después aún rulé por el sur, por todas partes… y en todas partes era lo mismo: las mismas caras, las mismas sonrisas, los mismos colmillos… Y aquí me tienes, al fin en casa y dando la vara. Pero me alegro de haberte encontrado vivo… Soy una náufraga, colega, una náufraga con más de cuarenta tacos encima… Y tú, ¿por qué no te volviste a casar?

    –¿Qué más da?

    –A lo mejor lo que necesitabas era una mujer que te dejase en paz. Es lo que necesitáis los tíos, pero eso no puede ser; no es biológico, ¿comprendes?

    Aparté el pie de la barandilla y bebí un trago largo de cerveza. Recuerdo que le dije a Sandra:

    –Voy a apagar las luces de dentro.

    –Tío, ¿quieres que pase la escoba por la terraza?

    Golpeé el mostrador con los nudillos. ¿Dónde podría hacerme con dos neveras de segunda mano, baratas…? Me dirigí hacia la mesa de billar. Recogí tres tacos y los encajé en la percha. Tiré del bramante de la lámpara y quedé a oscuras. Noté que Sandra permanecía silenciosa. Me quedé a la escucha.

    –¿Sabes qué me gustaría? –su voz sonaba lejana, como si en aquel momento ella bajase hacia la playa por la escalera de troncos medio enterrados entre los juncos-. Me gustaría que hubiese un apagón ahora y que todo volviese a ser como siempre.

    Esperé que siguiese hablando. Me di cuenta entonces de que Sandra había dicho todo lo que quería decir. Salí a la terraza y encima de la mesa de piedra encontré sus tenis rosa, sus vaqueros y su camiseta blanca con aquellas letras rosas: “born to be sexy”. Las huellas de sus pies se perdían en el mar siguiendo las que Teo había dejado mucho tiempo atrás.

    A día de hoy, el cuerpo de Sandra no apareció todavía. Sus bragas rojas regresaron al día siguiente flotando en la marea del atardecer. Yo las vi desde la terraza, tal como ella me dijo, y bajé a recogerlas. Un buzo de la guardia civil me las quitó de la mano y me preguntó dónde las había encontrado.

    Las dos neveras quedaron en traérmelas el viernes a primera hora.

  23. carlos dice:

    EN EL ENTIERRO DE LA TIITA

    –Yo le decía: no vayas. Se lo repetí cien veces: no vayas.

    –Sí, abuelo.

    –Pero no me hizo ningún caso. ¿Qué necesidad tenía él de ir? ¿No era su obligación proteger a su mujer y al capital?

    –Sí, abuelo.

    –Todos los campos que ves y los sembrados de almeja de la playa eran suyos. Anda, déjame en el suelo que ya me encuentro mejor.

    –Yo puedo subir hasta casa con usted a la espalda –le dije-. En serio que puedo, abuelo.

    –Ya sé que puedes. Tú eres fuerte, como lo fueron tus padres. Da gusto verte. ¿Cuántos años tienes?

    –Más de quince; voy para los dieciséis años, abuelo.

    En el castaño gorjeaban los pinzones. Por los campos subíamos el abuelo, yo y nadie más. Al abuelo se le había metido en la cabeza que la mejor manera de no hablar con la gente era salir por la puerta de atrás del cementerio, pero las suelas de los zapatos recién comprados para asistir al entierro de la tiita le resbalaban en la hierba amarilla y seca de los campos de agosto. A cada paso que intentaba, el calzado se le escurría y tenía que apoyarse en la ladera con las palmas de las manos. Así que tuve que subir con él a cuestas. Eran casi las siete de la tarde y el sol anaranjado de la ría nos pegaba fuerte en la espalda.

    –Acércate a ese castaño y ponme en el suelo, que quiero descansar un rato.

    –De verdad que puedo, abuelo. Es mejor que subamos a casa y se echa usted en cama.

    –Déjame debajo del castaño. Me recostaré en el tronco y roncaré unos cinco minutos. Será bastante; tú me despiertas. A partir de aquí la pendiente se suaviza y subiré caminando a tu lado.

    El abuelo me apretó suavemente la garganta; le solté las piernas y eché mis manos a sus brazos para apartárselos. Hizo pie en cuanto dejó de ahogarme, y se quitó la chaqueta y la tendió en el suelo y se sentó sobre ella, a la sombra del castaño. Veíamos que aún quedaba bastante gente charlando ante el portalón del cementerio. La tiita Mucha era una persona muy querida. Acababa de cumplir los cien años –todo el mundo se preguntaba cómo había podido durar tanto, con toda aquella vida de sufrimiento que había llevado- y era la hermana gemela del abuelo Mala Hierba Nunca Muere. El abuelo estaba seguro de que la gente que todavía permanecía a las puertas del cementerio no dejaba de observarnos.

