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comentarios
  1. Jesús dice:

    INDIGNACION, LEVADURAS Y OTRAS ESPUMAS

    Seres hay que son breves en su definición y sus obras, como ellos o como una suerte de epílogo o rúbrica de su paso, son asimismo de exigua métrica y rara vez concluyen en alguna meritoria aportación o concitan el aplauso de su época. En ellos la vida es una anécdota dentro de la existencia porque la suya no entiende de honores; todo existe, así en lo carnal y en lo rocoso, en la lozanía y en la podredumbre, en la vileza y en la heroicidad de una forma equidistante y amoral. Son legos en las emociones y lejos de ellas, como un magiar lo está de una palmera, sucumben a la depredación como ejecutores desalmados de su arte. Pues bien; pudieran no haber nacido o haberlo hecho muertos que no hay mayor sincronía en la antítesis, ni metáfora más descarnada del tiempo, que un feto que jamás ha llorado. Si así fuera, no dejarían de ocupar un lugar en la tierra o por debajo de ella y aunque la providencia les hubiera acogido en su primera halitosis, es seguro que ni a su llegada a este mundo, ni dejando de pertenecer a él, hubiera cambiado nada en el mejor de los casos, o se hubiera enturbiado todo suponiendo el peor de ellos.
    Seres hay que cubren los jardines con sudarios y son precedidos de ejércitos de alfileres, como la infantería de sus intenciones. Son seres punzantes que sienten predilección por las partes blandas y entre sus víctimas están los niños y todos los que a ellos se asemejan en su ingenuo don, porque su bondad les vuelve lácteos, como blancas porciones de queso fresco. A los precavidos y a los ancianos, sus arteras argucias les devoran la paciencia, lo que da una medida de su ensañamiento. Porque la paciencia de estos últimos está hecha de la corteza de los años y del regusto de las aflicciones y hay quien dice que no existe dureza mayor, ni siquiera entre las vetas más profundas del universo telúrico.
    Los seres punzantes forman una extensa familia que vive en cuña. Esto significa que interactúan allá donde ven un hueco apetitoso, una fisura, un pequeño intersticio que delata al débil y lo somete a una condena darwiniana. Y el débil hasta donde sabemos nunca subvierte el orden ni se beneficia de alguna justicia divina porque jamás se libró ninguna contienda en los anales de la beligerante historia en la que un ejército pertrechado con diuréticas sandías, derrotase a otro que empuñase puñales en la refriega, o lo que en un lenguaje menos figurado en el símil viene a decir que el provecho del malvado es la buena fe del justo. Y esto es así en la misma medida que una célula cancerosa desmorona un cuerpo robusto o aquel otro ejemplo más manido y aforístico de la manzana agusanada en el cesto de las sanas. Estos dos supuestos que pretenden dar una medida de los innombrados, elogian la agudeza de quien los aporta porque habla uno de enfermedad; lo hace el otro de gusanos y tanto en la quiebra de la salud como en el paso subsiguiente a la muerte están ambos presentes y nada bueno se extrae de ellos, más que sufrimiento y descomposición.
    Muchos seres punzantes llevan tatuado en la parte más visible del alma corrupta la semblanza de Iscariote a quien emulan hagiográficos y los más cool son ahora financieros, aquellos que se saben de memoria todas las prestidigitaciones de la impunidad, todos los protocolos de la inmunidad. Una pléyade surgida de muchos partos de meretrices cuyas obras elevan la disipada moral de sus madres al rango de beatas, un fato de bastardos cuya conciencia frente a la quebradiza conciencia de sus padres al desentenderse de su parto convierte a sus progenitores en carne de santoral. Esta morralla que se ha apropiado de las huchas de las que eran custodios, son plutócratas que predican la traición y el pillaje como una algarada de gallos que achican la geografía a leguas de su canto en los lomos del aire amenazando los gallineros desde dentro. Y ellos mojan el grano en los alpendres y roturan la tierra parturienta en sus brotes. Y Ellos cortan el membrillo con las hojas del aligustre y trasiegan los vinos en las noches huérfanas de luna. Y se abandonan al colmo de sus apetitos y los satisfacen aunque cabalguen entre amapolas y se alivien gástricos en las despensas del próximo invierno. Y roban como las culebras de las leyendas celtas la leche del pecho materno regurgitando vacas gordas de sus pesadas digestiones, desahuciando con una tragona usura insaciable y donde dije pájaro ahora digo plomo y donde la palabra de honor el deshonor del sintagma y así sine die que la mala fe es inagotable como los dogmas y las espirales. Mientras tanto, entre escaños de enormes albardas, algunos anestesian sus conciencias y se pasan por el forro las hemerotecas, los manifiestos de ayer o las declaraciones de intención que no tienen más consistencia que el alcohol expuesto al sol de agosto.
    Y así los manantiales fluyen hacia adentro escondiendo su pureza porque el mayor caudal es un Ganges en el que se purifican todos los santones engreídos de superchería y así siempre los humildes pagaran bobalicones las prendas que no habrán de vestir, contentos en un colmo resignado porque cuando menos en la desnudez existe una cierta autenticidad que en estos tiempos cualquier bolsillo o alforja pone en entredicho.
    Pensamos entonces en cuantos Mohamed Bouazizi -aquel pobre estudiante tunecino que bautizó con fuego la primavera árabe-, tendrán que inmolarse en la pira de las llamas que nos consumen por dentro y por fuera, en cuantos Dimitris christoulas (¿recuerdas?el deshonor de Sintagma) habrán de percutir el plúmbeo alivio de su fatiga para conjurar la frustración del desahucio y la reflexión nos asusta porque nos sentimos como miríadas de atolondrados lemings lanzándonos al acantilado como la última y desesperada consigna ante tamaño acoso de desmanes.
    Y mientras hibernamos en nuestro atolondramiento, los seres punzantes maquinan nuevas canalladas y maldades que perpetrar, seguros en lo alto de su pirámide alimenticia, indiferentes a nuestro número, indiferentes al injusto reparto de una dignidad ajena, agónica y residual, ajenos a todo lo que no tenga que ver con su propia glotonería.
    Sentado frente al televisor recibo mi dosis diaria de humillación y no reacciono. A todo se acostumbra uno. Acompaño mi sesión televisiva con los consabidos snakcs. Las patatas fritas de bolsa no deben ser del todo sanas por sus grasas monoinsaturadas , su glutamato monosódico y unas grandes cantidades de sal, pero todo es más llevadero, incluso la sed, si todavía quedan cervezas en la nevera.

  2. Luciano dice:

    Recuerdo

    Recuerdo que levanté los brazos,
    Yo, cabeza coronada de rizos dorados,
    Esperaba tenerte en mis manos.
    Desde abajo, desde la altura de niño,
    Eras mi gigante, mi refugio.

    Recuerdo, que levanté los brazos para alcanzarte,
    Para tener tu risa,
    Para tener tus labios.
    Me sentaba sobre la tierra caliente,
    Con el pañal cagado. Llorando.
    Para sentirte cerca, para sentirme amado.

    Recuerdo que me agarraste, y me alzaste,
    Y vi tus ojos verdes, y tus palabras mudas,
    Y fui feliz, a tu lado.
    Luego,
    Luego el universo desapareció en tus labios,
    Y, mis mejillas húmedas,
    Rozaron el duro torso del padre.

    Y pasaron años, y seguí llamándote,
    Pero ya no volviste, a atender mi llanto,
    Y me quedé aquí, como un yunque en el barro.
    Esperando, tus fuertes brazos.
    ¡Qué mundo es éste en el que ya no estás!
    ¡Qué valor tiene, seguirte amando!
    Recuerdo, día tras día, que levanté los brazos,
    Que los sigo alzando.
    Para sentirte cerca,
    Y que me sigues amando.

  3. dany deve dice:

    POR VOS
    Por vos, me levante,
    por vos, me alegre,
    por vos, de pasión vole,
    por vos, de buena vibra me llene,
    por vos, en un loco me transforme,
    por vos, en optimismo me bañe,
    por vos, a la conquista me entregue,
    por vos, una belleza única y una diosa contemple,
    por vos, el sentido de la vida recupere,
    por vos, a la confianza aposte,
    por vos, al amor valore,
    por vos, comidas ricas cocine,
    por vos, de charlas reflexivas me regocije,
    por vos, atardeceres imagine,
    por vos, lunas pinte,
    por vos, soles fotografie,
    por vos, momentos inmortalice,
    por vos, soñé,
    por vos, besos,abrazos y caricias disfrute,
    por vos, cambie,
    por vos, el oro interno y externo encontré,
    por vos, mi paz interior halle,
    por vos, en la escritura me inspire,
    por vos, mi corazón de nuevo encontré,
    por vos, llore,
    por todo esto, de vos guste,

    De afuera pareceria,
    que ya no vale la pena mas correr,
    que la relación tal vez no pueda crecer,
    que mucho desgaste tuvimos que padecer,
    que el destino parece difícil de torcer,
    que solamente vos y yo, por como somos, tanto tiempo lo pudimos sostener,
    que tal vez haya que saber perder,
    que quizás mañana será otro amanecer,

    Pero lo que nadie logra entender,
    es lo que yo vibro por esta mujer,
    que como fue?,
    ah, aun no lo logre saber,
    desde que bajo aquella mágica noche al pallier, yo flashee,
    simplemente sentí,siento,sentiré,
    que de ella me enamoré,
    y que por ella aun peleare,
    ya que junto a ella,muy feliz quiero ser,
    ya que lo nuestro vale la pena hacer florecer,
    lo que si no se, si eso podrá ser,
    lo que si se, que esta lucha me transformo en otro ser.

  4. Lelo dice:

    Intentando resurgir
    luche…
    las dudas
    impidieron mis avances…
    recaí
    en lo profundo
    de la tristeza.

    Tantas veces
    un intento…
    cada vez mas vencida y desolada …
    ¡abandono!

    Me dejare mecer por las corrientes
    iré aya donde vayan,
    pero …soñare que lo logre
    soñare que resurgi y vencí
    soñare….

  5. -El asfalto no es un amigo-

    El asfalto no protege y
    las calles hablan por la noche,
    quiero escapar de este puente,
    escapar de esta fría ciudad y
    dejar atrás, a esta extraña gente.

    Quisiera por un segundo
    imaginar un mundo mejor,
    al fin y al cabo no puedo,
    porque soy un niño todavía,
    y si le tengo miedo a la noche,
    más miedo le tengo al día.
    No aguanto más esta melancolía,
    nadie lo sabe mejor que yo
    y que todos esos locos que me hablan,
    nadie se imagina mi vida
    sin un cartón que me proteja,
    sinceramente ni yo me la imagino,
    porque estoy harto de pedir dinero,
    para comprar un triste cartón de vino.

    Ahora soy yo el que se pregunta
    que hice mal y que hice bien,
    no hay verso más triste ni luz,
    más apagada que la mía,
    el destino me lo arrebató y yo,
    sin poder hacer nada me despido.
    Pues mis hijos ya no lo son,
    al igual que mi mujer no lo es,
    su última palabra fue,
    vete de mi vida y por favor,
    no te quiero volver a ver.

  6. Manuel Angel Alvarez dice:

    Me fundo en el aire,
    disolviéndome en pequeñas partículas
    con lam suave brisa
    que desprende tu aroma.

    Volatilizo mi forma,
    elevándome hasta lo más intenso
    impregnado de ti.

    Soy diluido en el espacio,
    en todo el espacio
    que tú me brindas.

    Recojo las letras
    que hilvanan las palabras,
    y comienzo a reconstruir las formas
    sellando tu nombre.

    En un plano físico,
    indestructible,
    vuelto líquido
    y derramado en cada vértice.

    Disuelto en tus manos,
    en tus ojos,
    en tus lágrimas.

  7. Manuel Angel Alvarez dice:

    Más allá de todas las cosas…
    por encima y por debajo,
    por dentro y por fuera,
    deshaciendo límites.

    Imposición terrible
    de lo categóricamente adverso.

    Cruzando ideas, pensamientos,
    volcando el ser
    para tratar de implicarlo.

    Flotando sobre una línea aparente.
    ingénua seguridad.

  8. Manuel Angel Alvarez dice:

    Me fundo en el aire,
    disolviéndome en pequeñas partículas
    con la suave brisa
    que desprende tu aroma.

    Volatilizo mi forma,
    elevándome hasta lo más intenso
    impregnado de ti.

    Soy diluido en el espacio,
    en todo el espacio
    que tú me brindas.

    Recojo las letras
    que hilvanan las palabras,
    y comienzo a reconstruir las formas
    sellando tu nombre.

    En un plano físico,
    indestructible,
    vuelto líquido
    y derramado en cada vértice.

    Disuelto en tus manos,
    en tus ojos,
    en tus lágrimas.

  9. Lelo dice:

    De difusas formas
    emigran poemas
    prosa desolada calla…
    el silencio…
    en breve reinara en la casa.

  10. JESÚS PRESA dice:

    El grupo le acogió y ese sentimiento de pertenencia colectiva reforzó su ego, sintiéndose parte de un exclusivo elenco. Cuando esa entidad grupal creció en número y sus miembros formaron una masa anónima, su determinación se fundió en notas al unísono como un acordeón gigante interpretando una terca sinfonía o pudiera ser que como una voluntad-oruga, avanzando repelente y devorando cualquier brote que disidente, no creciera hacia la luz que les iluminaba.

    EL CIRCULO
    Una vez oí contar una historia plagada de supersticiones que hablaba de la santa compaña. La funesta comitiva deambulaba en medio de la noche, oscura y ominosa, llenando el silencio con el roce causado por los pliegues de su siniestro hábito e iluminando los caminos con el mortecino resplandor de las palmatorias. El caminante ocasional tenía una única prerrogativa. Ante su presencia -una presencia requisitoria y agorera como preludio de la propia muerte- tenía que dibujar con una vara verde de avellano un círculo en el suelo y al amparo de su inmune redondez verlos pasar con la expresión muda y aterrorizada de los vivos.
    Mi escepticismo por todo lo esotérico me aleja de ciertas supercherías y me lleva a pensar como argumento más creíble en la perfección del círculo. No lo hago para conjurar las distorsiones del subconsciente colectivo, la Santa compaña por ejemplo, sino como una aproximación racional a una geometría variante de las matemáticas. Las matemáticas desde Euclides hasta la fecha, se han prodigado en exactitudes de lo cual el griego se sentiría orgulloso; todo lo contrario a Jesucristo que puso una piedra un día y la iglesia resultante inventó procesionarios fúnebres y otras inquisiciones. Definitivamente el círculo debe ser usado de manera conveniente porque aun incluso como geometría vital, es sabido que las vidas centrípetas nos conducen a la indiferencia por los demás.
    Nahir escucha anonadada mi disertación y por fin se decide a interrumpirme.
    -Me cuentas esta historia llena de sutiles redondeces y guiños al PI y después te marcas un soliloquio porque no te han aceptado en el Círculo Recreativo Poético por no alcanzar el baremo académico, no es cierto?
    – No Nahir no es la negativa como la causante de una sensación frustrante de no pertenencia, es algo más…..¿Cómo te diría?. Tiene que ver con los fundamentos de una decisión, con aquellos principios ferozmente clasistas, que sostienen un veredicto y que debieran ser ecuánimes.
    -No lo conviertas todo en cuestiones de un profundo calado filosófico,
    – Que sí. Se puede entender que un club de surf deniegue la entrada en su disciplina de un negro porque surfea mal pero no porque su cabello sea crespo y rizado ¿qué culpa tiene el hombre de no lucir una densa melena rubia y algún tatuaje prominente de los Beach Boys? Me siento un poco afro por lo de mis méritos académicos.
    – Bueno, pues haber pasado por la universidad y de paso algún máster. Ya sabes que eso da mucho cache curricular.

    Una pesada desgana me invade y no quiero continuar en esta porfía con Nahir. Pienso en Sociedades secretas como el club Bilderberg y enseguida abandono el pensamiento y veo en una dimensión más doméstica a los chicos del Círculo deportivo de la villa posando en una foto edulcorada, uniformados y de rostros sonrientes. Si existe la felicidad de una manera gráfica debe ser esta; todos tan sanos y pletóricos. Y en el fondo pienso, anacrónico y desvariado, que tal vez entre los misteriosos componentes del Bilderberg y estos muchachos exista algún nexo más allá del poder, que establece el grupo como un ser colectivo y atribulante.
    Después de todo mi interés por ingresar en el círculo Recreativo no era más que un repentino y pasajero interés por evaluarme con referencias ajenas. Como puedes deducir sin comparar, como si no, concluir sin experimentar?. El ego quiere ser comparado y reconocido y de una manera paradójica, se disipa en la contextualidad del grupo y se pliega a él y le acata. No es malo que el tamaño de un ego sea contenido siempre y cuando esa merma sea proporcionada y no repercuta en la consistencia individual.

    -Oye y esos de la Santa Compaña quien se supone que eran? Me grita Nahir desde la otra habitación.
    -Creo recordar que eran un grupo de estantiguas.
    -Estant que?
    -Vale eran zombis sin el marchamo actual que le da el cine y la escenografía de algunas series de éxito. Eran los zombis de nuestros bisabuelos.
    -A ver si te entiendo. Me quieres decir con circunloquios y ambages de todo tipo que el grupo te convierte en zombi .
    No soy tan radical Nahir. Ningún grupo, tal vez solo los armados y algunas sectas innombrables te matan. Incluso los hay que ejercen una labor solidaria y terapéutica. Pero no estoy muy seguro de que no te dirijan hacia algún lugar señalado en el plan de ruta, o que la independencia de tus decisiones se vea, la palabra no es coartada, pero hasta cierto punto imbuida en lo que concierne a lo creativo.
    Pues yo siempre he pensado que el grupo refuerza la personalidad y colabora en su desarrollo.
    Oh claro no hay más que ver a los talibanes de algunas formaciones políticas que practican corporativismo de conciencia y embuste colectivo, o la impronta oveja Dolly de grupos de prensa. ¿Sabías que incluso entre las parejas después de años de convivencia se produce un cierto mimetismo en la opinión y en las preferencias?
    Entonces según tu brillante teoría hay que ser un ermitaño ideológico, ir por libre, ser alérgico a las afiliaciones y todo tipo de sinergias. O sea convertirse en una especie de Harper Lee, escribió Matar un ruiseñor y nunca más se le vio el pelo. Según tu eso le hace especial.
    Bueno, no es mi libro de cabecera pero nace de lo más hondo de la experiencia personal y probablemente hubiera sido igual de bueno aunque no hubiera pasado por las manos de correctores editores y demás plastilinas.
    Sabes que te digo. Olvídate del tema. Si vas de outsider en vez de reforzar tu identidad lo único que consigues es desaparecer. Cuanto más diferente más invisible. Y nadie quiere ser invisible. Secuestrar colores, anonimar la opinión… bueno el topicazo de Hamlet.
    Para cuando Nahir finaliza su reflexión y enciende distraída la televisión yo emborrono el dorso de la solicitud denegada del liceo. Lo hago con los primeros renglones de un desbarre pseudofilosofico sobre los inconvenientes de la adscripción a un grupo.

    Tecleo en Google Santa compaña y aparecen entre brumosos paisajes nocturnos, encapuchadas alegorías de la muerte. En realidad no me asustan más que la posibilidad para decidir cuál es el lado correcto de ciertas geometrías.

  11. Nuestra carne siempre implora

    Por perenne y mítica extensión

    Construyendo así mas de mil templos

    Para lograr la elevación.

    Nuestros músculos hastiados

    E impotentes calaveras

    Un celestial hogar buscan

    Entre las lejanas esferas.

    Ante la física cautividad

    Nuestro corazón no se contenta

    Y con temor a la muerte enfrenta.

    Hacia la abstracta divinidad

    Nuestra pobre alma se dirige

    Fútil camino que ella elije.

  12. JESUS dice:

    Desde nuestro blog damos la bienvenida al espacio poético “poesiaparavivir” que se ha hermanado digitalmente con el blog de formas difusas. Bienvenido pues Juan Francisco Quevedo a quien agradecemos su interés que esperamos sea reciproco. Saludos.

  13. carlos dice:

    Tiempos revueltos

    –Hace calor, ¿eh? –dice el taxista mirando por el retrovisor.

    –Ninguno –responde doña Concepción desde el asiento de atrás.

    El semáforo salta al verde. Bocinazos. El taxi se pone en marcha y sube por la Gran Vía, desde Plaza de América. Las calles de Vigo permanecen hundidas en un gran charco de luz, con la ría al fondo.

    –Pues no le digo que no –el taxista mete la tercera-. Pero ayer hizo más calor que hoy, ¿no?

    –Pues verá usted: yo no tengo calor en el verano ni frío en el invierno –doña Concepción palmea la urna de difunto que lleva en el regazo-. Y a mi difunto marido le pasaba lo mismo. Vamos juntos a todas partes.

    –Caramba.

    –Así como lo oye. Y se murió hace quince años.

    Estaban llegando a la Plaza de España. El taxi frenaba. Al ver las estatuas de los caballos de hierro del centro de la fuente, doña Concepción nuevamente proclamó:

    –Ahí deberían poner unos caballitos de mar, enormes, subiendo en espiral al cielo. ¿No estamos en Vigo?

    –O unos centollos –dice el taxista guiñándole un ojo al espejo retrovisor.

    –O unos centollos. Usted es taxista y conoce los rincones. Pero dígame una cosa: ¿dónde tenemos en esta ciudad la estatua decente de un santiaguiño, un lenguado o un camarón de la ría? O una calle a nombre de cualquiera de ellos. ¿Dónde? Y esos son los benefactores de esta ciudad. Pero mándeme un guasá si los encuentra por algún lado.

    –Rúa del Centollo, 14, 3º izquierda –dice el taxista levantando un índice. La mañana venía divertida-. Me gusta. Yo viviría encantado en una calle así.

    –Bah –doña Concepción se enfurruña. Cruza sus bracitos plagados de lunares, y sus mejillas adoptan la forma de sendas tacitas de té.

    –Bueno, ¿y adónde vamos, a todo esto? –pregunta el taxista.

    –Déjeme en la casa de mi hija, en la Puerta del Sol, haga el favor.

    –La Puerta del Sol. Pues allí sí que tiene usted una estatua.

    –¿Cuál, el Sireno?

    –El hombre pez –dice el taxista con cierta cautela.

    –No pinta nada allí. Ni siquiera se le ve, de lo alto que lo colocaron en las dos columnas.

    –Tendrían miedo de que alguien lo robara…

    –¿Pero quién va a querer robar ese adefesio? Si hasta parece que tiene cara de político y dan ganas de darle un bofetón. Mire, casi mejor me deja aquí a la derecha mientras bajamos, que me voy a dar un paseo por las rebajas del Corte Inglés. a ver si me relajo.

    –A mandar, señora –el taxista golpea el volante-. Pues mire, ahora que lo pienso, tiene usted razón. Unos caballitos de mar vendrían que ni pintados para recibir a los forasteros que entran a la ciudad por la Avenida de Madrid.

    –Yo eso ya lo he pensado mil veces. Dígame qué le debo.

    Doña Concepción le quita la tapa a la urna, mete una manita y saca la cartera y la sacude en el aire.

    –Son tres euros con cincuenta.

    –Ahí tiene un billete de cinco. Deme bien la vuelta que yo sé contar. Y no lo digo por usted. Lo digo por estos tiempos revueltos, usted ya me entiende.

    –Tiene razón. Hasta parece que hoy no puede uno fiarse ni de su propia sombra.

    –¡Ca! ¿Y sabe qué le digo? Hasta que no ocurra una desgracia de verdad, aquí no va a arreglarse nada.

    –Ojalá se equivoque usted, señora.

    –Sí, ojalá. Buenos días.

    –Buenos días. Y ciérreme la puerta suavito, haga el favor.

  14. Gonzalo Suarez dice:

    XIII – 12.11.2012

    Vagar por senderos desconocidos
    O recordados a veces.
    Dejar atrás los merodeos rutinarios
    de las calles
    Perder, en el pábulo, nuestros sueños
    Romper con lo consabido de lo vivido
    Latir en el noble anhelo de tantear
    Escapar de la ilusión de las certezas
    Iniciar un largo viaje y perdernos
    Iniciar el viaje sin billete de retorno.