    –Mira ésas con qué descaro nos miran.

    –No nos están mirando, abuelo –le dije limpiando los cristales de mis gafas.

    –Dime: ¿tú me viste a mí borracho alguna vez? Sé sincero.

    –Nunca –le dije, y era verdad.

    –Pues a esas harpías yo las escucho desde aquí y ya están diciendo que me presenté borracho perdido en el entierro de mi hermana, y tú, mi pobre nieto, tuviste que cargar conmigo monte arriba… esas harpías del grupito más grande se han puesto todas de espaldas a nosotros, ¿las ves?

    Aquellas cosas a mí no me interesaban. Lo que yo quería era cumplir la edad para sacar la cartilla de una vez por todas y enrolarme en cualquiera de los barcos que partían a diario del puerto de Vigo. Los campos eran mis enemigos, pues no harían más que encadenarme a la tierra. Yo tenía pensado hacer un poco de dinero en la mercante para comprarme luego en Francia un velero de segunda mano y comenzar la vuelta al mundo en solitario, lejos de guerras y de líos.

    –¿A qué tenía él que ir? –refunfuñó el abuelo-. Pero, no: se metió una barra de hierro en la manga de su chaqueta y marchó en medio de los otros hacia el ayuntamiento. Y cuando empezaron los tiros, fue de los primeros en caer. Casi ni dio tiempo a enterrarlo, porque sin darnos cuenta nos habíamos metido de cabeza en una guerra civil. Yo estuve en esa guerra, en el cuartel de Hernán Cortés en Zaragoza, en La Almunia de Doña Godina, Belchite… -el abuelo hundió sus cobrizos dedos en la hierba y arrancó un terrón verde y negro y lo moldeó con su mano como si fuese masilla-. La tierra allí se deshace en tu mano y se te escurre entre los dedos como un polvo seco que ni siquiera mancha. A la gente hay que enterrarla hondo. No hay mar. Fue lo primero que busqué con la mirada al llegar a Aragón, pero la mar no aparece por más que busques. Es curioso: si Franco hubiese perdido la guerra, la tiita sería la viuda de un héroe; pero la guerra la ganó Franco y la tiita se convirtió en la viuda de un rojo…

    –Abuelo, usted sabe que lo que yo siempre quise fue enrolarme en la marina mercante.

    El abuelo se quitó la corbata, la enrolló en una mano y la tiró, y la corbata se quedó colgando de una rama del castaño.

    –Creo que no comprendes… A la tiita había que protegerla del primer desgraciado que se presentase a pegarle cuatro tiros para quedarse con los campos de su marido. La misma mañana de mi llegada del frente recuerdo que se lo dije, al lado de la higuera: ahora eres la viuda de un rojo, Mucha. Te guste o no, eres la viuda de un rojo. Y ella lo entendió. Fui a presentarme al gobierno militar y después nos fuimos la tiita y yo a la casa del notario, y los campos, los caballos, los sembrados de almeja, todo, lo pusimos a mi nombre. ¿Me estás escuchando, hijo?

    –Sí, abuelo, ¿pero por qué no le devolvió usted los campos a la tiita cuando Franco se murió?

    La corbata se escurrió de la rama del castaño y cayó al suelo. El abuelo se estiró, la recogió y se la colgó del cuello.

    –Tú aún no habías nacido… Cuando se murió Franco nada estaba claro y no se sabía por dónde iban a ir las cosas y hubo que esperar a que todo se despejara –la cabeza del abuelo se movía hacia los lados-. Y después…, pues después ya no se los devolví porque estos campos y todos los campos del mundo están infectados de codicia, por eso.

    En los cuartos de costura, en las sobremesas de los cumpleaños, en cada reunión improvisada en la que se le daba un repaso a los viejos tiempos, siempre se abordaba el tema de la tiita Mucha. La tiita Mucha ya era como la tiita de todos los del pueblo. Las viejas recordaban aquel día en que la tiita se encerró por primera vez. Fue al salir de firmar del notario: se metió en casa y se quedó mirando durante dos días a través del cristal de la ventana. Nadie volvió a oírla decir una palabra.