  15. carlos dice:

    LUNA, GATA Y TÚ

    Antes yo escribía mucho, cincuenta folios, ochenta, escribir, reescribir. Después de pulirlo, todo aquello quedaba reducido a tres, cuatro folios. Ahora ya no me desparramo tanto. Suelo escribir dos, tres folios y luego los destilo en unas líneas. Y todavía me parece demasiado escribir.

    Aspiro a observar el papel en blanco durante un par de semanas, un mes, sin mover un dedo. Un poco por la mañana, otro poco antes de acostarme. Mirar el papel, tan solo. Impregnarlo de pensamientos, eso sí. Hacer un avión con el papel y soltarlo desde mi ventana un atardecer de suave brisa salada para que el folio en blanco se balancee en el aire, y él por su cuenta se pose en unas manos y busque una mirada que lo empape de mares, tu mirada necesaria.

    La noche abre su boca. La gata Gula está sentada en un tejado de la ciudad vieja, contemplando cómo se levanta la luna llena por el luminoso Este azul de tus ojos.

  16. carlos dice:

    SE RECOGE CHATARRA

    En las últimas semanas, por el barrio no se habla de otra cosa. Tucho se compró una furgoneta –una Ford de segunda mano, seguramente por cinco duros-, y se presenta cada jueves a las diez de la mañana y la aparca en el parque y espera allí de brazos cruzados hasta las tres de la tarde. Una furgoneta alta, blanca, con óxido en los rascazos, y con unas letras esbeltas, bien visibles sobre el parabrisas de delante:

    SE RECOGE CHATARRA.

    Tucho. Qué bestia. Cómo se lo montó.

    De pequeño ya se le veía venir. Andaba con alambres por los bolsillos, hierruchos, arandelas, tubos de goma, tornillos…, y una navajita. Aquella navajita era la leche. Tucho hacía virguerías con ella. Le desatascaba a tu mamá el freón de la nevera y la nevera volvía a enfriar otra vez, o te abría la puerta de casa si te habías olvidado de la llave, o te cortaba el pelo con la navajita y te hacía las patillas. La había ganado en una tómbola de las fiestas de Bouzas, disparando a las cintas con una escopeta de caño retorcido. Menudo fenómeno el Tucho.

    SE RECOGE CHATARRA.

    Es sorprendente. Toda la juventud española, es decir lo mejor de la juventud española, diplomas, carreras, masters, patatín, patatán, se fue a pringarla a Alemania, a buscarse la vida al extranjero, y aquí tenemos a Tucho montándose en el dólar, sin haber pasado, tan siquiera, por un curso de los que organiza la Confederación de Empresarios para jóvenes emprendedores. Tucho es mucho Tucho, colega. Los que nos criamos con él sabemos quién es Tucho. Una máquina. Y ahora se codea con los de arriba –con los que no se van a pringarla a ninguna parte-. Al loro con Tucho.

    –Son las nueve y cuarto. ¿Acabas?

    –Ya voy, ya voy. Tenemos toda la mañana hasta las tres de la tarde, ¿no? Tucho no se nos va a escapar.

    –Pero quedamos en que iríamos a primera hora para que nadie nos vea.

    –Todos van a primera hora para que nadie los vea.

    –Oh, por favor.

    Es Merche, mi mujer.

    Acaba de asomarse por la puerta del cuarto de baño. Me estoy afeitando. Cuando me afeito por las mañanas es cuando a mí se me ocurren las ideas. Ahí es donde yo pienso, por eso me tomo el afeitado con calma. No es que yo sea un presumido que quiere salir a la calle mejor rasurado que nadie, no, no. Yo cuando me afeito barreno, por eso me lo tomo con calma.

    Porque, claro, los tiempos que corren son difíciles, eso nadie lo discute, pero son difíciles para todos, y si a Tucho, como se dice por ahí, los de arriba lo están subvencionando, o sea le están soltando pasta –porque Tucho ahora es empresario, no lo olvidemos-, coño, pues que Tucho, a su vez, afloje el bolsillo y suelto algo, ¿no? Total, ¿qué son cincuenta euros, supongamos? O cuarenta, no pido más.

    Jummm ¿Cuánto podríamos pedirle mi mujer y yo a Tucho? Tucho a mí me recuerda perfectamente. Cuando pasa con la Ford Transit los jueves hacia el parque y yo voy por la acera, llevando a mi mamá del brazo a dar el paseo de la mañana, Tucho me ve y me pita. Y sonríe. Y yo agito una mano. ¡Tucho!, le chillo. ¡Carliños, ja, ja!, me dice él sacando la cabeza por la ventanilla. ¡Tucho…!

    Cuarenta euros no es mucho pedir, joder. Merche anda de arriba para abajo con la escoba y la fregona llamando en todas las puertas. Merche sabe cuatro idiomas, sabe francés, porque nació en Francia, español y gallego y portugués, y yo no sé nada, de acuerdo; pero, joder, ¿es que tengo que morir por eso? Sólo cuarenta euros. Un día feliz en el supermercado, nada más que eso pido.

    –¿Acabaste?

    –Sí. ¿Y mamá?

    –Está hablando con la cerradura de la puerta. Ya quiere salir.

    –¿Qué hora es?

    –Las nueve y veinte.

    –De acuerdo. Me pongo la camisa y nos vamos. He pensado en pedirle cuarenta euros a Tucho, ¿a ti qué te parece?

    –¿Cuarenta euros? No sé. Nadie pide nada. La gente los mete en la furgoneta y ya está. A ver si no nos va a coger a tu madre.

    –Yo le voy a pedir cuarenta euros, o treinta, aunque sea. Nos criamos juntos, ¿no? Lo conocemos de toda la vida.

    –No sé…

    –Bueno, vamos y ya veremos.

  17. carlos dice:

    PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO.

    La víspera del día de Reyes, por la tarde, el Sonrisitas se sentó en las rodillas de mamá, y a la mesa de la cocina se firmó el siguiente documento:

    Queridos Reyes Magos, Melchor, Gaspar y Baltasar: Buenas tardes, soy el Sonrisitas. Escribo esta carta para pedir un burrito, a ser posible blanco, pero si el pobre no quiere separarse de su mamá porque llora, entonces quiero una espada de plata y una capa amarilla. Muchas gracias y que tengan un maravilloso viaje desde Oriente. Por favor, tengan cuidado pues el camino de mi casa está lleno de baches vacíos y grandes piedras preciosas.

    Mamá le guió la mano y el Sonrisitas firmó. Luego, mamá le preguntó: ¿cómo se hace? El Sonrisitas sonrió para dentro y para fuera y dijo Niño Jesús, Niño Jesús.

    El Sonrisitas fue el que se encargó de dejar la carta en la ventana para que se la llevase a los Reyes Magos un pajarito que iba a pasar por allí de un momento a otro. Cuando al cabo de un rato fue a ver, la carta ya no estaba en la ventana. Aquella noche el Sonrisitas durmió de prisa y corriendo con un ojo medio cerrado y el otro ojo medio abierto.

    Por la mañana, saltó de la cama y salió disparado hacia la cocina. En la chimenea encontró dentro de la olla de cobre, una espada reluciente, una capa amarilla y unos pantalones nuevos. Su mamá le dijo que los Reyes Magos por la noche no habían podido meter al burrito por la chimenea porque el pobre animalito lloraba y quería estar con su mamá. Pero el rey Gaspar estaba muy contento porque un pajarito le había dicho que el Sonrisitas confiaba en el Niño Jesús, y había sido muy bueno con su mamá, y eso estaba muy bien.

    El Sonrisitas se puso la capa y se metió en la habitación de mamá para mirarse en el espejo de cuerpo entero. La espada no le pesaba nada y la capa le gustaba porque era larga; podía bajar la mano y la espada desaparecía. Entonces levantaba la mano y allí estaba la espada de repente. Aquel era un buen truco. También le gustaban los pantalones nuevos, pues eran cómodos y le quedaban por debajo de las rodillas. El Sonrisitas golpeó la cama y la almohada con la espada, tchas, tchas, tchas.

    Salió a la calle con la espada escondida debajo de la capa, levantó la mano y peleó durante unos minutos con los rayos del sol, tchas, tchas, tchas. Por la ventana de la cocina, mamá le dijo que no se alejase de la casa. Aquella era una idea muy buena. El Sonrisitas ocultó la espada y bajó por el camino castaño, que era recto y llegaba hasta el mar. Era su primera exploración. El primer viaje del Sonrisitas alrededor del mundo. De vez en cuando se detenía en el medio y medio del camino, levantaba la mano y la espada de plata aparecía reluciendo. Magia. El mar aparecía a veces entre los árboles.

    Bruscamente, Sonrisitas se salió del camino y se batió en una pequeña escaramuza contra tres pinos mansos, tchas, tchas, tchas. Después de darles su merecido, inspeccionó la espada, que estaba bien. Vio un conejo de monte, más pardo que los que tenía mamá en el gallinero. Lo persiguió durante un rato. El conejo corría y se detenía cuando Sonrisitas se paraba a coger aire. Parecía que el conejo estaba jugando con él. Finalmente, cuando ya lo tenía a punto del espadazo, el conejo hizo un regate y desapareció entre unas matas. Sonrisitas se acercó a un eucalipto que medía metro y medio, le saltó por un costado con una patada lateral y le bajó los humos de un certero espadazo. ¡Tchas! De pronto la mañana se inundaba de luz.

    Sonrisitas tenía la ría al alcance de su mano. Océano Atlántico, dijo, Atlántida. El camino se torcía en una amplia curva a la izquierda y proseguía zigzagueando por la costa. Él siempre había pensado que el camino castaño seguía recto, se metía por debajo del mar y salía al otro lado de la ría. Si uno llega al otro lado de la ría, ya está en América. Sonrisitas clavó la espada en la hierba del suelo y acto seguido lanzó un pis desde el camino hacia el mar. Oyó el kikirikí del gallo Valentín y se dio la vuelta. Vio el tejado de su casa allá arriba, entre nubes esmeralda. Pero ante sus ojos, en línea recta, Sonrisitas descubrió –parecía increíble- una casita de azúcar y chocolate debajo de un roble venerable y añoso. Por la chimenea de la casita salía un humo blanco que se diluía en el color azul del cielo.

    Inmediatamente desenterró su espada de plata y pensó: están cociendo uno, están cociendo uno. Sin pensárselo dos veces, atravesó corriendo el minúsculo prado que tenía delante para espiar la casa desde cerca. La puerta parecía cerrada a cal y canto, pero en la parte de atrás se encontró con un cobertizo. Empujó la puerta de hojalata y entró acompañado de un chirrido. Allí dentro había un coche verde, reluciente como un espejo, con unas ruedas muy gruesas que tentó con la espada, para ver qué duras eran. Vio un bote de pintura en una esquina. Estaba medio tapado y metió la punta de la espada, que quedó pringada de goterones verdes, como si él hubiese herido a un extraterrestre en una pelea. Entonces, oyó un carraspeo a sus espaldas:

    –Gatito, gatito, ¿a qué andas, gatito?

    Sonrisitas se sobresaltó. En la puerta del cobertizo había un hombre con un saco lleno de ramas retorcidas al hombro. Del susto que se llevó, Sonrisitas dio un bote y salió brincando por una esquina de la puerta, hasta alcanzar el camino. Se dio la vuelta, cogió aire y agitando la espada chilló:

    –Alto, queda detenido. Ponga el saco en el suelo con una sola mano.

    El hombre, un flaco de cara larga con un pómulo resalido, puso el saco en el suelo. Una visera salpicada de pintas verdes le ocultaba el ojo izquierdo. El hombre sacó una cajetilla de Winston de uno de los bolsillos de su mono azul, la agitó y se llevó a la boca un pitillo. Con la uña encendió una cerilla y lo prendió.

    –Usted es el Hombre del Saco, el saca untos –Sonrisitas agitaba la espada-. Tire el pitillo. Átese las manos a la espalda.

    El hombre sacudió la cerilla y la tiró a un lado. Caminaba con el pitillo colgando del labio superior. Llevaba las manos metidas en los bolsillos de su mono azul y se detuvo delante de Sonrisitas, que se quedó petrificado de miedo. Sin sacar las manos de los bolsillos, el Hombre del Saco abrió sus piernas y comenzó a balancearse entre las punteras y los tacones de sus humedecidos zapatos de suela. El mono le iba corto; llevaba calcetines blancos.

    –¿De dónde sales con esa capa verde? –le preguntó el Hombre del Saco a Sonrisitas- ¿Tú de qué vas? ¿Eres un picoleto?

    –Niño Jesús, Niño Jesús.

    –¿Qué murmuras? Habla más alto –el Hombre del Saco se quitó el pitillo de la boca y lanzó unos roscos de humo-. ¿Por qué sonríes como un gilí? ¿Eres el Sonrisitas? ¿Eres el hijo de la Lola?

    –Yo a usted no le tengo miedo ninguno –dijo Sonrisitas meándose en los pantalones nuevos.

    –Pues le vas a llevar a tu mamá un recadito de mi parte –el Hombre del Saco se inclinó, alzó la visera y mostró con un dedo su ojo izquierdo, en el que se veía una centella roja-. ¿Ves? Por este ojo no veo nada. ¿Qué te parece? Nada de nada. Pero a tu mamá no le doy pena. Me cobra lo mismo que le cobra a todo el mundo. Veinte euros. Yo siempre le digo: pero, mujer, si veo la mitad es como si a mí me cobrases el doble. ¿Y ella qué dice, eh, Sonrisitas?, te estarás preguntando.

    –Niño Jesús, Niño Jesús.

    –Me arranca el billete de la mano –el Hombre del Saco exhaló un grueso rosco azul hacia el sol-. Veinte euros. Tres mil trescientas y pico pesetas de las antiguas pesetas. A tocateja. Dice que tiene una boca que mantener y piensa darte estudios. JOJOJO. La Lola y el Sonrisitas. Es que yo me parto el labio con vosotros. Eso sí: los bizcochitos que hornea en esa cocina de leña son una delicaté, una cosa no quita a la otra. Pero, bueno, qué te voy a contar que tú no sepas, Sonrisitas –el Hombre del Saco impulsó el pitillo con los dedos corazón y pulgar. El pitillo salió revoloteando por encima de la cabeza de Sonrisitas, sobrepasó el camino y cayó hacia el mar–. Ven aquí, que quiero decirte una cosa, no tengas miedo.

    El Hombre del Saco levantó a Sonrisitas con una sola mano y lo palpó por debajo de la capa. Sonrisitas pensaba que estaría buscando algún puñal, o una pistola automática escondida. Era el protocolo. El Hombre del Saco respiraba agitadamente. Metió una mano por debajo del jersey y la camisita, encontró una tetilla y la presionó. Sonrisitas dio un grito. Entonces el Hombre del Saco comenzó a tirarle de los pantalones nuevos, con la intención de robárselos, pero Sonrisitas consiguió darle en el ojo tuerto con la empuñadura de la espada. El Hombre del Saco soltó una maldición terrible, giró desorientado sin soltar a Sonrisitas, se salió del camino y se precipitaron los dos por un talud de unos cinco o seis metros. Niño Jesús, Niño Jesús.

    El Hombre del Saco quedó tirado entre unas rocas de mala manera. Su visera flotaba en la orilla del mar. Sonrisitas vio cómo incorporaba trabajosamente la cabeza y decía con voz de atontado: voy a construir el cobertizo donde está una piscina. La cabeza volvió a írsele hacia los lados y se quedó como dormido.

    Sonrisitas tenía arenas blancas en la boca y las escupió. Se acercó a la orilla y le dio un espadazo al mar, ¡tchas! El mar estaba a sus pies. Era extenso y se movía. Parecía más frágil el mar que las montañas del otro lado de la ría. Sonrisitas estaba eufórico. Un caballo es más rápido que un burrito, pero también es más orgulloso. A un caballo primero tienes que domarlo y se te puede escapar por el camino y ya no vuelve. ¡Tchas! En cambio a un burrito le das de comer hierba del suelo con la mano y ya es tu amigo para toda la vida. Igual que un conejo. A un conejo es mejor darle hierba, en vez de ir corriendo detrás, porque si lo persigues se mueve como una bola fofa hacia los lados y no lo alcanzas monte abajo. Pero a un conejo le das hierba verde y ya está. Sonrisitas sonrió. Se sentía feliz y contento. La espada era buena, le gustaba. La levantó por encima de la ría. Un cangrejo y otro, y otro, salían del agua y subían por las arenas blancas hacia donde estaba el Hombre del Saco. Sonrisitas empezó a molestar a los cangrejos con la espada.

    El gallo Valentín cantó de nuevo, y esta vez el kikirikí le hablaba de un modo muy claro a Sonrisitas: tu mamá está muy preocupada porque te está buscando y no te encuentra por ninguna parte. Sonrisitas metió el brazo debajo de la capa y escondió la espada. Caminó por la playa y encontró un caminito para subir, entre tojos y ginestas. De repente tenía hambre. Sonrisitas pensó en bizcochitos de yema de huevo de las gallinas del gallinero.

    Al llegar a casa –le dijo al mar-, le diré a mamá que tú haces el mismo ruido que al abrir una gaseosa. La traeré hasta aquí para que te vea.

  18. carlos dice:

    ROPA USADA

    Los dos caminan por el centro de la ciudad, por la denominada zona del amor. Conchi es la rezagada. Lleva abrochado al cuello un grillete de oro reluciente y camina completamente desnuda. El verdugo, por su parte, abre la marcha sujetando puño en alto una correa de cuero anudada al grillete de oro, y canta una vieja canción de juventud: Qué dura es la vida del pirata. En su musculado antebrazo vemos el tatuaje de un Tiranosaurio Rex mostrando la terrible dentadura.

    –Me encanta esta canción –dice el verdugo mirando hacia atrás-. Qué dura es la vida del pirata. Me la sé de memoria.

    —Vamos a sentarnos ―dice Conchi―. No tengo zapatos.

    ―Aquí no tenemos donde sentarnos.

    —Me duelen los pies.

    El verdugo se detiene en plena calle del Príncipe, deja caer la cinta de cuero con desgana y se vuelve hacia Conchi con los brazos en jarras. Parece muy decepcionado.

    —Las implicaciones del hecho de que te duelan los pies son nulas ―el verdugo alza la voz para que los transeúntes se enteren de lo que dice―. Yo me crié descalzo entre el barro de los campos y el polvo de las calles y aquí estoy, como todos ustedes pueden ver, señoras y señores.
    Es la zona del amor. Vemos músicos al sol, ángeles inmóviles en las esquinas, poetas, grupitos de muchachas cascabeleras, paseantes, vendedores de lotería, un fontanero con escalera al hombro… Todos se apartan ante la llegada de la pareja.

    —Me duelen los pies, verdugo mío ―Conchi da unos pasitos desnudos. La gente la mira compasivamente. Muchas manos se le acercan con latas de coca-cola, tónicas, refrescos, zumos…

    —No le den bebidas frías ―ordena el verdugo de inmediato―. ¿No ven que la pobre está sofocada? Vayan con cuidado, porque yo tengo muy malas pulgas y se me levanta el sentido con violencia –el verdugo agarra a la mujer por la cintura, la levanta y se la lleva metida debajo de un brazo. La trigueña, ondulante cabellera de Conchi se arrastra desconsolada por la zona del amor.

    Suena la sirena de un crucero que acaba de atracar en el muelle de transatlánticos. Cientos de turistas de sonrosada tez y blanda sonrisa se apoderan de las calles y al ver a la pareja la rodean con avidez y empiezan a sacar fotos. “¿Qué queréis?” El verdugo suelta unos cuantos puñetazos con su mano libre por encima. “¿Buscáis pelea, los guiris? No tengo ni para empezar”. Se aproxima por la Puerta del Sol una bandada de músicos. Desfilan amontonados y tocando a golpe de trompeta y tambor la marcha Radetzky. Los turistas, centroeuropeos, se desentienden de la pareja y huyen a todo correr hacia allí.

    De vez en cuando aparece algún conocido que saluda al verdugo con una palmadita envalentonada en la dentadura del T. Rex. Con esta gente el verdugo cruza algunas frases sobre el tiempo, la familia, el partido del Celta…, y aprovecha estas reposadas interlocuciones para cambiarse a la mujer de brazo. Y mientras el verdugo abre y cierra el puño para que la sangre le circule con holgura por el brazo libre, los interlocutores se fijan con gran disimulo en la mujer. Dan por sentado que estará viva, y que en ningún caso merecería semejante trato, así que no dejan de pensar, con un deje de amargura y fatalidad: “Guapos o feos, ¿acaso no somos todos carne de cañón?”

    Casi ni habría que mencionarlo, pero la sala de torturas se halla a las afueras de la ciudad, excavada a la altura de un tercer piso en una cantera abandonada. El verdugo ―su camiseta granate aparece sudorosa, reventada por las costuras― sube por la escalera a oscuras y mete sin vacilar la llave en la cerradura de una puerta que chirría. Transporta debajo del brazo, desnuda como cabe suponer, a una Conchi cuya cabellera se arrastra magnífica por el polvo. Una vez dentro de la casa, el verdugo se interna en el dormitorio y con una hosca sacudida de cadera arroja a la mujer sobre la cama.

    —Supongo, Conchi, que no pretenderás abandonar el dormitorio conyugal tirándote por la ventana como hizo la Nanda, que no logró matarse al caer encima de un laurel. ¿Qué conseguirías con ello? Me obligarías a flagelarte, así que piensalo bien

    El verdugo permanece de pie en la alfombra frotándose la espalda a la altura de los riñones. Se acerca a la ventana, la abre de par en par, se retuerce una oreja y suelta un sonoro escupitajo y asoma la cabeza para verlo caer entre los cascotes de la cantera abandonada. Conchi se ha quedado boca abajo en la cama, encogida y atenta. El verdugo se sienta a su lado, le agarra los pies y comienza a masajeárselos. Entrecerrando los ojos dice ensoñadoramente: “¿Te acuerdas de aquellas noches de verano en la playa?” Ella no dice ni que sí ni que no. “¿Te acuerdas de aquella noche de San Juan? Nuestra gran noche, Conchi. Yo nunca fui un hombre pequeño, tú lo sabes”. “Tú nunca fuiste un hombre”, murmura Conchi. “Jejeje, tú llevabas aquel sombrero de meiga y nosotros danzábamos alrededor del fuego. Te estoy viendo ahora mismo remejiendo en las llamas azules de la queimada con aquél cucharón de madera. Qué bien recitabas el conjuro en gallego y qué guapa estabas, amor mío”.

    Conchi abre un ojo. Son las primeras palabras amables que se le presentan en años, y desea atrapar más palabras de ese calibre, como es natural. “¿Cuántos éramos? ¿Quiénes estábamos?”, pregunta ella en el momento en que los masajes del verdugo comienzan a subir por las pantorrillas. “Estábamos todos: la Nanda, Corne, Rosiña, Pateiro, tú, yo…., gente de toda confianza. Qué jóvenes éramos, me cago en la leche. La luna era más grande entonces, y más azul… ¿Pero dónde se metieron todos, Conchi? ¿Adónde se fue aquella gente? ¿Entiendes lo que te quiero decir?”

    —Sí –dice Conchi. Las manos del verdugo ya acarician sus muslos.

    —¿Y qué tenemos hoy para cenar?

    Justo en ese instante, Conchi se despertó con gran sobresalto y tosiendo. Se encontró sentada en la cama, sola y excitada en medio de aquella estéril pesadilla, con el pijama empapado en sudor. Eran casi las cuatro de la madrugada. Se metió en el cuarto de baño y se dio una ducha. Delante del espejo, con los índices se bajó los párpados y miró dentro de los ojos. De regreso en la habitación, corrió la puerta del armario y observó que la ropa de su marido aún seguía allí.

    —–

    ─¿Sí? Me dicen que tenemos nueva llamada. Hola, buenas noches.

    ―Hola, Rita.

    ―Hola, cariño. ¿Es la primera vez que llamas?

    ―Sí, Rita, aunque de un tiempo a esta parte te veo todos los días, y me animé.

    ―Gracias, cielo. ¿Cuál es tu nombre?

    Pasan diez minutos de la medianoche. Rita está en la tele mezclando con aburrimiento un mazo de cartas. De vez en cuando sus negros ojos de pitonisa miran a la cámara.

    ―Si te digo la verdad, Rita, no sé por dónde empezar.

    ―Lo averiguaremos, no te preocupes. Lo importante es que estás ahí, cariño.

    ―Eso sí. Me gustan los pendientes que llevas hoy. A ti te sienta muy bien el color verde, Rita.