    –En el pueblo dicen que si usted le hubiese devuelto el capital a la tiita ella hubiese vuelto a sonreír.

    –No me digas eso; hijo, no me juzgues como hace esa gente. Aun estando a mi nombre, la tiita podía haber hecho con el capital lo que le diese la gana, y ella lo sabía. Mira: Ramiro, el de la casa de comidas de la carretera, vino a verme fumando su habano con la intención de comprarme el prado del monte para conducir hasta allí la carretera y abrir un restaurante-mirador. Yo le dije que eso él lo tenía que hablar con la tiita. Fuimos a su casa y nos recibió en la puerta sin invitarnos a pasar, y después de no decir palabra y de escucharnos educadamente cerró la puerta con suavidad. Y allí mismo le dije yo a Ramiro que si la tiita no pronunciaba palabra, yo tampoco tenía nada que decir. Y no vendí. Y la tiita escuchaba detrás de la puerta. Así que ella sabía que podía disponer como quisiese del capital. Ahora que su cuerpo aún está caliente, escúchame una cosa: Ramiro volverá fumando su habano a buscarme en un mes, ya verás, y mi respuesta será la misma. Y estate preparado porque cuando yo muera vendrá a hablar contigo. Los ramiros del mundo entero son incansables, insaciables.

    –Usted sabe que lo que yo quiero más que nada es enrolarme en la mercante.

    –Ya lo sé, hijo. Quieres escalar la luna y te comprendo.

    El sol de la ría se había tornado rojo. Todo el ajetreo del entierro de su hermana había fatigado al abuelo. Recostó su espalda en el tronco del castaño y las manos le cayeron flácidas sobre sus piernas y empezó a respirar hondo con la cabeza inclinada sobre la camisa. Los pinzones reiniciaron sus gorjeos por encima de los ronquidos del abuelo.

    Me senté en la hierba y miré cómo la gente se metía en los coches y abandonaba el cementerio. Algunas mujeres hacía rato que marchaban con lentitud carretera arriba enganchadas del brazo. Unos hombres caminaban hablando, se detenían, señalaban los campos y la ría y seguían caminando. Pasó revoloteando un murciélago. La marea estaba baja y los sembrados de almeja se distinguían perfectamente. Ya había que colocar algunas piedras de las lindes en su sitio pues el mar de fondo las acunaba. Una vez el abuelo me dijo que los vikingos desembarcaron en esta playa y atacaron el pueblo por sorpresa, y después huyeron con barrilitos de vino tinto y mujeres desmayadas debajo del brazo. Se alejaron en el barco y antes de abandonar la ría, las tiraron por la borda y las mujeres regresaron, unas a nado y otras abrazadas a los barriles llenos de aire.

    Yo miraba los rayos del sol rojo cayendo sesgados en la playa. La raposa se acercó al agua seguida de tres cachorrillos espabilados; estañeé y ya no estaban. El nicho de la tiita Mucha se quedaba solitario y escondido entre coronaes de flores, en la umbría. El abuelo empezaba a gruñir y a sacudir las manos. Estaba soñando en voz alta y no se le entendía lo que decía. Entonces despertó bruscamente y quedó como pasmado mirando para mí.

    –¿Se encuentra bien, abuelo?

    Entornó los ojos, y al caer en la cuenta de que era yo quien le hablaba, se pasó el dorso de una mano por la boca y me preguntó:

    –Hijo, ¿tú crees que una bala puede perseguirte durante casi ochenta años hasta dar contigo?

    Yo le dije:

    –No lo creo. Pero esa es la pesadilla que usted tiene a menudo, abuelo.

  24. carlos dice:

    BEATUS ILLE

    Mamá dice que la televisión sólo habla de la gran catástrofe que acecha en nuestras mentes y en nuestros corazones. En casa ya no se puede ver la tele porque está casi todo el rato apagada. Para mí, mejor. Ahora paso todo el tiempo que quiero con Chico. Mamá se sienta a la puerta de casa con las amigas a tomar el sol por las tardes, y el abuelo se encierra en la bodega y se entretiene doblando a martillazos una chapa de metal que luego endereza otra vez para ver cómo queda.