    ―Gracias, nena. ¿Ya me has dicho cómo te llamas?

    −Eh…, Aries.

    −De acuerdo, Aries. ¿Y de qué quieres hablar?

    Hacia la parte de abajo de la tele, a la derecha de la pantalla, hay cinco montoncitos de monedas de oro. Una luz anaranjada los recorre a izquierda y derecha. Debajo del dinero vemos el número al que Conchi acaba de llamar, tras varias noches sentada en el borde del sofá con el teléfono en la mano y mordiéndose los labios. Intentaba imaginarse cómo podría ella contarle su historia a Rita, pues es una historia muy complicada de contar y difícil de que nadie se la crea. Fueron cinco noches las que pasó Conchi en casa a oscuras, delante del resplandor de la tele, rumiando lentamente su vida hasta que, agotada, se metía en la cama y a las seis y media de la mañana, cansada y muerta de sueño, se levantaba para ir al trabajo.

    –Me gustaría hablar de una cosa que me está pasando y yo no sé si le habrá pasado a alguien más, Rita. ¿Tú sabes qué se hace con la ropa de un muerto? Preguntaba por saberlo, nada más.

    Rita mezcla el mazo, mira a la cámara, se pasa la lengua por las encías.

    –Aries, ¿se te ha muerto alguien recientemente?

    -Mi marido, no hace ni un mes. Era soldador en una contrata que trabajaba por los astilleros de la ría, y se pasó años sellando tanques y bodegas de mercantes y pesqueros en las dos bandas del mar. Pero cuando llegó la última crisis del naval, Kiko se quedó sin chollo y tuvo que emplearse por talleres de chapa y pintura escondidos en callejones, lejos de los barcos y del aire fresco de la ría, y eso, creo yo, fue lo que lo mató, ¿entiendes, Rita?

    –Por supuesto, Aries.

    –De pequeño, Kiko quería ser pirata. Él y los otros chicos decían que iban a construir un barco con los maderos que llegaban flotando por el mar abajo. El que llevaba la voz cantante era Kiko.

    Rita se arma de paciencia y va colocando con sumo cuidado siete cartas en cruz sobre el tapete negro de la mesa. La narración de Conchi es deslavazada y confusa.

    –Por la noche llegaba borracho a casa, y siempre me preguntaba lo mismo: ¿Por dónde se fue la felicidad? ¿Dónde se metió todo el mundo? Me lo preguntaba a mí, como si yo tuviese algo que ver.

    –Entonces, Aries, me dijiste que él se murió de cirrosis hace apenas un mes –dice Rita.

    –Sí. Estaba alcoholizado, pero no quiero que pienses que era un borracho. Las circunstancias de la vida y el desempleo lo llevaron a esa situación, Rita, tú ya me entiendes.

    –Por supuesto, cariño –Rita empieza a palpar las cartas que tiene delante.

    –Él decía que durante las huelgas había matado a un anti disturbios de una pedrada en la nariz. Se le metió eso en la cabeza. Todas las noches al acostarse repetía que por la mañana iría a entregarse en la comisaría. Tenía pesadillas. Lo convencí para ir al sicólogo. Yo iba con él.

    –¿Entonces, tu marido mató a un policía?

    –Fue la película que se montó al quedarse sin chollo. Se despreciaba a sí mismo porque pensaba que no había peleado lo suficiente para conservarlo, y así, imaginándose que había matado a un madero de una pedrada empezó a beber a mansalva, para olvidar. Pero, bueno, esto es una barrenada mía, no me hagas mucho caso. Ya sabes cómo les funciona la cabeza a los tíos.

    Rita golpea con la uña roja del índice la carta del centro de la cruz. Mira a la pantalla.

    –Aries dime una cosa…, tú has amado mucho, ¿no es así?

    −Muchísimo. Con locura.

    −Claro…, y en algún momento tú también te sentiste intensamente correspondida –proclama Rita desde la tele.

    −Sí. ¿Cómo lo sabes? Fíjate, yo tenía nueve años y ya lo seguía a escondidas cuando bajaba a la playa.

    −¿Y cuántos años tenía él?

    −Tenía trece, pero al principio ni se daba cuenta de que yo existía. Él quería ser pirata, pero creo que eso ya te lo dije.

    −Pero aquí yo veo algo que tú no me cuentas, Aries –Rita palpa las cartas-. Hay algo muy importante que me estás ocultando, o que se nos ha escapado.

    −Es la ropa, Rita. No consigo deshacerme de ella. Hay una tienda más abajo de mi casa, al lado de uno de esos cuchitriles de Se Compra Oro, que recoge ropa para los pobres y se la llevé a las ocho de la tarde, pero al volver a casa me encuentro con la ropa colgada en el armario.

    −−Repíteme eso con más calma, por favor, Aries.

    –No consigo deshacerme de la ropa de Kiko, y quemarla pues…

    –O sea, que entregaste la ropa de tu marido en una tienda que recoge ropa para los pobres y al regresar a casa te encuentras con la ropa metida de nuevo en el armario –los grandes ojos negros de Rita miran profundamente desde la pantalla de la tele-. ¿Y tú qué hiciste, Aries?

    −−Si te digo la verdad, al principio pensé que casi era mejor así, porque sería una pasada ver a alguien por la calle vistiendo la gabardina de mi marido, y me quedé un buen rato sentada en la cocina. Luego me fui para la cama, y me encontré con que la puerta corredera del armario no cerraba del todo por un milímetro. Intenté cerrarla empujando, incluso le pegué un celofán, y no es que me importe pero tenía que dormir con esa rendijita de un milímetro dentro de mi cerebro. Me levanté y me fui a dormir a la habitación pequeña y cuando me despierto por la mañana molida de lo mal que dormí, resulta que me encuentro con toda la ropa desordenada en el armario del dormitorio y tirada por el suelo.

    −−Aries, ¿tú estás segura de que entregaste la ropa de tu difunto marido en la tienda?

    −Tal y como te lo estoy contando. Mira que ayer metí la ropa a presión en unas bolsas grandes del Carrefour y a las once y media de la noche las bajé a la calle y las dejé entre los contenedores de basura. Subo a casa y lo primero que hago es entrar en la habitación y correr la puerta del armario y allí estaba toda la ropa perfectamente colgada y doblada, planchada y sin arrugas. Él me había dicho que no quería que le hiciese ninguna misa, pero yo le hice la misa de difuntos. A ver si va a ser que se cabreó por eso. No sé qué pensar, Rita, si te digo la verdad.

    −−No, tranquila que la cosa no va por ahí –Rita mira a Conchi desde la pantalla y golpea el tapete negro de la mesa con el índice−. Escúchame bien, Aries: estas cartas me están diciendo, de un modo muy claro además, que hay todavía una cuenta pendiente entre vosotros dos, tú y tu marido. La ropa no vuelve a casa porque sí, ¿me comprendes? Es él quien la recoge y la sube, no lo dudes.

    −−Ah, no lo sabía, Rita.

    −−Tú no tienes porqué saber estas cosas, corazón.

    −−Es una sensación muy rara ver la ropa allí otra vez, de verdad que es una sensación que te parte a la mitad, no sé cómo explicarlo, y no quiero que pienses que esa sensación a mí me acojona, hablando en plata.

    −−Lo supongo, cariño. Se te nota por la voz que eres una mujer muy fuerte. ¿Desde dónde me llamas, Aries?

    –Desde Vigo.

    −−Desde Vigo… ¿Y por qué no le haces una visita a la meiga, y se lo explicas? Pues mira que no tenéis meigas por ahí… Este es un asunto muy serio, Aries.

    −Lo pensé, Rita, pero ahora las meigas se anuncian en el periódico y ya no sabe una si son meigas o qué son. Y con las caribeñas y los africanos que pegan por las farolas de la ciudad esos cartelitos de color añil con un número de teléfono para pedir cita y curarlo todo por el vudú y la santería, pues es algo que me impresiona demasiado y aún no estoy preparada. Antes te acercabas a las afueras, preguntabas, y siempre había alguien que te decía: la casa de la meiga está en el bosque aquel que se mira desde aquí. Métase por la corredoira y va casi directa. Subías por la corredoira, cruzabas un pastizal con vacas, y ya veías el bosque en el alto y a la gente sentada a la sombra de los castaños, aguardando su turno. Pero ahora vas y preguntas y te dicen que sí, que por allí hubo una vez una bruxa, pero que ya no está, y se ponen a señalar para todas partes y al final tampoco sabes la dirección que tienes que tomar porque en realidad nadie te dice nada. Ya nada es como antes.
    Rita recoge las cartas de la mesa y las mezcla con las del mazo.

    –Vamos a ver una cosa, Aries. Dime, ¿izquierda o derecha?

    –Izquierda.

    Rita pone el mazo en la mesa, le da un corte con su mano izquierda y dispone siete nuevas cartas en cruz sobre el tapete negro. Rita las contempla ladeando algo la cabeza.

    –¿Cuántos años tienes, Aries? Eres joven, todavía.

    –Treinta y ocho.

    –Treinta y ocho –Rita palpa las cartas, las acomoda bien y le da unos toquecitos al naipe del medio-. Una cosa, Aries… ¿Tú no estarás encinta?

    –…Pues…

    –A veces ocurre, cuando la mujer está preñada, que ellos se quedan merodeando hasta que la criatura nace. Después se van definitivamente, aunque no muy lejos. Pero mientras tanto suelen hacer las cosas más raras que nos podamos imaginar.

    –No lo sé, Rita. A mí no me importa que él haga ahora lo que le dé la gana. Cuando llegaba borracho a casa, muchas noches se ponía a cantar. Si te soy sincera, me ponía furiosa, y me daban ganas de meterle un sartenazo en los morros. Los vecinos golpeaban las paredes y el techo.

    –Ponte en contacto con él, Aries. Tienes que hablar con tu marido. Aquí hay algo que ha quedado pendiente entre vosotros dos.

    –¿Y cómo hago, Rita?, ¿cómo hablo con él, qué le digo?

    Rita mezcla el mazo suavemente y mira a Conchi desde la tele.

    –Tienes que hablarle desde tu corazón, nada más que eso. Puedes cerrar los ojos y te pones en contacto a través de tus sentimientos. Déjate llevar. Piensas en él, en ti, en tu vida junto a él y dejas que tus sentimientos afloren. Ellos te conducirán, no los empujes. Lo que importa es que esos sentimientos salgan de ti y que sean verdaderos. Y puedes hacerlo en tu casa o contemplando una panorámica, o en el autobús…, donde tú quieras, cariño. Si te acercas al campo y lo haces al amanecer o al anochecer, mucho mejor. La naturaleza te besará los pies y te prestará todo su poder, jamás lo olvides.

    –No sé, Rita, parece fácil.

    –Es más fácil de lo que piensas, cariño, siempre y cuando seas sincera contigo misma. Y no tienes que preparar ningún discurso. Tu corazón hablará por ti. Tú sólo te rindes al momento.

    –Al momento, sí, Rita.

    –Llámame otro día si quieres, nena, y me dices qué tal te ha ido.

    –De acuerdo, Rita.

    ——

    El sol es anaranjado, está inflado como un globo y flota sobre un mar de plata y lentejuelas. Ha sido otro gran día de calor. La colina huele a eucalipto. Conchi apaga el motor del autobús y observa la panorámica desde la ventanilla. Cierra los ojos y respira profundamente. Moja un índice con la lengua, lo coloca sobre el sol y arrastra el sol hacia el norte y lo suelta encima del puente de Rande. Conchi abre los ojos y ve que el sol ha regresado por su cuenta a las islas anaranjadas sobre las que flotaba. Unas urracas suben aleteando por el monte, pasan volando sobre el autobús y se posan en el tejado del solitario edificio de ladrillos rojos. Unos niños juegan a la pelota en el descampado.

    Conchi echa un vistazo al Camino Culebra por el que acaba de subir. Es un camino castaño, sinuoso, estrecho. Impresiona bastante verlo desde allí arriba, correteando entre los campos, aunque ella se ha habituado a recorrerlo varias veces al día. Durante la primavera se corrió la voz de que al fin iban a asfaltarlo y a quitarle algunas curvas y las pendientes más peligrosas. Conchi apaga la radio, se quita las gafas de sol y las deja en el salpicadero.

    Cuenta unos billetes, los dobla con esmero y los mete en el bolsillo de su camisa azul pálido. Con la rodilla desliza un cajoncito a su derecha y ordena unas monedas por tamaño en sus respectivos cajetines. Un céntimo se resiste a salir y lo levanta ayudándose del boli. De repente, Conchi se da cuenta de que a su alrededor hay un silencio muy denso y levanta la cabeza para ver qué ocurre. Los niños han dejado de jugar a la pelota en la explanada y permanecen todos de pie mirando al autobús. Conchi sonríe y da por sentado que la pelota se les ha escapado y ha ido a parar debajo del vehículo. Las urracas carraquean.

    Conchi salta del autobús, se agacha cerca de una rueda y logra arrastrar la pelota hacia fuera. La conduce con los pies hasta el borde del descampado y desde allí le da una patada. Los niños echan a correr detrás y el partido de fútbol se reanuda. Conchi contempla a los chiquillos durante unos segundos. Hasta le están entrando ganas de meterse entre ellos. De pequeña no le pegaba mal a la pelota, e incluso caneaba a los muchachos de su edad cuando jugaban en la playa, con la marea baja.

    Conchi cruza a la otra orilla del camino, se quita la goma del pelo y se rehace la coleta. Su mirada desciende por los meandros del Camino Culebra y se detiene en la costa. Allá abajo, detrás del cañaveral, está la playa. Aunque las cañas han crecido mucho, hay una zona en la que no son muy altas y puede verse en la arena blanca un resplandor a ratos mortecino, a ratos vivaz, y una columnita de humo que sube hacia el cielo.

    –Están encendiendo una hoguera–murmura Conchi.

    Conchi mete las manos en los bolsillos del pantalón azul marino, levanta los hombros y respira profundamente. El aire de las colinas es salud, ella lo sabe muy bien. Si Kiko estuviese aquí y ahora y fuese el Kiko de los viejos tiempos, se tumbarían los dos en la hierba para contemplar en paz y sosiego todo aquello, y ella le peinaría la pelambrera con los dedos. Luego lo pondría de espaldas y le levantaría la camisa para inspeccionar las espinillas que ella tenía bastante bien contadas. (Nunca había echado ninguna en falta, así que Conchi suponía que él le había sido fiel). Después se subirían al coche y se irían a cenar a la otra banda del mar, quizás a Domaio o a San Adrián. Ya era tiempo de sardinas. Una buena docena, o docena y media de sardinas grandes empapando el pan de maíz, ensalada abundante y unas tazas de vino tinto del país, debajo de una parra. Aquello sí que era vida, qué tiempos. Pobre Kiko, qué poco había disfrutado. Conchi se dio cuenta de que lo estaba echando de menos en aquel momento y sacudió la cabeza, porque en el fondo no quería a ningún hombre a su lado, no lo necesitaba para nada.

    Conchi observa que los de la playa logran encender la hoguera. El resplandor ahora es alegre, y ella permanece en silencio durante un minuto.

    –Sé que eres tú el que vuelve a meter la ropa en el armario –Conchi se detiene y piensa en lo que va a decir a continuación-. No quiero que me sigas toreando, ¿me comprendes? –otra pequeña pausa y se deja llevar- Quiero que saques la ropa de casa. Nosotros estamos bien, no hace falta que te preocupes –Conchi se acaricia la barriga-. ¿Tú qué tal estás? ¿Estás en el infierno o en el cielo?

    –¡Gol!

    –¡Alta…!

    Los niños siguen jugando a la pelota. Conchi abre los ojos. Está como adormilada. Ha oscurecido. En la línea del océano hay fuego de cenizas. Una mujer se asoma a una ventana del edificio de ladrillos rojos y grita el nombre de un chiquillo. Conchi se acerca al autobús y abre la puerta y se sienta al volante. Con la rodilla empuja el cajoncito y lo cierra del todo. Mira el reloj del salpicadero y anota unos números en la hoja de ruta. Conchi se frota con las manos las mejillas y la frente, aprieta el interruptor y el motor arranca. El autobús enciende sus ojos, gira en la orilla de la explanada y se encajona en el Camino Culebra.

    –Mándame una señal si me has entendido, Kiko. Di algo si estás de acuerdo.

    Conchi enciende la radio y aprieta el botoncito de busca automática. Una voz femenina de marcado timbre adolescente está hablando, rápidamente y con gran desparpajo: “…porque esto es RPyD, rock puro y duro, ya sabéis, vuestro programa de música favorito. Guau”. Conchi dirige el dedo hacia la radio para seguir buscando. “Y os quiero muy atentos, amigos, porque hoy abrimos RPyD con un clásico: Qué dura es la vida del pirata. Allá vamos”. Y se oye un trallazo. La canción comienza.

    –Recibido, gracias –dice Conchi apretando nuevamente el botoncito.

    El autobús baja por el Camino Culebra bamboleándose con cuidado, y lleva los ojos muy abiertos.

  19. Carlos dice:

    La Zona

    Hacía años que yo no sabía de Same, desde el colegio. Pero un día en el bar de abajo, a la hora del café, cuando cruzado de brazos yo miraba la partida de subastao, oí a mis espaldas una voz que me resultaba familiar. Giré la cabeza y allí, en la televisión, estaba Same, el gran Same. Me acerqué a la tele y apoyé un brazo en el mostrador. Se trataba de un nuevo programa de la segunda cadena: Cosmos y Átomo. Same era el que llevaba la voz cantante. Allí estaba él, acomodado en un sofá beige al lado de la piscina del jardín, con las piernas cruzadas y un impecable pantalón blanco. Entonces apareció una galaxia en la pantalla, una de esas espectaculares fotos del Hubble, pero la firme voz de Same seguía impartiendo explicaciones sobre el cosmos y el átomo, lo más grande y lo más pequeño. Same no se andaba por las ramas. Ya en el colegio el profesor de matemáticas a veces le decía: “Bueno, algebrista, explícanos la lección que traíamos para hoy”. Same se subía a la palestra feliz y contento, cogía la tiza y un día se pasó de frenada y nos largó toda la teoría de la sigma de Gauss y la integral de Riemann. Alucinamos.

    Señalé la tele con un índice excitado y le dije a Camila, la camarera: “¡Eh!, ese es Same. Fuimos juntos al colegio. Estábamos en la misma clase. Ostrás, ponme una copa de ponche”. Camila me puso la copa, apoyó un codo en el mostrador y la oreja en la mano y se quedó a mi lado mirando para la tele. “Pues habla muy bien, ese Same, no se le entiende nada y es guapo”, me dijo Camila. “Same era un hacha ya de pequeño y está igual que estaba”, le dije yo.

    Y así empezó todo. Yo bajaba al bar por las tardes y me sentaba en el taburete para ver a Same, y Camila se acomodaba a mi lado al otro lado de la barra. Cuando los de la partida de subastao discutían con ferocidad al término de cada mano, Camila apretaba el botón del mando a distancia y subía el volumen de la tele, y cuando se relajaban lo bajaba.

    El Cosmos y el Átomo era una serie de documentales de cuarenta minutos que se grababan sobre la marcha. Ponían tres episodios por semana –lunes, martes y viernes-, y tenían calculado que estarían en antena durante cinco meses. Camila y yo los seguíamos juntos y empezamos a intimar. Las tardes que tenía libre, ella empezó a subir a casa y veíamos a Same desde nuestro sofá. Y al jubilarse anticipadamente el señor Antonio -el jefe de Camila-, ella me convenció y cogimos juntos el bar, y aquí nos encontramos ahora. Camila lo atiende por la mañana y yo por las tardes y por la noche. De modo que tenemos el bar, tenemos el piso, tenemos el C3 que nos compramos de paquete, tenemos las facturas…, todo gracias a Same, como quien dice, y en dos meses escasos. Same, el gran Same, al que yo no veía desde hacía años, se había presentado como una bendición en mi vida.

    “Samuel Mesa Cabellos –le decía yo a Camila-. Le llamábamos Samuel Mésate los Cabellos, y él se cabreaba y nos perseguía por el patio con un palo en la mano y su larga cabellera castaña ondeando al viento. Tenía una melena como tres veces más larga que esa de la tele. Era un hacha.”

    Así transcurrían plácidamente las tardes en aquel rinconcito del mostrador. Sólo que ahora era yo el que subía el volumen de la tele con el mando cuando los de la partida se pasaban.

    Un día mientras echaba azúcar a su café, Camila me dijo que a Same se le habían manchado un poquito de blanco las patillas. “Ahora parece más interesante”, me dijo. Pero al lunes siguiente Camila encontró a Same algo desmejorado: “Fíjate bien, le pasa algo. Creo que está enfermo. Ha envejecido”. Y era verdad, pues notamos que la voz de Same se había apagado bastante y carecía de aquel timbre de autoridad tan suyo.

    –Quizás sea un constipado –dije yo-, un resfriado mal curado de finales de verano. Suelen ser los peores.

    –Desde luego, ya no habla tan bien como hablaba –dijo Camila-. Ha perdido empaque.

    La fatiga de Same crecía a cada nuevo episodio: sus ojos perdían brillo, sus gestos a veces parecían torpes. La ropa empezaba a quedarle holgada. Un lunes ya no lo vimos en pantalla y al día siguiente, tampoco. Fue sustituido por la voz en off de una dobladora profesional. Ya no era lo mismo. Transcurrieron dos programas más sin él y Camila y yo dimos a Same por perdido, aunque seguíamos Cosmos y Átomo, esperando el regreso de Same.

    Era sábado. Yo me había pasado casi toda la mañana leyendo en la biblioteca Neira Vilas. A la una tenía que echarle una mano a Camila en el bar. Me levanté de la silla media hora antes y me dirigí hacia la salida, pero a través de los ventanales vi que estaba cayendo un aguacero formidable y me di una vuelta por los estantes cargados de libros, esperando que escampase.

    En la pared del fondo de la biblioteca, en los cajones donde están los dvd de cine y música, me encontré con una sorpresa. Una película de Tarkovski: La Zona. El título se ha traducido del ruso al inglés como Stalker (acechador, que acecha, según lo que puede deducirse del Collin’s). Ambos títulos se complementan, a mi entender, aunque La Zona se ajusta con mayor precisión al tema de la historia. Pedí el dvd en préstamo y al momento de firmar la ficha, el aguacero cesó y regresó la lluvia suave que durante la mañana había estado cayendo, intermitente, en la calle y en los campos cercanos.

    Bajé por la escalinata de la Neira Vilas con el paraguas abierto y avancé por la calle con la película de Tarkovski apretada contra mi pecho para proteger, de la lluvia y de cualquier golpe, aquel gran tesoro.

    El caso es que al llegar al semáforo crucé la calle y alcanzada la acera del otro lado tropecé con algo y sentí como si me empujasen por la espalda. Entré trastabillando en una parada de autobús, y vi que atrás había quedado la tapa de hierro de una alcantarilla irrefutablemente doblada por la mitad. Qué bárbaro, dije, aunque nadie me escuchaba. Vi en el panel de información de la parada que el Número 9 estaba a punto de llegar. ¿Qué pintaba yo allí? El bar lo tenía a menos de cuatro minutos caminando, al lado de la peatonal del Calvario. Así que cerré el paraguas y acto seguido intenté guardarme el dvd, pero como no cabía empecé a estirar las bocas de los bolsillos, en una operación tan grotesca como inútil.

    Un sujeto de gabán oscuro se guareció bajo la marquesina y cerró su paraguas con temblorosas y amarillentas manos. Tenía mejillas descarnadas, pómulos secos con pintas verdes, ojos hundidos en sus cuencas. Aún así, pensé en Same. Pues bien, la melena castaña de Same había desaparecido; su cabeza ahora se veía pelada y mucho más reducida. El individuo acababa de situarse en una esquina y noté que no me quitaba ojo. Logré conectar –sin proponérmelo- con sus pensamientos más profundos: “¿Qué hace este cretino? ¿Para qué quiere romper los bolsillos de esos pantalones?”

    El dvd terminó saltando de mis manos y se deslizó por el suelo hasta los zapatos negros, refulgentes, de Same. La carcasa quedó con el título hacia arriba. Same la movió con la punta del paraguas para facilitar la lectura.

    –Tarkovski –exclamó con afonía-. Stalker.

    Me acerqué y le pregunté si era Same, si había estudiado en el Apóstol y si se acordaba de mí, y me presenté. Le dije que habíamos sido compañeros de pupitre. Él me observó con interés.