    Hoy salí temprano al monte. El sol es blanco, el día es tranquilo; estoy en el bosque de la bruja y encuentro en la hierba una vaina cónica de eucalipto. La aprieto con las yemas de los dedos. Es blanda y la llevo a la nariz. El aroma es verde, el bosque es verde. Son las diez de la mañana. Quien la haya conocido, recordará que la casa de la bruja está ahí delante, sepultada entre las zarzas, aunque sólo quedan sus cimientos. Me acerco y me meto con cuidado entre los espinos y llego hasta el cerezo que crece en medio. Me muevo con lentitud porque no quiero pincharme, pero logro alcanzar nueve cerezas rojas y brillantes. También me las guardo en el bolsillo. De reojo veo saltar una mancha amarilla de una rama a otra. El abuelo dice que desde hace cuarenta años nadie ha visto por aquí una oropéndola. Pero el otro día yo vi volar por el monte un pájaro amarillo. Debe de ser este mismo.

    Los rayos del sol, brillantes y afilados como espadas, caen entre los árboles. Me abro paso a través de ellas y salto al camino. Por aquí han cortado los eucaliptos y esta zona ahora es muy luminosa. Me encuentro ante una bonita panorámica de la ría y me siento en una piedra. Al fondo, más allá de Redondela, contemplo una montaña difuminada de gris, atrás de todo. Si ha llovido, entrecerrando los ojos pueden vislumbrarse, como ahora mismo, los molinos de viento de la cima.

    Llego al cruce de Gondesende. El sol blanco de la mañana me deslumbra. Uno de los caballos de los gitanos anda suelto y se acerca. Es castaño, pero su melena rubia le cae por los ojos. Lo dejo que venga, le soplo la cabellera y le acaricio la nariz. Se llama Chico. Le pregunto qué tal está. Me dice, subiendo y bajando la cabeza, que está bien. Yo le doy unas palmaditas en el lomo. Chico siempre anda suelto por ahí; hace como yo. Por las noches cuando estoy en cama leyendo algún tebeo de ciencia ficción, oigo sus cascos detenerse delante de mi ventana; la abro y le pregunto a Chico qué tal está. Me dice que bien. Acerco la mano, le acaricio la nariz y susurrando le pregunto si tiene frío. Me dice que no. Le froto la testuz; le digo que se vaya a dormir, que yo voy a seguir leyendo, y él parte hacia el monte resoplando. Entonces, la luna se le sube poco a poco a Chico a la grupa y los dos avanzan entre los árboles dejando un rastro azul.

    Le muestro a Chico una de las cerezas que acabo de recoger en el bosque de la bruja. Mira, es más grande que un huevo de paloma, mucho más, le digo. Chico resopla en mi mano y estira los labios hacia la cereza, pero la deja. Mientras seguimos caminando le enseño también la vaina de eucalipto y Chico bufa. Se la doy a oler en mi mano y él aparta la nariz. Dos golondrinas zigzaguean a toda velocidad por encima de nuestras cabezas. Un gorrión pita en lo alto del poste del teléfono mirando hacia todas partes, a punto de saltar. Le digo a Chico que me espere, y yo entro en casa por la ventana.

    Con la uña del pulgar le hago una pequeña incisión y dejo la vaina de eucalipto encima de la mesa de la cocina. Por toda la casa se expande un fresco aroma a verde que a mamá le gusta mucho. Fuera, Chico piafa golpeando el suelo con cada mano sólo una vez. Es una señal para indicarme que mamá se acerca. Entro en mi habitación y meto dos cerezas en el fondo de un cajón de la mesilla de noche. Las otras siete cerezas las guardo en un bolsillo.

    –¿Adónde vas? –me pregunta mamá al sorprenderme saliendo por la ventana. (Si sales de casa por la puerta, todo el mundo te da los buenos días. Pero si sales por la ventana, te preguntan adónde vas).

    –A ninguna parte –le digo.

    –Pues acércate a la panadería de Tita y que te dé una barra de pan, que ya se la pagaré yo.

    –Tita a mí no me conoce. Dame dinero.

    –Te conoce, te conoce. Y no salgas a la carretera montando a Chico, déjalo en paz.

    –Es él, que le gusta ir al trote por el arcén y yo no voy a ir corriendo detrás para que la gente se ría de mí.

    –Y no vengas tarde.

    Chico y yo nos vamos. Mamá nos observa, cruzada de brazos. Le digo a Chico en voz baja: por la verde colina la luna llena camina.

    Chico resopla suavemente a mi lado y me da una cabezadita en el hombro. Con el pensamiento me dice:

    –Tú eres mi amigo.

    –Tú también –le digo yo.

    –Coge el pan y no te entretengas, ¿me oyes? –dice mi mamá a nuestras espaldas- Aléjate de la ciudad en seguida.

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