    –…ah, sí…, Castro –me dijo Same, al fin, deslizando un poco la gafa por su nariz para verme mejor. Me incliné y recogí la película del suelo.

    –Está en versión original y tiene subtítulos en español –le dije incorporándome-. Acabo de encontrarla. La copia que yo conocía tenía subtítulos en portugués de Brasil, pero ésta los tiene en español.

    –Yo la vi en Berlín, in illo tempore, subtitulada al alemán, por supuesto –Same tosió. Tendió una mano pálida hacia mí y se hizo con el dvd. Examinó la carcasa por delante y por detrás-. Y, debo confesarte, amigo Castro, que me resultó tediosa e incomprensible. Pero, bueno, Tarkovski se había pasado a Occidente y ver su cine era poco menos que materia de obligado debate -Same mira al tendido. El Número 9 está allá, esperando detrás de un semáforo en rojo. La rama de un amable fresno le barre el techo-. ¿Y qué fue de tu vida, amigo mío?

    –Bien , bien…, ahora tengo pareja, tengo un bar.

    –Excelente.

    –Sí –noté a Same algo animado y le di una tarjetita del local-. Tienes que venir un día y nos tomamos un café. Camila es admiradora tuya y no se ha perdido ninguno de tus programas.

    –Me acercaré. O quizás te llame por teléfono. ¿Tienes coche?

    –Un C3.

    –Suficiente -el autobús se acercaba siguiendo a una furgoneta de reparto del pan. La temblorosa mano de Same me tiende la película.

    –No, quédatela. Te la regalo –le digo sin pensármelo, y suponiendo que habría disponible alguna copia en cualquier parte.

    Same coloca el dvd debajo de un brazo. El autobús frena a su lado. La puerta se abre y él pone el pie en el estribo, se vuelve y exhibe aquella sonrisa tan suya, levantando una ceja que ahora no existe.

    –Gracias por el regalo. Hoy mismo volveré a ver de nuevo a Tarkovski, amigo Castro, pierde cuidado.

    La puerta del Número 9 se cierra. Doy un paso.

    –Cúrate. Mírala y cúrate, si quieres. La Zona está por todas partes.
    Same agita una mano. El autobús se va.

    —-

    Al llegar al bar, lo primero que hice fue hablarle a Camila de este encuentro. Ella estaba en el surtidor de cerveza tirando unas cañas. Le dije que acababa de encontrarme con Same, que parecía muy enfermo.

    –Se le cayó todo el pelo, pero Same va a curarse –le dije a Camila.

    –Same es un hacha –dijo ella, y la espuma bajaba por el vaso.

    –Enfermó del ego. Tenías que haberlo visto; se le disparó el ego. Pero va a extirparlo. Muy pronto veremos entrar por esa puerta al gran Same, ya verás.

    –Pobre hombre.

    –Same es muy perspicaz y si se pone lo logra. Yo estudié con él.

    –Fue muy guapo.

    –Te apartas y la providencia se encarga de todo. Así de simple es si comprendes, si sabes humillarte. Es fulminante.

    –Sí.

    Camila coloca distraída las cañas en la bandeja y se va a atender una mesa. Es sábado, la hora del vermú. El bar está empezando a moverse. Un rayo de soy entra por el ventanal. Me acerco a la puerta. Afuera pasea la gente. La lluvia es puro oro.

  20. carlos dice:

    CIEN SIRENITAS

    Por la tarde a primera hora la niebla remontó lentamente las islas Cíes y se desparramó como un deshilachado manto blanco por toda la ría. Del embarcadero del Náutico sobresalen tan solo las jarcias de un velero inglés que se apresta a dar la vuelta al mundo. El puente colgante de Rande, esbelto y fantasmal, flota a lo lejos entre bruma. Es año viejo.

    Apoyo los brazos en el alféizar de la ventana, cierro los ojos. ¡Brooo…! La gruesa bocina de un barco mercante invisible avisa con temor.

    Ahí vienen. Son unas cien sirenitas que se adentran en la ría por Cabo Home, costeando entre dos aguas. Expelen el aire con suavidad para minimizar los borboteos en la encalmada superficie del mar. Las más pequeñas del grupo se mueven excitadas porque llevan unos cuatro meses sin jugar, y encontrarse con esta niebla tan densa ha sido para ellas una bendición. Pero las sirenitas instructoras y las mayores no las pierden de vista y les recuerdan que han de atenerse a los movimientos de todo el grupo. Está claro que la ría volverá a quedarse desnuda en cuanto sople el primer céfiro del atardecer.

    Ella, la más hermosa de las pequeñuelas, es la primera en ponerse a dar saltos por el agua. Sus amiguitas la siguen y juntas retozan a sus anchas entre algas y caracolas y galeones españoles sumergidos con las bodegas repletas de los tesoros de las veinte mil leguas de viaje submarino. Ella, la adorada, asciende en espiral feliz y sale a superficie con un escudo de oro en una mano y lo muestra a sus compañeras pegándolo al lóbulo de una oreja. Les pregunta qué tal le sienta. Oh, de maravilla, dicen las pequeñuelas. Es una moneda resplandeciente, con el grabado de un men de nariz trasteada y pelucón. Una instructora se acerca y le dice a la guapísima que entierre el escudo de oro en donde lo encontró, cosa que ella hace lanzándolo al aire y buceando tras él. Después, las pequeñas prosiguen retozando por muelles verdes y atarazanas y fuertes abandonados y playas blancas. La tarde se les echa encima.

    Una gaviota extraviada se acerca al grupo, graznando y con malas pulgas. Pero la pizpireta emerge por sorpresa y da un manotazo al agua y la gaviota recibe un buen remojón. Las pequeñas se ríen y saltan de felicidad y las sirenitas instructoras chitan con un dedo en los labios para que no alboroten tanto.

    ¡Brooo…! Doy un respingo en la silla, se me cae el bolígrafo al suelo. La atronadora bocina de ese mercante invisible incordia y me pide pelea. Enciendo el flexo. “El Polo Norte se derrite. Salva a las sirenitas”, proclama la pantalla del ordenador con insistencia. Durante un rato corrijo un documento de texto, lo envío a la impresora y me voy a la cocina. Mientras pongo la cafetera al fuego me viene a la mente lo que me pasó hoy por la mañana: estaba yo con la caña pescando tranquilamente desde una roca en la costa de Bayona, y un delfín se acerca y se me queda mirando con sonrisa de cabroncete bien peinado. ¿Qué pasa, golfiño?, le pregunté.

    –Ji, ji, ji.

    –¿Ji, ji, ji? Lárgate, anda, que me estás abalando la pesca –le dije recogiendo línea.

    –Ji, ji, ji –y se largó. Yo aún seguí un par de horas lanzando y buscando nuevas posturas, pero no pesqué nada. De manera que, un año más, me llevé el tradicional capote de año viejo.

    Hum, qué bien huele el cafelito que me llevo a la ventana… La niebla se deshace en jirones y allá abajo veo a las sirenitas. ¿O son golfiños? Enfoco el telescopio y las veo. Son ellas; puedo contarlas. Son treinta, si…, en efecto. Me voy a la mesa y tomo el texto que acabo de largar a la impresora. Tacho con el bolígrafo la palabra cien del título y encima del tachón manuscribo en mayúsculas la palabra treinta. Treinta sirenitas.

    La tarde se rasga por la boca sur de la ría: desde una nube cae un abanico amarillo limón sobre el horizonte de lentejuelas. Veo que las instructoras organizan al grupo en un pis pas y se lo llevan a las profundidades. Pero ella, la admirada, permanece en superficie contemplando el olivo del Paseo de Alfonso, engalanado con las luces de la Navidad.

    –Eh –le susurro moviendo una mano-, que te estoy espiando por el catalejo, vete, no seas tonta.

    “Hazle caso, Revoltosa, únete al grupo”, mentan desde el fondo las instructoras con dulce voz.

    Regreso rápidamente a la mesa. La pequeña presumida se llama Revoltosa –escribo en el pc-, y navega en uno de los dos grupos de sirenitas que huyen del Polo Norte, donde apenas queda hielo bajo el que esconderse. ¿Pero esconderse de quién, o de qué? Esconderse de los men, como es natural, responden las sirenitas instructoras y las mayores si se les pregunta. Y añaden muy serias: “Los men aún no son seres del todo, porque o son machos o son hembras, pero no están completos individualmente…” A finales del pasado mes de agosto media docena de sirenitas se quedaron atrapadas entre los hielos que se derrumbaban a su alrededor, y en un abrir y cerrar de ojos se encontraron en una zona de mar abierto al alcance del sonar de los barcos de los cazadores de focas. Este hecho, aunque aislado, causó una gran conmoción entre todas ellas. La hora de abandonar el Norte había llegado, no quedaba otra. Las instructoras calcularon que en poco más de diez meses de irregular y tranquila navegación llegarían a la Antártida durante el invierno austral, con oscuridad bastante para buscar con calma un refugio entre las cuevas y galerías de hielo del continente. Decidieron que marcharían por los dos océanos. Revoltosa, la presumida, navega en el grupo del Atlántico, como se puede ver.

    El cielo está estrellado, la noche es oscura. Me acerco a la ventana con una cerveza en la mano. En la playa de Samil muchos men juegan alrededor de un gran fuego. A medio kilómetro ría adentro, las sirenitas regresan a la superficie tras reponer fuerzas dormitando entre dos aguas. Un petardo sisea en espiral y estalla dibujando una margarita anaranjada sobre los pinos de la playa.
    “Son cachorros, en su mayoría”, mentan las instructoras. “Nos acercaremos y costearemos hasta alcanzar mar abierto, pero que nadie se aparte de la oscuridad… ¿Entendido, Revoltosa?”

    Revoltosa se las había ingeniado para navegar a babor del grupo y viraba furtivamente hacia la hoguera. El fuego por momentos refulgía y ella oía las risotadas y los gritos de los men. Lograba ver el esqueleto de una barcaza medio enterrada en la arena blanca. Los cachorros le astillaban a patadas las cuadernas para echarlas al fuego. Ella, que se hallaba en la frontera entre el resplandor de la hoguera y la sombra de la noche, no se imaginaba que los men pudiesen mentar tan fuerte. Su boca se llenó de saliva. Se zambulló en espiral, recogió un puñado de conchas del fondo y regresó a superficie siguiendo los globitos que habían quedado atrás. Extasiada, dio un gran salto y se contorsionó en el aire soltando una lluvia de conchas a su alrededor. Algunos men advirtieron que algo extraño ocurría en la zona de oscuridad y se acercaron a la orilla. Revoltosa giraba otra vez en el aire y se despanzurraba en el agua.

    –¡Un golfiño, es un golfiño!

    Una cachorra escuálida de labios repintados de carmín se descalza los tacones y se desnuda y entra corriendo en el mar. Alcanza a nado la oscuridad y bracea por allí en un amplio círculo, pero no encuentra nada. Empieza a imaginarse cosas raras, como que un congrio está subiendo desde las profundidades y la cachorra presiente un calambre en una pierna; estira el cuello y empieza a gemir como una perrita asustada. Está tan oscuro que ni siquiera puede verse las manos. Chapotea. Revoltosa percibe las mentaciones de pánico y rodea a la hembra, que grita con todas sus fuerzas cuando ve la enorme cola con escamas que se le acerca brillando bajo el agua. Revoltosa pasa su gran cola de pez por debajo de los pies de la cachorra y la aúpa a la cresta de una ola que la transporta envuelta en espuma hasta la orilla. Los men tiran piedras a la oscuridad. Revoltosa salta y esparce conchas a su alrededor. Una piedra perdida le da en el labio y empieza a sangrar por la nariz.

    “Amadísima, ven con nosotras”, mentan al unísono las sirenitas.

    La adorable, desorientada y herida, cierra los ojos y se deja guiar hasta una gruta tan alta como una catedral de hielo que hay en el fondo de la ría. Las sirenitas se agrupan en formación esférica a su alrededor y la cubren con mentaciones de cariño. Ella sonríe y la boca ya no le duele ni le sangra la pedrada. A continuación, las instructoras le recuerdan a todo el mundo que ninguna sirenita deberá comprometer de nuevo la seguridad del grupo alejándose de él. Y a las amiguitas de la coqueta les indican que se retiren al fondo de la cueva porque ha llegado la hora de que Revoltosa se haga adulta.

    “Pero yo no quiero ser adulta”, protestó la mimosa. “No quiero”.

    Se hallaba en el centro de la esfera formada por instructoras y mayores. Lentamente, la esfera giraba.

    “Los men son capaces de matar”, mentó la esfera viviente, “sííí…, son capaces…”

    “¿Qué es matar?”, mentó Revoltosa frunciendo el ceño. Tenía que ser una cosa terrible pues las caras de instructoras y mayores mostraban muecas de tristeza y dolor que ella nunca les había visto.

    “Sííí…, son capaces…” La esfera viviente tomaba velocidad.

    Revoltosa está entre miles de men, sentada en la grada de un polideportivo, ante la pantalla gigante de una televisión en la que un encapuchado agarra del pelo a un men arrodillado a sus pies y con el cuchillo le corta la cabeza y la muestra a la cámara. Los men del pabellón se quedan paralizados y mudos. Revoltosa no es capaz de cerrar los ojos.

    Un cazador de focas se desabrocha el cinturón de su pantalón en una habitación cerrada. Con el cinturón en la mano escupe al rostro de un niño, que se orina de miedo y empieza a correr alrededor. El cazador le marca las piernas a cintolazos. Revoltosa intenta cerrar los ojos y murmura: “por favor, por favor…”

    Por favor, por favor. La esfera pierde velocidad. Instructoras y veteranas rompen la formación. Van de un lado para el otro mirando de reojo a la bien querida. Las pequeñas siguen en el fondo de la gruta y cuchichean apiñadas. Revoltosa las ve, les sonríe con compasión, se impulsa y se une a la pausada navegación de las mayores.

    Las doce campanadas del año viejo ya están aquí. El teléfono suena entre estallidos de bombas de palenque.

    Envío el documento a la impresora. Voy y cierro la ventana. Ordeno los folios y los guardo en una carpeta de color vino. Salgo a la calle y marcho bajo las palmeras. Un petardo anaranjado sisea y revienta con gran estruendo en la persiana de chapa de una oficina de empleo. Unos chavales delgados cruzan el semáforo de Colón apurando el paso. La noche es agradable. La gente con la que me cruzo habla en voz muy alta y se carcajea. Estoy seguro de que sus mentaciones son maravillosas. Levanto la cabeza al cielo mientras camino: ahí arriba, en ese jardín de eterna conciencia, florecen luminarias y astros infinitos. El periplo hasta el continente antártico no deja de ser una aventura arriesgada, y eso las sirenitas lo saben. Los men hemos conquistado la superficie de este pequeño globo y cualquier derrota de navegación es peliaguda, sobre todo para los seres que nos resultan extraños.

    Pues bien: en la madrugada del 1 de enero las treinta sirenitas, sin otros incidentes dignos de mención, abandonaron la ría de Vigo costeando por la bocana sur, rumbo a Portugal. Y a estas horas calculo que siguen navegando, con fe y bondad, por ese brillante océano de zafiro. Buen viaje, hermosísimas.

  21. carlos dice:

    EL VASO DE ORO

    Había dos vasos en la mesa.
    Mamá mojaba los dedos en el vaso de agua,
    los sacudía sobre la ropa arrugada
    y pasaba la plancha canturreando.

    De vez en cuando Mamá bebía del vaso de oro.
    Cuando se vaciaba, lo llenaba con el tetra brik
    de cartón verde que guardaba al fresco en el cobertizo.

    El vaso de agua para planchar lo llenaba
    con agua del pozo.

    Yo gateaba por el suelo.
    Yo repetía con voz de pito:
    tatá-tatatatá…
    y me metía por debajo de la mesa,
    o me iba pasillo adelante, o me escondía detrás de las puertas…
    Yo aparecía entre las piernas de Mamá.

    Las pantorrillas de Mamá
    tenían unas venas azules muy bonitas.

    Una vez, acerqué las manos y la boca
    y chupé una vena azul.
    Mamá se agachó y me levantó hasta
    la bombilla del techo.
    Me besuqueó diez veces,
    ay, ay, ay, qué felicidad…
    Yo hacía globitos con la boca
    y Mamá frotaba su nariz en mi barriguita, ay, ay, ay, ay…

    Éramos muy felices.

    Cada atardecer un rayo de sol entraba por la ventana.

    El vaso de oro resplandecía en su esquina.
    Era muy bonito.

    La vida con Mamá fue muy bonita.

  22. Carlos dice:

    DILES QUE EXISTÍ

    La jornada había sido larga. Calurosa y larga.

    –Yo, lo que pasa es que soy una mujer complicada. Toda la gente que me conoce me lo dice: tú es que eres una tía muy complicada.

    –Ya –dije sin levantar la cabeza. Yo llenaba las neveras agachado detrás del mostrador.

    –Fue aquí, en esta esquina de la barra donde estoy ahora –la mujer complicada morreó el gollete de su cerveza intentando calmar la sed-. Aquí entré por primera vez en un bar, con mi Teo, y me senté en este taburete. ¿Cuántos años hará de eso?

    –Una barbaridad.

    Se llama Sandra. Hace una semana que regresó a la ciudad y acaba de instalarse; hoy ha venido a hacerme una visita. Se pasó toda la noche dándole la vara a todo quisque para que la invitasen a una cerveza. Espanta a la clientela. Los tres fulanos que quedaban en el bar al final se largaron masajeándose la frente con los dedos.

    –Tú eras un mocoso; eras un empleado y estabas asustado detrás de la barra. Me serviste mi primera cerveza, lo recuerdo como si fuera ahora. ¿Y sabes adónde me llevó luego mi Teo? A la discoteca Los Lagartos. Yo tenía quince años, poco más joven era que tú, ¿te imaginas? En la discoteca Los Lagartos oí yo al Manolo García por primera vez. Libro, nube, y otra vez a empezar, lala-lala, lalalá… al oír esa canción comprendí porqué nunca me había gustado el colegio.

    –Recuerdo que sacabas buenas notas –dije pasando un paño por el interior de una nevera vacía.

    –Mi Teo me desvirgó aquella misma noche con esa canción: me llevó en el coche al monte de El Castro y me desvirgó allí. Aquellas sí que eran canciones. ¿Qué fue de aquel tío? ¿Se murió?

    –Sigue cantando.

    A primera hora de la mañana tendría que hacer una llamada para que me enviasen un barril de cerveza. A la peña le daba ahora por beberse la birra en jarras de litro y medio. Ya me había comprado una caja de aquellas jarras. Uno veía desde detrás de la barra que la crisis se estaba yendo por el desagüe y había que estar preparado para lo que entrase por la puerta. De todos modos, un par de neveras más no me vendrían mal para llenarlas con tónicas y coca-colas. ¡Cerveza en jarras de litro y medio! Y los tíos y las tías se mataban para ver quién bebía más. En las calles ya olía a calor y el verano estaba a la vuelta de la esquina.

    –No me apetece nada irme para mi casa –Sandra se sentó en un taburete al lado de la puerta. Éramos los únicos que quedábamos en el bar, eran casi las tres y media de la madrugada, otra vez era lunes-. Y si me echo a dormir después de que salga el sol entonces tengo pesadillas. Me quedo sentada en una silla de la cocina y cabeceo, y por eso tengo estas ojeras y la cara hecha una hamburguesa, tío. Una vez durmiendo panza arriba en la cama soñé que una araña se descolgaba del techo y me caía en la cara. Yo empecé a patalear y a abofetearme y resulta que me desperté intentando ahogarme a mí misma y chillando, y la araña era yo. Menuda putada.

    –Kafka.

    –¿Qué?

    –La transformación. Dos neveras de segunda mano es todo lo que necesito. Eso es un cuento de Kafka

    –¿Un cuento? Y un güevo, tío. Fue tan real como la vida misma. Me pasó a mí después de meterme por lo menos una caja de cervezas y dos gramos de farlopa. Fue al poco de morirse mi Teo, y yo no había cumplido ni los veintiuno. Es hoy y reviento. Ponme otra cerveza, hazme el favor.

    –Voy a cerrar, Sandra.

    –Pero ponme una birra, tío, ¿te debo algo yo a ti, eh? Antes bien que corríais todos detrás de mí para que os la chupara. Pero cuando vivía Teo no teníais los santos cojones de acercaros ni a un kilómetro de distancia. Ponme una birra, tío, por los viejos tiempos.

    Descorcho una cerveza y se la coloco delante. La puerta está abierta de par en par y no hay luna. Pero las farolas de la carretera iluminan toda la playa y desde aquí puede verse cómo la espuma de las olas sigue llegando una vez y otra vez. Apago las luces. Dejo encendido el pequeño led del mostrador. La luz de la mesa de billar, al fondo, hay que apagarla tirando del cordón de la lámpara verde colgada del techo. Me acerco al sifón y tiro una caña. Sandra acaba de salir y se sienta en una de las mesas de piedra de la terraza y apoya los tenis rosa sobre el banco. Paso de largo, pongo un pie en un tronco de la barandilla.

    –No hay nada más relajante que cerrar los ojos y oír la resaca del mar en una playa de arenas blancas – dice Sandra-. Ahora con la carretera y las farolas, incluso podría leerme un tebeo a estas horas. Nosotros teníamos que subir y bajar por el camino con linternas para no matarnos…

    –No quedó tan mal. La playa está iluminada y cuando llegue el verano la peña podrá estirarse y dormir la curda en la arena.

    –Este bar era una caseta de estacas que se hundían en la duna que había aquí. ¿Qué hicieron con ella, tío? Tú y yo tuvimos la suerte de conocer todo esto tal y como se mantuvo durante millones de años hasta que se presentaron los del ladrillo. Mira ahora aquellos edificios que plantaron encima de las rocas al lado del agua, y los chalets al otro lado de la carretera, el paseo, el relleno. Cemento, cemento… Pero debajo del hormigón hay un ser vivo. Hoy la gente se piensa que los americanos pusieron un motor muy fashion en los mares del sur para que las olas lleguen a las playas y lo hagan todo muy bonito. Me apuesto lo que sea, tío.

    Yo veía que Teo caminaba por la playa y se quitaba los tenis y bajaba por la arena en camiseta y se metía en el agua con los pantalones que le venían grandes. Podían contársele las costillas a Teo, tanto por delante como por la espalda. Al final pesaba poco más de cuarenta kilos, si es que llegaba a ellos. Estoy viéndolo, a Teo, meterse en el agua.

    –Estoy viendo a Teo en el agua –dice Sandra entrando en mi propia alucinación-. Fue una noche de luna grande y clara. Se metió y nunca más se supo de él. Se metió sólo con los pantalones y la mar los devolvió por la tarde. Los encontré yo y un madero me los quitó de la mano… ¿Tío, por qué se muere la gente?

    –¿Tú cuánto pesas, Sandra?

    –¿Tan delgada me ves? ¿Por qué me lo preguntas?

    –Yo necesito un par de neveras; es todo lo que necesito. La ola está aquí otra vez.

    –Tenemos mucho de qué hablar, pero nada que decirnos, tío. A mí la ola me da lo mismo, que se venga o que se vaya. Yo por las noches pienso en Teo y le digo que venga a buscarme. Hablo con él… Un día cualquiera, una madrugada, te voy a dejar mis vaqueros y la camiseta encima de esta mesa de piedra en la que estoy sentada y me meto en el agua sólo con mis bragas rojas. Cuando suba la marea podrás verlas desde aquí. Son rojas y se acercarán flotando a la playa.

    –Sandra, cambia de rollo.

    –Las cuelgas en el bar, en cualquier parte, durante veinticuatro horas, tío, ¿qué te cuesta?… Escribes encima, con un rotulador en letras grandes: SANDRA, y las dejas colgando por lo menos una noche, para que todo el mundo sepa que existí, por lo menos… Y si alguien te pregunta quién era esa SANDRA, no me dejes quedar mal, tío… Diles que yo no era mala persona…

    –Terminaremos los dos llorando a moco a tendido. O dejas de beber o dejas de barrenar, una de dos, pero corta el rollo.

    –Mira que estuve en cantidad de sitios… Después de morirse mi Teo me fui a Las Palmas. Por cierto, te mandé una postal desde allí… Después aún rulé por el sur, por todas partes… y en todas partes era lo mismo: las mismas caras, las mismas sonrisas, los mismos colmillos… Y aquí me tienes, al fin en casa y dando la vara. Pero me alegro de haberte encontrado vivo… Soy una náufraga, colega, una náufraga con más de cuarenta tacos encima… Y tú, ¿por qué no te volviste a casar?

    –¿Qué más da?

    –A lo mejor lo que necesitabas era una mujer que te dejase en paz. Es lo que necesitáis los tíos, pero eso no puede ser; no es biológico, ¿comprendes?

    Aparté el pie de la barandilla y bebí un trago largo de cerveza. Recuerdo que le dije a Sandra:

    –Voy a apagar las luces de dentro.

    –Tío, ¿quieres que pase la escoba por la terraza?

    Golpeé el mostrador con los nudillos. ¿Dónde podría hacerme con dos neveras de segunda mano, baratas…? Me dirigí hacia la mesa de billar. Recogí tres tacos y los encajé en la percha. Tiré del bramante de la lámpara y quedé a oscuras. Noté que Sandra permanecía silenciosa. Me quedé a la escucha.

    –¿Sabes qué me gustaría? –su voz sonaba lejana, como si en aquel momento ella bajase hacia la playa por la escalera de troncos medio enterrados entre los juncos-. Me gustaría que hubiese un apagón ahora y que todo volviese a ser como siempre.

    Esperé que siguiese hablando. Me di cuenta entonces de que Sandra había dicho todo lo que quería decir. Salí a la terraza y encima de la mesa de piedra encontré sus tenis rosa, sus vaqueros y su camiseta blanca con aquellas letras rosas: “born to be sexy”. Las huellas de sus pies se perdían en el mar siguiendo las que Teo había dejado mucho tiempo atrás.

    A día de hoy, el cuerpo de Sandra no apareció todavía. Sus bragas rojas regresaron al día siguiente flotando en la marea del atardecer. Yo las vi desde la terraza, tal como ella me dijo, y bajé a recogerlas. Un buzo de la guardia civil me las quitó de la mano y me preguntó dónde las había encontrado.

    Las dos neveras quedaron en traérmelas el viernes a primera hora.

  23. carlos dice:

    EN EL ENTIERRO DE LA TIITA

    –Yo le decía: no vayas. Se lo repetí cien veces: no vayas.

    –Sí, abuelo.

    –Pero no me hizo ningún caso. ¿Qué necesidad tenía él de ir? ¿No era su obligación proteger a su mujer y al capital?

    –Sí, abuelo.

    –Todos los campos que ves y los sembrados de almeja de la playa eran suyos. Anda, déjame en el suelo que ya me encuentro mejor.

    –Yo puedo subir hasta casa con usted a la espalda –le dije-. En serio que puedo, abuelo.

    –Ya sé que puedes. Tú eres fuerte, como lo fueron tus padres. Da gusto verte. ¿Cuántos años tienes?

    –Más de quince; voy para los dieciséis años, abuelo.

    En el castaño gorjeaban los pinzones. Por los campos subíamos el abuelo, yo y nadie más. Al abuelo se le había metido en la cabeza que la mejor manera de no hablar con la gente era salir por la puerta de atrás del cementerio, pero las suelas de los zapatos recién comprados para asistir al entierro de la tiita le resbalaban en la hierba amarilla y seca de los campos de agosto. A cada paso que intentaba, el calzado se le escurría y tenía que apoyarse en la ladera con las palmas de las manos. Así que tuve que subir con él a cuestas. Eran casi las siete de la tarde y el sol anaranjado de la ría nos pegaba fuerte en la espalda.

    –Acércate a ese castaño y ponme en el suelo, que quiero descansar un rato.

    –De verdad que puedo, abuelo. Es mejor que subamos a casa y se echa usted en cama.

    –Déjame debajo del castaño. Me recostaré en el tronco y roncaré unos cinco minutos. Será bastante; tú me despiertas. A partir de aquí la pendiente se suaviza y subiré caminando a tu lado.

    El abuelo me apretó suavemente la garganta; le solté las piernas y eché mis manos a sus brazos para apartárselos. Hizo pie en cuanto dejó de ahogarme, y se quitó la chaqueta y la tendió en el suelo y se sentó sobre ella, a la sombra del castaño. Veíamos que aún quedaba bastante gente charlando ante el portalón del cementerio. La tiita Mucha era una persona muy querida. Acababa de cumplir los cien años –todo el mundo se preguntaba cómo había podido durar tanto, con toda aquella vida de sufrimiento que había llevado- y era la hermana gemela del abuelo Mala Hierba Nunca Muere. El abuelo estaba seguro de que la gente que todavía permanecía a las puertas del cementerio no dejaba de observarnos.

    –Mira ésas con qué descaro nos miran.

    –No nos están mirando, abuelo –le dije limpiando los cristales de mis gafas.

    –Dime: ¿tú me viste a mí borracho alguna vez? Sé sincero.

    –Nunca –le dije, y era verdad.

    –Pues a esas harpías yo las escucho desde aquí y ya están diciendo que me presenté borracho perdido en el entierro de mi hermana, y tú, mi pobre nieto, tuviste que cargar conmigo monte arriba… esas harpías del grupito más grande se han puesto todas de espaldas a nosotros, ¿las ves?

    Aquellas cosas a mí no me interesaban. Lo que yo quería era cumplir la edad para sacar la cartilla de una vez por todas y enrolarme en cualquiera de los barcos que partían a diario del puerto de Vigo. Los campos eran mis enemigos, pues no harían más que encadenarme a la tierra. Yo tenía pensado hacer un poco de dinero en la mercante para comprarme luego en Francia un velero de segunda mano y comenzar la vuelta al mundo en solitario, lejos de guerras y de líos.

    –¿A qué tenía él que ir? –refunfuñó el abuelo-. Pero, no: se metió una barra de hierro en la manga de su chaqueta y marchó en medio de los otros hacia el ayuntamiento. Y cuando empezaron los tiros, fue de los primeros en caer. Casi ni dio tiempo a enterrarlo, porque sin darnos cuenta nos habíamos metido de cabeza en una guerra civil. Yo estuve en esa guerra, en el cuartel de Hernán Cortés en Zaragoza, en La Almunia de Doña Godina, Belchite… -el abuelo hundió sus cobrizos dedos en la hierba y arrancó un terrón verde y negro y lo moldeó con su mano como si fuese masilla-. La tierra allí se deshace en tu mano y se te escurre entre los dedos como un polvo seco que ni siquiera mancha. A la gente hay que enterrarla hondo. No hay mar. Fue lo primero que busqué con la mirada al llegar a Aragón, pero la mar no aparece por más que busques. Es curioso: si Franco hubiese perdido la guerra, la tiita sería la viuda de un héroe; pero la guerra la ganó Franco y la tiita se convirtió en la viuda de un rojo…

    –Abuelo, usted sabe que lo que yo siempre quise fue enrolarme en la marina mercante.

    El abuelo se quitó la corbata, la enrolló en una mano y la tiró, y la corbata se quedó colgando de una rama del castaño.

    –Creo que no comprendes… A la tiita había que protegerla del primer desgraciado que se presentase a pegarle cuatro tiros para quedarse con los campos de su marido. La misma mañana de mi llegada del frente recuerdo que se lo dije, al lado de la higuera: ahora eres la viuda de un rojo, Mucha. Te guste o no, eres la viuda de un rojo. Y ella lo entendió. Fui a presentarme al gobierno militar y después nos fuimos la tiita y yo a la casa del notario, y los campos, los caballos, los sembrados de almeja, todo, lo pusimos a mi nombre. ¿Me estás escuchando, hijo?

    –Sí, abuelo, ¿pero por qué no le devolvió usted los campos a la tiita cuando Franco se murió?

    La corbata se escurrió de la rama del castaño y cayó al suelo. El abuelo se estiró, la recogió y se la colgó del cuello.

    –Tú aún no habías nacido… Cuando se murió Franco nada estaba claro y no se sabía por dónde iban a ir las cosas y hubo que esperar a que todo se despejara –la cabeza del abuelo se movía hacia los lados-. Y después…, pues después ya no se los devolví porque estos campos y todos los campos del mundo están infectados de codicia, por eso.

    En los cuartos de costura, en las sobremesas de los cumpleaños, en cada reunión improvisada en la que se le daba un repaso a los viejos tiempos, siempre se abordaba el tema de la tiita Mucha. La tiita Mucha ya era como la tiita de todos los del pueblo. Las viejas recordaban aquel día en que la tiita se encerró por primera vez. Fue al salir de firmar del notario: se metió en casa y se quedó mirando durante dos días a través del cristal de la ventana. Nadie volvió a oírla decir una palabra.

    –En el pueblo dicen que si usted le hubiese devuelto el capital a la tiita ella hubiese vuelto a sonreír.

    –No me digas eso; hijo, no me juzgues como hace esa gente. Aun estando a mi nombre, la tiita podía haber hecho con el capital lo que le diese la gana, y ella lo sabía. Mira: Ramiro, el de la casa de comidas de la carretera, vino a verme fumando su habano con la intención de comprarme el prado del monte para conducir hasta allí la carretera y abrir un restaurante-mirador. Yo le dije que eso él lo tenía que hablar con la tiita. Fuimos a su casa y nos recibió en la puerta sin invitarnos a pasar, y después de no decir palabra y de escucharnos educadamente cerró la puerta con suavidad. Y allí mismo le dije yo a Ramiro que si la tiita no pronunciaba palabra, yo tampoco tenía nada que decir. Y no vendí. Y la tiita escuchaba detrás de la puerta. Así que ella sabía que podía disponer como quisiese del capital. Ahora que su cuerpo aún está caliente, escúchame una cosa: Ramiro volverá fumando su habano a buscarme en un mes, ya verás, y mi respuesta será la misma. Y estate preparado porque cuando yo muera vendrá a hablar contigo. Los ramiros del mundo entero son incansables, insaciables.

    –Usted sabe que lo que yo quiero más que nada es enrolarme en la mercante.

    –Ya lo sé, hijo. Quieres escalar la luna y te comprendo.

    El sol de la ría se había tornado rojo. Todo el ajetreo del entierro de su hermana había fatigado al abuelo. Recostó su espalda en el tronco del castaño y las manos le cayeron flácidas sobre sus piernas y empezó a respirar hondo con la cabeza inclinada sobre la camisa. Los pinzones reiniciaron sus gorjeos por encima de los ronquidos del abuelo.

    Me senté en la hierba y miré cómo la gente se metía en los coches y abandonaba el cementerio. Algunas mujeres hacía rato que marchaban con lentitud carretera arriba enganchadas del brazo. Unos hombres caminaban hablando, se detenían, señalaban los campos y la ría y seguían caminando. Pasó revoloteando un murciélago. La marea estaba baja y los sembrados de almeja se distinguían perfectamente. Ya había que colocar algunas piedras de las lindes en su sitio pues el mar de fondo las acunaba. Una vez el abuelo me dijo que los vikingos desembarcaron en esta playa y atacaron el pueblo por sorpresa, y después huyeron con barrilitos de vino tinto y mujeres desmayadas debajo del brazo. Se alejaron en el barco y antes de abandonar la ría, las tiraron por la borda y las mujeres regresaron, unas a nado y otras abrazadas a los barriles llenos de aire.

    Yo miraba los rayos del sol rojo cayendo sesgados en la playa. La raposa se acercó al agua seguida de tres cachorrillos espabilados; estañeé y ya no estaban. El nicho de la tiita Mucha se quedaba solitario y escondido entre coronaes de flores, en la umbría. El abuelo empezaba a gruñir y a sacudir las manos. Estaba soñando en voz alta y no se le entendía lo que decía. Entonces despertó bruscamente y quedó como pasmado mirando para mí.

    –¿Se encuentra bien, abuelo?

    Entornó los ojos, y al caer en la cuenta de que era yo quien le hablaba, se pasó el dorso de una mano por la boca y me preguntó:

    –Hijo, ¿tú crees que una bala puede perseguirte durante casi ochenta años hasta dar contigo?

    Yo le dije:

    –No lo creo. Pero esa es la pesadilla que usted tiene a menudo, abuelo.

  24. carlos dice:

    BEATUS ILLE

    Mamá dice que la televisión sólo habla de la gran catástrofe que acecha en nuestras mentes y en nuestros corazones. En casa ya no se puede ver la tele porque está casi todo el rato apagada. Para mí, mejor. Ahora paso todo el tiempo que quiero con Chico. Mamá se sienta a la puerta de casa con las amigas a tomar el sol por las tardes, y el abuelo se encierra en la bodega y se entretiene doblando a martillazos una chapa de metal que luego endereza otra vez para ver cómo queda.

    Hoy salí temprano al monte. El sol es blanco, el día es tranquilo; estoy en el bosque de la bruja y encuentro en la hierba una vaina cónica de eucalipto. La aprieto con las yemas de los dedos. Es blanda y la llevo a la nariz. El aroma es verde, el bosque es verde. Son las diez de la mañana. Quien la haya conocido, recordará que la casa de la bruja está ahí delante, sepultada entre las zarzas, aunque sólo quedan sus cimientos. Me acerco y me meto con cuidado entre los espinos y llego hasta el cerezo que crece en medio. Me muevo con lentitud porque no quiero pincharme, pero logro alcanzar nueve cerezas rojas y brillantes. También me las guardo en el bolsillo. De reojo veo saltar una mancha amarilla de una rama a otra. El abuelo dice que desde hace cuarenta años nadie ha visto por aquí una oropéndola. Pero el otro día yo vi volar por el monte un pájaro amarillo. Debe de ser este mismo.

    Los rayos del sol, brillantes y afilados como espadas, caen entre los árboles. Me abro paso a través de ellas y salto al camino. Por aquí han cortado los eucaliptos y esta zona ahora es muy luminosa. Me encuentro ante una bonita panorámica de la ría y me siento en una piedra. Al fondo, más allá de Redondela, contemplo una montaña difuminada de gris, atrás de todo. Si ha llovido, entrecerrando los ojos pueden vislumbrarse, como ahora mismo, los molinos de viento de la cima.

    Llego al cruce de Gondesende. El sol blanco de la mañana me deslumbra. Uno de los caballos de los gitanos anda suelto y se acerca. Es castaño, pero su melena rubia le cae por los ojos. Lo dejo que venga, le soplo la cabellera y le acaricio la nariz. Se llama Chico. Le pregunto qué tal está. Me dice, subiendo y bajando la cabeza, que está bien. Yo le doy unas palmaditas en el lomo. Chico siempre anda suelto por ahí; hace como yo. Por las noches cuando estoy en cama leyendo algún tebeo de ciencia ficción, oigo sus cascos detenerse delante de mi ventana; la abro y le pregunto a Chico qué tal está. Me dice que bien. Acerco la mano, le acaricio la nariz y susurrando le pregunto si tiene frío. Me dice que no. Le froto la testuz; le digo que se vaya a dormir, que yo voy a seguir leyendo, y él parte hacia el monte resoplando. Entonces, la luna se le sube poco a poco a Chico a la grupa y los dos avanzan entre los árboles dejando un rastro azul.

    Le muestro a Chico una de las cerezas que acabo de recoger en el bosque de la bruja. Mira, es más grande que un huevo de paloma, mucho más, le digo. Chico resopla en mi mano y estira los labios hacia la cereza, pero la deja. Mientras seguimos caminando le enseño también la vaina de eucalipto y Chico bufa. Se la doy a oler en mi mano y él aparta la nariz. Dos golondrinas zigzaguean a toda velocidad por encima de nuestras cabezas. Un gorrión pita en lo alto del poste del teléfono mirando hacia todas partes, a punto de saltar. Le digo a Chico que me espere, y yo entro en casa por la ventana.

    Con la uña del pulgar le hago una pequeña incisión y dejo la vaina de eucalipto encima de la mesa de la cocina. Por toda la casa se expande un fresco aroma a verde que a mamá le gusta mucho. Fuera, Chico piafa golpeando el suelo con cada mano sólo una vez. Es una señal para indicarme que mamá se acerca. Entro en mi habitación y meto dos cerezas en el fondo de un cajón de la mesilla de noche. Las otras siete cerezas las guardo en un bolsillo.

    –¿Adónde vas? –me pregunta mamá al sorprenderme saliendo por la ventana. (Si sales de casa por la puerta, todo el mundo te da los buenos días. Pero si sales por la ventana, te preguntan adónde vas).

    –A ninguna parte –le digo.

    –Pues acércate a la panadería de Tita y que te dé una barra de pan, que ya se la pagaré yo.

    –Tita a mí no me conoce. Dame dinero.

    –Te conoce, te conoce. Y no salgas a la carretera montando a Chico, déjalo en paz.

    –Es él, que le gusta ir al trote por el arcén y yo no voy a ir corriendo detrás para que la gente se ría de mí.

    –Y no vengas tarde.

    Chico y yo nos vamos. Mamá nos observa, cruzada de brazos. Le digo a Chico en voz baja: por la verde colina la luna llena camina.

    Chico resopla suavemente a mi lado y me da una cabezadita en el hombro. Con el pensamiento me dice:

    –Tú eres mi amigo.

    –Tú también –le digo yo.

    –Coge el pan y no te entretengas, ¿me oyes? –dice mi mamá a nuestras espaldas- Aléjate de la ciudad en seguida.

  25. carlos dice:

    GAJES DEL OFICIO

    Había una tormenta con aparato eléctrico sobre Vigo. Estábamos en el cuarto de las escobas una hormiga y yo cuando cayó un rayo y todo el edificio pareció estallar. A continuación oímos que en la calle empezaba a diluviar con rabia. En el último año sólo habían caído cuatro gotas y el pantano de Eiras ya se veía desnudo y cuarteado, por eso pensé que aquella agua nos vendría muy bien a todos. Un segundo rayo parpadeó por todo el apartamento y yo abrí la boca y me tapé las orejas con las manos. Gracias a eso el descomunal estallido que casi revienta todo el edifico no me reventó a mí los tímpanos.

    –Este cayó más cerca que el anterior, hormiguita -le dije al insecto para asustarlo más de lo que ya estaba. Di un largo trago de cerveza y estrujé con mi mano la lata antes de dejarla caer en la papelera-. Ah…, es el fin del mundo. Tenemos que amarnos los unos a los otros; amarnos como hermanos, se supone.

    Me dirigí a la cocina en busca de otra lata. A través de la noche pude ver las cortinas de agua cayendo en ondulantes ráfagas sobre las farolas de la calle. Abrí la nevera y cogí una cerveza. De regreso al cuarto de las escobas acerqué la oreja a la puerta del dormitorio y oí la profunda respiración de Pepa.

    –Pronto será Navidad y no he logrado escribir ni la primera frase -le dije a la hormiga sentándome a la mesa. Agarré el bolígrafo y ella se acercó a mi mano-. Escucha, bonita: hace más de dos meses me tocaron ocho mil y pico euros en la lotería, y después de pagarle mil setecientos a la hacienda pública, con los seis mil que me quedaban decidí realizar el sueño de mi vida: retirarme por una temporada a escribir esa gran novela que todos traemos debajo del brazo al nacer. Sí, tal como lo oyes. Yo anhelaba escribir una gran historia de amor, por supuesto. Me imaginaba huyendo con Pepa por las empinadas calles de esta ciudad, divinamente enamorados a la luz de la luna, perseguidos por una jauría de envidiosos que nos pisaba los talones. Me compré dos paquetes de quinientos folios y una docena de bolígrafos, cerré puertas y ventanas, despejé de cachivaches esta carcomida mesita de castaño y proclamé:

    –Estoy a punto de pisar un territorio de proporciones colosales –abro la lata, la acerco a los labios y doy un trago-. Ah…, y aquí me tienes ahora, jajaja, borracho perdido en medio de este temporal, hablando con una hormiga… Perdóname hermana, no me interpretas mal. Tú me haces buena compañía.

    La bombilla del cuarto de las escobas parpadea. La hormiga corre asustada a ocultarse en el cubilete de los lápices. Cae otro relámpago, pero el estallido nos llega esta vez desde afuera.

    –Los hermanos Grimm escondían un duende en el reloj de pared de su casa y por las noches lo soltaban -le digo a la hormiga-. Entonces, el duende entraba en el despacho y se ponía a escribir con pluma de pavo, manteniendo abiertas las ventanas de sus narices. Por la mañana los Grimm le daban un tazón de leche bien caliente y media docena de avellanas y volvían a encerrarlo en la caja del reloj. Después, a cuatro manos, ordenaban los papeles que a lo largo de la noche el duende había escrito con tumultuosas faltas de ortografía, las corregían partiéndose de risa y a otra cosa mariposa –doy un trago-. Ah…, pero tú, bella ingrata, te niegas a adivinar de qué te estoy hablando.

    Observo que la hormiga recorre el borde del cubilete y termina encaramándose a la goma rosa de un lápiz. Desde su mirador parece saludarme triunfante, moviendo antenas y manos. Enciendo un marlboro, doy una calada tranquila y suelto un rosco en aquella dirección. El humo flota en torno al lápiz y la hormiga se pone de puntillas. El rosco se expande y la atrapa mientras ella empieza a toser. Yo sonrío.

    –Una idea, presumida, no te pido más –la señalo con el pitillo-. Empapas tus patitas en una gota de tinta y te paseas por los folios en blanco que yo desparramo por la mesa antes de irme a dormir. Ni siquiera tienes que ocuparte de la prosa. Tú me perfilas los personajes y la trama y yo hago el resto.

    Estoy desesperado, amiga mía. Te necesito, porfa.

    –Toc, toc, toc –Pepa llama a la puerta del cuarto de las escobas.

    –¿Qué?

    –¿Con quién estás hablando?

    –Con nadie.

    –¿Estás fumado?

    –Bah. ¿Sales hoy?

    –Ha caído un rayo en el bosque.

    –(Chiiis. Es Pepa, hormiguita. Es un poco brujita. Se despierta a medianoche para salir por la ventana montando su escoba. Cuando no sale, se da una vuelta por la casa y de paso me espía). Chis, pequeña… Nunca he visto un gnomo, te lo aseguro. No sé ni la pinta que tienen, pero los gnomos ayudan a los artistas sin musa, ¿me comprendes? Trasnos, hadas, lechuzas, arbustos, fuentes, gatos… Un pirata con guantes verdes tramó de pe a pa La isla del tesoro, en una taberna de Dover. Oh preciosa, pero si el mismo Cervantes reconoció que el Quijote lo había escrito un árabe invisible llamado Cide Hamete Benengeli… No sé ni porqué hablo contigo de tantas cosas buenas.

    Me recuesto en la silla. Doy un trago. Soplo sobre la castigadora y ella ancla sus patitas en la mesita para no salir volando, y las antenas se le doblan hacia atrás.

    –El pelo así te queda tan bien… Échame una mano, orgullosa. ¿Quieres que me arrodille? Ya sé, ya sé que debí habérmelo pensado antes. Todo el mundo me lo decía: no dejes el chollo, mira que ocho mil euros no son nada. El dinero vuela. Escribe durante los fines de semana, no seas loco… –le doy una suave calada al marlboro y lanzo una bocanada hacia la pared de cal que tengo delante: la pared ondula y se traga el humo-. Pues mira que no era yo feliz moviéndome en zigzag por el barrio en la motocicleta de reparto de la pizzería… ¿Sabes que Muiños casi me descoyunta este brazo al estrecharme la mano en aquella memorable despedida ante la fachada del local? Me regaló una pizza recién horneada y una coca-cola para llevar, y me deseó suerte con la gramática. Así me lo dijo: chaval, a mí me pareces una buena persona y si quieres escribir, escribe, que yo te deseo toda la suerte del mundo con la gramática. Estas palabras tan extrañas, oh mi dueña, las soltó Muiños con su atronadora franqueza y cayeron muy bien entre la concurrencia, que las aplaudió. Recuerdo que de todas las empleadas presentes fue Pepa la única a la que no se le humedecieron los ojos. ¿Sabes lo que hizo ella? Cruzó la calle y se compró en el todo a cien de la esquina el pijama amarillo estampado con cocodrilos verdes que lucía el maniquí del escaparate. ¿Cómo olvidarlo? Aquella noche al acostarse, Pepa llevaba puesto aquel pijama y cuando mi mano se acercó revoloteando en la oscuridad supongo que, sin querer, le metí a un cocodrilo un dedo en un ojo porque recibí un fuerte coletazo en las piernas. Pero tú me adoras, ¿verdad, pija mía?

    La hormiga descendió del cubilete para circunvalar la mesa. Las luces de la calle volvían a encenderse lentamente. Oímos un trueno remoto. El diluvio hacía rato que se había transformado en un pequeño chaparrón que ya estaba cesando. Lástima.

    –Qué buena, la lluvia para los campos. ¿No tienes sed? –me llevo la lata a la boca y doy un trago-. Ah… ¿Sabías que una cautiva encerrada en una torre de sangre escribió las tres obras más irrefutables de Borges? No perdamos tiempo, abusadora. Por más que lo intento no encuentro ese párrafo simple y claro para comenzar la novela de mi vida. Apiádate de mí, flaca; dame un empujoncito, anda… Créeme que a veces, cuando más desesperado estoy, me pregunto: en realidad, ¿una novela para qué? ¿No sería más apropiado cruzar a nado el Miño hasta Portugal para comprarme allí una pistola de incógnito y unos sacos terreros con los cinco mil que me quedan? De este modo yo podría cortar las calles del barrio fácilmente y quemar un autobús aprovechando ahora que los días son más cortos. Quiero que Pepa se fije en mí de verdad –un mosquito pasa volando por el cuarto de las escobas y le lanzo un puñetazo. Le sacudo de refilón a la botella de lejía del estante y se cae al suelo. La recojo y la vuelvo al sitio-. Nada me detiene. Estoy convencido de que los signos de estos tiempos son pelear a la contra, oh muñeca.

    La hormiga, esta vez, además de oírme parece incluso comprenderme. Se acerca a la mano que empuña el bolígrafo y me observa con simpatía. De repente y sin venir a cuento, animado por su gesto, yo me pregunto:

    –Si quisiera conversar con este insecto, ¿qué debería hacer? No me refiero a mantener una conversación trivial –aplasto la lata y la dejo caer en la papelera; doy una calada y aplasto el marlboro en la concha de vieira de encima de la mesa- ¿Y si la emborracho? Porque emborrachar a una hormiga tampoco tiene que ser tan difícil. Unas migas de bizcocho esparcidas, unas gotas de jerez y ya está.

    Abandono el cuarto de las escobas y entro en la cocina. Allí, de pie, abro una lata y enciendo un pitillo. Le tiro un rosco al fluorescente, que parpadea, salgo y empujo la puerta de la habitación. Pepa duerme profundamente y le aparto la manta de la oreja con suavidad. Lleva puesto el pijama amarillo con espantosos cocodrilos verdes. Procurando no meterle a uno el dedo entre las fauces, presiono el hombro de Pepa y le susurro al oído:

    –Pepa, Pepa, ¿tenemos bizcocho?

    –Hummm…

    –Pepa, ¿tenemos bizcocho?

    –Humm…, con el jerez.

    –¿Y dónde está el jerez?

    –Hum…, en la alacena.

    –¿Me quieres?

    –Hummm… -Y Pepa se dio la vuelta.

    En el cuarto de las escobas salpico un poco de jerez en una esquina de la mesa y reparto unas migas de bizcocho por encima. Desarmo el bolígrafo, corto con el cúter la carga de plástico, la aprieto con dos dedos y deposito unas gotas de tinta al lado de las migas borrachas. A continuación cubro el resto de la mesa con folios en blanco. La hormiga se mete entre las migas y las toquetea. De repente se me ocurre una idea un poco descabellada, pero maravillosa. Enciendo el ordenador portátil y escribo en el Google:

    “Cómo hablarle a una hormiga y que ella te entienda.”

    Ja. Di un trago. Aquello tenía su lógica. Apreté la tecla del enter y aparecieron montones de páginas web. Lo sabía, lo sabía. Abrí una página al azar: “Comunicarse con una hormiga es muy fácil, de verdad que es muy fácil. Si la casa se te llena de hormigas no hace falta que las intoxiques con ZZ ni que las aplastes con el pulgar. Les hablas mentalmente y las convences con calma para que ellas mismas se marchen, y ya no vuelven más”.

    Me rasqué el cogote; presioné la lata fría de cerveza en una sien.

    “En serio, comunicarse con una hormiga es más fácil que comunicarse con un ser humano normal y corriente. Si sabes lo que quieres decirle, vas, se lo dices, y a otra cosa mariposa. Le hablas suavito y ella empieza a moverse hacia donde la empujan tus deseos. Pero se supone que dispones de un tema de conversación coherente para hablar con una hormiga, porque si no es así te será imposible establecer comunicación…”

    –Dispongo de un tema de conversación coherente para hablar con una hormiga y con cualquiera que se me ponga delante –di una calada, di un trago. La hormiga estaba echando un baile encima de la más grande de las migas borrachas.
    ….

    Pasadas las ocho de la mañana desperté con una mejilla apoyada en la mesa cubierta de folios. El portátil se había puesto en modo suspensión y lo apagué. Pepa andaba por casa. Oí el agua de la ducha; oí a Pepa en la habitación abriendo y cerrando el armario. Oí recogerse la persiana. El perfume de Pepa flotaba por el apartamento. La puerta de la calle se abrió. Oí un pequeño trastazo; los pasos de Pepa se alejan taconeando por el corredor. Todo vuelve a quedarse en silencio. Me levanté de la mesa, vacié en una bolsa las colillas de la vieira y las latas de la papelera y pasé la aspiradora por la pequeña leonera pensando que nada se había conseguido tampoco aquella noche, nada absolutamente. El sol se desparramaba oblicuo desde la ventana de la cocina. Yo recordé que había intentado comunicarme con una hormiga, pero infructuosamente.

    Está claro que no puedes contar con nadie en este puto negocio, me dije bajando la persiana antes de acostarme. Tumbado panza arriba en la cama yo me preguntaba cuánto viviría una hormiga. Calculé un año por cada patita y por cada antena; luego dos años, tres… Empecé a soñar. Yo zigzagueaba por el barrio repartiendo pizzas en la motocicleta. Pepa venía detrás, de paquete; su abrazo me daba calorcito, sus tetas palpitaban en mi espalda. Sonreíamos felices. La noche había sido absurda, mágica y demasiado corta.

    Y entonces fue cuando se me presentó el independentista catalán.

    Era una sombra pálida, desnuda de torso, hombros estrechos y peludos, nariz chata o aguileña según el perfil, y rostro acartonado. Gruesa gafa de carey oscuro. Se hallaba de pie, algo encorvado en el cuarto de las escobas. Después de darme un buen susto, también me dio las buenas noches. No llevaba zapatos; sólo vestía un estrecho pantalón blanco deshilachado, con lamparones de colores rayados a bolígrafo. Me ordenó que retirase el portátil; yo lo coloqué en el estante al lado del bote de lejía y pasé un paño por la mesita, con cuidado, para no cargarme a la hormiga que estaría circulando a su antojo. El independentista se sentó a la mesa y palpó un rimero de quinientos folios aún sin estrenar y le sajó el celofán con un dedo de uña larga; tomó un bolígrafo del cubilete y se puso a escribir como si supiera muy bien lo que se traía entre manos. Salí a la cocina y regresé con cuatro nueces que le dejé al lado. El tipo escribiendo parecía arreglárselas: ya llevaba folio y medio.

    –¿Es usted independentista-supremacista? -le pregunté.

    No me respondió.

    –Pero, oiga, ¿a qué viene esa rebelión de los guapos que ustedes se montaron? ¿Va en serio la cosa, o es una cortina de humo en busca de la pela?

    –En Cataluña los independentistas somos supremacistas, pero no somos todos guapos.

    –Ya lo supongo. Habrá feos, como en todas partes. ¿Y qué se propone hacer usted con ese bolígrafo?

    –Vengo a echarle una mano. Sus súplicas han sido oídas y atendidas, y durante toda esta noche me dedicaré a escribir para usted. Soy como el duende robacalcetines de los hermanos Grimm, no sé si conoce usted la anécdota.

    –Sí, la conozco. Duende robacalcetines…, qué nombre tan cojonudo. ¿Es usted soltero o casado, señor supremacista-independentista? ¿Lleva a sus hijitos a las huelgas para cortar el tráfico?

    Por primera vez el tipo levantó la cabeza del folio y dejó de escribir para confesarse conmigo:

    –Acabo de llegar a este mundo de la fantasía y soy un novato entre los seres raros e invisibles. Es usted mi primer cliente, como quien dice. No sé cómo saldré de este mi primer trabajo, así que no puedo andarme con tonterías. Yo no soy un independentista de los de antes, digamos; yo soy un independentista de los de ahora, ¿me comprende? Sólo le pido un poco de paciencia, señor escritor.

    –¿Y de qué temas escribe usted?

    –Pues ya se lo puede imaginar -agachó la cabeza sobre el papel y volvió a lo suyo mientras hablaba-. Esto se va a titular: La hoja de ruta.

    –Hummm…, Bien, pues yo me retiro y no le entretengo más.

    — Sí, gracias, puede retirarse -me dijo sin levantar el bolígrafo del papel y abriendo las ventanas de las narices. Le di una seña con mi dedo índice a la hormiga para que no molestase al señor y salimos ella y yo juntos del cuarto de las escobas. Yo me metí en mi cama y la hormiga se metió en la suya, supongo.

    –Y sea usted indulgente con este novato, por favor -me chilló el otro desde el cuarto de las escobas.

    –No se preocupe. Escriba relajado -le chillé apagando la luz del dormitorio.
    .

    Pues bien, por la tarde al despertarme lo primero que hago es ir al cuarto de las escobas y allí seguía él; estaba de pie, algo encorvado. “Le aguardaba a usted”, me dice. Alarga sus brazos hacia mí sosteniendo quinientos folios con ambas manos y me los entrega con lágrimas en los ojos. Observé de reojo que las nueces habían desaparecido con sus correspondientes cáscaras de encima de la mesa, y cuando voy a preguntarle si quiere un tazón de leche bien caliente, resulta que el visitante ya no estaba allí. Palpé los quinientos folios, manuscritos por ambas caras con letra infantil, deslavazada, torcida. En mis manos tenía mil páginas escritas. ¡Mil páginas! Yo ya me veía en una librería de moda adorado por miles de fans, con monóculo, firmando aquel best seller monumenal, aquella opera prima conmovedora. Así que me senté a la mesita, cerré la puerta del cuarto de las escobas tirando del cordel y me puse a leer con calma y prestando muchísima atención. De la primera página de letra menuda, inconexa, infantil, pasé a la segunda página, luego a la tercera, a la cuarta…, pero no llegué mucho más lejos, porque empecé a hojear los folios adelante y atrás.

    –¿Pero cuál es el mensaje encerrado en este trasunto? ¿Qué es toda esta milonga? -refunfuñé mirando hacia los lados y por debajo de la mesa. La hoja de ruta anunciaba catástrofes y escabechinas a tutiplén, y por más que leía y leía, yo veía que allí no pasaba nada. Contaba la historia de unos sujetos bien puestos y alimentados que roban un tranvía durante un fin de semana de borrachera, lo empujan cuesta abajo y se suben en marcha partiéndose de risa. El propósito que persiguen al ejecutar aquella fechoría es confuso. ¿Se trata de llamar la atención para que vengan los periodistas a filmar? ¿O se trata simplemente de las acciones de fin de semana de unos ociosos embaucadores? Nada está del todo claro, pero el tranvía se embala, sisea como un condenado y en la próxima curva descarrilará si nadie lo remedia. Los tipos, que acaban de darse cuenta de que las cosas están llegando lejos y no se han traído el bocadillo, se miran soltando risitas nerviosas y apretadas. El que parece el jefe da un salto agarra el freno de mano, tira con decisión y arranca la palanca del sitio. No ha funcionado. El tranvía sigue acelerándose y nadie viene al rescate. Están solos, definitivamente solos. Todos empiezan a aullar con pánico. Uno salta en marcha en el último momento y logra salvar el pellejo dándose un porrazo. El jefe de la pandilla huye a bandazos hacia la parte de atrás del tranvía y se esconde debajo de un asiento. Sus compañeros de ruta se agachan, se apretujan, se abrazan, y, a propuesta de uno de ellos, rezan. Padre nuestro, que estás en los cielos…, y así durante mil páginas manuscritas con letra pringosa e inconexa-. ¿Pero qué purrela es esta? -refunfuñé. Agarré todo el mazo de folios y lo tiré en una bolsa; le eché encima las colillas y las latas de cerveza y me puse a gritar- ¿Pero qué es esto? ¡Cómo coño se ha metido este chiflado en mi casa, vamos a ver!

    Claro, ingenuamente yo me esperaba un relato a la altura del duende de los Grimm, del árabe invisible, la cautiva en su torre de sangre, el pirata de los guantes verdes en la taberna de Dover…, y lo único cierto era que después de aquellos tres meses yo no había armado ni la primera frase de mi suplicada novela.

    –Quinientos folios al carajo –me dije levantándome de la mesa y dándole una patada al recogedor- ¡Y no fueron baratos! Es el colmo -¡Ringggg…, Rinnnng…!-. Un momento, a ver quién llama. Es Pepa.

    –Dime.

    –¿Estás despierto?

    –Sí.

    –No te hagas el gracioso. Tú sabes a qué me refiero. ¿Qué día es hoy, lo sabes?

    –Viernes.

    –Es sábado. Dentro de dos semanas es Navidad. Bueno, la gente ya sabes cómo se mueve por estas fechas y aquí no damos abasto. Oye, Muiños acaba de murmurar que podrías venir hoy a echarnos una mano en la cocina, ¿qué le digo?

    –Sí, sí, sí, dile que sí. ¿A qué hora…?

    –… ¿Ocurre algo?

    –No. ¿Por qué?

    –¿Qué tal va la novela?

    –Bien.

    –Me alegro. ¿Ya tienes personajes?

    –No, sí…, no lo sé; estoy un poco mosqueado, Pepa. Todas estas semanas peleando y total para nada… Ocurren cosas muy raras, ya te contaré. Oye, ¿tú sabes que hay un duende que se llama Robacalcetines?

    –Es un trasno.

    –Un trasno. Pues no sé, Pepa…, a lo mejor dejo todo esto y me dedico a otra cosa, ¿a ti qué te parece?

    –¿Lo dejas? Cariño, si tomas esa decisión yo estoy contigo, tú lo sabes… Yo creo en ti, cari.

    –Ya lo sé.

    –La gente me pregunta por ti y Muiños dijo que se alegraría de verte. Entonces, vienes esta noche, ¿no? Dentro de una hora. No vengas andando que va a llover. Coge el autobús y tráete el paraguas, ¿de acuerdo, cari? Te espero, ¿vale? Hablamos. Un besito.

    –Pepa, hacía tanto tiempo que no me mandabas un besito…

    –¡Tonto!

    Tonto. Menudo piropo. Ya me encuentro mucho mejor. Me meto cantando debajo de la ducha y salgo a la calle silbando, con la voluminosa bolsa de basura a la espalda, como si fuese el hombre del saco. El hombre del saco camina a zancadas palmeando con mano recia los naranjos que el ayuntamiento acaba de plantar por la acera. Al llegar a los contenedores de basura, el hombre del saco larga los quinientos folios del sofista-leninista a la boca del contenedor azul, que los engulle y libera un eructo prolongado. Las colillas y las latas de cerveza las meto en el contenedor amarillo, cuyo resplandor limón me trae a la mente el pijama de los cocodrilos verdes.

    –Pepa me quiere -doy un salto y le lanzo un puñetazo a las hojas de un naranjo en flor, en pleno mes de diciembre. Son tiempos desquiciados y revueltos.

    Noto una pinga de agua en una oreja y luego otra pinga en la mejilla. Levanto la cabeza y el cielo encapotado se me viene encima. Graniza. Hago corriendo los treinta metros que me separan de la parada del autobús. Me paso las manos por la frente y echo el pelo mojado hacia atrás. Estoy sofocado. Las luces de la ciudad se encienden. Pienso en Pepa, que es lo mío. La noche promete.

  26. carlos dice:

    FRAGMENTOS DEL CUADERNO NÚM. 8

    oOo

    Los ronquidos de sus papás le sonaban a Pucho el Loco como la resaca de las olas en una playa solitaria. Cuando por las noches sus papás roncaban en la habitación, él se agarraba a los barrotes de la cuna y se ponía de pie. Así se quedaba escuchando, dormitando; después se caía de culo y empezaba a llorar.

    –Karlis, ¿te acuerdas de lo que yo te contaba cuando éramos niños? Los ronquidos de mis papás en la habitación oscura eran como la resaca de la marea un día de niebla en la playa de A Punta -me decía Pucho el Loco ayer por la tarde en el cementerio de Pereiró mientras lo trasladábamos a hombros, hasta el nicho-. Éramos niños, Karlis, tienes que acordarte.

    En el cementerio había tanta gente que sólo oíamos silenciosas pisadas detrás de nosotros. Pucho el Loco hablaba y yo asentía a todo lo que él me contaba. Y al verme cabecear de aquella manera, el hijo de Pucho el Loco, Puchito, se acercó y me susurró en la oreja:

    –Karlis, ¿te pesa mi papá? ¿Quieres que lo lleve yo?

    –No, no hace falta, Puchito -le susurré.

    Pero Puchito, que es un hombre fornido y muy tozudo, metió una áspera mano de marinero y un hombro debajo del ataúd y me apartó cariñosamente hacia un lado. Me situé detrás de la familia y dos gaviotas que cayeron de un ciprés pasaron muy cerca de mi cabeza y casi me despeinan.

    HOY AMANECIÓ nublado. Tuvimos tormenta todo el día, hasta que escampó. Ahora el sol trastea en las ventanas de arriba del edificio de enfrente. Estamos en marzo. Acabo de llegar del monte, en donde estuve acechando entre los árboles empapados. Cuando el sol empezaba a teñir de amarillo la tarde, oí que un pequeño pájaro verde de repente cantaba: YO NO QUIERO IR A CASITA, YO NO QUIERO IR A CASITA. Te comprendo perfectamente, le dije cerrando mi paraguas.

    Me dedico a recoger rayitos de sol, quintaesenciados, por los caminos y entre los castaños, y en los espejos puros de las aguas de las fuentes. También los recojo entre el musgo de los humildes muros de los campos. Los meses de febrero y marzo los rayos dorados son de una calidad extraordinaria y tiene uno que andar con rapidez para aprovechar bien la luz del día adecuado. Me acerco a un muro, o a una fuente, o me pongo de puntillas debajo de un árbol y arrastro el rayito con el cuenco de la mano hacia el interior de un envase de cristal (los de yogur son perfectos, también los de los potitos). A continuación tapo el envase con un oscuro retal de cuero y lo guardo en el maletín negro con el que me muevo, tan discretamente como puedo, por las aldeas de los alrededores. Una vez llego a casa, selecciono los rayitos de los frascos con calma y conservo entre algodones los veteados de oro. Por la mañana me voy con el maletín a la calle del Príncipe y vendo de tapadillo los rayitos a un euro veinte la unidad. Baratos. Las mujeres embarazadas se acercan y me los piden para bañar con ellos la cuna. De este modo los bebés duermen a pierna suelta y descansan mucho mejor.

    Pero fue Pucho el Loco quien ya hace años puso en mi conocimiento todo este saber, que yo fui puliendo en sus detalles.

    Recuerdo que estábamos pescando al curricán en su chalana, al atardecer. Nos acompañaba el sol, grande en el horizonte y del color de la yema del huevo. Entonces Pucho el Loco, mientras yo empataba dos líneas chapuceramente, me dijo, sin dejar de observarme:

    –Karlis, conozco un oficio que a ti te vendría de maravilla, y no te estoy diciendo que te vaya a resultar fácil.

    –Soy todo oídos, Pucho -le dije.

    –Se trata de algo que no sé si se habrá puesto en práctica alguna vez. Algo relacionado con lo mío…, con aquellos ronquidos de mis papás…

    Recuerdo que Pucho el Loco me hablaba ensoñadoramente, sentado a la popa de la embarcación. Sabíamos que el sol nos escuchaba. Pucho lo señalaba con el índice y seguía hablando. En cuanto el sol se marchó, recogimos el arte y pusimos proa a tierra. Pucho no dejaba de hablar.

    oOo

  27. carlos dice:

    LA CABAÑA

    El muchacho oyó que los mayores habían construido una cabaña en un árbol y bajó por los campos a echar un vistazo. La encontró al final de la pendiente, encima de un carballo que se inclinaba sobre la ría, y la observó perplejo: la cabaña parecía un gran nido de águilas.

    El muchacho también oyó que los mayores se tiraban de cabeza al mar desde la cabaña, y esa era una de las razones por las que él bajó a verla. Pero era sábado por la tarde y allí no había nadie.

    Al árbol no se podía subir pues habían rodeado su tronco con alambre de espino de los gallineros para que nadie lograse llegar arriba. La cabaña tenía un ventanuco que daba a los campos para vigilar a los que bajaban por el camino. El muchacho vio que en el piso de la cabaña se abría una trampilla por la que descendía una cuerda que colgaba sobre el agua, lejos de la orilla. Él asentó un pie con cuidado en el borde del campo y extendió un brazo, pero necesitaría un brazo cuatro o cinco veces más largo para alcanzar desde allí la soga. Por un momento, el muchacho pensó que podría desnudarse y tirarse al agua y nadar al estilo perro, aunque logró caer en la cuenta de que el cabo colgaba demasiado alto y no lo alcanzaría por mucho que chapotease.

    Todo el mundo hablaba, sobre todo las chicas, de que los mayores bajaban corriendo por la pendiente y de un salto se agarraban a la cuerda y después subían a pulso y entraban a la cabaña por la trampilla. No era fácil. Los mayores –el muchacho lo sabía muy bien- siempre te ponían las cosas muy complicadas. No querían que se les metiese en la cabaña ningún intruso.

    La última vez que había estado con ellos fue en el cañaveral. Acababan de hacer una pipa con dos cañas, una gorda y otra más fina para la boquilla, y fumaban la barbela de una mazorca de maíz cogida en el campo de al lado. Los mayores se pasaban la pipa diciendo, muy chulitos: “El hombre que sabe fumar echa el humo después de hablar”, y empezaban a toser. Pero a él ni siquiera le dejaron dar una jamada cuando la pidió. Le dijeron: “Tú no puede fumar porque eres de la banda de los pequeños”, y se rieron entre dientes y siguieron hablando como si el muchacho no existiera. Decían que en el año 2000 todas las mujeres se iban a poner cachondas y que los coches volarían entre los rascacielos de cristal. En el año 2000 ya no iba a haber más guerras; ya nadie iba a pasar más hambre porque te daban una pastilla todos los días y con eso ya comías. El muchacho les preguntó si en el año dos mil cualquier niño se podía cambiar para una familia donde hacen caricias. Los mayores se echaron a reír, y le explicaron que sí, que en el año 2000 cualquiera podría cambiarse de familia. El muchacho quiso saber cómo había que hacer. Le dijeron que sólo tenía que llamar a la puerta de la familia que más le interesara. Así de fácil. Le abrían la puerta y él ya entraba. “El hombre que sabe fumar echar el humo después de hablar”, decían ellos pasándose la pipa.

    La tarde era muy tranquila y templada. La ría estaba como un plato. La cabaña era increíble. Al muchacho le gustaba mucho. La habían construido entrecruzando estacas que le salían por las esquinas.

    Le extrañó que los mayores no estuviesen allí tirándose de cabeza al agua y subiendo después a pulso por el cabo. Le gustaría ver cómo lo hacían ellos para saber cómo había que hacerlo. El muchacho levantó la cabeza, se puso las manos alrededor de la boca y rebuznó. Esperó respuesta, pero ningún ruido le llegó desde dentro de la cabaña, ni se asomó nadie al ventanuco. Rebuscó una piedra entre la alta hierba del campo y encontró una bastante buena de cuarzo, casi cúbica. Le sacudió la tierra castaña que tenía pegada y la lanzó. La piedra entró limpiamente por el ventanuco y dentro se oyeron unos golpetazos de madera astillándose. El muchacho se escondió gateando entre la hierba. Esperó aguzando el oído, pero no oyó ningún me cago en dios. Levantó un poco la cabeza y no vio ninguna jeta asomando por el ventanuco. Los mayores no habían venido.

    El muchacho se sentó en la hierba y contempló la ría. El mar estaba como un plato. La suave tarde del otoño era tranquila. Un grillo borboteó dos veces, y se calló.

    El tren rompió aquel gran silencio, con estrépito, y le silbó al muchacho. Pasaba por los campos de arriba, traqueteando a sus espaldas. Por lo mucho que traqueteaba él pensó que sería un mercancías. Giró la cabeza y lo saludó agitando una mano. El mercancías le silbó y siguió traqueteando en dirección a la ciudad. Al muchacho le gustaba mucho andar por la vía del tren, a lo largo del camino de ceniza. Lo hacía con frecuencia pues siempre se encontraba uno con un trozo de plomo, o con un destornillador oxidado, o un cobre grueso como un alambre… Nunca salía uno de la vía del tren con los bolsillos vacíos.

    El muchacho contempló la ría en silencio. La cuerda estaba demasiado lejos de la orilla. Él, aunque fuese capaz de correr campo abajo con rapidez y pudiese saltar sin ningún dolor, no conseguiría alcanzarla. Su mirada se enredó en la cabaña. Le gustaba. Parecía un gran nido de águilas. El muchacho pensaba que allí dentro se tenía que dormir bien por la noche.

  28. carlos dice:

    FRAGMENTOS…

    oOo

    UNA RUBIA con chaqueta blanca y blusa blanca se acerca calzándose los guantes. Aguardo tumbado. Me levanta un párpado con un pulgar y mira dentro. “Soy Lázaro”, le digo soltando un pensamiento. Ella aparta la mano. Noto que su cuerpo se tensa. Abre mi boca con cuidado y pasa sus dedos por mi paladar. Me palpa la lengua. A continuación me desabotona la camisa, acerca una oreja a mi pecho y escucha con atención. “¿Oyes el espíritu?”, le pregunto. Se queda rígida otra vez. Me tapa la cara con la sábana y echa a andar procurando no hacer ruido al pisar las baldosas. Yo le digo con rapidez: “quiero salir, quiero salir”. Ella mira las cuatro esquinas del suelo, la pileta y el grifo, el armario de aluminio entreabierto, mira el fluorescente del techo y la claraboya de cristal granulado en lo alto de la pared. Echa un furtivo vistazo a la mesa de mármol. Al fin, sus ojos claros se detienen en el bulto de mi cabeza debajo de la sábana.

    “¡¡SÁCAME DE AQUÍ…!!”

    Y la rubia dio un respingo y salió corriendo, pero resbaló y se espatarró contra la puerta de metal y casi se mata, jajaja. Nunca pensé que esto iba a ser tan divertido.

    oOo

    CONOZCO LOS RINCONES viejos de esta vieja aldea, conozco los aires y las luces de este rincón de occidente, los ojos asustados, las negras sombras. Cruzo regatos de plata apoyado en mi palo de fresno, me deslizo entre peñascos suaves y ásperos, escucho el crujido de los troncos de los árboles, contemplo el mar que azulea los ojos que lo miran. Soy el transeúnte que camina entre tapias y callejas. Estoy en paz.

    De modo que si la marea acompaña me acerco a la playa. Me descalzo y dejo los zapatos encima de una roca oculta por algas y mejillones. Me pongo a marisquear por el playal con los pantalones remangados hasta las rodillas y anudo los picos de la camisa para que no se moje al agacharme. Recojo con calma algunos berberechos y una docenita de almejas de caste, sí señor. Y algún que otro camaroncito se viene a mis manos casi sin querer. Una nécora que mis ojos miopes confunden con una piedra viva, huye entre mis pies desnudos atravesando el agua que ondula. Soy feliz.

    Pues con mi vara de fresno y mi bolsita recorro lentamente el playal. En la tierra recién emergida tres pescadores han clavado sus cañas lanzadas hacia la punta del muelle de Timoeiras. Les doy los buenos días y les dejo caer si no tendrán un pitillito. Luego les pregunto qué tal se ha dado la mañana y me dejan ver su pesca: unas robalizas de gruesos labios. Los tres echan un ojo a mi bolsita. Les digo que es muy modesta, pero que con un arrocito regado con cerveza al chup chup para mí ya no quiero más. Los tres sonríen, asienten con la cabeza y mientras hablamos pasa aleteando una pareja de cormoranes a ras de agua.

    Miro el reloj. Ya es la una y media de la tarde. Me despido. Mansamente vuelvo sobre mis pasos. Voy y vuelvo por el playal y meto en la bolsita unos cuantos berberechos que habían quedado atrás. La marea está a punto de subir, lo sé. El sol me hace guiños en las pozas del arenal. La limpia pisada de un elefante empieza a encharcarse de hilos de agua que culebrean.

    Con lentitud deliberada, los zapatos en una mano, subo por la playa hacia la fuente de la parte de arriba del camino agradeciendo al cielo que me haya mostrado el gran secreto de la vida simple. Me doy la vuelta y contemplo. Veo que los tres pescadores me saludan agitando sus manos. Levanto la vara de fresno, les sonrío y prosigo mi marcha de transeúnte.

    –Pues yo le doy gracias a Dios, tu amo, porque no me haya permitido vivir en tierras de menos abundancia –le digo a la sombra que desde hace dos días anda conmigo.

    oOo

  29. carlos dice:

    TANTAS MUERTES, ¿PARA QUÉ?

    –Ya nadie pregunta por la Ciudad Imperfecta. ¿Vas andando? Dicen que fue un espejismo, una moda. Lo que sí puedo asegurarte es que ésta no es.

    La camarera no dejaba de mirarme mientras cortaba el croissant. Supuse que querría quedarse con mi cara. Puso el platito a mi lado en el mostrador y añadió, sonriendo:

    –Yo la busqué durante algún tiempo, y aquí estoy.

    A través del ventanal, más allá de la explanada, las colinas verdes y azules se extendían hasta el infinito. La camarera se dirigió hacia un extremo de la barra y encendió el aparato de radio. Recuerdo que era uno de aquellos modelos Vanguard que hoy parecen tan retro. Oímos la cháchara de unos tertulianos. Ella aumentó el volumen un poco. Hablaban de la situación internacional; de la Unión Soviética. Era el tema que tocaba. La Plaza Roja. La camarera se puso a lavar los platos apretando las tetas entre sus brazos. Parecían duras como manzanas; seguramente lo eran y ella lo sabía, claro.

    –Qué energía tienes -le dije.

    –Yo es que soy así, cariño -dijo pasándole el paño a un pocillo. Y me sonrió otra vez.

    Y entonces oímos un pequeño revuelo en el Vanguard. Después, un follón; las voces se pisaban entre sí y no entendíamos nada de lo que decían. Mirábamos para el aparato como dos tontos. Hubo un repentino silencio de un segundo y una voz impersonal y potente, de aquellas antiguas voces de la radio, anunció: señoras y señores, conectamos con nuestro corresponsal en Moscú. Un chirrido. Y un tipo que no sé por qué me pareció que sería un tipo bajito, empezó a gritar desde la otra punta de Europa: “… la Unión Soviética ha caído…, la Unión Soviética ha caído…” El revuelo de voces volvió y ya no se entendía nada.

    –¿Oíste? ¿Tú acabas de oírlo? -me dijo la camarera.

    –Parvadas. ¿Cómo va a caer la Unión Soviética así, de esa manera, en directo y en medio de un programa de radio? -miré mi reloj-. ¿Qué día es hoy?

    –¿Pero tú no estás escuchando a toda esa gente?

    La radio se había convertido en un gallinero.

    –Se están quedando con nosotros. La caída de la Unión Soviética tendría que venir anunciada por alguna señal…, resplandores de bombas atómicas…, obreros enloquecidos esmagando cabezas de gordos capitalistas…, no sé -miré hacia el ventanal. Una furgoneta acababa de llegar. Una pareja de policías municipales saltó a la explanada y se puso a perseguir a un potrillo asustado-. Estos de la radio ya no saben qué inventar para quedarse con nosotros. Es como aquel programa de Orson Welles con los marcianos.

    La camarera había pegado la oreja a la radio y sacudió una mano en el aire para que me callase.

    –Así que también todo esto fue mentira…, qué bien, una cosa más -le dije-. ¿Qué te debo, entonces, por el café y el cruasán?

    –Dame noventa pesetas.

    Era un café de carretera. Los dos policías atraparon al potrillo y lo condujeron atado de una cuerda. Un tercer poli bajó y abrió la puerta del furgón y entre los tres metieron al animal. Estaba asustado y cabeceaba. Luego la furgo arrancó y se dirigió carretera arriba para devolver al potrillo a su mamá en el monte. Dejé una moneda de veinte duros en el mostrador.

    –Ahí te quedan -le dije a la camarera, que seguía con la oreja en el Vanguard. Salí a la explanada y contemplé las colinas azules y verdes.

  30. carlos dice:

    LA VIDA DESDE UN TAXI

    Los ojos tristes que aparecen en el espejo retrovisor son los del taxista. El tipo que va en la parte de atrás del taxi, ese soy yo. Dice el taxista, sin quitarme ojo:

    –La cosa está muy mal. Está tan mal que ya no me sorprende nada, últimamente.

    Y se queda en silencio. No es que a mí me importe. Para no dejarlo colgado le pregunto:

    –¿Por qué? ¿A qué se refiere con que la cosa está muy mal, últimamente? ¿Es usted un incorregible pesimista que ve la botella medio vacía?

    Él se agita y le digo que se desvíe hacia Beiramar. Me cuenta:

    –Pues… el otro día se subió un jubilado a este taxi y se sentó en la esquina donde va usted ahora. No me dio buena espina, qué quiere que le diga. Tenía cara de simpático, eso sí, de jodepoquito. Camisa planchadita, corte de pelo al cepillo, manos con buena manicura… Pues va el fulano y desde esa esquina me suelta a bocajarro que tiene a la mujer atada a una pata de la cama. Yo me quedé sin palabras; es que no sabía qué decir ante una cosa así. Me quedé pensando y no se me ocurrió nada más que decirle al viejo: me lo creo, me lo creo. Y él me dice: “Es bien mandada. No protesta ni forcejea cuando la ato por una pata, lo cual es de agradecer, ¿no le parece? Se tumba en el suelo sobre la alfombra de la habitación y espera tranquila a que yo vuelva a casa y la desate. No vea con qué fiesta me recibe cuando regreso”.

    –¿Pero era cierto lo que el fulano decía? -le pregunto al taxista- Pues qué cabrón ¿no?

    –Exacto –el taxista golpea el volante-. Eso mismo fue lo que yo pensé, y lo miré a los ojos por el retrovisor como lo estoy viendo a usted ahora. Y me dice pasándose un peine por el pelo: mira palante, que nos vamos a matar. Hay que joderse. ¿Sabe usted qué fue lo que hice? Arrimé el taxi a la acera, abrí esa puerta y agarré al fulano por el brazo y lo chimpé fuera.

    –Totalmente de acuerdo –le dije. El taxi se detiene ante un semáforo en rojo-. Yo hubiese hecho lo mismo.

    –Empezó a gritar que yo lo mataba y tuve que darle para calmarlo un par de bofetadas, suaves, porque no tenía media hostia encima. Y aparece en aquel momento una pareja del 092 con sus motos. Oiga, jefe, le dije al viejo cuando vi que los motoristas arrimaban la moto a la acera y apoyaban un pie en el bordillo; oiga, repita a los agentes lo que me acaba de decir a mí. Vamos, ¿por qué no se lo dice a ellos, eh? El tipo aparta mi brazo de un manotazo, se arregla el cuello de la camisa, se ajusta los pantalones de tergal a la barriga y le dice a los motoristas: pues sí, yo le estaba diciendo a este que tengo a la mujer atada a la pata de la cama. Y se cruza de brazos, el jodepoquito.

    –¿Pero…? Pero los polis harían algo, ¿no?

    –El más alto se apeó de la moto y se dirigió al tipo sacándose una libreta del bolsillo y tomó cumplida nota de lo que decía, y después nos fuimos a la casa del viejo. Los guardias en las motos y yo conduciendo el taxi con el viejo en la parte de atrás, ahí donde va usted. Llegamos a la casa, subimos en el ascensor, va el fulano y abre la puerta con la llave, ¿y sabe usted con qué nos encontramos?

    –No me lo diga: con la desdichada mujer atada a la pata de la cama.

    –Exacto -el semáforo cambió al verde y el taxista golpeó el volante y seguimos la marcha. Esta vez él giró la cabeza y me miró directamente a los ojos-. Tenía a la Mujer atada a la pata de la cama, ¿comprende? A la Mujer. Su perrita se llamaba Mujer y la había dejado atada a la pata de la cama para que no anduviese por el piso jodiéndole a mordiscos el sofá de cuero mientras él se iba de chiquiteo el sábado por la mañana a la de Rosita en un taxi.

    –Así que era un bromista.

    –Un jodepoquito. Los municipales empezaron a decirle que no se puede ir así por la vida, riéndose de todo dios, porque iba a encontrarse el día menos pensado con alguien que lo iba a descoyuntar de un buen hostiazo y a lo mejor con toda la razón del mundo. El viejo tenía a la perrita en brazos y le acariciaba el cuello. Parecía encantado. Bueno, pues entre unas cosas y otras voy y le pregunto a los dos polis: y a mí estas idas y venidas con el taxi, ¿quién me las paga? Porque el taxímetro abajo marca diecisiete euros y dejé el coche aparcado en doble fila y espero que no haya ningún agente que me esté multando en este momento. Era lo que me faltaba.

    –Hombre, claro -le dije yo.

    –¿Por dónde tiramos ahora?

    –Suba hacia el Barrio de las Flores.

    –El viejo me dice que la carrera él no me la paga porque yo no lo había llevado a la de Rosita, que era donde él quería ir a tomarse un clarete. Yo miro para los polis, que se miran entre ellos, y el más alto me suelta que, en realidad, ellos no eran más que dos empleados del ayuntamiento, y que temas de este tipo, sintiéndolo mucho, no eran asunto suyo. Y me dice el otro poli, el más bajo: ¿por qué no pone usted una denuncia en el juzgado? Y yo le digo: bueno, pero si yo voy al juzgado a denunciar a este señor por diecisiete euros, en menudo fregado me voy a meter. En primer lugar, tendría que pasarme media mañana buscando un sitio donde aparcar el taxi por la zona, porque si lo meto en el parking ya me dirán ustedes para qué voy a reclamar diecisiete euros en el juzgado, si luego no me llegan para pagar el ticket, arrancar el coche y largarme a casa a comer. Sin contar lo que perdí por dejar de trabajar durante toda la mañana. Lo del juzgado es un asunto complicado, según comprenderán ustedes, y yo lo que quiero es que este me pague ahora. El poli alto me dice: todo eso lo pone usted en conocimiento del juez, hombre, y todo se arreglará.

    –Siga recto. ¿Conoce esta zona? Siga recto y tuerza al final a la derecha -le dije al taxista.

    –Usted imagínese. Empieza el juicio. De repente te encuentras allí, tú solo, al lado del sujeto este del pelo de cepillo, encorvado él ante su señoría, sonándose con un pañuelo arrugado y pringoso, tosiendo, la mirada fija en el suelo, la cabeza ladeada, las manos retorciéndose una sobre la otra en busca de calor, despeinado, esquelético, mugriento, legañoso…

    –Se las saben todas -le digo al taxista-. Es ahí, donde los niños juegan en el tobogán y los columpios.

    –Estás tú pidiendo lo que en justicia te corresponde, y empiezan a molerte a preguntas: ¿ustedes dos se conocían de antes, se pelearon alguna vez?, ¿le pidió él que lo llevara a la de Rosita?, ¿y por diecisiete euros, señor, denuncia usted a este pobre anciano?, ¿a un pobre anciano que vive solo en su piso con su perrita?, ¿no le da vergüenza?, ¿es que no tiene usted corazón?, ¿pero qué clase de monstruo es usted, señor? Te hunden.

    –¡Es cierto! No había caído.

    –Yo le dije a los dos polis, delante del viejo para que me oyese bien: ¿Y total, para qué? ¿Por diecisiete euros? Que le den por el saco. Miren, yo no quiero saber nada de los diecisiete euros porque me conozco y se me va a escapar un guantazo y entonces sí que voy a tener un problema de verdad. Y mi salud es lo primero…

    –Tiene usted toda la razón… Aquí es. Dígame qué le debo.

    –Y así va el mundo, Facundo. En fin, a ver si en la próxima ocasion que nos encontremos tengo algo mejor que contarle. Prometer no puedo prometerle nada porque las cosas ya ve usted la marcha que llevan.

    –La de toda la vida. Vivimos en un mundo incorregible, desde luego. Oiga, si vuelve a ver al tipo ese y él le para, pase usted de largo.

    –De largo o por encima, ya veremos.

    –Tenga, quédese con el cambio.

    -Pues muchas gracias, hombre.

    –No hay de qué. Buenas tardes.

    –Buenas tardes.

    Salto del taxi. Los niños juegan a la pelota en la calle. La tarde es amarilla y Lupe se peina en el balcón. Tiene la cabeza ladeada y su larga cabellera de azabache flota en el vacío. Hogar dulce hogar. Le tiro un beso y me devuelve dos. Lupe se peina como las princesitas de los cuentos, yo siempre se lo digo. El taxi se aleja. Meto la mano en el bolsillo y saco las llaves de casa.

  31. carlos dice:

    SEÑORITA MUY BIEN

    En el hospital Álvaro Cunqueiro había una enfermera flacucha y pelirroja de nariz respingona a la que Mucha llamaba la señorita Muy Bien.

    –Está todo muy bien, Mucha. Así que te esperamos el próximo jueves, cariño. Te vienes dando un paseíto en el autobús y el doctor te extirpa ese bultito del cuello en un pispás –la enfermera recogió el portafolio de la mesa y escribió unos números en el papel; despegó el velcro del brazo de Mucha y comenzó a enrollar el tensiómetro-. ¿Y cómo es que te salió ese bultito así de repente, cariño?

    –Pues por tener malos pensamientos aquí me tienes, hija –Mucha suspiró. Estaba sentada a un lado de la camilla de la consulta y le colgaban los pies.

    –Pero si tú no tienes pensamientos malos, mujer. De eso estoy yo segura.

    –Normalmente no suelo tenerlos, es cierto. Pero el otro día me vinieron unos cuantos, uno detrás de otro.

    –¿Y eso? -la señorita Muy Bien sacó un termómetro del bolsillo de la bata y lo contempló.

    –Pues me encontré con el arcángel San Gabriel en la calle del Príncipe. ¿Y tú quieres creer que nadie le dejaba caer una moneda en el cubilete que había junto a sus pies desnudos?

    –¿Qué me dices? –la señorita Muy Bien abrió la boca y miró a Mucha.

    –Yo me acerqué y le dejé un eurito, pero la gente pasaba de largo y casi me pongo a llorar de purísima indignación. Me dieron ganas de quitarle la espada de las manos y empezar a mandobles con todos los que pasaban de largo. El arcángel San Gabriel estaba entre nosotros y sólo los niños se le acercaban señalándolo con el dedo. Era como si únicamente los pequeños inocentes y yo pudiésemos verlo.

    –¿Pero cómo era? –la enfermera sacudió el termómetro y lo alzó hacia el fluorescente del techo y luego lo colocó bajo una axila de Mucha- ¿En dónde estaba exactamente?

    –Estaba arrimado a la pared, al lado del escaparate del comercio de vestidos de novia. Estaba encima de una piedra de mármol y también él parecía de mármol todo enterito. Era grande como no te puedes imaginar, como los negros que nos llegan de África. Era completamente blanco. Y yo, viéndolo allí tan solo, con aquellas grandes alas plegadas a la espalda y que le llegaban hasta los tobillos, yo me preguntaba: ¿pero cómo es posible que toda esta gente que pasa por la calle no se percate de que San Gabriel está aquí, Dios mío? ¿Cómo es posible?

    –¿Y no sería un artista callejero, Mucha? –la señorita Muy Bien recogió el estetoscopio de encima de la mesa y lo guardó en un cajón-. Los artistas de la ciudad se echan unos polvos por encima y permanecen quietos durante una hora o más, y parecen de mármol, o de cristal, o de hierro…, o de cualquier cosa menos de carne y hueso.

    Mucha miró a la señorita Muy Bien y estuvo a punto de preguntarle: “¿Pero qué dices? ¿Tú me estás tomando bien la temperatura, nena?” En cambio, murmuró:

    –Brillaba como un ángel. Resplandecía como el sol.

    –Levanta el brazo, cariño –la señorita Muy Bien le quitó el termómetro y lo contempló durante un segundo antes de guardarlo en el bolsillo y anotar unos números en el portafolio-. Todo está muy bien, Mucha. Te voy a dar unas pastillitas para que te tomes una después de cada comida hasta el jueves, ¿de acuerdo? Y el jueves te vienes a hacernos una visita y el doctor te quita el bultito. Estás muy bien, cariño. Ya quisieran muchas de tu edad estar como tú.

    –¿Ya puedo vestirme?

    –Sí, mujer, ponte la chaquetita rosa que además te queda muy mona –la señorita Muy Bien se sentó ante el ordenador y el ratón empezó a moverse por la pantalla-. El jueves, ¿de acuerdo, Mucha? Y le entregas a tu médico este papelito que te voy a dar.

    La señorita Muy Bien no estaba casada, pero tampoco estaba soltera. Mucha sabía que se dedicaba a ir de casa al hospital y del hospital a casa. Una ex colega, una de las kelys del Álvaro Cunqueiro, le había pasado información a Mucha sobre algunas cuestiones cotidianas del centro hospitalario. Mucha se enteró de que a la señorita Muy Bien le interesaba su trabajo, y poco más. Era enfermera de vocación. Mucha ni siquiera se había fijado en ella la primera vez que entró en la consulta. La señorita Muy Bien parecía poquita cosa a simple vista, pero cuando volvió a los dos días a que le extrajese sangre para la analítica y la señorita Muy Bien le cogió la mano, le giró la muñeca y empezó a pasarle por el brazo un algodón empapado en mercromina, Mucha notó que la cara se le encendía y las manos empezaban a picarle. La enfermera le acarició la cara. Todo va a salir muy bien, mujer, ya verás; tienes el mejor médico del mundo y además es guapísimo –con dedos largos y suaves, la señorita Muy Bien acariciaba la mano de Mucha-. Ay, qué aprensiva me eres, quién lo iba a decir, una mujer tan grande y fuerte como tú, Mucha. Pero si todo va a salir muy bien, cariño, y además vas a conocer a un doctor guapísimo. Mucha sabía que sería incapaz de decir nada en aquel momento, pero sus labios se le pusieron en movimiento por su propia cuenta y los oyó preguntándole a la señorita Muy Bien si el doctor guapísimo era su novio. La señorita Muy Bien quedó sorprendida y después soltó una carcajada y las dos se rieron juntas, y Mucha dio una patada al aire sin querer, sentada como estaba al borde de la camilla. Las manos habían dejado de picarle.

    .

    El jueves a las diez de la mañana Mucha salió de casa con la chaqueta rosa sobre los hombros. Delante de sus ojos las colinas caían suavemente a la ría, que se desperezaba en un azul casi añil. Mucha bajó por el camino entre una sinfonía de carboneros, mirlos y pinzones. Al llegar a la parada del autobús extendió un pañuelo blanco sobre el banco, se sentó y colocó el bolso encima de las rodillas.

    Por la cuesta bajaba una pandilla hacia la playa. Los chicos pateaban un cacharro de lado a lado de la carretera y despotricaban de Cristiano Ronaldo y traían el torso desnudo y la camiseta apretada en un puño. Detrás de ellos venían las chicas, con sus largas cabelleras al viento, hablando de bikinis y bañadores. Pasaron por delante de Mucha y ella los siguió con la mirada hasta la curva de la cantera. Allí los chicos comenzaron a arremolinarse para ver quién le daba la última patada al cacharro y lo lanzaba monte abajo hacia el mar. Las chicas también se metieron en la refriega y comenzaron a agarrarse a los chicos y a chillar. Qué fuerza tenían, y qué jóvenes eran.

    Un avión brilló como una estrellita lejana en el cielo y Mucha vio que viraba lentamente cerca del monte Xaxán, para luego enfilar el aeropuerto de Peinador. Encima del Xaxán había una nube de algodón que parecía una mujer hablando por teléfono. Mucha entornó los ojos. Aquella nube solitaria se parecía a la señorita Muy Bien. En el cielo se perfilaba su nariz respingona y aquella sonrisita que le marcaba un hoyuelo en cada mejilla, aquellos labios delgados… Sí, era ella. En los tres días de espera no había dejado de pensar en la señorita Muy Bien. Mucha acomodó la chaqueta rosa sobre los hombros y se quedó embelesada ante la nube. Cerró los ojos. Veía a un doctor guapísimo acercándosele al cuello con un bisturí en la mano y ella cabeceaba hacia atrás. Entonces, la señorita Muy Bien, con sus dedos suaves y transparentes tomaba su mano carnosa, se la palmeaba y le decía: todo va a salir muy bien, Mucha, ya verás. Y Mucha lograba sentirse viva, viva…, más que nunca.

    Había dejado la comida preparada para cuando regresara del hospital. Una ensalada sin aliñar, del huerto, y dos buenas rebanadas de la pechuga del pollo que ella misma había sacrificado. La persiana que daba al camino no la bajó del todo. Había cerrado la puerta de la casita con tan solo una vuelta de llave, como si fuese aquella una mañana cualquiera en la que se iba al mercado, más que nada a echar unas parrafadas con la gente.

    El autobús llegó con retraso. Al subir, lo primero que hizo Mucha fue recordárselo al conductor.

    –Llegas con diez minutos de retraso, Ricardito, como con retraso llegó el amor a mi corazón, pero no por ti, cariño -y Mucha soltó una risotada cascabelera-. Ricardito, ¿por dónde anda tu mujer, que hace tiempo que no la veo?

  32. carlos dice:

    LENTEJAS CON VERDURAS

    La ventana de la cocina se abre a un bosque de árboles barrigudos y verdes.
    Una sartén de mi abuela cuelga de un clavo antiguo en la pared.

    Cada veintiocho días la luz de la luna llena entra por la ventana dejando un misterioso rectángulo azul en las baldosas del suelo.
    La luz de la luna empuja hacia la pared la sombra del respaldo de una silla y la pone debajo de la sartén de mi abuela.
    Allí aparece entonces un fantasma.
    La cabeza del fantasma es la sartén y el cuerpo es la sombra de la silla.

    De pequeño ese fantasma me asustó.
    Yo tendría cuatro o cinco años. Tenía sed.
    Entré descalzo por la noche a la cocina a beber un vaso de agua.
    Al acercar una silla para subirme y abrir el grifo, vi el rectángulo azul del suelo, lo seguí con la mirada y me encontré de sopetón con el fantasma en la pared, al lado del frigorífico.

    Del susto que me llevé di un salto y corrí hacia la habitación.
    Me metí en la cama al lado de mi hermana, que dormía profundamente.
    Ella desapareció en el bosque días después y nunca más volvió con nosotros.

    No le hablé a nadie del fantasma.
    Yo era muy pequeño y tenía miedo.
    El fantasma se me aparecía cuando yo dormía.
    Yo quería respirar.
    Yo quería correr.
    Abría la boca para llamar a mi mamá y no tenía voz.

    Mi mamá colgaba del respaldo de la silla la camisa con la que luego mi papá salía a las seis de la mañana a trabajar en el astillero de Vulcano, donde se hacían barcos de hierro.
    Mi mamá por la noche planchaba la camisa de mi papá.
    La vieja sartén de la abuela ya estaba allí, en el clavo de la pared.
    El fantasma siempre estaba preparado.

    .
    .
    .
    De mayor yo tuve una novia que se llamaba Sonia.
    Sonia siempre tenía sed, mucha sed.
    “Yo incluso bebo agua, de la sed que tengo”, era la frase favorita de Sonia.

    Una noche Sonia se metió en la cocina porque tenía sed.
    Yo estaba durmiendo y ella se metió descalza en la cocina.
    Como era luna llena, Sonia se encontró con el fantasma.

    Sonia huyó y de repente estaba saltando encima de la cama, y me apartaba la manta a patadas y me daba patadas en el culo.
    Chillaba que había un fantasma en la cocina
    Chillaba: levántate, levántate.
    Yo me senté en la cama.
    Le pregunté a Sonia: ¿qué pasa?

    Tienes un fantasma en la cocina, tienes un fantasma en la cocina.
    ¿Y qué?
    Ella salió disparada hacia la cocina.
    La vi tan excitada que me dije: voy a seguirla por si le pasa algo.
    Es la luna llena, le dije a Sonia. No hay ningún fantasma. Es la luna llena. Tranquila.

    Pero el cielo se encapotó de repente.
    Y la luna desapareció del cielo.
    También desapareció el rectángulo azul de las baldosas del suelo.
    Yo encendí la luz de la cocina.

    Sonia me agarró de los pelos.
    Empezó a golpearme la cabeza contra el frigorífico. Pum, pum, pum.
    Sonia gritaba: “Pero qué burro eres. Tienes un fantasma en casa.”
    Pum, pum, pum…

    Yo le decía a Sonia:
    “Pero si no es un fantasma, mujer… Que es la luna…, que sí, que es la luna…”

    Pum, pum, pum…
    Sonia me decía:
    “Eres el único tío que conozco que tiene un fantasma en casa. Pero qué burro eres.”
    Pum, pum, pum…
    “Y no quiero que vuelvas a llamarme ni que me mandes guasás con moticones ni sin moticones”
    Pum, pum, pum…

    .
    .
    .
    Anduve una semana dando vueltas por ahí intentando controlar el zumbido que me salía por las orejas.
    Una tarde me acerqué por el Arenal, y Tito Lonestar, el camarero del Classic, me dijo que a él le daba la impresión de que Sonia se había largado de la ciudad.
    La última vez que la vio, ella se fue sin pagar. Tito me dijo que desapareció con un montón de vinilos que le pidió prestados.
    –Si la ves, te ruego que me avises inmediatamente –me dijo Tito Lonestar-. Y ten cuidado, Karlis. Esa tía está muy pallá.
    –Gracias, Tito –le dije-. Ponme un globo, uno de los tuyos.
    –Es más fuerte que tú, Karlis.
    –Sé de qué me estás hablando –le dije a Tito asintiendo pensativamente con la cabeza.

    .
    .
    .
    Con Carla, en cambio, todo resultó muy diferente desde el primer momento.
    Carla es vegana.
    La llamo y cuando ella levanta el teléfono yo la invito a cenar mañana, en mi casa pues estamos a fin de mes.

    Cuando estoy con Carla yo también soy vegano.
    Aunque puedo hincarle el diente a un buen filete con patatas, un par de huevos fritos y un gran pimiento verde pasado por la sartén.

    Le pregunto a Carla si quiere algo en especial para la cena. Ella me dice que la sorprenda.
    –De acuerdo –le digo-, veré si en la gallega encuentro algo en sus programas de cocina.
    Carla me dice que en la gallega dan buenos programas para veganos.
    –Es la única tele que se preocupa por nosotros -me dice.
    –Entonces echaré un vistazo.

    No hago más que sumirme en el sofá y zapear, y allí me encuentro en la gallega al comodoro Esteban. Mueve sus bigotes y sus gordos dedos delante de mis ojos. No deja de hablar. Parece que se dirige a mí, solamente.
    El comodoro Esteban me apunta con su cucharón de madera. Yo empiezo a anotar en una libreta.

    Lentejas con verduras:
    Una cebolla en cuatro trozos. Berenjena en trozos pelados y picados. Tomate pelado y cortado. Lentejas, lógico. Cuatro zanahorias cortadas en trozos que luego aparezcan en el plato. Patatas. Un pimiento verde. Ajo pasado por el mortero. Laurel. Ocho cucharadas soperas de aceite de oliva. Sal (media cucharada sopera). Pimienta negra molida. Grelos, si es posible, pero si no los hay no pasa nada. Agua, dos vasos por cada vaso de lentejas, procurando que cubra más o menos por la mitad de la olla a presión.
    Se cierra todo. Olla al fuego y se cuentan quince minutos desde que el vapor sopla.

    Llamo a Carla.
    –Ya lo tengo. No puedes imaginarte lo fácil que es. Es de la gallega, especial para veganos. Tenías tú razón -y le doy a Carla la relación de los ingredientes de las lentejas con verduras-. Enciendes la cocina y le pones encima la olla. Lo mejor de todo es que los productos los encuentras en cualquier super. Ni siquiera tienes que acercarte de mañana por el mercado. Excepto por los grelos, claro.
    –Parece bueno –dice Carla con entusiasmo.

    –Ah, y mañana a mi regreso de Santiago, cerca de Caldas, le pediré unos grelos a alguna paisana. Los atan en manojos con hierbas y los ponen al lado de la carretera en una carretilla. Se los venden a los coches que se detienen. Tienen también zanahorias, cebollas, tomate, patatas…
    –Esas lentejas van a estar riquísimas –dice Carla.
    –¿Verdad que sí? ¿A qué hora quedamos?
    –No lo sé. Los sábados por la tarde es raro que venga alguien a retratarse o a imprimir sus fotos después de las siete…
    –Vale. Me paso por ahí y nos tomamos un vino en la taberna de Benito.
    –De acuerdo. ¿Qué tal el Pórtico?
    –Quedó bien. Era un trabajo delicado pero ya lo terminamos. A partir del lunes empezaremos a desmontar los andamios. Los peregrinos meten los brazos y la cabeza entre los hierros y sacan fotos. Cuando esté todo listo nos acercamos tú y yo a la catedral. Te gustará, ya verás.
    –Seguro que quedó bonito. Me gusta como pintas.
    –El Pórtico tiene ahora los colores que los peregrinos pudieron ver durante los siglos medievales. Yo pinté los ropajes de algunos santos y ángeles. Pero fue un trabajo para nada creativo. Sólo mezclar y empapar la piedra.
    –Aun así estoy convencida de que me gustará. Tenías que haber pintado tú a todos los ángeles.
    –Bueno, cada uno se ocupaba de un color. Así era más fácil.
    –Qué interesante…
    –Sí…

    A la hora de preparar las lentejas se me plantearon algunas dudas con la sal.
    Media cucharada sopera de sal me parecía demasiado.
    Los veganos toman poca sal, pues la sal da incluso más hambre que sed.
    Carla tiene un tipo fino que a mí me gusta; se nota que no toma demasiada sal.
    Ese fue el motivo de que a las lentejas les echase nada más que una pizca.

    Nos sentamos a la mesa. Yo serví las lentejas y Carla abrió la botella de tinto que cogimos en la de Benito. Empezamos a cenar.
    Le pregunté a Carla qué tal estaban las lentejas.
    Me dijo que estaban buenas.
    –¿Pero no están un poco sosas?
    –En absoluto. Están perfectas. La sal la empleaban antes para conservar los alimentos, los salaban. Mataban al bisonte a lanzazos, salaban el excedente y no se les pudría –me informó Carla-. Tenían comida para el resto de la estación y les quedaba tiempo libre para pintar la cueva por dentro en vez de andar por ahí persiguiendo al mamut. Así fue como empezó todo.

    Carla se separó de la mesa arrastrando la silla, levantó el vestido y estiró una pierna.
    Me dijo que una vez se la había roto en un accidente de moto y que pasó casi dos semanas en el hospital.
    –Allí se come sin sal. Es lo que te sana. En aquellas dos semanas en el hospital adelgacé casi ocho kilos sin enterarme. Comía lo justo y no tenía hambre porque comía sin sal. No entiendo porqué estas cosas no las enseñan en la escuela.
    –Tienes razón –le dije acariciándole la pequeña cicatriza de la rodilla.
    –A lo mejor lo hacen para que la gente se ponga toda gorda, porque los gordos son indolentes y puedes hacer con ellos lo que quieras. Dale a un gordo un par de bocatas de chorizo y no encontrarás a nadie tan feliz.
    Yo le dije: Me gusta estar contigo, Carla.
    Y seguí acariciándole la pierna.

    Desperté de madrugada porque mi cuerpo dormido de repente se encontró solo. Extendí un brazo en la oscuridad y allí no estaba Carla. Sin encender la luz de la habitación, me quedé al acecho afinando el oído.
    Sentí que la puerta se abría y sentí también que penetraba una suave corriente de aire frío. Oí un susurro.
    –Karlis…
    –Qué…
    –Ven conmigo a la cocina –me dijo Carla.
    –Es la luna –le dije. Encendí la luz. Carla estaba de pie en a puerta-. ¿Te despertaste? ¿Tienes sed?
    –No… Desperté y me fui a la cocina, no sé para qué. Pero allí hay alguien…
    –Es la luna.
    –No sé –me dijo Carla-. Ven.

    La luna estaba en el cielo y en las baldosas del suelo había un rectángulo de luz azul que subía por la pared. La sombra del respaldo desnudo de una silla incidía debajo de la sartén de la abuela.
    –Esa sartén era de mi abuela –le dije a Carla.

    Ella se acercó y acarició la sartén con las yemas de los dedos. Yo hice ademán de encender la luz de la cocina.
    –Deja, no enciendas –dijo Carla.
    –No recuerdo que nadie haya cocinado en esa sartén. Yo, por lo menos, nunca lo hice…
    –¿No lo notas? –dijo Carla poniendo las palmas de las manos hacia arriba-. Esto está lleno de gente. Aquí hay alguien. Y tu hermanita también está aquí. ¿A qué edad desapareció en el bosque?
    –Era muy pequeña. Me llevaba cinco años.
    –Pues está aquí –Carla caminaba lentamente alrededor de la mesa rozando el respaldo de las sillas con las yemas de los dedos-. Los tienes aquí a todos. Esta cocina parece una cueva. Esa ventana por donde entra la luna es la boca de la cueva. Mira: todo el bosque está cubierto de rocío azul. ¿Tú no notas que se está bien aquí?
    –Siempre lo noté.
    –Se está tan bien… ¿Cuántos años tiene esta casa?
    –Muchos. Ya pertenecía a los padres de mi abuela. Creo que ellos la reformaron.
    –Tenemos que sacar unas fotos aquí por la noche. Un día traigo la Leica, ¿qué te parece? –me dice Carla.
    –Bien. Me parece estupendo.
    –Entonces traeré la Leica y varios carretes en blanco y negro y en color.

    Carla se sentó. Colocó las manos una sobre otra encima de la mesa y dejó caer la cabeza sobre ellas. Sus cabellos castaños se desparramaron. El rectángulo azul pasaba por encima de sus hombros desnudos.
    –¿Calentamos unas lentejas? –le pregunté con suavidad.
    –Claro –dijo Carla, y soltó un gruñidito.

  33. carlos dice:

    EL MARIDO DE LA CHELO

    En los urinarios de un centro comercial de esta ciudad, el marido de la Chelo orinaba, y pensaba mientras tanto: “Ahora la gente que se me acerca me pregunta qué tal me va la vida, la familia, la mujer, la niña…, yo les digo que bien, bien… Noto que no dejan de hablarme con cautela, como si no se atreviesen a comunicarme una cosa que podría interesarme. Siempre terminamos tomándonos una cerveza en cualquier esquina y hablando de fútbol y de los buenos viejos tiempos”.

    En el momento en que empezaba a sacudírsela, llamó su atención una especie de mensaje en el azulejo blanco que tenía a la altura de los ojos. Se notaba que los de mantenimiento del centro comercial algo habían disimulado bajo una discreta capa de lechada. En una bolsa de plástico el fulano llevaba un alicates y un destornillador de cabeza plana recién comprados, y sólo por curiosidad pasó el canto del destornillador por el azulejo y dejó al descubierto lo que parecía una vagina castaña, con tan buena perspectiva perfilada que daban ganas de lamer el azulejo, y el tipo casi lo hace. Al pie de la vagina apareció un número de telefóno. Comprobó la cifra recorriendo los números con el índice. Lo cierto es que había un ocho que parecía más bien un tres, y un siete que se confundía con un uno, y un seis no se sabía si era en realidad un cinco. Y los tres últimos números aparecían entrelazados y podían representar cualquier garabato. Pese a todo, dedujo el fulano que la vagina y el número de teléfono eran ambos tan semejantes a los de la Chelo, su Chelo, que pefectamente podrían ser los de ella.

    Con cara peliaguda y resoplando un par de veces, el marido de la Chelo empezó a lavarse las manos. El espejo contemplaba su cerrada barba azul, los gruesos dedos peludos de sus zarpas, sus ojos castaños, hundidos, como los de un triste oso de circo. El caso es que las cosas con la Chelo de nuevo comenzaban a marchar viento en popa. Nuestro amor tiene más vidas que un gato, Chelo, le había dicho él aquella misma mañana abrazándola, besándola, sobándole el culo y una teta al salir de casa, después de un fin de semana maravillosamente juntos los tres otra vez: la niña, la mami y el papi. Y de sopetón se le presentaba aquella barbaridad en un azulejo tan blanco, tan puro, tan inocente… ¿Quién había sido el hijo de puta que había perpetrado aquello? ¿Por qué? El hombre arrimó sus manos al viento del secador. Tenía que tratarse de un error, de una casualidad cualquiera. Alguien se compra un destornillador, o una navaja en el centro comercial. O un simple cuchillo para pelar patatas y cortar cebollas que la parienta le encargó, y luego se entretiene en burilar un coño en el azulejo –lo típico- mientras echa la meada. Entra después otro fulano, retoca unos trazos, los perfecciona y añade unos números a rumbo. He ahí la explicación, tan sencilla como irrefutable. Ocurre como cuando te metes en un retrete y al momento de agacharte ves pintado en la puerta un pene a lo largo. ¿Tú qué haces? Si llevas encima un rotulador añades unas gafas, ¿o no? O un número que te inventas, o un teléfono que te sabes de memoria y quieres joderte y joderle el día al enemigo. Nadie te obliga a nada. Eres tú quien decide si jugar o no, y los daños colaterales siempre caen sobre uno que pasaba por allí. Pero bien pensado, ¿acaso la Chelo no pudo andar liada en los últimos tiempos con algún machacante con buena mano para el dibujo? He ahí una cuestión que había que analizar con calma, porque aquí el que no corre vuela.

    Bajaba, pues, el tipo por la escalera mecánica en dirección al estacionamiento del centro comercial buscando sospechosos entre las caras de la gente que subía por la otra escalera. Todas las caras le parecían felices e inocentes. Le parecía que todos fingían. ¿Pero cómo identificar, con exactitud, a los culpables? Sumido en pensamientos profundos, durante veinte minutos el marido de la Chelo deambuló por el aparcamiento de modo mecánico y confuso. A ratos hablaba consigo y a ratos buscaba el coche. Era lunes. Miró su reloj. Él en aquel momento ya tendría que estar camino de Tuy. Probablemente no le daría tiempo de visitar a todos sus clientes por la mañana, así que tendría que comer en alguna taberna de la frontera y seguir visitando por la tarde. El coche se hallaba en una esquina, al lado de una pilastra, y cuando dio con él advirtió que había pasado varias veces por su lado, incluso tocándolo con los dedos de una mano. El fulano apretó la llave y el seguro saltó con un chasquido y brillaron las luces de los intermitentes. Abrió la puerta del conductor y tiró la bolsa de plástico con el alicates y el destornillador en el asiento de al lado. Bah, ahora mismo, sentado al volante, se daba cuenta de que, después de todo, el asunto no había sido para tanto. Era evidente que todo aquel lío provenía de la gamberrada de unos niños. ¿Cómo había podido, él, no percatarse? Además, los de mantenimiento volverían a tapar con yeso el cuadro que él, tan inocentemente, había revelado con el destornillador. Puede que cambiasen el azulejo con otro nuevo. Sería lo lógico. Bien, asunto resuelto; salgamos de aquí y marchemos hacia Tuy, se dijo el fulano.

    Arrancó el motor, dio gas y el coche partió marcha atrás y se dio un trastazo contra la pilastra de cemento que estaba allí. En el aparcamiento sonó un estallido y después el ambiente volvió a quedarse silencioso. Aguantando la respiración, el fulano sacó la marcha atrás y se apeó. Giró alrededor del coche con los brazos en jarras. La defensa trasera se había partido. Le puso un pie encima y la mitad se desprendió. La recogió del suelo y la contempló por dentro y por fuera. Ahora las cosas las hacían de plástico para que rompiesen cuanto antes. Era el sino de los tiempos. El fulano abrió la puerta del maletero y dejó el trozo de la defensa entre una caja de botellas de rioja y varias botellas de muestra de un nuevo albariño que había que introducir en la restauración y hostelería de la frontera.

    Era lunes. Miró su reloj. Calculó entre cien y doscientos euros el arreglo de aquel estropicio. La semana no comenzaba bien. Aun así, calma. Puso en marcha el coche y lo condujo suavemente hacia la salida. Todo lo que tenía que hacer era largarse del parking de una puta vez y salir a la luz del día, a los ruidos de la calle, al aire de la mañana. Llevaría el coche a un taller mecánico y pediría presupuesto. A Tuy ya iría por la tarde, después de comer. Comería con la Chelo y la niña. Sí, las llamaría y comería con ellas. Mejor así. Se pasaría por el garaje y con un poco de suerte le colocarían la defensa aquella misma mañana. Sí, se quedaría a comer con las dos, era lo mejor. Las llamaría. O quizás no. Se presentaría en la puerta y comería con ellas en casa. Las estaba echando de menos, ¿no resultaba curioso? Pensaba explicarles lo del accidente mientras comían, no lo otro.

    Pero sin dejar de maquinar, el tipo giró el volante para evitar meterse en el túnel que lo conduciría a la salida, dio la vuelta por todo el aparcamiento, regresó al punto de partida y arrimó lentamente el coche a la pilastra. Apagó el motor y siguió rumiando.

    Es que los pelos parecían tan reales… Eran castaños como los de la Chelo, idénticos. ¿Quién podía haberse tomado tantas molestias? Y la vulva era la misma. La de la Chelo tenía un lunar en el labio superior izquierdo y el fulano se preguntó si aquel lunar tendría su reflejo en el azulejo. ¿Y si echaba un último y definitivo vistazo para cerciorarse? No podían dejarse cabos sueltos, por lo menos no ese tipo de cabos. Y estaba claro que meterse en la carretera con todas aquellas dudas bulléndole dentro de la cabeza como un dolor sería peligroso. Es imposible conducir un automóvil con semejante ansiedad. El fulano golpeó el volante con una mano, agarró la bolsa de plástico, abrió la puerta y saltó del coche. En cuatro zancadas alcanzó la escalera mecánica. Al llegar arriba torció a su izquierda con decisión y siguió caminando por el corredor. Naturalmente hablaría de estas materias con la Chelo durante la sobremesa y terminarían riéndose los dos juntos. Pero ella tendría algo que decir, y le gustaría oírla. A punto de entrar en los urinarios, el marido de la Chelo sacó el destornillador de la bolsa empuñando su mango rojo con mano firme y robusta. Con la puntera del zapato empujó la puerta.

  34. carlos dice:

    FRAGMENTOS DEL CUADERNO NÚM. 14

    oo0oo

    –¿Cómo es que has tardado tanto? -le preguntó la diabla de un diente, cruzada de piernas en un tocón del bosque.

    –Tuve que orientarme en la noche, pero ya estoy aquí…

    El suelo era duro y estaba bien amarrado por las raíces de los viejos árboles. No iba a ser fácil cavar allí.

    –No te va a resultar fácil cavar ahí -le dijo la diabla de un diente.

    –Ya sé. Pero es aquí -la sonriente luna salió de detrás de una nube y el hombre empuñó el pico y lo descargó contra la tierra con todas sus fuerzas-. ¡Yo sé que es aquí!

    –¿Y por qué tu hermosa mujer no te acompaña? ¿Te fías de ella?

    –¿Y cómo no voy a fiarme si ella es la que me envía a estas horas con el pico y el caldero? ¿Crees que no me funciona el cerebro, o qué?

    –Pero no te enfades, colega. No te pongas así -dijo la diabla de un solo diente.

    00o00

    Volar resultaba sencillísimo. Decía Rosita que una se encarama a la copa de un árbol y más que dejarse caer desliza una el pie con la certeza de que el aire la sostendrá. ¿No te tira hacia atrás el aire cuando hay viento y te rompe el paraguas? Porque el aire tiene su fuerza, razonaba Rosita. Tú echas el pie sin titubeos. Luego te inclinas un poco hacia delante y empiezas a nadar a braza con suavidad, y es cuando se consigue. La confianza es lo más importante. Para cruzar la ría te subes a la ventana, avanzas el pie sobre el mar de tejados rojos, te inclinas un poco y nadando nadando te diriges hacia el sol anaranjado.

    ¿Qué ocurre si te caes? Pues de eso se trata. Porque te caes de culo encima de un príncipe azul maravilloso y lo descuajaringas.

    oo0oo

    Si tienes algo que
    decir cállate y dilo. Si
    no tienes nada que decir
    adelante con el adjetivo.

    0o0

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